viernes, 27 de abril de 2018


DOMINGO V DE PASCUA.-29-IV-2018 (Jn. 15, 1-8) B

Se cuenta en la vida de Juan XXIII que, siendo aún nuncio conoció en Los Balcanes a un sacerdote ortodoxo armenio que le dijo un día: “Excelencia, según el Evangelio hay un pecado que Dios no perdona ni en esta ni en la otra vida. Se llama el pecado contra el Espíritu Santo. ¿No se tratará acaso de la desunión de los cristianos?”. Dicen sus biógrafos que aquella pregunta del sacerdote armenio dejó en el alma del Papa una huella que duró toda su vida. “Yo soy la vid, dice Jesús, y vosotros los sarmientos... un sarmiento separado no puede dar fruto por sí mismo”. Desde hace siglos existe desunión entre cristianos, desde hace siglos que no se cumple con lo mandado en el evangelio.

La desunión de los ortodoxos orientales se trató de subsanar desde el principio, y lo logró de momento en el s. XI el Papa Gregorio X y el emperador Miguel VIII el Paleólogo, en el II Concilio de Lyon, el año 1274. En acción de gracias se cantó el Credo en latín, como símbolo de unión. Un dato curioso: asistió el rey Jaime I de Aragón. Depusieron al Patriarca cismático José, sustituyéndolo por un hombre docto y virtuoso, Juan Beccos, pero el arreglo duró muy poco tiempo.

Cuatro siglos más tarde una nueva escisión vino a dividir aún más a los cristianos. Tuvo lugar el año 1500 cuando Martín Lutero se separa de Roma, arrastrando con él a miles de cristianos, llamados hoy protestantes. Juan XXIII trató de restaurar la unión, como otros muchos, salvando diferencias doctrinales pero sobre todo viscerales. Aunque siempre es más lo que nos une que lo que nos separa, por desgracia, y no sabemos por qué, suele prevalecer más lo que nos separa.

Incluso entre las diversas confesiones protestantes hay más diferencia doctrinal en ciertos puntos que entre la Iglesia Católica y Lutero. Inexplicablemente, muchos de ellos se sienten más cerca de Lutero que de la Iglesia. Y eso se hace más incomprensible siendo así que leemos los mismos textos de la Biblia y recitamos el mismo Credo. Jesús dijo: “Que sean uno...”. Unidad en la verdad, diversidad en las formas. Unidad no es lo mismo que unicidad. Unidad consiste en sentir de manera parecida.

La unidad debe empezar desde la base. Aquel Concilio de Lyon fracasó porque el clero y los fieles no aceptaron la unión. Sin embargo dice el refrán: “La unión hace la fuerza”. Así lo entendieron aquellos líderes políticos que gritaban: “Uníos hermanos proletarios”. No lo entienden quienes tratan de crear clases, tribus o autonomías si con ello logran tener por enemigo al vecino, y al que no es de su raza como extranjero. Eso no es hacer cristianismo, eso es preparar el campo para que renazca otra vez la guerra tribal, como sucedía entre los hombres primitivos.

Lo entendió bien el P. Peyton cuando lanzó aquella cruzada de unión de la familia con su mundialmente famoso slogan: “La familia que reza unida permanece unida”. No lo entienden quienes abogan alegremente, por ejemplo, por el divorcio a la primera, por la nulidad o la separación de buenas a primeras; no olvidemos que separar es de algún modo morir o matar. Lo entiende bien la empresa capitalista cuando une mano de obra en el trabajo, porque sabe que el esfuerzo de cuatro más cuatro no se suman sino que se multiplica, multiplicando por lo tanto la producción y el beneficio. Es lo que K. Marx llamó plusvalía. Lo entiende el entrenador de fútbol, o el director de una orquesta cuando sabe conjuntar a sus componentes, unos ni tienen por qué jugar lo mismo y los otros tampoco pueden tocar el mismo instrumento. Se necesita que dentro de la unión cada uno sea independiente, actuando luego de acuerdo, a-cordis, o sea, de cor-azón.

Lo entienden los pueblos que luchan solidariamente unidos contra el enemigo común. Seguramente recordemos la famosa comedia de Lope de Vega Fuenteovejuna, basada en un hecho real. Corría el año 1476. En un pueblo de Córdoba el Comendador Mayor de la Orden de Calatrava don Hernán Pérez de Guzmán ultrajaba el honor de las mujeres y se apoderaba de los bienes del pueblo. Un día los vecinos, cansados de tanto pillaje, se unen, le echan mano, saquean su casa y después de despedazarlo lo arrojan por la ventana al grito de “¡Viva Fernando e Isabel!”. Cuando llega la justicia y tratan de descubrir a los promotores y ejecutores del crimen ya sabemos su respuesta, “todos a una”: -¿Quién mató al comendador? / -Fuenteovejuna lo hizo / -Pero ¿y sí os martirizo...? / Aunque nos matéis, señor...”. ¿Quién mató al Comendador? / -Fuente Ovejuna, señor. / -¿Y quién es Fuente Ovejuna? / -Todos a una...”.

Nosotros estamos con vida mientras el alma permanece unida al cuerpo, según el modo clásico de hablar. Cuando el alma se separa nos morimos y el cuerpo se corrompe y descompone. O sea, cuanta más unión... más vida. “Todo reino dividido perecerá”. Es por lo que también el corazón y la razón deben marchar y actuar unidos, de lo contrario nos dividimos terminando esquizofrénicos. Cuando se vive en la mentira somos dos: el que soy y el que aparento ser. Vivir en la verdad es ser el que se es pues la verdad es el único valor que hace al hombre completamente libre. Cuanto más UNO seamos más nos pareceremos a Dios, que a pesar de ser trino en personas, el amor las unifica haciéndolas UNO en esencia. Si toda la Humanidad practicara esta clase de amor seríamos una común-unidad de verdad.
 El mismo matrimonio está hecho para que dos personas distintas se fundan en una sola, según el precepto divino en el Edén: “Seréis dos en una sola carne”. El amor une, vence y se multiplica. El odio separa, mata y termina vencido de una forma u otra. “Permaneced en el amor... y todo lo que pidáis se os concederá...”, ya que el amor de alguna forma lo consigue todo. No conseguimos más porque no amamos lo suficiente.

Cuando alguien plantea un cambio de estructuras en la Iglesia, una pequeña revolución, muchos creen que se trata de acabar con todo, cuando a menudo lo que se pretende es volver a las raíces, cortar las ramas secas que a pesar de que siempre han estado ahí no dan ya fruto. Hace unos años esa plaga terrible de las vides llamada filoxera atacó a una gran parte de los viñedos del Sur de Europa. La solución fue arrancar todas las viejas cepas enfermas o caducas, y sustituirlas por otras nuevas importadas de América, más resistentes a la plaga. De ese modo los campesinos se vieron libres de la ruina que les amenazaba. Aún hoy se las reconoce como “viñas americanas”. Otro tanto tendríamos que hacer en nuestra Iglesia si no queremos verla agonizar.

Hace años (1977) el escritor José Mª Gironella publicó un libro que levantó cierto revuelo: “El escándalo de Tierra Santa”. En él se pregunta por qué el mundo cristiano, amando a un mismo Jesús, está tan desunido. Causa escándalo que el mismo templo del Santo Sepulcro haya tenido que repartirse entre los armenios, marionitas, sirios, coptos, ortodoxos griegos y católicos. Por otra parte, si empezamos a contar las sectas protestantes más conocidas quedaríamos asombrados de las profundas divisiones, a veces por cosas mínimas, entre los mil millones de seguidores de Cristo. Ciertamente hay un sólo Pastor, pero hay más de 250 rebaños. Y ser cristiano es estar, sobre todo, unido, a los demás y en Cristo.

Hubo y hay muchos conatos de acercamiento que trataron y tratan de armonizar dogmas, ritos o derechos, pero lo que sobra de protagonismo se echa en falta de espíritu. Tendremos que seguir insistiendo. “Dios siempre busca un camino para llegar al corazón más obstinado” escribió el filósofo francés Manuel Mounier, un escritor cristiano que murió agotado a los 45 años en 1950 buscando el denominador común de la fe cristiana para que los hombres se entendieran mediante una revolución de la persona y de la comunidad, capaz de acabar con la miseria de los pobres y con lo que él llamaba “el desorden implantado”. Sólo el cristianismo es capaz de hacer tal gesto, con tal de que sea un cristianismo auténtico que se deje de palabrerías y que vaya al grano.

M. Mounier aún tenía fe en que un cristiano unido a Cristo sería capaz de cambiar el mundo. “Pero entonces, y son sus palabras, que despliegue velas sobre el mástil, y zarpando del puerto donde está vegetando, que enfile hacia la estrella más lejana sin cuidarse de la noche que lo envuelve” (I 56). “Los más prehistóricos animales que se refugiaron en el rincón tranquilo de una concha no llegaron más que a ser moluscos, centollos y percebes. En cambio el pez que se arriesgó y corrió la aventura de desplazarse por las aguas con la piel desnuda, abrió un camino que desembocó en el homo sapiens” (III. 460, 511). Es necesario luchar contra corriente, unidos por el amor para vencer el odio y la miseria de este mundo.

Para ello tenemos que unir mano con mano contra el desamor y el desamparo, contra la injusticia y la pobreza, recordando aquel hermoso dicho que nunca deberíamos cansarnos de repetir y practicar: “Si todos nos diéramos de verdad la mano no habría ninguna pidiendo”.

martes, 24 de abril de 2018


Del TESTAMENTO del REY DE LA PATAGONIA

Muchos de sus bienes ya habían pasado a manos de sus hijos; por lo tanto, dispone únicamente de aquella parte con la que él había querido quedarse, exceptuando las compañías navieras cuya administración entrega a su yerno Francisco Campos Torreblanca. Un escribano público recoge, después de las voluntades de rigor, un codicilo de legados que encomienda a su albacea don Francisco Campos en el que de nuevo aflora su obsesión y verdadero interés por la instrucción pública y la enseñanza en las escuelas, inclinación que ya hemos visto al inicio de estas páginas al hablar de su infancia en Miranda. El escrito dice así:

Para España:

Dejo a favor de su Majestad el Rey de España D. Alfonso XIII o en su defecto al Jefe del Estado que gobierne esta nación, la cantidad de un millón de pesetas dedicadas especialmente a incrementar la instrucción pública en el Reino de España.

Para Avilés

    Lego 100.000 pesetas con igual objeto de incrementar la instrucción pública al alcalde o jefe civil representante de la villa de Avilés de la provincia de Asturias.
    Lego 50.000 pesetas a la misma primera autoridad de la citada villa de Avilés para que con esa suma se construya en Miranda un buen edificio para la instrucción pública y el cual llevará mi nombre.
    Dejo una pensión de 1.000 pesetas anuales durante 10 años a favor del Asilo de Ancianos de Avilés.
    Dejo una pensión de 2.000 pesetas anuales por el término de 10 años a favor de la institución “Cocina Pobres de Avilés”, debiendo dedicarse de esa suma la mitad para su sostenimiento y la otra mitad para instrucción de los interesados.
    Dejo al Hospital de Avilés la pensión anual de 1.000 pesetas durante 10 años.
    Dejo 1.000 pesetas anuales durante 10 años para estimular y premiar a los alumnos y maestros de las escuelas de Miranda; de dicha suma se dedicará la mitad a los alumnos y la otra mitad a los maestros.

ASTURIANOS UNIVERSALES.  Ed. Páramo, t. XV. José Menéndez, el Rey de la Patagonia,.pp. 219-20.

lunes, 23 de abril de 2018



ALEJANDRO CASONA HABLA DEL REY DE LA PATAGONIA:

El tema de la enseñanza en Miranda, del que hablamos en otro lugar alcanza un enorme interés con doña Faustina Álvarez, madre de Alejandro Casona, una maestra cuya vida y labor gira toda en torno a la Instrucción Pública y contra el analfabetismo, sobre todo en la mujer.
“El Rey de la Patagonia” funda una escuela en Miranda. También él trata de desterrar la incultura de su pueblo. Y Casona recibe en una ocasión la moneda de oro que el indiano enviaba cada año para premiar al alumno más aventajado.
EN EL CENTENARIO DE SU MUERTE Casona nos vuelve a recordar aquella escuela en donde, según su testimonio, él dio sus primeros balbuceos en el mundo de las letras. Su voz es de tono grave que resuena en medio de los carbayos de su infancia en el campo de Santa Ana, hoy recuerdos. Suena así:

      “Mis buenos amigos del Centro Asturiano de Buenos Aires me han hecho el honor de solicitar unas palabras mías para este acto de recordación y homenaje a una de las figuras más representativas del alma astur en tierra argentina: José Menéndez, emigrante fundador.
No acepto el encargo como un compromiso de circunstancias sino como un deber de gratitud y con una entrañable emoción que viene de muy hondo y de muy lejos, porque el nombre de José Menéndez, a quien nunca conocí, está sin embargo íntimamente ligado a mi infancia, a mis primeros pasos y a mis postrimeros sueños. Su paisaje natal fue mi paisaje; sus caminos de niño fueron también los míos; desde el mismo altozano vimos por primera vez los dos este inmenso mar en cuya lejanía dormía la leyenda dorada de América.

      Cuando mis ojos aprendices empezaban a estudiar palmo a palmo su pequeño ricón cantábrico, él ya había conquistado palmo a palmo un ancho mundo en la otra orilla remota. Mi primera noción del héroe civil se llamó José Menéndez.
      La cosa ocurría hace treinta y cinco años, en una pintoresca aldea llamada Miranda de Avilés. Mi madre era maestra allí y yo empezaba apenas a ligar las primeras sílabas con que se escriben juntas la historia y la leyenda. Recuerdo al pueblo mínimo y limpio, con su doble perfil -tan asturiano- de campesino y marinero; la cuesta d ela fuente entre casas de altos corredores volados, el Campo de Santa Ana con sus erguidos carbayos centenarios, el camino de la iglesia tendido hacia el humilde caserío de La Carriona, y asomándose a él, una pequeña escuela, blanca de cal, alegre de ventanas, con su recoleto jardín de arbustos y sus arriates de hortensias. Aquella escuela había sido fundada desde la lejana Patagonia por José Menéndez. En aquella escuela aprendí yo a leer.

      Para mí -para todos los niños de Miranda- Menéndez era una figura legendaria adornada con todas las galas de la fantasía infantil. Lo soñábamos como un Padre pródigo y remoto; le llamábamos familiarmente con orgullo heráldico “el rey de la Patagonia”, uniendo la jerarquía histórica a la lejanía geográfica, nos consolaba saber que había sido un niño pobre donde nosotros éramos niños pobres, que se había lanzado a la gran aventura del mar sin más armas que una voluntad de hierro en su hatillo de emigrante campesino, que había descubierto y conquistado tesoros fabulosos, y que gracias a él, nuestra pequeña aldea tenía un prestigio solariego bajo la Cruz del Sur. Y nos gustaba imaginarlo con perfiles de cuento, como rey de un país maravilloso, a caballo entre manadas de salvajes, o en un trono de tienda nómada reclinado entre bronces y pieles, con la barba de la sabiduría apoyada en la mano de la justicia. Así mezclábamos y confundíamos en romanticismo pueril nuestras vagas nociones del hombre gaucho, con las viñetas de los reyes medievales y las estampas de la Historia Sagrada.

      ¿Estaba lejos de ellas el hombre y el héroe verdadero? Ahora empiezo a dudarlo. Cuando hoy, con los ojos maduros de experiencia y los pies fatigados de caminos contemplo desde esta orilla su obra gigantesca y recuerdo la aldea natal, pienso que aquella estampa romántica pecaba sólo por exceso de color, pero no por falsedad en el dibujo. La leyenda es tan verdad como la historia; es la historia misma en el idioma de la infancia, en el idioma de la poesía. No hay más que traducirla al lenguaje cotidiano y adecuarla a la medida normal del hombre.
      Pues bien, amigos, traduzcamos a historia la leyenda infantil. Despojemos a José Menéndez de su reino de cuento, sus tesoros de fábula, su trono de pieles exóticas, su manto y su corona de símbolo. Es inútil; todo ello quedará en pie, de otra manera. En vez de regir un país heredado, él mismo creó un país entero. Su tesoro no eran las piedras preciosas de Simbad el marino, era la tierra misma, el campo roturado, el rebaño y la mies. No mandaba ejércitos, creaba patriarcalmente la gran familia agraria de pastores y colonos. Y sin cetro heráldico podía contemplar orgullosamente la vastedad de su obra, inmensa como un reino, con la barba de la sabiduría apoyada en la mano del trabajo.
Como otro Menéndez avilesino, tenía el ímpetu de descubridor y alma de Adelantado ¡Adelantado de Asturias en las Tierras del Sur!
Español de buena ley, heredó de la madre tierra lo mejor que ella tiene en su larga historia de país fertilizante; su genio fundacional, su espíritu de empresa y aventura, sus pies de andariega, sus manos de sembradora.

      Hoy que puedo contemplarte serenamente y comprenderte entero, quiero darte tres veces gracias:
   Como escritor que gana su vida con las letras, gracias José Menéndez, por aquella escuela tuya donde yo aprendí a leer.
   Como emigrado de tu aldea y de tu paisaje, gracias José Menéndez, por tu nombre de limpia gloria a la historia civil de nuestra Asturias.
   Como español que ha perdido su suelo, sus raíces, gracias José Menéndez, porque tú has abierto nuevos horizontes a nuestra sed infinita de cielos y de tierras.

      No temas que al perder el trono y la corona que te dio mi infancia hayas perdido para mí un solo palmo de tu talla. Al contrario. Solamente los cuentos de niños empiezan diciendo: “Una vez era un rey...”. Las historias verdaderas, las que hacen la grandeza de los pueblos, todas empiezan como empezó la tuya: “Una vez era un hombre...”, ¡un hombre!.
De la Revista Asturias, nº 290. Órgano del Centro Asturiano de Buenos Aires, marzo, 1948, pp. 14-16).

viernes, 20 de abril de 2018


DOMINGO IV DE PASCUA. 22-IV-2018 (Jn. 10, 11-18) B
  
Hoy no es tan familiar la figura del pastor como para ponerla de ejemplo, ya que la cultura urbana ha suplantado casi por completo a la cultura rural.
De todas formas a poco que nos adentremos en el campo del arte y de la literatura la figura del pastor aparece con frecuencia. Así la encontramos en  las Églogas de Virgilio, en Garcilaso de la Vega, en Cervantes con su hermosa novela Galatea, o en la historia de Crisóstomo y Marcela que cuenta en el Quijote. Más cerca de nosotros ¿quién no conoce la Sinfonía Pastoral de Beethoven  y la novela homónima de Palacio Valdés? De ahí el acierto de Jesús al escoger este símbolo para hablar de su misión. Además la figura del pastor, con ser de tan humilde cuna, ha sido sublimada por reyes, magnates y jefes religiosos. Al Papa lo llamamos Pastor supremo, los protestantes tienen sus pastores, pastores llamamos a los Obispos y pastorales a algunos de sus escritos más importantes.

No es fácil ser un buen pastor. Es preciso echarle mucha imaginación al asunto. También es verdad que el pueblo ha sido siempre el gran sufridor que ha tenido que soportar a menudo la carga de reyes caprichosos e incompetentes, de dictadores implacables, de jefes o presidentes ignorantes o avaros, y de salvadores mesiánicos que en nombre de Dios o de la patria, (la suya claro, la que quieren para vivir ellos), han robado, asesinado y secuestrando al que se les pone por delante. Y hasta hay líderes religiosos que en nombre de Dios monopolizan a su antojo el poder, y esclavizan las conciencias alardeando de querer el bien de su rebaño. Entre tanto las ovejas son siempre las que sufren las consecuencias, porque el pueblo ha sido siempre el pagano de todos estos desaguisados. Los jefes suelen “pasan” de todo y tratan de pasarlo lo mejor que pueden. Hoy ni siquiera van a la guerra, la hacen desde sus despachos, y el pueblo lamentándose sin esperanza alguna. Como dice muy bien Sófocles: “La guerra la declaran los cobardes pero tienen que ganarla los valientes”, -al pueblo le toca perderla-.
  
El pueblo aporta el sudor para que otros lo administren, y luego se les engatusa con la añagaza de que el pueblo es el que manda, y el dueño del poder, pero la actitud del dirigente encubre con frecuencia un ansia insaciable de mando a costa de lo que sea, hasta de venderse a veces por un plato de lentejas. Por eso las masas no les siguen. Oyen su voz pero o no la entienden o quedan confundidas, o les trae sin cuidado.

Cuenta una leyenda india que cierto hombre fue acusado por haber robado una oveja, siendo obligado a comparecer ante el juez con su acusador. Ambos a una juraban y perjuraban que la oveja era suya. Entonces el juez mandó traer al animal y encerró a los dos supuestos dueños en dos cuartos separados. “Ahora, dijo a uno, llama a la oveja”. Él por más que la llamó la oveja no se movió siquiera. Sin embargo cuando el acusado empezó a llamarla chasqueando la lengua, como acostumbraba, esta corrió inmediatamente en busca de él. Así pudo saber el juez quien era el verdadero dueño. El pueblo no reconoce muchas veces las llamadas de algunos gobernantes. Mal amigo es el poder que, según la pintada famosa de mayo del 68, corrompe. Suele pasar en todos los estamentos. Quien acumula poder suele aprovecharlo no en beneficio del pueblo sino en amaestrar a los perros para controlar el rebaño y tenerlo a su servicio.

En nuestra sociedad es fácil darse cuenta cómo aquel que debería ser el servidor, por obra y desgracia de algunas de nuestras leyes que él mismo se fabrica a su medida, se convierte en mandamás bajo el pretexto de orden y progreso, y de ese modo el pueblo nunca podrá ser dueño de sí mismo.

Por eso la figura de Jesús se agiganta y nos deslumbra; y con todo, es posible que nosotros tampoco la hayamos ni descubierto ni entendido, después de tantos siglos. Jesús no “arrea” a las ovejas sino que estas le siguen cariñosamente; no se alimenta de su carne ni se viste con su lana sino que las alimenta con su cuerpo y sangre y las reviste con su gracia; no las lleva al sacrificio como víctimas propiciatorias sino que se sacrifica Él mismo y muere por salvarlas; no las castiga por sus yerros y pecados sino que las perdona muriendo Él en su lugar; no se va con la masa que le aplaude y quiere hacerlo rey sino que se aleja del aprisco saliendo en busca de la oveja extraviada que quedó sola en el monte. Y si el lobo las ataca él no huye, las defiende hasta arriesgar su propia vida. Jesús no tiene nada que ver con los líderes del mundo. Jesús es diferente siempre, en todo y para todos. Por eso es “el buen pastor”. Dice Paul Claudel: “No basta ser dueño del sol si no somos capaces de irradiarlo”, palabras a las que muy bien se podrían contraponer las del poeta cubano Nicolás Guillén: “Ardió el sol en mis manos / que es mucho decir, / ardió el sol en mis manos / y yo lo repartí, / que es mucho decir”.

Los cristianos hoy seguimos divididos, mucha gente cristiana vive enfrentada, se multiplican las sectas que pregonan la salvación sólo a los suyos, hay partidismo ideológico que sólo trata de mirar por su interés caiga quien caiga, hay lucha política y de clase, pero la gente humilde y sencilla quiere paz y justicia y está completamente ajena casi siempre al verdadero problema: que la están explotando y haciendo sufrir algo que no es sino el egoísmo de unos pocos dirigentes incompetentes para resolver los problemas más obvios. Luego tratan de seducir con palabras llenas de esperanza y sensatez. Jesús, adelantándose a los tiempos y curándose en salud, los califica de “lobos con piel de oveja”, y nos proporciona un test para desenmascararlos: “Por sus frutos los conoceréis”. Ahí sí que no hay posibilidad de engaño: donde está el amor y la fraternidad allí está Dios, es su palabra. Donde no lo hay no está, por muchos actos de fe que profesemos y mucho ceremonial propagandístico que despleguemos.

Hoy los medios de comunicación y la pasividad de la masa pueden hacer milagros encumbrando o hundiendo a quien les venga en gana hacerlo. Seguimos siendo como un rebaño cuyos pastores viven más a costa de sus ovejas que dando su vida por ellas ¿Quien busca hoy el bien de los demás? ¿No nos servimos más bien de los demás para encumbrarnos? Por eso hay pastores que son asalariados, así les llama Jesús. Los “bien asalariados” no suelen ser, para el Señor, buenos pastores, trabajan por dinero cuando el salario recibido debería servir para trabajar aún más y mejor en bien de los demás. Sin ánimo de crítica bastaría con hacer un análisis sobre la paga de los parlamentarios...

Otra de las características que apunta el evangelio es conocer las ovejas y que ellas reconozcan al pastor. Para ello es preciso haber sido antes cordero, es decir tener experiencia de lo que se ordena. Dicen que Nicolás de Maquiavelo, autor de  El Príncipe (s. XV), escribió también un tratado sobre la estrategia a seguir para ganar una batalla. Cierto capitán que leyó el libro puso bajo el mando de Maquiavelo un ejército de 3.000 soldados, pero el autor de El Príncipe, por más voces que daba no conseguía hacerse con el ejército. Entonces el capitán llamó al corneta y bastaron unos cuantos toques para que en pocos minutos los 3.000 soldados se pusieran al orden. De aquel suceso sacó el pueblo un sabio refrán: “Vale más la práctica que la gramática”. Derrochamos mucha tinta, papel y voz en gritar... y poco sentido común.

Finalmente el buen pastor va delante y los que quieren le siguen libremente. La libertad, con ser lo más específico del hombre, es lo más manipulado. Nos hemos acostumbrado más a “atar que a desatar”. Y Jesús no sólo dijo a Pedro: “Lo que ates en la tierra quedará atado...” sino que a renglón seguido añadió: “Y todo lo que desates quedará desatado...”, algo que tememos no sé por qué; miedo a desatar, el “Miedo a la libertad” que dijo Erich Fromm. Tenemos miedo a la libertad y nos fiamos poco del Espíritu Santo como si todo dependiera de nosotros y con miedo a que Él meta la pata. Tenemos miedo a que el Espíritu actúe de otra forma y queremos ser también su pastor... En el fondo venimos a decir lo que se dice que repetía el emperador Marco Antonio: “Todo es verdad cuando lo digo yo”.

Los primeros cristianos se guiaban por una especie de Catecismo llamado El Pastor de Hermas, del s. II. Fue un libro canónico hasta el s. V cuando el decreto Gelasiano lo declaró apócrifo. Nosotros tenemos el Evangelio, la Iglesia y la Liturgia, ellos serán siempre el mejor pastor que nunca nos engaña. Es necesario sentirnos de algún modo seguros, según dice el salmista: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar... Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo, tu vara y tu callado me sostienen...” (Sal. 23). Por ahí camina la verdadera Iglesia, la comunidad fiel de Dios, todo lo demás que acostumbramos a hacer supliendo a veces lo esencial, puede quedarse sólo en sinapismos.

Y junto a Cristo no debemos olvidar a su madre la Divina Pastora. En una entrevista hecha al escritor Graham Green decía que todas las noches rezaba un Avemaría pidiéndole a la Virgen tener más fe, creer más firmemente. Puede ser un buen consejo para ponernos bajo su cayado por mejor seguir a Cristo, ahora que se acerca mayo...

viernes, 13 de abril de 2018


DOMINGO III DE PASCUA.  15-IV-2018 (Lc. 24, 25-48) B
  
Cuando estudiábamos el bachiller el profesor de lengua se esforzaba en explicarnos, entre otras cosas, las llamadas oraciones compuestas (hoy las denominan proposiciones, en vez de oraciones, como si hasta este mismo vocablo, oración, con resonancias religiosas, molestara). Se dividían en yuxtapuestas, coordinadas y subordinadas. Las más complicadas eran las subordinadas, pues para dar con el sentido de las mismas era preciso encontrar la oración principal, y dentro de ella buscar un verbo, en indicativo, en torno al cual giraba todo el párrafo. “El verbo, o predicado verbal, es el que le da sentido a una oración” nos repetía el profesor.

Lo mismo sucede en nuestra vida. Todo es yuxtapuesto o circunstancial, causal o temporal... pero todo cobra sentido si encontramos el Verbo divino en la oración principal, que no es otra que: “Cristo resucitó”. El Evangelio define al apóstol como aquel “que vio al resucitado”, “aquel que es capaz de testificar con su vida lo que ha visto”, (¿qué otra cosa se puede dar por la Vida sino es la vida misma?). Por eso Jesús quiso dejar bien claro desde el primer momento la verdad de su Resurrección cerrando toda fisura al titubeo y a la incertidumbre: “¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón? Entonces les abrió el entendimiento...”. ¿A quién no le asalta la duda cuando menos lo espera? No entendemos por qué Dios actúa de una manera determinada y es Él quien tiene que estar abriéndonos el entendimiento a cada instante ante ciertos hechos inesperados o contradictorios que se nos presentan en la vida.

Nos sucede lo que narra una leyenda de tiempos de Jesús: Iba Él y sus discípulos por los caminos polvorientos de Samaria con la garganta reseca por la sed. En esto vieron a una mujer que se acercaba con un cántaro de agua y Jesús le suplicó al pasar:
-Mujer, danos de beber...
Ella no se detuvo siquiera respondiendo con desenfado:
 -Tengo prisa, tenéis el pozo ahí bien cerca...
Jesús le sonrió y le dijo:
-De todas formas, gracias por todo, mujer, y que Dios te dé un buen marido...
Siguieron caminando y se encontraron al poco rato con otra que venía también con su cántaro de agua.
-“Danos un poco de agua, mujer..., le susurró Jesús.
Ella se detuvo y les ofreció agua fresca del cántaro. Cuando acabaron de saciar su sed Jesús le dijo:
-Gracias mujer, y que Dios te dé un mal marido”.
Los discípulos creyeron oír mal, más luego percatados de las palabras de Jesús le preguntaron:
-Maestro ¿por qué a la mujer que nos negó el agua le deseaste un buen marido y en cambio a esta que fue tan generosa uno malo?
Jesús mirándolos fijamente dijo:
-”Para que haya más igualdad en este mundo, porque si una mujer mala tiene que cargar con un mal marido ¿os imagináis el infierno de aquel hogar? Así estando un poco repartido malos con buenos todos podrán llevar mejor la carga”.
Es una parábola, desde luego, pero indica un poco cómo hace Dios las cosas mirando siempre nuestro bien, el bien de todos aunque nosotros no entendamos el por qué. La leyenda la compuso el pueblo porque el pueblo a veces sabe ver y descubrir mejor que nadie los misteriosos caminos del Señor. Es otra versión del refrán: “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. “Entonces les abrió el entendimiento...”, dice el Evangelio. La injusticia, la desgracia, la muerte y el dolor son difíciles de entender cuando creemos en un Dios Padre que nos ama. Necesitamos alguna explicación de vez en cuando y sobre todo poner a funcionar nuestra fe.

Ante Jesús resucitado, además de la duda, surge también el miedo: “Creían ver un fantasma...”. Aunque algo deja entrever el Evangelio habría que conocer mejor cómo reaccionó el pueblo cuando vio resucitada a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naín, a Tabita, a Eutico y sobre todo a Lázaro. Posiblemente para toda aquella gente de buena fe sin duda, fue una reacción de estupor, de desasosiego y de cierto miedo, creyendo ver fantasmas. Al hombre de fe le tuvo que provocar alegría y emoción traducida en gozosa risa, como apunta Eugenio O´Neill en su obra, “Lázaro ríe”. En ella Lázaro niega que la muerte exista, después de haberla experimentado. Como diría Heine: “Lo que me hace estremecer es morir, no la muerte, esta no sé si existe; la muerte es la última superstición”.

El Lázaro de O´Neill invita a todos los hombres a reír porque como dijo Milán Kundera al recibir el Premio Jerusalén en 1985, citando un refrán judío; “El hombre piensa, y Dios ríe”. Dios se ríe... precisamente de lo que el hombre piensa. “No hay muerte, dice Lázaro, hay que reír, porque desde ahora la muerte ya no existe”. Será por eso acaso por lo que el hombre es el único animal que ríe, porque la risa es símbolo de inmortalidad. También Dante en La Divina Comedia se imagina el cielo como un lugar donde todo el mundo sonríe. Ello sólo es efecto de la fe. Si algo pide el Evangelio a los creyentes para encontrar la felicidad, el gozo y la sonrisa es que creamos. Y tan importante es la fe que a quienes siguen una religión no se les llama ni amantes, ni esperantes, ni santificados, ni redentos sino... creyentes. Se dice que hoy está la fe en crisis. No es la fe, son otros valores como la libertad, la honradez, la fraternidad, la igualdad o mejor acaso su misma práctica, pues a pesar de militar bajo dichas banderas luego en la práctica nos molesta que el prójimo sea libre, tratamos de imponer nuestro criterio a todo el mundo, mentimos desaforadamente, no somos solidarios ni caritativos con quien nos necesita, etc. todo esto es lo que hace tan peligroso vivir en este mundo entre hombres de fe.

Y si alguno se atreve a pedir libertad para actuar, igualdad para hacer valer sus derechos, veracidad para poder decir lo que siente o fraternidad para poder confiar en los demás (una palabra de honor les bastaba a los antiguos) lo tienen por visionario, creen ver fantasmas o terminan crucificándolo a su manera. Desesperados, hemos perdido la fe en la fe, el amor al amor. Sin embargo no podemos conformarnos con puras lamentaciones. Tenemos que volver a recobrar la fe, volver al convencimiento de que la verdad es lo único que de verdad es rentable y que la justicia es la primera frontera que hay que levantar para poner freno a la ambición. La fe ciega, en la técnica y en el progreso como si estuviera ahí la panacea, nos impide ver con claridad.

En una preciosa obra del novelista francés Joseph Malègue: “Agustín, o el Maestro está ahí”, plantea ese doble conflicto entre la fe y la razón: un matemático, Largilier, sacrifica su vida y su legítima sed de saber. A cambio el divino Maestro le da la sabiduría y todo lo demás “por añadidura”. En cambio el protagonista, Agustín Meriddier prefiere la Ley y los mandamientos no encontrando la paz hasta la “hora undécima” cuando, como a tantos otros, un viajero misterioso con quien empareja por el camino le pide: “Quédate conmigo... porque se hace tarde y el sol va ya de caída”. Decía Pascal que para quien busca la fe la verdad está bastante clara en las Sagradas Escrituras, pero demasiado oscura para quienes desconfían de encontrarla. Sólo la fe, fe en la fe, nos puede abrir el camino, a pesar de todas las incertidumbres que asalten nuestra certidumbre. Porque el que pretenda acercarse a Dios por el camino de la justicia, es decir quien pretenda salvarse o justificarse echando mano a la justicia, (“Dios tiene que salvarme porque yo no hago mal a nadie”), no ha entendido nada del amor de Dios.

Incluso cabría preguntar si habrá aquí en el mundo una justicia justa, ahora que hay tanto problema con jueces y magistrados. En nombre de la justicia se comenten las mayores injusticias, guerras espantosas, y crímenes horrendos. Es el pan de cada día ¿Qué solución tenemos? Jesús nos muestra su camino: dejarse de palabrerías y de grandilocuentes discursos que hablan de libertad, fraternidad, e igualdad pero que luego no se traducen en compromisos y gestos. A menudo las más grandes palabras suelen quedar en nada. Como dijo no sé quién: “Lo bueno no está en lo grande sino que lo grande está en lo bueno”. Cuando Jesús se aparece a los apóstoles estos creían ver un fantasma, que sus palabras era el susurro del viento en la ventana... Y sin embargo era Él, la misma Palabra hecha carne, y que ahora es carne resucitada, hecha palabra. “Tocad, palpad..., los fantasmas no tienen carne y hueso”. Aquí Jesús invita a sus discípulos, como en su día invitó a Tomás a tocarle y a meter la mano en su costado para conocer la verdad y la vida. La verdad fue su muerte, la vida su resurrección, “la resurrección de la carne”, dice el Credo. Un cristiano debe predicar con su vida esta verdad: que Cristo está vivo y que sigue entre nosotros.

Cuando las mujeres fueron al sepulcro les dijo el ángel: “¿Buscáis a Jesús Nazareno? No está aquí, resucitó”. Nosotros en cambio cantamos en un viejo himno eucarístico: “Dios está aquí, venid, adoradores, adoremos...”. Dios no está ya en el sepulcro vacío de las palabras huecas. Dios está aquí, en la palabra viva del “amor de los amores”. Por eso recomienda a los apóstoles que sean los testigos fieles, fidedignos, de su resurrección llevando esta buena nueva hasta el fin del mudo.

Al terminar la Misa también se nos dice: “Podéis ir en paz”, es decir, id por el mundo siendo testigos de que Cristo resucitó y está entre nosotros. Ese deberá ser el Verbo principal de la oración de nuestra vida, porque entonces nuestras dudas se disiparán, desaparecerán los fantasmas y los miedos, y sobre todo se nos devolverá la alegría y la sonrisa, esa divina risa de Lázaro que sale del sepulcro y que, desde que vio a Jesús, no sabe otra cosa que reír, consciente como es ya, de que no morirá jamás.  JM.F.

viernes, 6 de abril de 2018

DOMINGO II DE PASCUA. 8-IV-2018 (Jn. 20, 19-31) B

Estamos en tiempo de Resurrección. El Evangelio y la Liturgia vuelven una y otra vez sobre el tema. Hoy se nos recuerda una de las apariciones de Jesús a sus discípulos. Nadie, que sepamos, lo vio resucitar, es decir, nadie lo vio salir glorioso del sepulcro, sin embargo son multitud los testimonios los de quienes lo vieron resucitado. Trabajo le costó a Jesús convencerlos, pero su esfuerzo no fue en balde puesto que ellos se han convertido luego en sus testigos y mártires hasta el fin del mundo. En los juicios, la gran prueba para acusar o defender, son dos o más testigos; en la Resurrección fueron por cientos y hasta dieron su vida por lo que afirmaban. De ello se deducen tres conclusiones por lo menos:

La primera es la importancia de creer; “esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (I Jn. 5,3). Creer, lo que se dice creer... todos creemos, hasta los que no tienen fe tienen que creer... aunque sea que no. Dice el Catecismo: ¿Qué es fe? Y responde: Fe es creer lo que no vimos. Jugando con estas palabras Unamuno da otra respuesta en su obra La fe diciendo: “Fe es crear lo que no vemos”. Luego, en “El sentimiento trágico de la vida”, siguiendo a santo Tomás de Aquino, distingue entre creer en y creer a. O sea, creemos al médico, pero creemos en el curandero. De ahí que fe no sólo es creer lo que no vemos sino que, como la define el teólogo Karl Barth en Ensayo de una Dogmática, “fe es fiarse de alguien”,  aquí fiarse de Jesús que nos salvó.

Cuenta André Mauriac, católico francés, que uno de sus maestros empezaba a explicar la asignatura con esta frase de Platón: “Para encontrar la verdad hay que buscarla apasionadamente”. Lo mismo hay que decirle al cristiano sobre la fe. Mucha gente trata de encontrarla buscándola únicamente con la cabeza, discurriendo, razonando, pero hay cosas que nunca lograremos entender si no ponemos a trabajar el corazón. Eliminaríamos esa carga de intelectualismo y racionalismo duro con que queremos adornar la fe: Demuéstreme usted que hay Dios, nos dicen a los curas ciertos agnósticos beligerantes; pero a tal petición sólo cabe una respuesta: demuéstreme usted que no lo hay. Dios no es tanto cuestión de demostrar como de mostrar, es decir, es más cosa de corazón que de cabeza, la fe igual que el amor no se demuestra, se vive. Decía san Agustín: “yo creo porque amo”.

El intelectual corre el riesgo de quedarse al margen o de caminar en dirección opuesta al sentido de la fe. Como cuando cierta anciana de pocas luces pero de mucha fe contestó a quienes la provocaban con la frase de Gagarín, aquel astronauta ruso que después de su viaje espacial en la nave Vostok el 12 de abril de 1961 al regresar a la tierra dijo: “Anduve por el cielo y no vi a Dios por ninguna parte”. La anciana escuchó la frase y contestó sin inmutarse: “Pasó a su lado y no lo conoció”. No hablaba la cabeza, hablaba el corazón, pero su respuesta no podía ser más intelectual.

Si no conocen a Dios ni lo quieren conocer mal lo van a ver. Para aquella anciana Dios estaba allí, y eso no necesitaba ningún tipo de demostración, bastaba abrir los ojos, o mejor dicho, abrir el corazón para reconocerlo. Porque la fe no se demuestra se muestra, aflora, está presente lo mismo que lo está el centro de una circunferencia. Cualquiera acertaría a señalar con una cruz casi el lugar exacto sin que en dicho lugar aparezca señal alguna. Un matemático nos lo diría por medio de la fórmula:
(x-a)2 + (y-b)2=r2, en la que sólo los iniciados verían una circunferencia.

Frecuentemente el que no cree, cuando trata de indagar, lo único que hace es dar vueltas y vueltas a las palabras, dentro del círculo del espacio sin darse cuenta de que Dios y el más allá son invisibles, estando como están en el mismo centro del corazón, de la vida y del Universo. Es lo que dejó escrito en la pared de un gueto de Varsovia aquel judío perseguido por los nazis: “Creo en el sol aunque no lo vea lucir, creo en el amor aunque no lo sienta junto a mí, creo en Dios aunque no se deje ver aquí”.

Fe es fiarse de Dios pero como consecuencia también es fiarse de los demás. Esto es fundamental para la convivencia. Y a veces no sólo no nos fiamos sino que nos burlamos del prójimo tomándolo a chirigota. Cuenta Herbert Cox en su libro La ciudad secular que en una ocasión un circo, que actuaba en Dinamarca, fue presa de las llamas. Inmediatamente el director envió a un payaso, que estaba a punto de salir al escenario, a la cercana aldea a pedir auxilio. Los aldeanos creyendo que era un truco para la publicidad reían sus llamadas de socorro aplaudiendo incluso por lo bien que lo hacía hasta que el fuego se propagó arrasando no sólo el circo sino el bosque donde estaba y parte del pueblo. Tenemos que fiarnos de los demás porque a veces hasta a través de un bufón puede hablar Dios mismo. Dios está aquí, no hay que salir fuera para dar con Él. Santo Tomás necesitó meter la mano en el pecho de Jesús para creer. Estaba cara a cara frente a Él y no lo conoció porque le faltaba amor, saber mirar con amor más que con razonamientos.

Nuestro escritor Palacio Valdés, en su novela La Fe, narra las dudas de un sacerdote que, tratando de convencer a un ateo de nombre Montesinos, este llega a hacerle dudar de la fe a él. Luego la trama hace que el sacerdote termine en la cárcel por una serie de calumnias dándose allí cuenta de que no es la razón, como él pretendía, lo que puede llevar a un agnóstico a la fe. El hombre no puede librarse del dolor y de la muerte a base de razonamientos sino por medio de la fe, esto es, por un conocimiento diferente y superior del que puede proporcionarnos la razón. La novela finaliza con estas palabras sobre el protagonista: “Desde que ese conocimiento iluminó su alma vivió en continua fiesta y alcanzó la felicidad más absoluta”; que es precisamente lo que Cristo trató de dar a sus discípulos: la paz, pero no como la da el mundo. En el Prólogo, rebatiendo a ciertas personas que lo acusaban de anticlerical al hacer dudar de la fe a un sacerdote, Palacio Valdés cita estas hermosas palabras de san Francisco de Sales: “A nadie vi subir con tanta rapidez por el camino de la perfección como a las almas de aquellos que han tenido dudas de fe...”.

“Creer o no creer, esa es la cuestión”, podíamos decir parafraseando a Hamlet. Acabamos de salir de la Semana Santa; algunos años la TV emite películas sobre la vida de Jesús. Una de ellas, Barrabás, de Richard Fleischer (1962), basada en la obra del premio Nobel Pär Largerkvist, describe magistralmente la angustia de los que se debaten entre la duda y la creencia, reflejados en Barrabás, cuya alma termina hundiéndose al final definitivamente en las tinieblas. Barrabás busca la fe desesperadamente. Parece que logra alcanzar y tocar la gracia alguna vez..., pero su mentalidad de rústico es incapaz de reaccionar. Él no cree, pero los cristianos le fascinan hasta llegar a arrastrarlo a la muerte de cruz como Jesús. Anthony Quinn, que encarnó este personaje, declaraba en una entrevista: “Católico o no, la fe es para mí esencial... Sin ella no se puede vivir ni trabajar con amor por los demás. Yo siempre he pensado que Dios es algo que, aunque superior a nosotros mismos, lo llevamos dentro para poder luchar mejor contra el mal y alcanzar un conocimiento liberador de la justicia”. En efecto, sin fe es difícil dar un paso, más aún, parece imposible vivir sin ella. De una forma u otra todo el mundo cree en algo: unos creen que sí otros creyendo que no.

El segundo signo de Jesús resucitado es el perdón de los pecados. Saber perdonar no como nosotros perdonamos sino como Él perdonó. Y es tan escaso el perdón en este mundo que el que tiene el don de poseerlo puede decir que está viviendo ya una vida nueva. El perdón es señal de que al menos para Él Cristo sí ha resucitado.

Un tercer signo del Resucitado en la primitiva Iglesia era la comunicación de bienes, de bienes y de servicios, claro. Los Hechos nos lo describen así: “Los creyentes... lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio a nada de lo que tenía...”. La razón es que los apóstoles daban testimonio de ese modo de la Resurrección de Cristo con mucho valor. ¿Cómo hemos permitido los cristianos que estos valores se nos hayan ido de las manos? ¿Cómo es posible que exista en nuestro mundo tanta desigualdad y miseria, tanta pobreza, soledad, desolación y sangre si para un cristiano la esencia del evangelio y del mensaje es la fraternidad? Cuando el Señor nos pide que nos amemos ¿qué tipo de abstracción mental, qué malabarismos intelectuales y qué diablos somos capaces de hacer para poder seguir llamándonos cristianos sin amar al prójimo? Todos podemos aportar siempre algo a los demás, todos. ¡Qué hermosa frase la de aquellos hyppies que, compartiéndolo todo, trabajando en los oficios más humildes, vivían en una comuna en unos pisos abandonados a las afueras de Nueva York!: En una de las paredes se podía leer sobre una especie de caja de caudales: “Deja lo que te sobre toma lo que necesites”. La resurrección hizo cambiar de modo de pensar a los apóstoles. A veces es preciso que se muera una persona para conocerla mejor o echarla más en falta. Lo mismo les pasó a los apóstoles con Cristo: hasta que no lo echaron en falta no lo conocieron de verdad. La Resurrección aumentó su fe hasta la plena convicción, sintiéndose limpios, perdonados de sus faltas y en fraterna comunicación de bienes, que no es lo mismo que lo que practicamos con nuestras caridades.

También para nosotros debe notarse que Cristo resucitó, siendo todos unos, pero pensando en los demás, teniendo un solo corazón, una sola alma... Así y sólo así merece la pena ser y llamarse cristianos.  JM.F.


domingo, 1 de abril de 2018

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DOMINGO DE RESURRECCIÓN  1-IV-2018  B


Una de las representaciones más famosas de la Pasión de Cristo es la de Oberammergau (Babiera- Alemania). Tuvo su origen el año 1634. Debido a una peste que asolaba la región los habitantes hicieron voto de representarla cada diez años. Y así lo han venido haciendo en el cementerio de la aldea hasta 1830. Hoy se representa en un gran teatro al aire libre. Dura ocho horas y consta de diez y ocho cuadros. Intervienen 700 personas cuyas familias heredan el personaje, y deben ser oriundas del pueblo. Para poder tomar parte en el drama se escoge a las personas más virtuosas, según un criterio general. Apenas se maquillan, aunque luego conservan el peinado todo el año. Los actores son campesinos, artesanos: sastres, herreros, alfareros, etc., que preparan su papel durante esos diez años, entre una representación y la siguiente. Pero lo más curioso e interesante de todo, a mi entender, es que esta Pasión, en vez de finalizar como las otras con la Muerte del Señor en la Cruz, finaliza con su Resurrección.

Nuestras Semanas Santas castellanas, andaluzas o extremeñas... con sus impresionantes desfiles y artísticos pasos, suelen acabar el Viernes o, a todo más, el Sábado Santo, quizá debido a que esa es la mentalidad de muchos creyentes: pensar que el mundo es sólo un Viernes de dolor, un valle de lágrimas o un destierro sin casi ninguna alusión a un más allá glorioso y triunfal. Hay que llegar a la Edad Media para poder ver cuadros o representaciones de Cristo saliendo glorioso del sepulcro. Los siglos anteriores, a todo más, se le representaba presentándose a la Magdalena, a Pedro o a los demás apóstoles. Es cierto que ningún evangelista describe la salida gloriosa de Cristo del sepulcro ni cómo tuvo lugar. Hay que echar mano de uno de los Evangelios apócrifos conocido como las Actas de Pilato el cual se explaya en detalles, pero por ser apócrifo no nos sirve.

Cuando los pintores clásicos empiezan a plasmar en el lienzo a Cristo lo representan saliendo del sepulcro, dejando ver sus cinco llagas a través de un tejido, un tul trasparente. Más tarde llega la devoción al Sagrado Corazón, una devoción que ha dejado poco arte y muchos templos y literatura devota junto con infinidad de imágenes y estampitas para la sencilla fe del pueblo fiel. Bastante más antigua es la representación de El Buen Pastor, hasta el punto de remontarse a la época de las Catacumbas. Se trata de un Jesús resucitado, joven e imberbe, símbolo de la intemporalidad de su persona.

Sin embargo posiblemente lo más expresivo que heredamos de aquellos cristianos sea el anagrama de Cristo, representado por una X (chi o ji) y una P (ro) que son las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego (XPISTOS) rodeadas por una corona triunfal de laurel, de la que comen dos palomas que simbolizan las almas de los creyentes. Debajo duermen dos guardias que se les supone custodiando el sepulcro de Jesús. Para el Catecismo Holandés este es el verdadero anagrama pascual, que debería presidir estos días todos los hogares cristianos, como en algunos países preside la corona de adviento las cuatro semanas que preceden a la Navidad.
La Pascua es una invitación a la vida, tras las negras jornadas de la Semana Santa; son una invitación a vivir en plenitud. Cantábamos ayer en el pregón Pascual: “Esta es la noche en la que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo ¡Qué amor más asombroso por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! Parafraseando estas hermosas estrofas se podrían también aplicar a esta noche aquellos versos de san Juan de la Cruz:
“¡Oh noche que guiaste!;
¡oh noche amable más que la alborada!;
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada con Amado transformada” (5.-Noche oscura).

A ello invita la misma primavera que ha dado a esta Pascua el nombre de “florida”, puesto que eso es la Resurrección de Cristo: florecer, revivir, amar, nacer de nuevo... La Resurrección, es una realidad difícil de creer y aún más difícil de explicar. Ya dice san Marcos que las mismas mujeres que fueron de mañana hasta el sepulcro no creían en la Resurrección. San Juan de la Cruz tiene en la Subida al Monte Carmelo un pasaje muy hermoso a este respecto, que en resumen viene a decir: “La fe, es un hábito oscuro..., así donde más señales concurren menos merecimiento hay. De donde san Gregorio dice que la fe no tiene ningún mérito cuando la razón puede justificarla. Y por eso para hacer más meritoria la virtud de sus discípulos Jesús, antes de aparecérseles, hizo muchas cosas para que creyesen sin verle: a María Magdalena primero le mostró el sepulcro vacío y sólo después hablaron los ángeles, los discípulos primero se enteran por las mujeres, luego van ellos a ver el sepulcro; a los discípulos de Emaús les inflama antes el corazón caminando disimuladamente con ellos y hasta les reprende el que no crean a los que hablaron antes de que resucitara al tercer día...” (Ob. Comp. -Cam. 32, 8, pág. 294).

Marc André es un personaje que encarna la juventud europea descreída en una obra de Gabriel Marcel: Roma no está más que en Roma. Su madre quiere convertirlo al protestantismo a través de unos cursos de catecismo. El Pastor que los imparte es un protestante “lo más liberal que cabe” y le declara abiertamente que él no cree en la Resurrección de Jesucristo, pues debe ser entendida como un símbolo. A su tío que le asegura que los católicos sí creen en ella Marc le contesta: “Es que a esos se lo prohíben”. Marcel, después de convertido al catolicismo, contrapone esta actitud modernista y agnóstica a un hermoso texto del filósofo Schelling que merece la pena meditar: “Hechos como la Resurrección de Cristo se parecen a relámpagos merced a los cuales la más verdadera Historia, la historia interior penetra por efracción en la Historia exterior. Recusando estos hechos, rechazando estos acontecimientos se rechaza aquello que da a la Historia su valor y su única significación. Y entonces ¡qué desolada, qué vacía y qué muerta parece la Historia privada de este contenido divino...! Sin esta conexión puede haber desde luego un conocimiento externo de los hechos, un saber que sólo interesa a la memoria, pero nunca podremos entender la verdadera inteligencia de la Historia” (Ch. Moller,  IV).

Otra cosa es, como dijimos, la dificultad que entraña creer. Pero contamos con testigos, incluso testigos oculares del hecho. Cuando en un juicio el abogado defensor quiere aportar la prueba definitiva de inocencia de su defendido, presenta tres, cinco, siete... testigos. Nosotros, para probar la Resurrección, tenemos muchos más, sin que sepamos que exista nadie que afirme lo contrario, es decir que aduzca argumentos oculares en contra. Han sido muchos testigos que además han sido mártires, e. d. que dieron su vida por lo que decían. San Pedro, en su primer sermón, lo manifestó claramente: “Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver. Nosotros somos sus testigos...”. En efecto, los evangelistas son como los reporteros que cubrieron la información sobre la muerte y Resurrección de Cristo, no sólo haciéndose eco de un rumor, sino rubricando, (escribir en rojo) su reportaje con su sangre. Si esto no es argumento convincente no sé qué más criterios de veracidad hay que exigir a un historiador para que sea digno de crédito.

Nosotros desde entonces creemos sus palabras, que a la vez son “palabra divina”. Y casi desde entonces venimos celebrando cada domingo este acontecimiento. De ahí arranca el llamar al primer día de la semana Domingo, día del Señor, antes día del Sol, aún hoy se dice en inglés sunday. Por medio de la fe también nosotros nos convertimos en testigos. Ellos han sido testigos oculares nosotros somos testigos fiduciales. “Felices los que sin haber visto hayan creído” dijo Jesús a Tomás.

La noche santa de ayer quedó bendito el fuego que brotó de una piedra de pedernal y luego se fue comunicando entre los fieles al encender las velas. Y quedó bendita el agua que brota de una roca también para dar vida en torno. Todo se lleva a efecto en esa noche. Es un rito que desde el año 1000 se venía realizando el sábado por la mañana; de ahí el llamarlo Sábado de Gloria; pero en 1951 Pío XII recupera la antigua tradición de la Vigilia Pascual y así se viene haciendo desde entonces en todas las iglesias de la Cristiandad. Está más en consonancia con el evangelio y estos simbolismos del agua y del fuego cobran aquí mayor relieve. Algo parecido hizo Juan Pablo II en 1991 con el Viacrucis introduciendo nuevas estaciones y suprimiendo otras que la Biblia no recoge y que sólo sabemos por la tradición. No siempre se rezaron las estaciones que hemos conocido hasta ahora. Su práctica se remonta al s. XII y su estructura actual al s. XV. Hubo Viacrucis de 47 estaciones. Las 14 que ahora hacemos las introdujo el carmelita P. Jean Van Paesschen en el s. XVI.  A los creyentes se nos pide, no obstante, además de asistir al rito, “ser testigos fieles de su resurrección” con nuestra vida y modo de actuar. Porque si no testificamos con nuestra vida la fe que confesamos  Cristo seguirá en el sepulcro. Es preciso demostrar con nuestro modo de vivir que Cristo ya no está en el sepulcro, sino “que resucitó como lo había dicho”.