miércoles, 21 de marzo de 2018


MARZO, 22, 1958.-
Muchas gracias Luisa, Carmen, Inma...,. Con todo, en aquellos días algunos "levitaban" -no era para menos-, para otros en cambio responder a la llamda era deambular a ciegas por la oscura noche sanjuanera entre el temor y el dilema,,., entre el temblor y la lduda. Yo me llevé la mano a la frente preguntándome: "pero ¿qué vas a hacer...?". La víspera había escrito unos versos que leí días después en una solemnísima jvelada que tuvo lugar en el salón de actos, atestado de alumnos y gente de la calle, y presidida por el Arzobispo y claustro de profesores.
Estos son los versos... entre la duda y la llamada que tuve la osadía de leer, y que luego publicaron un poco retocados...

DIARIO ÍNTIMO DE UN ORDENANDO 
Si caeci essetis non haberetis peccatum”
(Si fuerais ciegos no tendríais pecado) (Jn. 9,41)

   Hoy me puse a pensar junto a mis horas
y a soñar al compás de  su silencio.
Hoy me he recogido como el ave
que busca en la oquedad aislamiento,
abriéndome hacia mí, haciendo sitio
para entrar muy adentro.
¡Tantas horas lejanas..., tantos días...,
tantos años que han muerto...!

   Ahora cambiará su curso del río,
romperá un cauce nuevo,
pasará acariciando nuevas piedras,
rompiendo y repitiendo el mismo beso
sobre las hojas ya tan muertas
orilladas al borde del recuerdo.

   Mañana brillará otro sol tan alto
como éste. Mañana los aleros
tendrán sobre los pájaros dormidos
otra lluvia de cantos. Casi siento
ahora que estoy ya con toda el alma
tocando las fronteras de mis sueños
subírseme la sangre vida arriba
y anidárseme al cuello...
¿Quién me mandó tocar tantas estrellas?
¿Qué voy a hacer con mis dos manos luego?
Tu sangre, Dios, tu sangre, mis dos labios...
toda me arde con extraño fuego,
tus ojos, mi ilusión, tanto camino,
mis pies pronto tus pies, todo mi cuerpo.

   Hoy quería pensar, pero no pude.
Hace ya tantas horas que no pienso,
y voy, como los niños a la escuela
a fuerza de costumbre... ¿Qué secreto
te llevó embarcarme a mí en Tu empresa?
No sé si me conoces. No comprendo
por qué Tú que eres sabio e infinito
fuiste un niño tremendamente bueno
escogiéndome a mí.

   Hoy quise hablarte,
decirte un poco más de esto que siento,
tocar con mis palabras tu palabra,
(acaso soy un loco sin saberlo),
quizás en un momento de locura
ignoré lo que hice .... quizá luego
apenas recordaba vagamente
la firma que estampé y el juramento
¡No me puedes, Señor, exigir cuentas!
¡No supe lo que hice lo confieso!

   Y siento mi pasado estremecido.
Y siento a todo el mundo allá muy lejos,
y tú, Señor, tan cerca,
descansando en tus obras satisfecho,
sintiéndote feliz entre estas manos,
queriendo hacerlas llaves de tu reino
¿Por qué te has vuelto loco, oh  Dios,
 y ante la diosa de mi nada ateo?

   Ayer te lo grité con toda el alma
al verte agonizar en el madero.
Y vi que se me abrían tus dos brazos,
vi tu boca entreabierta, vi tu pecho
y quise gritar más... y mis palabras
no encontraron respuesta. Comprendieron
que estaban tus oídos ya cerrados
ciegamente a mis voces sin remedio.
Entonces, (te lo digo hoy de rodillas
sintiendo en mí un nuevo nacimiento),
quise huir gritando
-burlado mi esperar,- gritar huyendo:
¡¡Eres un niño, Dios, eres un niño...
dormido en el más crítico momento!!

   ¡Quiero gritar más fuerte! Que me oigan
las estrellas de todo el firmamento:
Me acerco como un loco hacia tu mesa,
no se si de temor o sufrimiento,
me acercó como un ciego que no sabe
lo que tiene que hacer con el recuerdo,
¡no fui libre, Señor, Tú me has llamado,
me obligaba a seguirte tu silencio,
tu nunca decir nada...!,
soy un pobre viajero
que llegó a la estación del “para siempre”
en el tren inconsciente del deseo.

   Ya sabes quien fui yo y cómo han sido
mis íntimos problemas, mis  secretos.
Tú sabes la alegría de mis horas
y el perfil de mi antiguo sufrimiento.
Yo sólo sé que soy de barro,
que porté un beso extraño en algún tiempo
y que ha puesto en mi alma hoy tu llamada
un poco de misterio.

   Yo sé que he preguntado localmente,
que Tú no has dicho nada. Sé que el cielo
entero consintió.
Yo te he seguido,
y aunque estás ya conmigo ... tengo miedo.

José Manuel Feito
1958

domingo, 18 de marzo de 2018


FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ.- 19-III-97 B

De san José el Evangelio sólo nos dice que era un hombre justo, una buena persona ¡No es fácil ser justo! Y justo no tiene nada que ver con justiciero que es lo que nosotros solemos entender cuando gritamos: ¡No hay justicia!, o pedimos y exigimos ¡justicia! La Historia distingue perfectamente los dos términos en los sobrenombres de sus reyes: El Bueno, El Bondadoso, El Justiciero... Por ejemplo a Alfonso XI lo denomina “El Justiciero”, en cambio a Alonso Pérez de Guzmán lo llama “el Bueno” porque, siendo gobernador de Tarifa y estando cercado por los moros entre los que se hallaba el infante don Juan hermano del rey, le amenazaron con degollar a su hijo que habían capturado si no se rendía. Guzmán contestó con un gesto histórico: les arrojó su propio cuchillo para que lo hicieran con él, antes de rendir la plaza. A Pedro I de Castilla, asesinado por su hermano Enrique de Trastamara, se le conoce como Pedro el Cruel. En cambio a Luis de Francia se le llama “el Santo”, lo mismo que a nuestro Fernando III, rey de Castilla y Aragón, por sus vidas ejemplares. Con San José la Biblia emplea la palabra “justo”. Y ciertamente aunque no le faltaron problemas tanto familiares, como políticos y laborales, supo abordarlos y resolverlos con eficacia. Herodes lo destierra a Egipto por razones políticas: temía que Jesús, el rey de los judíos, lo destronara, María quiso abandonarlo, Jesús se le va de casa un día...
La justicia se rige por unos códigos que se componen de leyes, muchas leyes. Pero ¿son siempre justas esas leyes? ¿No es cierto que sirven, casi siempre, más al poderoso que al pobre? Si uno aparca mal de ordinario es porque no hay aparcamiento. Entonces lo normal, lo razonable no sería multar sino facilitar aparcamientos. Pero esto la ley no lo contempla, de ahí que la gente sea tan desconfiada con respecto a las leyes, cosa que no es de ahora puesto que ya el profeta Isaías voceaba en su tiempo: “¡Ay de aquellos que dictan leyes inicuas! ¡Ay de los que escriben sentencias injustas, niegan la justicia a los débiles y quitan el derecho a los pobres de mi pueblo depredando a las viudas y despojando de lo que tienen a los huérfanos! ¿Qué vais a hacer el día de la invasión, de la catástrofe, que ya se acerca desde lejos? (10, 1-3).
Con la ley en la mano se han cometido a través de la Historia enormes injusticias que alguien calificó como “la inmoralidad de la moral”. La ley debe llevarse en el corazón y no en la mano. Este derecho que tiene el hombre a regirse por leyes justas que resuelvan sus necesidades no que las multipliquen es la que obligó a Monseñor José María Pires, obispo amigo del brasileño Helder Cámara, a decir: “El derecho de la necesidad está por encima del derecho de la propiedad”. De ahí que no se pudo escoger un adjetivo mejor para calificar a un hombre llamado simplemente José de justo, sin más títulos, y que sacó adelante a su familia trabajando en un oficio humilde y supliendo con creces el derecho del hijo de Dios a tener padre en la tierra, sin haber tomado arte ni parte activa en el asunto, siendo por lo tanto el ser justo su mayor virtud.
Una segunda consideración que cabe hacer ante la figura de este santo es que era “un hombre de base”, un carpintero que ni hubiera pasado a la historia por su oficio ni su nombre hubiera sobrepasado la frontera de su pueblo y contornos de no haber sido escogido por Dios. A Jesús sólo le dejó en herencia el oficio y el apodo “el hijo del carpintero” además de la crianza. Él, siendo humilde, hoy aparece como un gran hombre. En la historia tuvo que haber muchos de estos hombre hoy desconocidos, gente de pueblo verdaderamente justos y honrados gracias a los cuales disfrutamos hoy de una cierta convivencia humana y de la paz que cabe tener en este mundo de guerras y de odios. ¡Cuántas batallas ganadas por ejemplo gracias al valor de un soldado desconocido que lo arriesgó todo, hasta su misma vida incluso contraviniendo unas órdenes dadas por quien luego se llevaron las medallas!
También la Iglesia necesita hombres así, personas de base, que luchando a veces contracorriente, incluso amonestados y excluidos de la Iglesia, (pensemos en los sacerdotes obreros o los teólogos de la liberación), han dado su vida al servicio de Dios y de su Iglesia. Y lo mismo hay que decir de esos arriesgados misioneros perdidos y olvidados en lo más escondido del planeta cuya vida de abnegación y sacrifico hasta la muerte hoy nadie sabe (a veces su tragedia se deja ver en los medios de comunicación) pero que han hecho que la fe llegara hasta los confines de la tierra. En otro aspecto y sin ir más lejos hoy nadie sabe qué manos levantaron este templo ni con qué sacrificios, sudor y abnegación gracias a ellos podemos rezar hoy a gusto en él. Y lo mismo que el templo material la fe que nos legaron y que alguien sembró sabe Dios cuando para que nosotros cosecháramos sus frutos.
Muchos de esos hombres se preparan para esta lucha en el Seminario dispuesto a ir por el mundo a predicar el Evangelio. Hoy la preparación es distinta y los sistemas han cambiado. Tenían que cambiar... Decía en otra ocasión el citado Monseñor José María Pires hablando del Seminario: “No debe ser un lugar donde se prepara a la sacerdote durante mucho tiempo como lo fue hasta ahora (12 años estábamos nosotros) sino un tiempo corto que se pueda alargar e el trabajo personal, en casa, en una universidad o en la parroquia”. Es decir, hay que empezar a ejercitar lo que uno quiere ser, o está ya siendo, en pequeñas parcelas para poner en práctica lo que sabe y comunicar lo que siente. Es uno de los principios de la lógica materialista: “Unidad de pensamiento y acción”, que se puede aplicar aquí perfectamente. Es lo que dice el historiador inglés Paul Johnson en su obra “La búsqueda de Dios” hablando de la oración, que esta debe ir asociada al pensamiento; y cita una frase de Claudio el rey traidor de Hamlet mientras el príncipe vengador le observa cuando reza en la capilla: “Mis palabras se elevan en silencio, mis pensamientos permanecen en la tierra, palabras sin ideas no llegan al cielo”.
Finalmente San José fue un padre ejemplar. Hoy celebramos también el día del padre. Acudimos con frecuencia a los santos para invocarlos como intercesores esperando de ellos milagros como si fueran ídolos o talismanes a nuestro servicio, sólo basta recordar la devoción a san Pancracio que a lo que uno oye y con qué fines se le honra más parece a veces ser un ídolo que un santo de Dios. Porque los santos se ponen en los altares no sólo para pedirle gracias, podíamos decir que eso es lo secundario, los santos están ahí para “servir de modelo” y poder copiar de ellos, cosa que olvidamos con frecuencia. Aún recuerdo aquellas vidas de santos que se leían por la noche en cada casa tras el rezo del rosario. ¡Cuántas personas escuchándolas sacaron el propósito de parecerse a ellos a pesar de que a veces sus virtudes se exageraban al punto de hacerlas poco dignas de crédito o inimitables!
San José es un buen modelo. No hizo ningún milagro en vida que sepamos, sólo se dedicó a trabajar y a proteger a Cristo. El evangelio no recoge ni una sola palabra que haya dicho. Su misión tal parece que solo consistió en oír, ver y trabajar en silencio, al revés que nosotros que ni oímos ni escuchamos ni queremos ver ni trabajamos lo debido en cambio hablamos sin parar a todas horas, de todos y en cualquier parte. Por eso sorprende cuando algunos novelistas como el polaco Jan Dobracznski en su novela “Historia de José. La sombra del padre” le hace hablar de continuo casi durante 300 páginas.
Los padres tienen en José un buen modelo. Todos lo tenemos y esa debe ser nuestra tarea principal tratar de imitarle. Después viene el encomendarle los problemas al punto que Santa Teresa de Jesús llega a afirmar: “Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendeme mucho a él. Vi claro que así, de esta necesidad (unas ceremonias supersticiosas que Santa Teresa vio practicar a algunas mujeres) como de otras mayores de honra y pérdida del alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora de haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así del cuerpo como del alma; que a otros santos parece que les dio el Señor la gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra (que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar) así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto algunas otras personas (a quien yo decía se encomendasen a él) también por experiencia, y así muchas le son devotas, de nuevo experimentando esta verdad” (Vida c. 6, 6).
Creo que merece la pena la cita aunque sea larga para no olvidarnos de encomendarnos todos a él: los sacerdotes y seminaristas para ir por el mundo a predicar el evangelio, los fieles para saber recibir el mensaje y ser testigos fieles de la resurrección de Cristo. La Iglesia no es de los curas solamente ni siquiera de los Obispos ni del Papa, la iglesia es de todos los hombres. Por eso es deber de todos colaborar a fin de que no sea una mera Institución humana a la que hay que salvar y defender, sino una Comunidad de amor en la que todos podamos ser salvos porque su Pastor a todos defiende y salva.

viernes, 16 de marzo de 2018


DOMINGO V DE CUARESMA.- 18-III-2018 (Jn. 12, 20-23)


El evangelio abunda en una serie de paradojas, o frases aparentemente absurdas o contradictorias, como “los últimos serán los primeros”, “felices los que lloran”, “el que ama su vida la pierde”, “vale más dar que pedir...”, etc. Si analizamos su eficacia vemos que no son ningún disparate. Incluso el Sermón de la Montaña es una pura paradoja. Hoy dice el evangelio: “Si el grano de trigo no muere queda infecundo”. Cualquier agricultor sabe cuánta verdad encierra esta frase. Morir para resucitar. Los náufragos de “La isla misteriosa” de Julio Verne, de no conocer esta ley, se habrían comido los granos de trigo que aparecieron misteriosamente un día en el bolso del marinero Oencroff, y no los habrían sembrado. André Gide escogió esta frase para describir su crisis espiritual, y Dostoiesvki inicia con ella su gran novela Los hermanos Karamazov. Esa es la dialéctica del Evangelio, en ella se inspiran los literatos y de ella echan mano los filósofos para explicar la ley de los contrarios, la de la negación o la de la evolución, que son la base del materialismo dialéctico. Hace cien años escribía Federico Engels: “Un grano de cebada cae en terreno abonado y germina. Ese grano deja de existir pero en su lugar nace una planta que produce nuevos granos. Si en vez de enterrarlo se hubiese molido o guardado no hubiera dado fruto” (Dialéctica de la negación, XIII). Es la eterna lección de la Naturaleza a la que tantas veces tenemos que volver los ojos para seguir sus leyes puesto que las de la razón no bastan. Tras el invierno llega la primavera, tras la noche el día, después del sueño el despertar, y, siguiendo esa línea, tras morir resucitar. Si constatamos que es una ley de la naturaleza ¿por qué no aplicarla de igual modo a la existencia? O sea, sembrarnos para después resucitar.

En los primeros tiempos del Cristianismo hubo mártires a millares. Aquellos emperadores creían que enterrando cristianos moriría la Religión. Sin embargo sucedió todo lo contrario, germinaron y renació el cristianismo con más brío, de modo que el escritor Tertuliano no pudo menos de exclamar: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Fue aquella una lección que aprendieron y han puesto en práctica ciertas ideologías, algunas de las cuales ya vemos en qué dieron. Dicen: “No conviene hacer mártires, hagamos apóstatas”. Y esa fue la táctica seguida en muchos países. Sin embargo muertes como la de Oscar Romero o la de Ellacuría y compañeros, han hecho que muchos despertaran y abrieran los ojos a la luz del Evangelio. También si se aplica a cada persona esta ley da buenos resultados. Menninger, famoso psiquiatra americano dijo: “Cristo hace siglos que estableció uno de los principios mejores para el equilibrio de la mente que hoy reconocemos como principio de importancia capital: “quien salve su vida la perderá y el que la pierda por mí la salvará”. Esta sentencia condensa como un relámpago los atributos del individuo maduro. Algunas personas pueden amar a los demás de tal manera que obtengan más satisfacción en ello que en el ser amadas ellas mismas. Estas palabras continúan siendo un magnífico mandato. Aquel que lo cumpla puede pasar su vida sin tener que pedir hora en la consulta del psiquiatra”. ¿No merecería la pena en estos tiempos de tanta depresión, angustia y desasosiego interior escuchar voces de esta guisa cuando nos parezca que el Evangelio pierde fuerza a base de escucharlo? Porque hasta en el terreno personal puede ser la solución vencer nuestro egoísmo y enterrar nuestro amor propio no sólo para ser mejores sino para encontrar la paz del alma y ahuyentar las neurosis de las que es presa el hombre de hoy. Como dijo Karl Yung: “A medida que se pierde la Religión (el amor a los demás) aumentan los neuróticos”. Puede que sea esta la madre de todas la batallas, acaso no podamos nunca ganarla del todo pero Cristo nos anima a enfrentarnos con ella y dar la cara.

Oímos con frecuencia: ¡Ya es la hora...! Pues esta es la hora. Se suele decir: “Estamos viviendo una hora crucial de la Historia”. Jesús nos pone ya de sobre aviso: “Ha llegado la hora”. Porque también en el reloj de Dios suena la hora, la hora H. Los aviadores llaman al momento del ataque la hora U. Los escritores aprovechan estos juegos de palabras para interpretar una época: La hora Veinticinco, El 32 de diciembre... En La Hora U, obra del poeta holandés Martín Nijhoff (+1953) narra la historia de un hombre misterioso que aparece en una calle donde unos niños juegan y la gente mira a través de los cristales. Al pasar el personaje los niños interrumpen sus juegos y tratan de seguirlo, como arrastrados por un no sé qué misterioso. Los padres salen corriendo en pos de sus hijos y los devuelven de nuevo a sus juegos en la calle. El pueblo recobra su antigua rutina. Esa escapada de los niños fue la hora U, la hora de la libertad, de huir de la monotonía y emprender un nuevo camino. En este caso regresaron a su monotonía prefiriendo permanecer en lo de siempre a arriesgarse en busca de nuevos horizontes.

Con todo, el arriesgarse a emprender nuevos caminos tiene también sus riesgos que el teólogo italiano Domenico Giuliotti (+1956) describe en su obra La hora de Barrabás, acusando a la civilización moderna, desde un catolicismo muy tradicional, el haber abandonado los caminos trillados de la fe y la tradición. Así, por ejemplo, acusa a ciertos politicastros que llevados de una falsa y mal llamada progresía nos enzarzan en guerras que sólo acarrean más pobreza y miseria, o a ciertos investigadores que bajo el marchamo de la ciencia están empezando a acarrearnos tremendos problemas, o a esos profetas sociales que con el señuelo de nuevas conquistas en el mundo obrero hacen caso omiso de las normas que fueron válidas hasta hoy provocando en la masa obrera más inseguridad y paro. Y no digamos nada si hablamos de ciertos moralistas de pantalla que investidos de, uno no sabe bien de qué ciencia infusa, dando de lado a las eternas leyes de la ley de Dios, dan normas de comportamiento sobre todo al mundo juvenil cuyas catastróficas consecuencias no hace falta señalar pues están a la vista de todos. ¿Es esta la hora de Barrabás, sugerida por el teólogo italiano? ¿Es la hora de las tinieblas que Jesús profetizó? Los hechos a veces parecen confirmarlo.

Sin embargo y a pesar de todo un creyente no puede ni debe ser nunca catastrofista. Esto ni es evangélico ni saludable. Es más cristiano convencernos de que, a todo más estamos en la hora de la verdad, o en “La hora de todos”, como denomina don Francisco de Quevedo ese momento dado, en el que cada uno deja de ser lo que aparenta ser para aparecer lo que realmente es: el médico un verdugo, el juez un reo, el criminal un juez, los ministros ladrones, etc. (lo dice don Francisco de Quevedo, que quede claro), es decir todos son devueltos a su verdadera condición, a lo que de verdad son. Por eso “La hora de todos” no es ni más ni menos que la hora de la verdad. Ya él, curándose en salud, dice en la dedicatoria de la obra al canónigo de Toledo don Álvaro de Monsalve: “Extravagante reloj este, que dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano. Bien sé que lo han de leer unos para otros y nadie para sí. Si agrada lo que digo, bien se puede perdonar a un hombre el ser necio una hora cuando hay tantos que no lo dejan de ser en toda su vida”. Es verdad, pues “De los tontos que hace Dios / nacen en un día ciento, / mueren en un año dos”.

Lo que más apreciamos en el mundo es la vida y quien sepa perderla ya sabe que la ganará eterna. Hace 62 años un alcalde de Avilés llamado David Arias, escribió una novela titulada “Después del gas”. Se desarrolla aquí, en Villa (Corvera). Tras una espantosa conflagración química sólo se salvan de la catástrofe un grupo de personas que logran refugiarse en un bunker construido en el monte Gorfolí. Una vez que pasan los efectos del gas y salen, empiezan a vivir una vida en libertad y diferente; hasta incluso hace acto de presencia un grupo de mujeres que levantan en Lugones una comuna feminista, una sociedad de mujeres sin armas ni guerras, sin hambre ni paro, sino con una vida en paz y estable en medio de una fraternidad universal que alcanza a todos. A pesar de su agnosticismo es curioso el programa: “...esos hombres y mujeres ya no respetaban deidades ni templos. Sólo en... las noches de plenilunio se reunían a la vera del fuego sagrado para adorar al Dios sin nombre...” (pág. 268). En el fondo esa es la aspiración de todo hombre de buena voluntad, esa fue la utopía de tantos y tantos pensadores empeñados en imaginar un mundo venidero tal, que en él no hubiera lugar para las armas, los egoísmos, las ambiciones, las envidias, los enfrentamientos... Todo eso debemos enterrarlo... y esta es la hora, no podemos aplazar más su puesta en acción.

En la oración del Ave María le pedimos a la Virgen que nos ayude en dos momentos cruciales de la vida, en realidad los dos únicos momentos de verdad auténticos y ciertos: que ruegue por nosotros “ahora”, no mañana ni luego que aún no existen, no, ahora; y “en la hora de la muerte”, la verdadera hora H, u hora U de nuestra vida... Además estamos en un tiempo apropiado para la conversión, una conversión personal y colectiva que no debemos demorar por más tiempo, puesto que, como decía la inscripción de aquel reloj de campanario de una iglesia leridana, “es más tarde de lo que tú piensas”.

jueves, 11 de junio de 2015

cura xagó y vaqueiro:

DIOS EN MÍ

En el  V Centenario de santa Teresa

En una de las catequesis que el papa san Gregorio Magno impartía en su mansión de Letrán a los hijos de los bárbaros, (lo cuenta en uno de sus sermones) les preguntaba: “Un niño que es bueno, bueno… ¿a quién tiene en su alma?”. Respondían a coro: “A Dios”. “Y Dios ¿dónde está?” seguía preguntando el Papa. De nuevo la chiquillería: “¡En el cielo..!”. Y el Papa sonriendo concluía: “Pues si Dios está en el cielo…,  y un niño bueno tiene a Dios en su alma….,  tiene en su alma el cielo”.

Lo expresaba de igual modo siglos después la monja carmelita, santa Teresa:
Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
no andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres
a Mí, buscarme has en ti.
Al tocar este tema conviene recordar que a los místicos, y entre ellos a nuestra santa, les es difícil prescindir de las categorías espacio y tiempo, incluso refiriéndose a Dios, al mundo sobrenatural o a los santos del cielo, ubicándolos siempre aquí o allá, haciéndoles venir, subir, entrar… Por tanto, solo teniendo eso en cuenta se puede hablar de Dios en el cielo, -en un cielo fuera de mí-, solo teniendo en cuenta eso.
La luz del sol que recorre 150 millones de Km a través del espacio hasta llegar a nosotros, atraviesa zonas bajo cero, y en plena oscuridad. Solo es posible ver su luz cuando esta encuentra a su paso un cuerpo, por ejemplo nuestro planeta. Entonces deja de ser oscuridad y frío y se convierte y se revela como luz y calor y así la recibimos en la tierra. Dios, que lo llena todo oscura, silenciosa e invisiblemente, se revela a los hombres cuando los encuentra o le encuentran y lo reciben. Para quien no lo recibe sigue siendo noche oscura. El encuentro con Dios en mi alma es luz de amor y amorosa estancia.
Por lo tanto un primer paso es descartar todo lo referente a las categorías tanto de lo localmente espacial como de movimiento material ir o venir. Ni la Virgen viene, ni Dios se aleja, ni entra, ni sale… Ni el alma vuela, ni se va a los cielos. Simplemente están, son,… sin necesidad de movimiento espacial alguno. En realidad ¿de dónde van a venir o a dónde van a ir si el cielo no está ni arriba ni lejos ni en ninguna parte? El Reino de Dios está dentro de nosotros. Y si lo tenemos dentro ¿por qué buscarlo, o hacerle venir de fuera?  Dios, el cielo lo tienes dentro de ti. Búscalo en ti.
El hecho de que Dios ni viene ni se va lo explica el catecismo para adultos de san Severino de Paris a propósito de la Ascensión diciendo que el Señor no subió a los cielos por su propio poder, sino que simplemente pasó de un mundo visible a otro invisible o espiritual. Debió de ser como una entrada a través de los ojos de los apóstoles hacia el cielo de sus almas… hasta que en la nube de sus lágrimas lo dejaron de ver. ¿A dónde iba a subir si el cielo está dentro de nosotros? De modo que los videntes, los santos, santa Teresa lo único que hacen en sus visiones,  ya sean reales o imaginarias (así las divide la santa) es un camino inverso a la ascensión, es proyectar fuera de sí pero desde sí mismos, desde ese cielo que llevamos dentro la imagen de Jesús, de ángeles o de la Virgen. Es una proyección de dentro afuera más que una venida hacia nosotros desde ese no se sabe dónde, y que carece de sentido imaginarlo espacialmente. Esta visión de imagen interior proyectada, se deja traslucir en los escritos de los místicos. Así  lo expresa a su modo san Juan de la Cruz cuando dice en su conocido Cántico espiritual:
“¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!”,
Porque ¿no es verdad que ha dicho Jesús: “Si alguno me ama… haremos en él nuestra morada” (Jn.14, 23)? ¿Cómo se podría entender de otra manera? Y no olvidemos que la sede del amor son las entrañas: amamos entrañablemente, con más profundidad que cordialmente.
Buscando en ti…, porque ahí es donde se esconde y donde se encuentra, y es ahí en donde la santa nos enseña a encontrarlo. Jesús perdido camino de…para muchos, podemos encontrarlo de nuevo, pero debe ser en el templo, siempre en el templo, templo del Espíritu Santo, que es nuestra alma.
El hecho de saber y tratar de ver en mí y no fuera de mí el cielo e imaginar en ese cielo a Dios y explicar las visiones de la santa como una simple pero divina proyección de la imagen que llevaba dentro, (el que se entiendan así no pierde nada de su valor sobrenatural) incluso imaginarme que cuando pronuncio las palabras de la consagración Jesús no viene de ningún sitio sino que sale de algún modo del cielo de mi alma en gracia, son algunas de las consideraciones que me suscitó la lectura de ciertos pasajes de los libros y un poema de la santa.
 Es verdad que en otros momentos, acaso por el deseo de unirse a Dios parece que la santa ansía salir del cuerpo y volar al cielo en busca de Él. Es porque hasta a los santos les cuesta trabajo asimilar y hacer suya esta verdad desprendiéndose de los tradicionales conceptos y modos de hablar debido al enorme peso de la tradición. No sé por qué siempre tratamos de mandar a Dios para allá arriba, lo más lejos posible, como si aquí nos estorbara, imaginándonos las apariciones como un viaje espacial de la Virgen o de quien sea a tal o cual lugar, a través de…, cuando todo está dentro de nosotros.
El mismo san Agustín a quien santa Teresa leía con frecuencia, confiesa en un pasaje muy conocido, que tardó en caer en la cuenta cuando dice: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. He aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo”. No sé si a alguien le ayudará o convencerá esta interpretación un poco fuera de lo común. A mí desde luego me hace mucho bien.

lunes, 2 de septiembre de 2013

PAPA FRANCISCO SÍ, PERO...


Estamos todos, o casi todos entusiasmados con el nuevo Papa. Parece que fue un milagro. Como si se hubiera abierto el cielo o roto una vidriera en la gran catedral de la santa Iglesia y entrara un vendaval. “Por favor, aire fresco” gritaba E. Sola, autor de “La Isla”, por favor aire fresco, un nuevo espíritu anhelaban muchos  creyentes. Cada discurso, cada intervención del nuevo Papa es una sorpresa… La gente quiere cambio. Eso hizo triunfar a un partido hace años en unas elecciones. Cambio, por favor… Sucesor de Juan XXIII, parece que al fin la iglesia ha encontrado  su camino…
PERO…
¿Quién ha pensado en esos dos tercios de cardenales que lo eligieron? ¿Acaso no es a ellos a quienes se lo debemos? ¿Qué sesudo periodista -zahoríes algunos de los entresijos más entresijos de la gran noticia-, podía sospechar siquiera que, bajo aquellos capisayos, no sé cuantos llevaban en su cabeza un plan, un programa, una persona?  “Ecclesia reformanda…”, ¡hay que reformar la iglesia…!, pedía san Agustín… Tardamos un montón de años en llevarlo a cabo. Uno veía desfilar camino de la capilla Sixtina a 115 cardenales, muchos entrados ya en años, y al parecer la mayor parte iba pensando: Ecclesia reformanda…, esto tiene que cambiar, esto debe cambiar, la curia debe ser cribada, la iglesia purificada, las estructuras remodeladas.
Y al parecer es por la curia vaticana, con la sombra de la banca y de los lobby a sus espaldas, por donde dio comienzo.  Con todo hay un error en no pocos comentaristas al confundir la jerarquía con la curia, y la Iglesia con la Jerarquía, aunque en parte se entrecrucen. En la curia puede haber seglares sin ser por tanto ni jerarquía de orden que se imparte por un sacramento, ni siquiera de jurisdicción que es confiada por nombramiento. Y era la curia el punto de mira de dos tercios de los cardenales. Los cardenales gozan de ambas jerarquías, orden y jurisdicción. Pues bien, fue precisamente la jerarquía la que pensó en un cambio en la curia y demás estamentos contaminados dentro de la Iglesia.
A menudo se cae en la teoría de los universales, otra vez el eterno problema medieval del nominalismo, como si la jerarquía fuera una especie aparte, un ente real que anda por ahí planeando sobre las cabezas de los fieles y no tan fieles. Creo que en este terreno habría que volver al nominalismo y dejarse de crear entes de ficción. La jerarquía y la Iglesia están compuestas por ciudadanos, por personas, personas con un poder sacramental o jurisdicional, pero al fin y al cabo personas como el resto de los humanos.
El ser cura, obispo o papa es solo un adjetivo, que no anula ni siquiera aminora a la persona, al hombre, si acaso solo lo enriquece. El sustantivo es ser hombre, ser persona, con los mismos atributos, derechos y obligaciones que cualquier otro votante y contribuyente, exactamente los mismos. La voz Iglesia, en algún sentido, también cabría decir que es una especie de flatus vocis, porque la iglesia somos todos, uno por uno…, sin personas, sin cristianos no habría iglesia. Que a esa unión de fieles se le llame iglesia no deshumaniza ni despersonaliza a sus miembros, en un apartheid religioso, ¡qué más quisieran muchos! siendo así que sus miembros son, somos ciudadanos de a pie como otros cualesquiera.
Por eso el papa Francisco nos quiere antes personas que cristianos, antes cristianos que curas, primero buenas personas… luego buenos cristianos, ejemplares ciudadanos, excelentes vecinos siempre en primer lugar, y el resto, los adjetivos que se quiera, como complemento.
“Volviendo a lo primero…”, que decía el viejo catecismo, volviendo a los cardenales que votaron al Papa ¿no merecerían un mayor protagonismo, y tenerlos más en cuenta con algún tipo de reconocimiento público…, un premio o al menos  un poco más de atención, consideración y admiración?
Yo creo que tienen derecho a ello. Si algo pudiera uno pedir y hacer saber al Papa Francisco, sería que olvidara aquel “esto no os lo perdono” que dijo tras la elección y tras el perdón y en nombre de toda la iglesia tuviera un recuerdo de gratitud para sus al menos 76 electores. Yo solo me atrevo a decir ante tanto acierto y discreción: ¡Gracias eminentísimos señores!

domingo, 1 de septiembre de 2013

cura xagó y vaqueiro:

cura xagó y vaqueiro:
LA VIRGEN DEL CARMEN,

EN PALACIO VALDÉS


Una atenta lectura de nuestro novelista muestra a las claras que esta advocación mariana está muy presente en su obra. Aparece ya en los primeros años de su vida, según cuenta en La novela de un novelista: “Los domingos… nos poníamos en marcha hacia la iglesia…. Nuestro párroco veía abandonada a nuestra Virgen del Carmen, patrona de Entralgo, era devotísimo de ella… y no cesaba de exhortarnos para que nosotros lo fuéramos también. Pidamos a la Virgen con insistencia -nos decía-… porque aunque parezca alguna vez que no nos escucha, seguro es que al fin nos atenderá” (“La novela de un novelista”. Ed. F. Trinidad, p. 66). Y en otro lugar hablando de un amigo: Me llevó a su casa y vi con asombro y placer que su madre le había dejado un cuartito para oratorio y que él lo había arreglado... Un altar con su retablo y su sabanilla, una imagen de la Virgen del Carmen, otra de San José, un Niño Jesús, incensario, ciriales, casulla, bonete. Él celebraba misa y yo le ayudaba” (Ob. cit., p. 134) (1) También evoca la imagen del Carmen bajo los arcos de Galiana cuando dice: “Allá, hacia el medio, sobre uno de ellos hay una hornacina y dentro una pequeña escultura de la Virgen alumbrada por una lámpara de aceite” (p. 133) La leyenda habla de un incendio del que salió ilesa una mujer por haber invocado a la Virgen del Carmen. En agradecimiento colocó allí una talla de madera que desapareció en 1931. Se repuso otra hecha de barro, que fue robada. Un artista avilesino, Amadeo González, talla una nueva escultura, que fue objeto a su vez de malos tratos..., (Por lo visto también las imágenes sufren violencia de género). Los avilesinos aún hoy en desagravio cantan esa noche ante la imagen: “Estrella de los mares…”.

Un primer matiz de esta advocación del Carmen aparece tanto en “Santa Rogelia” como en “La aldea perdida”, novelas sobre la minería, y sin embargo no aparece en “José”, novela marinera cien por cien, donde el auxilio espiritual se busca no en la Virgen del Carmen sino en el Cristo de Candás. La mina y el mar se aúnan en esta advocación del Carmen, desconozco muy bien por qué. De algún modo, mina y mar, están admirablemente matrimoniados en la canción de J.L. Delestal: Dicen que va baxo el mar / la mina de la Camocha /y que a veces los mineros / sienten les oles bramar. …dicen que va baxo el mar… / y a veces los marineros/ sienten el grisú explotar”. Y no sólo en La Camocha también en la mina de Arnao, cerca de Avilés, donde, según la novela, a la madre de Plutón le asaltaron los dolores de parto y allí nació, en una caseta de madera sita en el fondo de la mina, donde su padre solía dormir. (La aldea perdida, ed. de F. Trinidad, p. 186).

Palacio Valdés sitúa a la Virgen del Carmen no en el mar sino en la zona minera de Laviana. Así en “La aldea perdida” se dice que el segundo domingo de agosto ¿? tienen lugar las fiestas del Carmen en Entralgo… “caminaban (Bartolo, Quino y Celso) un sábado del mes de julio, víspera de la romería del Carmen” (ob. cit. p. 65). “César de la Matas jamás había dejado un año de oír la misa del Carmen en Entralgo” (p. 125). “… salía la sagrada imagen de la Virgen del Carmen por la puerta de la iglesia…”...“Todos, grandes y niños volvemos nuestros ojos hacia la Virgen del Carmen, nuestra madre” (p. 135-136) y “las zagalas… todas llevan colgado al cuello el santo escapulario” (p. 137). El c. V se titula “La romería del Carmen” (p.139), pero luego en él no se hace alusión alguna a la Virgen.
Dice Nolo a Demetria: “Toma esos claveles… si pasas por la iglesia de Entralgo déjalos a la Virgen del Carmen. Es nuestra madre, y ella nos juntará otra vez” (p. 259) Abundan invocaciones como “Dios y la Virgen del Carmen le dé, señor, larga vida...” (p. 314) “¿Quien será? ¡Virgen sagrada del Carmen! ¡Es ella…!” (p. 319) El último capítulo (XXII) vuelve a recodar el regreso de la fiesta: “Era llegada de nuevo la fiesta de Nuestra Señora del Carmen” (p. 361) y muy al final: “Se aguardaba con impaciencia la romería del Carmen” (p.365). Hay un momento en el que encontramos de nuevo aunados “el mar y la mina” en sendas expresiones: “Ay madre mía del Carmen, amparadnos, exclamó doña Robustiana…”. “Ay, Santo Cristo de Candás” (p. 192). En “El señorito Octavio” curiosamente aparece el escapulario a modo de “detente” contra las balas: “-¿Llevarías escapulario...? -De Nuestra Señora del Carmen? -¿Caíste herido...? -Una vez… poco faltó para que me echaran la tierra encima” (Obr. Com. Ed. Aguilar, p. 50). Para más información El Bollo 2011, p. 92.

También aparece la Virgen del Carmen, aunque no tantas veces, en “Santa Rogelia” otra novela sobre la mina”. En el c. IV de la II parte “Cristobalina le dice a Rogelia: ¿Quieres ayudarme a rezar el rosario? Rogelia se turbó visiblemente. Aquella invitación la cogió desprevenida. Desde que había salido de Langreo no había vuelto a rezar ni a entrar en una iglesia… Cristobalina… guardaba en una hornacina una preciosa imagen de la Virgen…  y el hábito del Carmen que había vestido en el convento” (Obr. Com. Ed. Aguilar, t. I, p. 1.851). “Te lo diré yo: lo que sentiste fue asco… ¡Eso es! Aquel mismo día me postré ante la imagen de la Virgen del Carmen, le pedí perdón por haber faltado… y resolví hacerme religiosa carmelita” (ob. cit., p. 1.855). “Cristobalina fue amortajada… Le vistieron el hábito del Carmen que había usado en el convento” (p. 1.859). “Pues bien, tío Zenón, que Dios le bendiga como yo le bendigo. Que la Virgen del Carmen le proteja ahora y en la hora de la muerte”. (p. 1.898). “Fueron al muelle. Baldomera le preparó merienda. Un cestito con ella y el libro de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis… La despedida fue muy tierna… ¡Quién sabe, Baldomera! Pídeselo a la Virgen del Carmen” (p. 1.899).

Finalmente en el hermoso cuento “El pájaro en la nieve” cuyo protagonista es un pobre huérfano ciego que… “Como apenas había conocido a su madre, buscó por instinto en la de Dios la protección tierna y amorosa que sólo la mujer puede dispensar al niño; había compuesto en honor suyo, algunos himnos y plegarias y no se dormía jamás sin besar devotamente el escapulario del Carmen que llevaba al cuello”(Obr. Com. Aguilar, t. II, p. 1.045). “Llegó un momento en que el frío y el dolor le apretaron tanto que se sintió casi desvanecido, creyó morir y, elevando el espíritu a la Virgen del Carmen, su protectora, exclamó con voz acongojada: ¡Madre mía, socórreme! Y después de pronunciar estas palabras se sintió un poco mejor y marchó, o más propiamente, se arrastró hasta la plaza de las Cortes. Allí se arrimó a la columna de un farol, y todavía bajo la impresión del socorro de la Virgen comenzó a cantar el Ave María, de Gounod, una melodía a la cual siempre había tenido mucha afición”. (ob. cit., p. 1.047). “La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobre ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa; Juan creía escuchar la de la Virgen; notó que lloraba cuando su marido relató de qué modo le había encontrado”. (p. 1.049).

Palacio Valdés da a entender que siempre abrigó un entrañable recuerdo, no sé si incluso hasta devoción a la Virgen del Carmen. Si es un trasunto del doctor Angélico y él mismo presencia su propia muerte, nos dice que tenía a la cabecera de su cama una reproducción de las Inmaculadas de Murillo. “Ya lo ves, le dice al visitante, el Doctor Angélico termina como el doctor Fausto, a los pies de la Virgen María” (Obr. Com., t. I, p. 1.405).
En otro lugar, “Theotokos”, recuerda “la bella efigie de María Inmaculada que mi madre había colgado a la cabecera de mi lecho infantil… ¿Qué pasa? es que cruza la Virgen María… Me encaminé hacia el santuario embargado por viva y extraña emoción… Mis labios murmuraban: ¡Salve estrella de la mañana! ¡Salve madre Inmaculada!” (Obr. Com., t. I, p. 1.485). Y termina: “La tarde declinaba… he perdido el camino… ¡qué importa! La Virgen me acompaña” (p. 1.485).

Ciertamente la invocación del Carmen también aparece unida a la Inmaculada, desde los antiguos ermitaños que se establecieron en el Monte Carmelo, conocidos por su profunda devoción a la Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías (1 Reyes 18, 44) como un símbolo de María Inmaculada. Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo. De aquí la analogía con la Virgen María quien, como estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.
Con la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban la Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen, porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar. La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos se venera en el Carmelo. Y así reza una de sus muchas plegarias: “¡Oh Virgen Santísima Inmaculada, belleza y esplendor del Carmen!… miradme benignamente y cubridme con el manto de vuestra maternal protección… para alabaros eternamente en el Paraíso. Amén”.

 (1) Entresacamos únicamente frases con la advocación. Nos imaginamos que todo buen avilesino recordará las obras citadas y podrá situar fácilmente en su lugar las alusiones a la Virgen.

miércoles, 23 de enero de 2013

A Vueltas con la fe
¿CREADOR, PADRE…?
 
Reflexiones sobre el intercambio de nombres o atributos entre las personas
de la Trinidad.
 “La fe de Sancho en Don Quijote no fue una fe muerta, es decir, engañosa, de esas que descansan en la ignorancia:   no fue una fe de carbonero… Era por el contrario, fe verdadera y viva, fe que se alimenta de dudas. Porque  solo los que dudan creen de verdad y los que no dudan, ni sienten tentaciones contra su fe, no creen de verdad. La verdadera fe se mantiene de la duda…”.
(Vida de Don Quijote, M. de Unamuno)

Desconozco quién ha sido el autor del “Señor mío Jesucristo”, ese acto de contrición que se enseña en las primeras oraciones a los niños, pero sería interesante conocer qué significado dio a esos dos atributos de “creador y padre” aplicados al Hijo. Teológicamente la prerrogativa de “creador” solo se atribuye a la primera persona de la Trinidad, añadiendo la paternidad al atributo de Creador. Lo curioso es que además de aparecer la paternidad en el “acto de contrición” que recogen los catecismos (en la Teología no se encuentra) aparece también en la literatura y en devociones populares desde muy antiguo.
A modo de ejemplo, si abrimos el “Cantar del Mío Cid”, la primera obra de la narrativa en lengua castellana, compuesto hacia el año 1200 d.C., nos encontramos con la oración que eleva al cielo doña Jimena pidiendo a Dios ayuda para Mío Cid, a fin de que puedan volver a verse antes de la muerte. Pues bien, en ella también llama a la segunda Persona de la Trinidad, “padre”, cuando dirigiéndose a Jesús, le dice:
“… de tu cruz a cada lado sendos ladrones están; / entra el uno en paraíso, pero el otro no entrará; / desde la cruz gran milagro hiciste, Padre eternal…”, (“padre eternal” o sea “padre eterno”). Y narra a continuación el milagro de la sangre que, recorriendo el astil de la lanza, cura la ceguera del soldado  Longinos. (Versos 416 al 556).

Hace muchos años dediqué unas vacaciones a recoger entre las gentes de Somiedo un “Devocionario popular”, mitad mantras orientales mitad invocaciones, a veces con visos de fórmulas mágicas, para cada situación o momento del día. Se publicó años después en el Boletín del RIDEA, nº 137. Fueron el vademécum espiritual de un sin número de cristianos de medio mundo. También en muchas de ellas aparece el atributo “padre” aplicado al Hijo. Remitimos a dicha publicación a quien se interese por una mayor información. Solo unos ejemplos sacados de algunas de esas “oraciones”:
 Padre de mi corazón, / perdóname mis pecados /que bien sabes los que son, y si me muero esta noche / válgame de confesión”. En otra se dice: “En el monte murió Cristo… Padre mío de mi alma… Padre mío, no merezco, /aunque alguna vez visito/ el Santísimo Sacramento… / Padre mío, todo es vuestro/ y un alma tengo emprestada / desde ahora os la ofrezco /para que viva y descanse en vuestro divino Reino. Amén”. Y una última: “… Jesucristo es mi padre, /santa María mi madre, /los ángeles mis hermanos /me llevaron de la mano,/ me pusieron cruz y enfrente /pa que el diablo no me tiente / ni de día ni de noche /ni a la hora de la muerte”. Amén

No sé si habrá sido por influencia del devocionario popular, pero atendiendo al nombre de muchas cofradías de Semana santa, diseminadas por media España el título más socorrido aplicado a Jesús Nazareno suele ser el de “Nuestro Padre” Por ejemplo las tenemos en Oviedo, en La Bañeza, en Monovar (Alicante), en Valladolid, etc. y por no ir tan lejos también en Avilés desfila la “Cofradía Nuestro Padre Jesús de la Esperanza (PP. Franciscanos).
Sin embargo el Evangelio es tajante en este punto. Jesús aconseja a sus discípulos que no llamen Padre a nadie a no ser a su Padre Dios: “Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. (Mt. 23, 9). Y cuando nos enseña el modo de orar, para dirigirnos a Dios, es a Dios no a Él, a quien llamamos Padre: “Padre nuestro que estás en el cielo…” (Mt. 6, 9-13).
Se han dado muchas interpretaciones, pero a un texto tan claro como este no debía sometérsele a interpretaciones; queden para otros lugares más oscuros. En el s. X, una sola palabra, (no “Padre” sino “Hijo” (filioque)), fue motivo de fuertes controversias y de la separación de la Iglesia Oriental. ¿Qué sucedería si llamaran Hijo al Padre, o al Padre: Espíritu Santo? Hoy la “procesiones” trinitarias apenas tienen incidencia en la fe de nuestros fieles.

Finalmente desconcierta un poco el hecho de que este título se atribuya al sacerdote llamándole padre, o al sumo Pontífice. No es aquí el lugar para estudiar cómo se introdujo entre los atributos del Papa. Pero aún desconcierta incluso más, el hecho de añadir al de la paternidad la santidad, con lo que de algún modo se canoniza al papa en vida, por el simple hecho de ser Papa. Así se viene afirmando desde que Gregorio VII lo introduce en los “Dictatus Papae” (año 1075): “El Pontífice Romano, si ha sido ordenado por una elección canónica, está indudablemente santificado por los méritos del bienaventurado Pedro” (23). O sea, que queda santificado o “canonizado” por el hecho de ser elegido canónicamente sucesor de Pedro. De ahí los títulos que se le dieron y siguen dando de “Santo Padre”, e incluso “Santísimo Padre”. Tampoco es muy afortunada la expresión “Santa Sede”. Es más bien la cruz, no una silla, el santo trono del Señor.

El análisis de nuestras creencias pudiera suscitar problemas de fe en algún fiel, pero es precisamente en esa capacidad de soportar dudas donde reside el verdadero cristianismo, como apunta M. de Unamuno. Estamos celebrando el “Año Santo de la fe”, y además el “Octavario por la unión de las Iglesias” por tanto cualquiera de estos temas teológicamente conflictivos merece una reflexión cristiana muy a fondo. Es preciso aclarar y purificar de continuo nuestra fe a base de Evangelio. Es el más eficaz y seguro detergente y lugar común para la unión. Y si la Real Academia de la Lengua tiene por lema el de “Limpia fija y da esplendor” con mucha más razón se podría aplicar el mismo lema a nuestras creencias tan proclives a mancharse con el polvo del camino de la Historia; bastaría simplemente con aplicar sobre cada dogma la palabra de Dios.