viernes, 26 de octubre de 2018


DOMINGO XXX, 28-X-2018 (Mc. 14, 46-52) B
  
Posiblemente una de las oraciones más sencillas y a la vez más sublimes es la oración del ciego Bartimeo que se recoge en el evangelio de este domingo. La oración del ciego encaja perfectamente en cualquier situación humana: cuando vamos a tomar una decisión, cuando emprendemos una nueva vida cuando nos disponemos a aconsejar a una persona, cuando debemos elegir a un gobierno, cuando optamos por un nuevo puesto... todos deberíamos gritar a Dios, antes de decidirnos por una cosa u otra, como el ciego: ¡Señor, que yo vea! ¡Necesitamos tanto ver... abrir o que alguien nos abra alguna vez los ojos!  La fe son los ojos del alma. Se pierde con la abundancia, con la pasión, las pasiones ciegan, se suele decir; se recupera con el sufrimiento, con el dolor, en él y por el muchos vieron... "no sólo las estrellas", (como vulgarmente se dice), sino al mismo Dios y gracias al dolor pudieron descubrirlo y amarlo.

Para amar hay que sufrir y hay que creer, pero sobre todo para creer es necesario amar y sufrir. Y después de amar, creer y sufrir es cuando podemos empezar a razonar. También el amor, como la fe, brota del sufrimiento. Las amistades más hondas, los amores más grandes a menudo han brotado del dolor, de la renuncia y de la contrariedad. La fe es necesaria al hombre, como lo es la hipótesis al científico. Avanzamos porque tenemos fe, porque tenemos capacidad para fiarnos de alguien o de algo. Cuando Julio Verne lanzó su hipótesis novelada de un viaje a la luna, (De a tierra a la luna, en 1865) mucha gente se sonreía. Hoy, 153 años después es ya una realidad superada. Pero la fe no se adquiere investigando ni buscando para ella razonamientos científicos o filosóficos sino por medio del testimonio de vida y de la palabra, “fides ex auditu”, abriendo los ojos del corazón al Jesús que pasa. La fe lo mismo que el amor se contagia. Porque la fe, al fin y al cabo, como la define el teólogo Karl Barth, es fiarse, es confiar en otro. Nos empeñamos en querer probar la fe con argumentos: “Demuéstrame que hay Dios”, nos dice a veces alguien. “Pero si te lo demuestro (podríamos argumentarle) ya no necesitas la fe...”. Y por eso hay tan poca fe. Jesús no valora el argumento, aunque tampoco lo rechace, como sucedió con la mujer canana, vale también, valora sobre todo la humildad, la sencillez pues a quien el mundo juzga necio a menudo es capaz de confundir a quienes se juzgan sabios. Cuando murió Pascal, en 1662, el criado encontró, cosido al forro de la levita, un papel fechado la noche del 23 de noviembre de 1654, siete años antes. Empezaba con la palabra: Fuego, y una cita del libro del Éxodo, (3,6) y del evangelio de San Mateo, (22, 32), sobre la zarza ardiendo: “Dios de vivos no de muertos. El Dios de Abrahán -decía- no tiene nada que ver con el de Aristóteles. El Dios de Jesús no se parece en nada al de los teólogos ya que la fe en el verdadero Dios, lo más importante para el hombre, no se le concede gratuitamente, es preciso buscar a Dios con ahínco, sacrificio y de verdad, un poco al margen del sistema racional. El punto de partida es, pues, el sacrificio”. Y concluía con aquellas palabras del salmo 119: “No olvidaré tus palabras. Amén”. ¿Qué es lo que le había sucedido a Pascal aquella noche de noviembre? Dicen los biógrafos que posiblemente sufrió una crisis religiosa en la que vio también a Jesús pasar de largo por el camino, como el ciego del Evangelio. Pero aunque Pascal era físico y matemático, sin embargo reconoce que es el corazón el que nos lleva a Dios, como afirma en uno de sus Pensamientos: “El corazón tiene razones que la razón desconoce. Hay cosas que se sienten con más facilidad que se ven: un golpe de intuición ve a menudo más que un buen razonamiento. Creyendo en Dios nada se pierde y en cambio creyendo en él se puede ganar todo. Entonces ¿cuál es el camino para llegar a Dios? Pues el de reconocernos ciegos y pedir al Jesús que camina, no hacia el Tabor sino hacia Jerusalén, que nos abra los ojos. Querer creer es ya empezar a tener fe. Como Moisés, Pascal vio al Dios de la zarza ardiendo y perdió la visión, pero la recuperó su corazón, en una lucha a muerte con la duda, él quiere creer: “Si creo es porque quiero que exista”.

Su drama es un drama de fe. Palacio Valdés, en su novela titulada precisamente “La fe”, narra las dudas, amarguras y desventuras del P. Gil, acusado, detenido y condenado injustamente. Será a través de ese mismo sufrimiento y el desprecio lo que hará volver de nuevo a encontrar a Dios, empezar de nuevo a ver al Jesús que pasa a su lado por el camino... La fe es la luz, pero no una fe ciega como la que practican algunos cristianos, “fe de carbonero”.  La fe es ciega cuando razona, mejor dicho cuando no sabe dialogar, y sólo sabe discutir. No admite las razones del otro que a veces no son razones sino posturas un tanto irracionales a priori, tomadas en un momento crucial de la vida que lo han marcado para siempre. Una fe así es la que tienen los fundamentalistas, los reaccionarios y sectarios. Pero también se puede dar la razón ciega, la de aquellos que piensan que son los dueños de la verdad, que ésta les pertenece por derecho propio y que es la razón el único e insustituible camino del conocimiento, sin pararse a pensar que la verdad que ellos proclaman anda también por los senderos de la fe, de la intuición, del amor y hasta del desamor, del dolor y de la sinrazón.  M. Kant, uno de los más grandes filósofos, tuvo que abrir una puerta en su revolucionario y magistral sistema de la Crítica de la Razón pura para dar paso a Dios y a la fe (alma, libertad y amor).

No pretendáis que un enamorado os razone por qué se comporta de este o de aquel modo, sus razones pocos las entenderían. No pretendáis que Teresa de Calcuta os razone por qué ha dado su vida por los más pobres entre los pobres, por los enfermos y marginados de la India a cambio de nada aquí en la tierra, o acaso a cambio de todo, prescindiendo de que luego le concedan el Premio Nobel de la paz. Todavía llegan a este domingo los ecos del Domingo Mundial de la Misiones… Tenía razón el autor de Gárgoris y Habidis, Fernando Sánchez Dragó, cuando, en una carta sobre esta legión desconocida de héroes, escribía:
“Quiero partir una lanza por las misiones... cuyos adelantados se limitan a ayudar al prójimo en zonas de dolor, de miseria, de enfermedad, de hambre y de consunción. No venden, ofrecen. No predican, explican.  No juegan, se la juegan. No explotan, siembran.  No cobran, pagan. No asustan, consuelan. Si yo fuera rey de un país desarrollado haría cerrar y cegar los despachos de los Organismos de las Naciones Unidas que sólo sirven para financiar la opípara sopa boba de sus paniaguados, y entregar las sumas a los misioneros para que las distribuyeran entre los de abajo. Lo demás es perderse en laberintos. Sé lo que digo. Trabajé en la FAO, que Dios confunda.  El día del Domund depositaré mi óbolo en las huchas de la calle.  Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar y no con los brahamines que ofician su liturgia de descuideros en la cueva de Alí Babá de las Naciones Unidas”.

Es un testimonio que denuncia y acusa duramente ciertas campañas hipócritas a pesar de que alardean de humanitarias. La fe puede ser ciega, pero también la razón puede ser ciega, y el amor suele ser ciego, incluso el amor de Dios ¿por qué no?.. ¿Cuál será la luz que nos ilumine? Los tres pueden convertirse en luz con tal de adoptar la postura del ciego Bartimeo: reconocerse ciego. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Sin embargo reconocer que puedo no tener razón. Entonces brotará espontáneamente del fondo del alma la oración: “¡Que yo vea!” y el milagro. Recuerdo a este respecto un párrafo escrito por un anónimo inglés del s. XIV en un hermoso libro titulado: “La nube del no saber”. Dice así: “Prefiero dar de lado a todo aquello de lo cual no pueda hacerme una idea y tener como objeto de mi amor a Aquel del que me es imposible hacerme una idea, porque puede ser amado pero no pensado”.

Estamos demasiado obsesionados con las ciencias eclesiásticas: estudiar teología, saber razonar la fe ante todo y sobre todo, formar a nuestros cristianos en los dogmas tradicionales. No está mal, pero Jesús ni fue filósofo, ni sociólogo, ni profesor, ni científico ni siquiera teólogo. Él se esforzaba, trataba de hablar al corazón de las gentes más que a la cabeza, exigía fe, pedía a sus seguidores confiar en Él a tumba abierta, a sepulcro vacío. No trata de argumentar para que se crea en Él, sólo pregunta ¿tú crees? ¿Qué teología podría saber el ciego Bartimeo? Ninguna. Y sin embargo su fe lo curó. Una gran lección para tener en cuenta en estos tiempos en los que de nuevo la preocupación por la formación teología y bíblica nos está inquietando a todos.

Acaso esta misma homilía adolezca un tanto de eso, en cambio posiblemente estemos abandonando un poco el evangelio a secas, el evangelio puro y duro, leído y asimilado sin más. Y sin embargo, por las páginas del Evangelio, camino de Jerusalén, Jesús sigue pasando día tras día, mientras nosotros estamos al borde del camino no pidiéndole luz, sino mendigos de palabras que convenzan, encendiendo lámparas bajo el celemín de la razón para buscar argumentos que refrenden nuestra fe.
Jmf.


viernes, 19 de octubre de 2018


DOMINGO XXIX. 21-X-2018 (Mc. 10, 35-45) B

 La idea central del evangelio de hoy se podría resumir en una pregunta: “¿Qué piensa Jesús sobre el poder civil?”. En distintas ocasiones toca el tema, v.g. cuando le llama al rey Herodes “zorro” o cuando manda pagar tributo al César: “Al César lo que es del César”, etc. Hoy nos sorprende con una nueva frase: “Los jefes de los pueblos los tiranizan…”. Y avisa a los apóstoles: “Vosotros nada de eso”.
No sé quién dijo: “Gobernar es resistir”. En buen cristiano no debe ser así, gobernar debe ser servir: “El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor y el que pretenda el primer puesto que sea vuestro esclavo”. Antes se solía responder a quien tomaba lista: “¡servidor de Ud.!”, hoy preferimos decir: “¡presente!”, acaso para hacernos notar, valer. Nadie quiere estar ya al servicio de nadie, ser criado/a se considera un baldón.
Esa es la filosofía del hombre moderno: Quiero que tú hagas, lo que pienso yo, lo que quiero yo. Lo mando yo, pero lo vas a hacer tú, el súbdito, o el gobierno, el patrono o el obrero, los padres o los hijos, siempre los otros… Como reza el refrán: “Dijo el abad: bajemos al huerto y trabajad”. Pero cuando rezamos no es eso lo que decimos sino más bien: “Hágase tu voluntad”. Hay muchas fuerzas de poder en el mundo: religiosas, económicas, culturales, civiles, ideológicas…, y es preciso que lleguen a la conclusión de que más que mantenerse y triunfar lo importante es servir y ayudar eficazmente a los demás con obras y no con meras palabras: “muéstrame lo que has hecho no me hables de lo que vas a hacer”.
A través de la Historia hubo muchos cambios de tipo social, político o religioso: Espartaco y los esclavos que se levantan contra el Imperio romano, el Feudalismo en la Edad Media, los cambios sociales del s. XVIII y XIX... que habría que ver si fueron realmente cambios o fueron más bien sustitución de palabras; porque la esclavitud, las bolsas de pobreza y la represión, adaptadas a los tiempos modernos, envasadas en otras palabras, siguen aún ahí, poco más o menos lo mismo. Nadie entiende que mandar es servir. Será acaso porque la honestidad y la justicia no encuentran su recompensa en el poder; y la Historia, como dice Indro Montaneli, “siente una cierta debilidad por los bribones y los déspotas”. Tenemos un ejemplo muy gráfico en aquel general griego llamado Arístides que luchó al lado de Milcíades en la batalla del Maratón contra los persas (490 a.C.). Arístides era un jefe honrado a carta cabal. Tras la batalla entregó todo el botín al Estado, un caso inusitado de honradez, hasta tal punto que un día en el teatro cuando uno de los actores recitaba aquellos versos de Esquilo: “…él no pretende aparecer justo sino serlo y en su corazón sólo anida la sabiduría y la cordura” todos los ojos de los asistentes se volvieron hacia donde se sentaba Arístides como movidos por un resorte. Pues bien, con ser tan honrado y todo, fue vencido en unas elecciones por su rival Temístocles de quien dijo Plutarco que los maestros le habían enseñado “más que a ser, a triunfar valiéndose de los medios que fuera”. La respuesta a su fracaso se la dio un campesino analfabeto al votar, estando Arístides a la mesa, el cual le preguntó: “¿Por qué votas a Temístocles?”, y sin saber quién era el que le hacía la pregunta el campesino respondió: “No, no me ha hecho nada, pero estoy cansado de oír a todo el mundo llamarle honrado”. Así de desconcertante es a menudo el vulgo. Y así se escribe la Historia.
¿Qué dice Jesús a todo esto?  “Vosotros nada de eso, el que quiera ser el primero que sea vuestro servidor… pues los últimos serán los primeros”. Si fuéramos sinceros veríamos que es una ley que se cumple incluso en lo humano. Jesús se opone frontalmente a la tiranía y al poder.  Y paradójicamente resulta que manda el que sirve, castiga el que perdona y vive -sobrevive- el que muere. Si Él no hubiera tomado el camino del Calvario y no hubiera servido de víctima paciente perdonado en la cruz y muriendo por nosotros no hubiera resucitado y hoy no sería nuestro Salvador. Y si los cristianos se hubieran rebelado y hecho la guerra contra los emperadores romanos posiblemente no hubieran salido triunfantes de las catacumbas al llegar Constantino. Es verdad  que todo esto es muy difícil, que se presta a múltiples interpretaciones y que entre nosotros también se da este tipo de ambición.  Existió ya en el Colegio Apostólico.  Dos de ellos piden a Jesús nada menos que sentarse en su Reino, que creían de inminente llegada, uno a su derecha y el otro a su izquierda. En Mt. 20, 20, interviene incluso la recomendación de su propia madre Salomé, hermana de la Virgen y tía carnal de Jesús.  Y es que el ansia, la erótica del poder es tan profunda y está tan arraigada en el ser humano que acaso sea el instinto más fuerte que tenemos.
Bertrand Russell en su obra “El poder” (1938), (un nuevo análisis social) dice que el dominio más que para disfrutarlo lo empleamos para imponernos. “El animal ejerce el poder para satisfacer una necesidad, el hombre para satisfacer una pasión” (egoísmo). Y esta locura de poder nos lleva a todos a caer víctimas de ese mismo poder. George Orwell tiene ya una visión profética en su novela “1984” escrita en 1948, de este peligro. Así, cuando O'Brien, el jefe supremo de aquel superestado dice: “El poder es el valor absoluto y único” razona de la siguiente manera: “Para conquistarlo debe sacrificarse todo, y una vez conquistado debe conservarse sacrificándolo todo”. De ahí las tres clases de personas que constituyen el Estado: los obreros dedicados únicamente a producir armas e instrumentos de poder, la clase media: oficinistas y plumíferos que supervisan todo el engranaje de un Estado cuya misión es vigilar, esclavizar y controlar. Por último los dirigentes que ejercen el poder sin piedad, cargándose lo divino y lo humano: “la guerra es la paz, la libertad esclavitud y la ignorancia fuerza”. Causa angustia ver al protagonista Winston luchar sin esperanza por ser libre valiéndose del lenguaje y del amor, y cómo es sorprendido y mentalmente destruido sometido al Gran Hermano. Es el poder que temía Russell.
Pero es que eso, en pequeña escala, ya lo estamos sufriendo todos.  Desde que llegó la Revolución Industrial (1769) ya no es el hombre quien domina la máquina sino viceversa. Cada día sufrimos más esclavitud de más estructuras que nos dominan y controlan con guante blanco. Se dice que con los datos que aporta la Declaración de la Renta, aparentemente inocentes, una vez computados y cruzados entre sí, cualquier experto es capaz de saber hasta de qué número calzamos. Y es que desde hace tiempo los gobiernos siguen una norma clásica en este campo por la que luchan a brazo partido queriendo tener en sus manos los grandes adelantos de la informática y de la telecomunicación, ya que saben que: “A mayor información más poder”.
En la citada novela de Orwell se habla de que hay que fomentar la guerra: todos los libros y películas deben hablar de guerra (con el cine que veamos a diario misión cumplida). “No se establece una dictadura para salvar una revolución se hace una revolución para que perdure una dictadura” “No importa quien ostente el poder con tal de que todo siga igual”, “No es la Religión quien impondrá a los hombres la moralidad sino que esta estará impuesta por la peste” (el sida) (herpes).
¿Cuál debe ser entonces, y ante todo esto, la postura de un cristiano?  Cristo nos la plantea claramente hoy en el evangelio “¿Podéis beber el cáliz?”. Responder como los apóstoles: “¡Podemos!” es el primer paso, es decir, tener Voluntad de poder, como reza el título de un libro de William James: “Debemos y podemos mejorar el mundo porque Dios lucha de nuestra parte, a nuestro lado, un Dios que, siendo todopoderoso, no es omnipotente porque quiere necesitar de nosotros; siendo infinitamente sabio no es omnisciente pues también Él se ve desbordado por su propia obra puesto que las cosas no le han salido a su gusto y manera, necesitando de nuestra ayuda”.
Este año el lema del DOMUND reza: “Cambia el mundo”, es la misión del cristiano. La diócesis de Oviedo trabaja por este cambio en la actualidad con 147 misioneros asturianos que están anunciando el Evangelio y ayudando en esa transformación a los más desfavorecidos en 40 países del mundo. De todas formas y ciñéndonos al evangelio para llevar a cabo ese cambio tiene que haber quien programe y mande.  Todos mandamos, unos en mayor grado otros en menor, pero será mejor jefe aquel que haga más y mande menos, aquel que en vez de ser el primero se considere el último porque, en el Reino, el que obedece manda, el que sirve gobierna y los últimos serán los primeros.  
Jmf.

viernes, 12 de octubre de 2018


DOMINGO XXVIII.- 14-X-2018 (Mc. 10, 17-30) B

 Hablar del dinero siempre será tocar un tema muy vidrioso. Basta escuchar cualquier entrevista para percatarnos de las evasivas del interlocutor, las explicaciones y silencios con que responde a quien le pregunta: Y usted ¿cuánto gana? Hay como un pudor extraño a manifestarlo.

Se suele decir que los pueblos antes crecían en torno al templo, la vida de la gente giraba en torno al culto: la misa, el rosario, el ángelus, casi siempre guiados a toque de campana. Hoy en cambio la vida gira en torno al banco: los Bancos se apoderan de las esquinas de nuestras ciudades y villas, como jugando a las cuatro esquinas... En ellos también hay un sagrario, ese sancta sanctorum que encierra, en caja fuerte, el sacramento del dinero. El devocionario que se lee y relee por quienes visitan el lugar es la cartilla de ahorros, y las jaculatorias más en boga: “Tanto tienes tanto vales”, “¿a cómo se cotiza hoy la bolsa?”… Lo importante es tener más, poseer más, aunque tengamos que ser menos, gastar la salud, perder la paz y sacrificar la libertad y hasta la vida. La meta ya no es tener para vivir sino vivir para tener.
“Cuando tenía dinero 
me llamaban don Tomás,
ahora que no lo tengo
me llaman Tomás, no más,
o como cantó Góngora en una letrilla llena de ironía:
“Poderoso caballero
 es don dinero”.

Muchos pueblos primitivos, muchas tribus fueron testigos del estrago que el dinero provocó en ellas. Antes de llegar nuestra civilización, el único modo de obtener un producto era el trueque. Cada uno valoraba su trabajo y el trabajo del otro, el esfuerzo que había realizado para obtener lo que se intercambiaba. Llegó el dinero… ya no era preciso trabajar para obtener un producto, aquellos “milagrosos papelinos” suplían con creces el esfuerzo y el cansancio. Con el dinero llegó la catástrofe social y familiar. Lo importante no era ya trabajar, ni producir, lo importante era ganar, como sea, pero ganar, conseguir “los todopoderosos papelinos”.

De ello se dieron perfecta cuenta unos misioneros jesuitas que, en el s. XVIII, enviados por Felipe III, fundaron junto al río Paraná (limítrofe con Paraguay, Brasil y Argentina) las famosas Reducciones o Repúblicas de Dios. Las tribus guaraníes que las componían disfrutaban todas de idénticos privilegios. Todos sus pueblos estaban trazados de acuerdo con el mismo plano: una plaza central en la que se levantaba la Iglesia, enfrente estaba situado el Ayuntamiento, a los lados los Colegios y la casa de Recogidas para huérfanos, viudas y enfermos. Pueblos de no más de 5.000 habitantes desconocían por completo el dinero, todo se repartía gratuitamente y había para todos porque todos trabajaban para todos y todos participaban de la labor y el fruto de todos. Funcionaba a la perfección aquello de “A cada uno según sus necesidades y cada uno según sus posibilidades”, o aquello otro de “Prosperidad para todos, provecho para ninguno”. Un aciago ida empezó la tragedia, como hemos visto en La Misión del director Roland Joffé. Este film recoge bellamente la experiencia que ya en 1941 otro autor, el austríaco Fritz Hochwälder en Das Heilege Experiment (el divino experimento), había puesto en escena magistralmente como un verdadero precursor de la Teología de la liberación. Aquella hermosa Utopía se vino abajo por la ambición desmedida de los colonizadores españoles y portugueses que pensaban encontrar las arcas de la misión repletas de doblones de oro. A esto se añadió la mala información que malintencionadamente le facilitaron al rey Carlos III, dando con ello al traste la mejor experiencia de la Historia de una sociedad sin dinero.

Hay muchos autores que recogen la historia de las diversas manifestaciones humanas: la historia del cine, de la literatura, del arte, del mueble, la historia de la mujer. Sería interesante escribir la historia del dinero, no me refiero a la numismática sino a su modo de empleo. En 1955 el escritor Julio Camba publicó un libro: Aventuras de una peseta. En él cuenta lo que vio y de lo que fue testigo nuestra moneda nacional,  al viajar por Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, el Vaticano, Portugal... Sería curioso poder saber qué recorrido viene haciendo un billete que llega hasta nosotros, por qué manos pasó, cuántos sudores costó y para qué sirvió. A veces vemos sobre él escrito a mano un nombre, un teléfono, o una frase, pero no sabemos más.

Atacamos de manera despiadada a quien peca contra el sexto mandamiento, a quien trafica con droga. Y no nos falta razón. Sin embargo Jesús lo suele disculpar: “Vete y en adelante no quieras pecar más...”, “sus pecados le son perdonados porque ha amado mucho…”. “Hoy ha entrado la salud en tu casa” porque Zaqueo había repartido la mitad de sus bienes entre los pobres. Pero Jesús, tan condescendiente con los pecadores... arremete contra el avaro, contra la riqueza, con palabras durísimas: “Antes pasa un camello por el ojo de una aguja que un rico se salve”. Al oír esto nos parece que Jesús ataca nuestra vida, este mundo de despilfarro en el que todos estamos inmersos, un mundo de ricos, por poco que tengamos, si nos comparamos con gentes del tercer mundo, y sin embargo Jesús no ataca a nadie, lo único que pretende es ayudarnos, darnos una luz, echarnos una mano para salir del peligro, para liberarnos de una esclavitud, pero nunca para zaherirnos ni amenazarnos. Jesús apostrofa a los ricos y apuesta por los pobres, lo que no es igual que apostar por la miseria. La miseria no es buena. Lo expresan hermosamente Los Proverbios: “No me des pobreza ni riqueza, sino el pan de cada día” (30)  Qué fácil sería arreglar el mundo si cesara la ambición!

Y es que por poco que tengamos estamos tan aferrados a ello que terminamos por hacernos sus esclavos y hasta hundirnos con ello. Hay una historia muy curiosa que narra como en un naufragio todos se fueron salvando cogidos unos a las tablas del barco, otros a los salvavidas o a restos flotantes de la tragedia, todos menos un avaro que se empeñó en aferrarse a su cofre repleto de monedas con lo que los dos, cofre y avaro, se precipitaron en lo profundo del mar. El dinero arrastra a las personas al abismo. Pero el dinero no sólo son unos papeles, el dinero es poder, ambición, envidia, y todo el mundo se siente seducido por él. El dinero lo puede casi todo y todo tiene un precio. Y el mayor obstáculo, no sólo para entrar en el Reino de Dios sino para la convivencia, suele ser el dinero. ¿Cual es a menudo la causa del enfrentamiento de una familia que se mantuvo unida, que llevó una vida ejemplar e incluso aparentemente al menos muy cristiana? el dinero y las herencias. Por el dinero anda el mundo como anda. Giovanni Pappini lo llama en su Vida de Cristo “el estiércol del diablo” pero también sus editores hacen caso omiso y escriben al reverso del libro el precio en cifras abultadas. Es difícil sustraerse a su encanto.

A menudo recuerdo aquella historia del encargado de obras que llega un día a cierto pueblo con el fin de construir un pantano. Alquila una habitación en la fonda por 15.000 pta. El dueño de la fonda, con el dinero aún en la mano, recuerda que debe 15.000 pts. al herrero. Se acerca a la fragua y se las paga. Entonces el herrero se da cuenta que es la cantidad que debe al carpintero y sin pensarlo más se la devuelve. Este tuvo que pagar el parto de su hijo al médico que asistió a su mujer. Eran 15.000 pos. que le entrega de inmediato. El médico había estado en la fonda el mes de vacaciones mientras su familia estaba afuera. La deuda ascendía a las 15.000 pta. de la historia, que el dueño de la fonda ingreso de nuevo en caja. En esto llega el encargado de las obras. El proyecto se suspende por algún tiempo, de modo que desalquila la habitación. El posadero le devuelve las 15.000 pta. y el encargado se va. En el pueblo no entró ni un duro, pero precisamente por ese sentido de justicia que reinaba entre los vecinos se solucionaron todos los problemas y se rescindieron todas las deudas.

¡Qué de milagros haría la buena voluntad de la gente, la solidaridad de las personas si de veras quisiéramos arreglar las situaciones conflictivas! Y ¡qué de estragos hace la ambición y el dinero! Si uno, sólo uno, hubiera roto la cadena quedándose con el dinero que se le adeudaba y no recordara que él era también deudor la cadena se rompería y se iría la paz del pueblo al traste. El Evangelio es la buena noticia para el pobre. Podría ser también buena noticia para el rico pero estos han roto a menudo la cadena, quieren seguir cobrando sólo a quien les adeuda sin pagar lo que en justicia deben, en una palabra, siguen siendo egoístas. Cuando Jesús por medio de su Evangelio les invita a que le sigan, fruncen el ceño, como el joven rico, y se alejan. La historia desgraciadamente, se repite.
Jmf


lunes, 8 de octubre de 2018


DOMINGO XXVII.- 7-X-2018 (Mc. 10, 2-16) B

El tema que toca hoy el evangelio es el del divorcio, un tema que estuvo en la palestra aquí en España durante los primeros años de la década de los 80, con motivo de la controvertida ley del divorcio y al que vamos a dedicar hoy la homilía.
Tres son los modos de romper el  vínculo matrimonial de una pareja: La nulidad, que consiste en probar jurídicamente -(no vale con tener conciencia de ello en el fuero interno)-  que el matrimonio, por un defecto de forma, no fue válido, bien por falta de libertad, bien por engaño, incompatibilidad de caracteres, etc. No se anula un matrimonio, esa es una expresión incorrecta, se declara nulo, porque lo fue desde la misma boda. Pero ello hay que probarlo jurídicamente poniendo el asunto en manos de abogados expertos lo cual cuesta dinero. Es cierto que hay procedimientos para llevarlo a cabo en caso de pobreza pero suele ser bastante complicado. Tratándose de leyes, ya se sabe, los pobres llevan las de perder.
El segundo modo es la separación, es decir, la pareja sigue casada por tanto no cabe un nuevo matrimonio con otra persona, sólo hay separación legal de bienes, de hijos, de vivienda, etc.
El tercer caso se trata del divorcio propiamente tal que consiste en romper el vínculo de un matrimonio en regla, rescindiendo el contrato y el sacramento y quedando libres para volver a casarse con otra persona, cosa que, de momento, la Iglesia no admite, aunque lo permita la legislación civil en su fuero: el llamado matrimonio civil. San Pablo admite el divorcio en caso de estar casado un cristiano/a con un pagano/a. Es lo que se conoce como “privilegio paulino”: “si el no cristiano quiere divorciarse, en ese caso que se divorcie” (I Cor. 7, 12). Este, privilegio lo recogen los cc. 1.143 y 1.146. San Marcos, anterior a san Mateo, no hace excepciones: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Si uno se divorcia y luego se casa peca él y peca la mujer”. Y es que en tiempos de Jesús había dos tendencias: Los divorcistas, también llamados de la escuela de Hillel, los cuales seguían de cerca la Ley de Moisés referente al libelo de repudio y al divorcio, y los antidivorcistas o escuela de Schaumaz contrarios a la ruptura matrimonial. Marcos, al escribir para los Romanos, prescinde de estas opiniones que Mateo sí tiene en cuenta.
En España hubo varias etapas: Felipe II en 1554 incorporaba a la Ley del Reino los cánones que sobre el matrimonio había promulgado el Concilio de Trento, es decir, no al divorcio. La Iglesia no siempre estuvo en contra y algunos Santos Padre lo admitieron. Las Iglesias orientales lo practicaban. Por eso que si un día la Iglesia da una ley en contra no atentaría contra ningún dogma. En 1870 se permite en España el matrimonio civil. El Código de 1889 distingue dos tipos de matrimonio: el canónico y el civil, pero no admite todavía el divorcio. Lo incorpora en 1931 la Segunda República en el art. 43 de su Constitución: “…pudiendo disolverse el matrimonio a petición de uno u otro cónyuge por justa causa”. En 1938 se suprime de nuevo el divorcio por un decreto del Ministerio de Justicia. En 1978 la Constitución permite al legislador regular las causas de la separación, nulidad y disolución (divorcio) del matrimonio. Finalmente el 22 de junio de 1981 el Pleno del Congreso de Diputados modifica el Código Civil introduciendo el procedimiento de las causas de nulidad, separación y divorcio.
Con todo hay que dejar también muy claro como nuestra tradición más antigua y clásica, y lo antiguo y lo clásico ya son de por sí valores positivos, ha sido siempre anti divorcista. Pienso ahora solamente en un clásico de nuestra lengua: Cervantes. Quien más quien menos seguramente oyó hablar del pasaje del Quijote en el que se narran las Bodas de Camacho. Poco antes, yendo Don Quijote de camino, se dirige a Sancho con el siguiente elogio sobre el matrimonio:
“Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar... quitaríase la elección a los padres... El matrimonio está muy en peligro de errarse y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo y si es prudente antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse. Pues ¿por qué no hará lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes como es la mujer con el marido? La de la propia mujer no es mercaduría que una vez comprada se vuelve, se trueca o se cambia; porque es accidente inseparable que dura lo que dura la vida; es un lazo que, si una vez lo echáis al cuello, se vuelve nudo gordiano que si no lo corta la guadaña de la muerte no hay desatarle” (II c. XXII (Gordio era un labrador que entró a rezar al templo de Júpiter en Frigia; este lo elige rey y le ordena que desate los bueyes y deje allí en el suelo las coyundas, que forman un nudo “indesatable”. El que desate dicho nudo será dueño de Asia. Alejandro lo corta de un tajo con la espada diciendo: “tanto monta monta tanto”, lema que tomaron para su blasón los Reyes Católicos).
Y por si la cita del Quijote no fuera poco clara, aún tiene un entremés en el que se manifiesta abiertamente en contra. Se trata de El juez de los divorcios. Ante un juez desfilan diversos personajes: un viejo y su mujer Mariana la cual pide el divorcio porque al viejo le huele mal el aliento; una de las causas que la moral clásica contempla como motivo de separación. Luego llega un soldado y su mujer Guiomar, ella pide el divorcio porque él es un holgazán. También aparece un médico y su esposa Aldonza entre los que los celos y cuatrocientas cosas más plantean la ruptura matrimonial... Ellas gritan, ellos hablan, el juez calla… hasta que al fin unos y otros se van. Todos piden el. divorcio a voces, pero al cabo de algún tiempo, cuando enfrían los ánimos, todos terminan arreglándose. Por eso los músicos que entran en el último momento cantan unas hermosas coplas alusivas al tema:
“Entre casados de honor
cuando hay pleito descubierto
más vale el peor concierto
que no el Divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño
simple en que algunos están
las riñas de por San Juan
son paz para todo el año.

Resucita allí el honor
y el gusto que estaba muerto
do vale el peor concierto
más que el Divorcio mejor.

Aunque la rabia de celos
es tan fuerte y rigurosa
si los pide una fermosa
no son celos sino cielos ...

Tiene esta opinión Amor
que es el sabio más experto:
Que vale el peor concierto
más que el divorcio mejor”.
Es decir, mejor mal casado, palabra de don Miguel de Cervantes, mejor mal casado que bien divorciado. Ya sé que todo es discutible pero opiniones así también tienen su peso. El divorcio es un mal porque el ideal sería vivir siempre en paz y concordia en el sentido etimológico de la palabra, corazón con corazón.
Los hombres, las Instituciones, las naciones tienen necesidad de alianzas y de pactos de unión, necesitan coaligarse. Dios estableció dos Alianzas: Una con Israel, y la compara precisamente a un matrimonio; dice el profeta Ezequiel refiriéndose a Jerusalén: “Pasando a tu lado te vi en la edad del amor…, te comprometí con juramento... hice alianza contigo y fuiste mía” (16, 899).
Lo que fundamentalmente importa es que haya amor, un amor fiel, más que una fidelidad sin amor, un amor unido por vínculos de entendimiento y verdadera amistad, y no con la enredadera de una firma y una rúbrica. Lo que Dios ha unido... lo ha unido por amor. Lo que unen los hombres suele ser por medio de leyes y contratos, con papeles. Por eso el mandamiento divino… lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Sin embargo lo que el hombre une, a menudo es tan complejo, tan lleno de leyes y de vueltas que tal parece que fue hecho para que no lo separe ni Dios mismo. Y es que el amor envuelve, abraza, une..., en cambio las leyes atan, atrapan, aprietan y terminan ahogando.
Lo que Dios ha unido lo ha unido por medio del amor, cuando existe verdadero amor es que Dios lo ha unido y el sacramento del matrimonio no tiene más misión que bendecir esa unión. Dia del Rosario: antes en familia, ahora en algunos velatorios, rezar unidos, lo vemos en películas americanas bendiciendo la mesa, decía el P: Peiton gran propagandista del rosario “permanece unida”.

viernes, 28 de septiembre de 2018


DOMINGO XXVI.- 30-IX-2018 (Mc. 9, 37-42, 44-47). B

Se dice que en la guerra que libraron Julio César y Pompeyo, los dos mantenían, en este aspecto, posturas diametralmente opuestas. Para Pompeyo era enemigo todo aquel que no se ponía abiertamente de su parte. César, más político, más astuto y con más tacto, consideraba amigo a todo aquel que no se declaraba abiertamente enemigo suyo. Tras deshacerse el Triunvirato entre ellos dos y Craso, con la muerte de este último, estalla la segunda guerra civil y sale victorioso Julio César en la famosa batalla de Farsalia (6 de agosto del 48), victoria debida en gran parte a haberse granjeado con su modo de actuar muchos adictos.

Jesús en este evangelio adopta ambas posturas, la de Pompeyo: “Quien no está conmigo está contra mí” (Mt. 12,30) y la de César: “Quien no está contra nosotros está con nosotros” (Mc. 91, 37). Hay una diferencia: En el primer caso o se está con Jesús (en singular) o contra Él. En el segundo caso se trata de estar con los suyos (en plural); de ese modo Jesús pretende que nos definamos claramente los que estamos a su lado con respecto a Él y a su persona, pero que tengamos una gran consideración desde el grupo hacia aquellos alejados de la iglesia, que desde fuera trabajan por la paz, por la justicia y por la libertad. Esos también son nuestros aunque no sean de los nuestros. Jesús sabe que la lucha que se libra contra el mal en el mundo se ganará más fácilmente si todos somos uno, si formamos una comunidad de solidaridad y de amor, porque aquí, con más razón que en ningún otro frente, la unión hace la fuerza.

El teólogo alemán Hans Küng en su obra Ser Cristiano al hablar a los párrocos de tomar opción por la Iglesia, aconseja “avanzar siempre juntos, unidos... Un feligrés... no tiene influjo alguno... cinco feligreses pueden resultar molestos, cincuenta pueden lograr cambiar una situación”. Con uno no se cuenta, a cinco se les presta atención, cincuenta son invencibles... De ahí la importancia, ahora que empieza el curso parroquial, de que nos organicemos en la consecución de objetivos comunes y nobles, religiosos o civiles, siempre que, por consejo del mismo Cristo, estemos abiertos y prestos a colaborar, a trabajar, a dejar trabajar y a aprovechar todo lo que de bueno pueden hacer otros grupos, incluso no católicos, en bien de los demás.

Esto lleva consigo una buena preparación respecto a las verdades que profesamos y en las que a menudo los católicos mostramos una tremenda falta de formación teológica y bíblica. En muchas parroquias existen cursos parroquiales de formación. No estaría de más pensar también en ellos.

Pero sin ir más lejos, dentro de la misma Iglesia, surgen a menudo movimientos apostólicos comprometidos a los que, con frecuencia juzgamos a la ligera, tales como los curas obreros, las Comunidades de base, los Carismáticos, la teología de la liberación, etc. que, ignorando de ellos casi todo, los condenamos sin más.

Nadie tiene el monopolio de la verdad. Incluso en el A.T. en el que la Ley era tan rígidamente interpretada, cuando Eldad y Medad profetizan lejos de la tienda de Moisés y un muchacho, acaso alertado por los guardianes del orden, corre a contárselo a Moisés, Josué, creyéndose intérprete de la voluntad de Dios, suplica a Moisés: “Señor, prohíbeselo”. Moisés tiene una respuesta inteligente y evangélica: “Ojalá todo el pueblo profetizara” y hablara de la misma manera que estos. Pues mucho más se podría decir tratándose de un cristiano que por el bautismo toma parte del sacerdocio, del profetismo y de la realeza de Cristo. Nadie puede monopolizar la verdad, ni la palabra, ni el Evangelio, ni la ortodoxia, ni la justicia, ni la libertad; el espíritu sopla donde quiere, no lo apaguéis, nos recomienda san Pablo.

Lo expresa de modo plástico y literario el Premio Nobel noruego Bjørnsterne Bjørnson en su novela “Las sendas de Dios” que es toda ella una protesta contra el fanatismo teológico y el puritanismo moral y legalista de aquellos que creen andar por los caminos del Señor por el hecho de estar de acuerdo con su Congregación y sus normas legales. El Dr. Kallen es un hombre activo, humano y desinteresado. El pastor evangélico Oletuft es un puritano cumplidor pero mezquino e hipócrita. Un enfrentamiento entre ambos hace que triunfe Kallen y que el pastor protestante exclame: “Jamás desde hoy buscaré a Dios ni en un dogma o fórmula teológica, ni en un sacramento, ni en un libro ni en ningún otro sitio que no sea la misma vida, pues la vida es la más alta enseñanza que Dios nos da en este mundo”.

Ninguna religión tiene por qué apropiarse en exclusiva la verdad. Hay parcelas de verdad en todas partes y en todas las posturas, lo mismo que se cometen errores en todas. Nadie puede afirmar: “La verdad está de mi parte”, pues la verdad no consiste tanto en tenerla como en serla. Ni siquiera Cristo se atrevió a apropiársela: Él sólo proclama: “Yo soy la verdad” en vez de: “Yo tengo la Verdad”, porque la Verdad no está tanto en poseerla, o que la posea mi doctrina, cuanto en vivirla, es decir, en ser verídicos, en ser auténticos. Como decía Antonio Machado:
“¿Tu verdad? No, la verdad,
y ven conmigo a buscarla
la tuya guárdatela”.

Cuando Mahama Gandhi explicaba el Hinduismo acostumbraba a definirlo como “una incansable búsqueda de la verdad. Es la Religión de la verdad. La verdad de Dios. Hemos conocido gentes que renegaron de Dios pero esos mismos nunca podrán renegar de la verdad si pretenden ser sinceros”. Nosotros acostumbramos a dividir maniqueamente el mundo partiéndolo por la mitad en dos facciones: buenos y malos, derechas e izquierdas, Oriente y Occidente, pobres y ricos, gracia y pecado..., pero siempre considerándonos a nosotros entre los que pertenecen a la parte buena. Los malos siempre son los otros, “el infierno son los demás”; los de un bando excluyen al de enfrente y viceversa. Lo que cabría hacer son dos grandes partidos: el de los que aman, y el de los que no aman. Porque Jesús el bueno, come con quienes todos juzgan malos, Jesús el santo es amigo de los que pasan por pecadores, Jesús el judío de raza y religión manda pagar tributo al César. Sólo excluye de su Reino al puritano fariseo que cumple muy bien la Ley, pero que desprecia a los del otro bando, “yo no soy como los demás”, esos están contra mí porque no están conmigo en mi religión, en mi partido, en mi patria. Jesús en su modo de actuar lo que busca es unir, derribar fronteras y tender puentes, salvar a todos sin excluir a nadie saltándose las barreras de la raza, la religión y el comportamiento y a veces hasta las de la ley.

El cristianismo es unión, com-unión con todos los hombres, con los que piensan como yo y con los que no piensan así. Jesús es radical. Todo aquello que perjudique esta unión es su mayor enemigo. Es preciso que la Religión se adapte y cambie sus conceptos hacía nuevos horizontes más generosos y ecuménicos. No podemos fosilizar nuestras posturas. Hasta los mismos vocablos deben sufrir ciertos corrimientos semánticos y evolucionar, lo mismo que han venido evolucionado tantas y tantas cosas desde que Jesús predicó su Evangelio.

Creo que debemos despertar y echar a andar. No hay por qué estancarse en una postura. Nos gusta, nos apasiona atar..., “que quede todo atado y bien atado...”, mantener las palabras intactas, las tradiciones como algo sagrado, las leyes y normas como algo intocable, respaldados en el mandato del Señor a Pedro: “lo que ates en la tierra...”, normas publicadas in aeternum, a respetar por todos los que vengan; pero Jesús también habló de “desatar”, es decir, de promover el campo de la libertad. “Lo que Dios ha unido que no lo desate el hombre”, pero a veces “lo que el hombre ata no lo desata ni siquiera Dios”. La verdad no está encadenada y muchos de los que consideramos enemigos podrían ser también de los nuestros, si pusiéramos en marcha nuestro amor al prójimo. Es palabra del Señor, que está aún fresca en el evangelio si queremos entenderla y ponerla en práctica.
Jmf.

viernes, 21 de septiembre de 2018


DOMINGO XXV 23-IX-2018 (Mc. 9, 29-36) B

El domingo pasado Jesús hacía una pregunta a sus discípulos: “¿Qué dice la  gente?”. Hoy les hace otra pregunta: “¿De qué discutíais por el camino?”. Vamos a fijarnos en este verbo discutir: “alegar razones contra el parecer de otros”, como lo define, en una de sus acepciones, el Diccionario de la Real Academia. Y ¿de qué se discute? Hay un dicho que afirma: “De la abundancia del corazón habla la boca”. Como estamos llenos de egoísmo la discusión versa siempre sobre lo mismo: “¿Quién es más que quién?”. Nos pasamos la vida, mientras hacemos el camino de nuestra existencia, discutiendo, haciendo de la propia discusión no un argumento para clarificar “quién es quién” (eso sería el diálogo) sino para demostrar que somos más que el otro.

Ocurre con frecuencia en estas discusiones lo que en la fábula de Los dos conejos de Tomás de Iriarte, que por discutir si los que se acercaban eran galgos o podencos, por querer salir cada uno con la suya..., “en esta disputa / llegaron los perros / y pillan descuidados /a los dos conejos”. Es de ese modo como el enemigo nos coge por sorpresa. Lo malo es que de la discusión no “sale la luz”, como decían los antiguos, sino “las chispas”, es de donde emanan todos los conflictos: se empieza con palabras y se pasa a los insultos, arrecian los insultos y se echa mano de la fuerza... así empiezan las tragedias, las guerras, las muertes.

Y es curioso que el hombre, con dos millones de años de rodaje sobre la tierra, no haya aprendido aún a dialogar y a hacerse comprender, a entenderse con los demás. Seguimos en la Prehistoria: entonces se arrojaban piedras y dardos, ahora bombas y balas. ¿Por qué hemos llegado a eso? Si escuchamos atentamente una discusión acalorada veremos con frecuencia cómo toda aquella sarta de frases e insultos no es nada más que una cortina de humo tras la que, a menudo por no decir siempre, se esconde el verdadero problema. Y es que en toda discusión existe un metalenguaje que convendría desenmascarar a tiempo. Para comprobarlo basta con observar cualquier altercado entre dos personas, hasta en un Congreso..., siempre se esconde tras las palabras el verdadero problema, basta con escuchar atentamente una de las miles discusiones políticas, matrimoniales o laborales, de hijos con los padres, de subalternos con superiores, o de cualquier programa en TV o en la radio. Si no somos capaces de descubrir el problema, la verdadera raíz, o nos negamos, es porque nos ciega (se habla de cegar) el amor propio.

De ahí la importancia que habría que darle siempre al diálogo, ver las razones que esgrime nuestro contrincante y tener la humildad suficiente para admitirlas. Nadie tiene toda la razón y todos tienen un poco de razón. ¿De qué discutían los Apóstoles? ¿De quién es quién? ¡Qué va! Discutían sobre “Quién era el más importante en el Reino que pensaban Jesús instauraría...”. También entre ellos había envidias y peleas, cosa muy normal entre personas, aunque tengan un cierto grado de religiosidad, como apunta en su carta Santiago, eran hombres. Jesús desbarata la polémica con una frase que debió de dejarlos desconcertados en su ambición por alcanzar el poder: “En mi Reino... el primero es el último. Y el más importante es el que hace de criado, de servidor de todos...”, diríamos hoy de botones, de guaje o de monaguillo. Es este un evangelio sorprendente, da la sensación de que aún no lo hemos estrenado, siendo así que lleva unos dos mil años escrito y nos da las claves de la tolerancia y la armonía en el trato.

No se nos prepara para el diálogo ni para la convivencia porque no nos enseñan a ceder, a respetar la opinión de los demás, a reconocer nuestras deficiencias. A los cristianos nos bastaría con leer el Evangelio, sobre todo esos trozos de Evangelio que solemos pasar por alto. Y el Evangelio o se asume por entero y sin fisuras o es un engaño y una trampa. Como dijo cierto teólogo: “En vez de convertirnos al Evangelio tratamos a menudo de convertir el Evangelio a nosotros”. Desde luego, lo que Jesús nos propone no es nada fácil, exige renuncia, dominio del amor propio, sacrificio, servicio a los demás... De ello nos dan un hermoso ejemplo, hasta en el mismo reino animal, las laboriosas abejas, como hemos apuntado ya más veces. Basta leer con detenimiento ese hermoso libro del Premio Nobel Mauricio Maeterlinck titulado La vida de las abejas. Es todo un himno a la convivencia y al orden social ¿Por qué? Porque cada individuo, dentro de la colectividad, sacrifica su propio bienestar al servicio de los otros: la reina renuncia a la luz del sol, y a mariposear de flor en flor para consagrar su vida a permanecer enclaustrada en el interior de su oscura celda. Las abejas renuncian al amor y a la maternidad que se reserva a una sola para dedicarse al servicio del grupo. A los zánganos se les educa para que uno de ellos pueda fecundar a la reina durante ese asombroso viaje o vuelo nupcial hacia la altura. Sólo lo consiguen los más fuertes, los restantes, seres perezosos y voraces, son eliminados inmediatamente en masa y sin piedad. Es un tremendo ejemplo que la naturaleza, a veces un tanto cruel, nos brinda como modelo de convivencia. Uno piensa qué sería el mundo si funcionara aquí el espíritu de la colmena aunque sólo fuera durante un año.

Al hombre se le exige sacrificarse, por lo menos un poco, en bien de los demás para que reine una mayor convivencia. Decía aquel teólogo cristiano, Dietrich Bonhoeffer, muerto en 1945 en el campo nazi de Closaburg, cerca de Neustadt (Alemania): “Ser cristiano no es cultivar una nueva forma de ascetismo sino ser únicamente hombre. Jesús no nos invita a entrar en una nueva religión. Jesús nos invita a vivir, participando del sufrimiento de Dios en la vida del mundo”. Y es por ahí por donde van los tiros, por ahí empieza la paz y la convivencia. “No hay caminos para la paz -gritaba Mahatma Gandhi- la paz es el camino”.

Está a punto de empezar o ya empezó el nuevo curso escolar en casi todos los Colegios e Institutos. ¿Educamos a los niños, los hombres del mañana, en esa filosofía? Honradamente creo que no. Salvo algo que oyen en el Colegio, a los padres o en la Iglesia, nuestros niños y jóvenes se educan en la calle, a través de la TV, del cine, de los informativos y concursos en los que todo respira guerra, odio, sensualidad, discusión, el imperio de los sentidos y de la fuerza bruta. Cuando se habla de un film con escenas fuertes de ordinario todo el mundo piensa en el sexo, cuando el matar a un semejante es aún un pecado mayor por el que nadie rasga las vestiduras, del que nadie se escandaliza ni protesta al presenciarlo.

Otra lección que se puede sacar del Evangelio es que los apóstoles no se atrevieron o no quisieron preguntar. Hubiera sido tan fácil zanjar la discusión preguntando a Jesús qué pensaba Él sobre el asunto... No. Ellos prefieren discutir, no rebajarse, seguir en sus trece... Cierto profesor el primer día de curso ordenaba a sus alumnos que abriesen un cuaderno en el que debían escribir como primera nota esta frase: “Pregunta siempre que no cuesta nada”. Si fuéramos más niños preguntaríamos más ¿No veis cómo los niños siempre tienen a flor de labios los porqués? Pero cuando nos hacemos hombres ya no. A veces acaso por soberbia, por miedo a rebajarnos. Con lo fácil que sería preguntar... ¿Para qué? Nos parecemos a esos turistas que al llegar una ciudad recorren calles y calles en busca del Hotel por no detenerse unos segundos a informarse. Con lo fácil que sería preguntar, pues no..., seguimos dando vueltas y vueltas aunque no lleguemos nunca al fin.

Otras veces tememos la respuesta. La verdad no gusta a nadie: “La verdad suele ser amarga” dice el refrán latino, y sin embargo cuántos errores y equivocaciones evitaríamos si nos atreviésemos a preguntar. Andamos toda la vida buscando la verdad y cuando la encontramos huimos de ella como de la peste.

Jesús hoy nos invita al diálogo, a la convivencia, a la conversación con Él, a saber humillarnos para que exista diálogo, a dialogar para que surja la convivencia en la humildad, a preguntar como los niños para poder entrar en su reino “si no os hacéis como niños...”, a aprender la verdad de todo el Evangelio: que “si queremos ser algo en el Reino de los cielos debemos ser los últimos, los servidores de todos...”. Esa es toda la verdad y nada más que la verdad, lo demás son ganas de querer cerrar los ojos y engañarnos.
Jmf.




viernes, 14 de septiembre de 2018


DOMINGO XXIV.- 16- IX-2018    (Mc. 8 27-35) B

 En cierta ocasión Jesús hizo a sus apóstoles una pregunta que a la vez es doble: a) ¿Quién dice la gente que soy yo? b) Y vosotros ¿quién decís que soy? La gente, al opinar de los demás, se equivoca con frecuencia, y si la crítica no es buena acostumbra a usar el genérico “dicen...” para librarse de posibles responsabilidades. Jesús trata de desenmascarar esas posturas. Es fácil decirle a uno: “Dicen de ti esto o aquello...”, pero sería más fraternal descubrirle quien es el autor de la crítica diciéndole: “Me dijo fulano de tal de ti esto y esto”. Por eso Jesús, después de la primera pregunta, añade: “Y vosotros ¿quién decís que soy?” ¡Vosotros...!, no la gente.
¿Y qué dice hoy la gente de Jesús? Salvo raras excepciones creo que se podría hacer un hermoso florilegio de alabanzas a Cristo. Bastaría con revisar algunos aspectos de la literatura y del arte. Incluso hombres sin fe como lo fue Ernesto Renán, (1823-1892),  que apostata del Catolicismo a los 23 años, exclama en su polémica Vida de Jesús, al verlo morir en la cruz: “Tu obra queda concluida, tu divinidad fundada. A costa de unas horas de dolor has conseguido la más completa inmortalidad... Mil veces más vivo, más amado después de tu muerte que mientras cruzaste este valle de lágrimas... llegarás a ser de tal modo la piedra angular de la Humanidad que, borrar tu nombre de los Anales del mundo, sería conmoverle hasta sus mismos cimientos”
Más cercano a nosotros está el escritor ruso Boris L. Pasternak. En 1958 recibió el Premio Nobel por su obra El Doctor Jivago en la que cuenta la vida del pueblo ruso durante la Revolución de Octubre. Se publica en los más duros años de persecución religiosa. En los diarios de Jivago, acaso autobiográficos, se encuentra uno de los más hermosos elogios sobre Cristo. Después de describir los execrables vicios del mundo antiguo, el mercado de dioses que fue la Roma de los Césares, donde los peces eran alimentados con carne de esclavos, rompe de momento en este canto: “Y he aquí que en aquella orgía de mal gusto llegó Él, ligero y vestido de luz, fundamentalmente humano, voluntariamente provinciano, el Galileo... Desde ese instante los pueblos, los dioses dejaron de existir y comenzó el hombre agricultor, el hombre pastor entre un rebaño de ovejas a la puesta del sol, el hombre cuyo nombre no sonaba ni solemne ni feroz, el hombre generosamente ofrecido a todas las canciones de cuna de todas las madres y a todos los museos de pintura del mundo...” (p. 55). Creo que desde aquel horizonte marxista y ateo en el que se escribió esta obra no se puede decir más ni hablar mejor del Hijo del Hombre Dios.
Y no sólo la Literatura, si recorriéramos las salas de cualquier Museo y arrancásemos de sus paredes los cuadros alusivos a Jesús quedarían medio vacías. El mismo cine, última de las artes descubiertas y que cuenta con poco más de un siglo de existencia, nació en 1895, ya tiene en su haber infinidad de respuestas a la pregunta ¿Quién dice la gente...? A modo de ejemplo recordemos, y habría que hacerlo más a menudo, filmes como Vida de Cristo rodada nada menos que por los propios inventores del cine, los Hermanos Lumier (1896). Luego llegarían otras como Christus, Rey de Reyes, Gólgota... En España: Cristo, El Judas, El beso de Judas, etc. sin contar las innumerables Pasiones que se representan durante la Semana Santa en decenas de pueblos. Por quedarnos con algunos filmes del universal, recordemos el Jesús (1980) del católico y practicante director Franco Zeffirelli. Encarna el papel de Jesús el actor Robert Powell que se confiesa no creyente y sin embargo no duda en afirmar en una entrevista: “Lo que Jesús vivió, dijo (e hizo) son para mí las cosas más profundas que yo hice y dije en toda mi carrera de actor”. En 1976 se estrena en una iglesia de París El Mesías, cuyo autor, Rossellini, tampoco es creyente, según él mismo confesaba a Radio Vaticano. El film arranca con tres citas: La primera, acaso la más elocuente, es de Hegel: “Toda la Historia viene de Cristo y tiende hacia Él. La aparición del Hijo del Hombre es el eje de la Historia”. Las otras dos son la famosa frase: “La religión es el opio del pueblo...” y otra del profeta Isaías. Algo parecido se podría decir de El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini, de Gospel o de Jesucristo superstar, etc.
Y si prestamos atención al mundo de la música rock, junto con Joan Báez y Bob Dylan que cantaron a menudo a Jesús, están las manifestaciones de Larry Norman considerado por el New York Times como “el escritor más inteligente de la música cristiana” el cual llegó a afirmar: “La única cosa realmente importante y duradera en este mundo es Jesús. Esa es toda la música que yo hago. Fuera de Jesús nada tiene valor”. Desgraciadamente estas voces no suenan ni en nuestras asambleas de creyentes o lugares de culto como tendrían que sonar ni siquiera en nuestras emisoras cristianas. Al menos en un pequeño sermón de una pequeña parroquia recordémoslas como humilde acto de homenaje y de reconocimiento. Y estos son únicamente unos cuantos testimonios espigados al azar cuyo mensaje no va tan desencaminado como los escuchados por Jesús. Estos al menos saben de quién se trata.
Pero ¿y nosotros? ¿Qué es lo que decimos nosotros, los creyentes, de misa diaria o de domingo, de misa de funeral, de boda y de bautizo? Dentro de dos o tres domingos vamos a dar comienzo el curso parroquial, la Catequesis... Para empezar con buen pie es preciso que nos preguntemos ¿qué es para cada uno de nosotros Jesús? Aquí no vale sólo con saber definiciones, hay que aprender, aunque nos cueste el año entero, a descubrirlo en los demás. Como en la obra de Kazantzakis, las palabras solas no bastan son necesarios los hechos. Y cuando esto tiene lugar sobran los sermones, las leyes y los ritos... Sólo basta recordar de qué fue capaz Teresa de Calcuta, una monja apenas sin cultura, sin boato, sin tener sangre azul, sólo con la fuerza del amor a los más pobres entre los pobres... Desgraciadamente vivimos en un mundo de palabrería, de discursos, de mítines, de ideologías en conserva, sin aplicación práctica a la vida, un mundo sin amor, sin fraternidad que es precisamente lo contrario de lo que Cristo manda, de lo único que Él manda. Como dijo no sé quién: “Los cristianos no amamos, acaso tampoco odiemos, pero nos desimportamos aterradoramente”. Incluso esto se da en círculos donde la camaradería pudiera ser un sustituto del amor, como decía un líder sindicalista: “Aquí se lucha codo con codo pero no cara a cara”, es decir, puede que luchemos por el que trabaja con nosotros en la empresa, por el que milita con nosotros en tal o cual partido o en una asociación religiosa, pero no le conocemos. Y es que no hemos descubierto aún que los rasgos del rostro de Cristo están impresos en el rostro de los demás.
También los cristianos corremos el riesgo de caer en esa trampa cuando venimos a la iglesia: estar codo con codo pero no corazón con corazón, aunque en el rito de la paz nos demos la mano. Y sin embargo hasta en estos sencillo gestos se encuentra Cristo si sabemos descubrirlo. ¿Qué es el hombre? se preguntaba Manuel Kant, y respondía: “Ahí está el secreto de toda la filosofía” y de todo el Cristianismo, habría que añadir: el hombre es el mismo Cristo. Max Scheller sobre el que Juan Pablo II hizo su tesis doctoral y acaso se inspiró para redactar la encíclica Redemptor hominis, define al hombre occidental según lo que piensa, en tres categorías o círculos: 1) En los que lo consideran como un compuesto de ideas judeocristianas. 2) en aquellos para los que permanece sobre el hombre aún la mentalidad de los antiguos clásicos, y 3), para quien el hombre es el producto de una evolución darwiniana cuyo último eslabón estamos fabricando. De razonar así no nos tiene que sorprender que, siendo el último eslabón de la cadena, los únicos valores sigan siendo el egoísmo, el desamor y la rivalidad.
Manuel Mounier, otro gran cristiano, decía que el hombre no es un compuesto de alma y cuerpo, ni siquiera un individuo, el hombre es una persona con sus virtudes y defectos, (es cierto, “Somos imperfectos, permítasenos el derecho a equivocarnos”), pero sin olvidarnos de que somos personas que deben realizarse en una comunidad donde la única ley que debe regir es el amor y donde cada cual debe tomar su cruz a cuestas y no añadirla al que ya lleva la suya. Esa es la verdadera respuesta al “y vosotros ¿quién decís que soy?”. No sólo palabras, no sólo el Catecismo, eso está bien, pero no basta, la verdadera respuesta incluso va más allá de la que dijo Pedro, la verdadera respuesta es nuestra vida transformada en amor a los demás porque también aquí sigue siendo válido el dicho: “Obras son amores y no muchas ni siquiera buenas razones, obras, obras son amores”. 
Jmf