lunes, 24 de diciembre de 2018


FIESTA NOCHEBUENA Y NAVIDAD. 24-25-XII-2018 (Lc. 2, 1-14) C

A veces podemos preguntarnos desde cuándo se celebra esta fiesta llamada Navidad o “aniversario del Nacimiento de Jesús”. Desde luego, no desde los primeros años del Cristianismo. Aquellos primeros seguidores de Jesús consideraban pagano celebrar cualquier tipo de cumpleaños debido a los malos recuerdos que de ellos conserva la Biblia. En efecto, cuando un día un  faraón celebró el suyo lo bañó con la sangre de su panadero real que mandó colgar, según se lo había profetizado José, el hijo de Jacob, a la infortunada víctima en la cárcel (Gén. 40, 20).
Andando el tiempo, cuando a Herodes Agripa se le ocurrió celebrar el suyo en la fortaleza de Maqueronte, sólo por tratar de complacer a una bailarina ordena cortar la cabeza a san Juan Bautista (Mt. 14. 6).  Eran razones de peso para no pensar mucho en celebrarlos.
De la muerte de Jesús sabemos mes, día y hora, y esa es la razón por la que, deseando adaptarnos lo más posible a dicho día, dejamos el calendario solar y adoptamos el lunar que seguían los judíos. Si Cristo murió el día de la Pascua judía y ésta tenía lugar el primer día de luna llena después del 21 de marzo (14 de Nisán), tendremos que mirar qué luna tenemos el 21 de marzo o esperar a la próxima luna llena posterior a esa fecha, teniendo en cuenta de que si cae un lunes habrá que esperar a celebrarlo en Domingo. Esa es la razón de que nuestra Pascua unos años caiga temprano y otros tarde.
Más aún, al día de la muerte se le llama desde antiguo en los santorales: dies natalis, el día del nacimiento. Fue en tiempos de Constantino el Grande, durante el s. IV, cuando se empieza a celebrar en Roma. Ya san Agustín echa en cara a los Donatistas que no celebren la Natividad del Señor el día 6 de enero, como hacen los católicos, y que fue una de las fechas que en un principio se fijaron para celebrarlo.
Pero lo que le dio un gran impulso a la Natividad fue que, celebrándose durante estos siglos con gran solemnidad la fiesta del Sol Invicto el 21 de diciembre  por influencia de la Religión de Mitra o culto a la luz, del que el emperador Aureliano (270) fue un ferviente adepto, los cristianos trataron de crear una fiesta paralela en honor a Cristo quien, según el profeta Malaquías es “sol de justicia que amanece sobre nosotros” (4, 2).
Esto aclarado, habrá que decir que, de hecho, el mismo Evangelio parece ir en contra de la tradición del nacimiento en diciembre ya que, según Lucas “…unos pastores velaban al raso sus rebaños…”, y esto sólo se solía hacer a partir de marzo. Además si Jesús nació durante el Censo de Quirino, los censos no tenían lugar en invierno al estar los caminos impracticables debido al mal tiempo, sino hacia la primavera camino del verano, lo que viene de igual modo a descartar el nacimiento en diciembre. Todo ello no atañe en absoluto a la grandeza del Misterio de Belén.
Por entonces, en el s. IV, la Iglesia vivía una etapa conflictiva luchando con varías herejías que atacaban de algún modo la divinidad de Jesús y la Maternidad divina de María: Arrio, Nestorio, Eutíques, etc. Hubo sus más y sus menos. San Ambrosio y san León Magno reprochan a los cristianos que paganicen estos días celebrando con más fastuosidad y más fervor la Fiesta del sol que la Fiesta del Señor.
Algo de esto se nos podría decir a los cristianos del siglo XX: Damos más importancia a iluminar las calles con luces de colores, y a adornar escaparates o abetos por doquier que a adorar de verdad a Cristo en el Pesebre. Son días de folclore, un pretexto para la folixia y el escapismo, palabras, felicidades, más palabras... palabras y poco más. Pero Jesús no se ha quedado en las palabras. Jesús es “la Palabra hecha realidad”, "el Verbo hecho carne”. Siempre recordaré un enorme letrero que el párroco de una iglesia rural había colgado del campanario con esta sola inscripción: ¡Dios ha nacido!. Creo que no pensamos la profundidad de la frase: Dios, infinito y eterno, que entra en nuestro mundo, en nuestra historia...
Así las cosas llegamos al s. VI en el que un erudito monje que vivía en Roma, llamado Dionisio el Exiguo, calculó el año en el que había nacido Cristo fijándolo el 754 de la fundación de Roma. Sin embargo tuvo un pequeño error puesto que Herodes el Grande murió cuatro años antes, en el 750, y, además según el Evangelio, esperó dos años el regreso de los Magos, por tanto habría que añadir 6 años más, con lo que estaríamos ahora al menos en el 2024.
Dios sigue entre nosotros tratando de cambiar nuestra vida. León Felipe, poeta zamorano, escribió los siguientes versos:
“¡Qué pena!
si esta vida tuviera ... mil años de existencia
¿quién la haría
hasta el final llevadera? ¿Quién la soportaría
toda
sin protestas?... ¿Quién lee diez siglos de
Historia y no la cierra,
al ver las mismas cosas siempre con distinta
fecha...?
¿Los mismos hombres,
las mismas guerras, los mismos tiranos,
las mismas condenas,
los mismos esclavos, las mismas protestas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
y los mismos, los mismos... poetas?”.
El Evangelio es una buena noticia, trata de cambiar la Historia para que no se repita (contra la acusación de León Felipe). Y algo ha cambiado, a pesar de los hombres. Lo que sí debemos caer en la cuenta es de nuestra falta de lógica al celebrar las cosas. Y lo es un poco por el hecho de que el día de Nochebuena debió de ser precisamente uno de los días en los que ni María, que no estaría para cenas, ni José, ni por supuesto Jesús que acababa de nacer, cenaron. En un Informe que hizo público, hace unos años, el Fondo de las Naciones Unidas para Ayuda de la Infancia (UNICEF) se denunciaba que “cada semana mueren 250.000 niños de hambre en el mundo y varios millones sobreviven en condiciones precarias de desnutrición y mala salud casi permanente”, así que cuando Jesús anda por esos mil rincones del mundo hambriento, pobre, maltratado y agonizante en tanto niño nosotros festejamos su Nacimiento ahítos de comida y malgastando montones de dinero en cosas superfluas.
Vercors (Jean Bruller), novelista clave de la resistencia francesa, dice en una de sus obras: “No hay más que un universo y son los hombres”. Pero su visión del mundo es aterradora: “Imaginemos a millares de seres que viven en una isla muy pequeña, alejada de un inmenso continente. No saben nada de él más que han sido desterrados al nacer y que es desde allí desde donde les llegan alimentos, pero también periódicamente hace acto de presencia una flotilla aérea que los aplasta con sus bombas. Esto hace tanto tiempo que sucede que se ve del todo natural; como el saber que un día serán también ellos mismos sus víctimas”. Vecors quería una sociedad justa y libre, luchó toda su vida por lograrlo.  No obstante habría que decirle con Maulnier: “Queréis que todo el mundo tenga riqueza y bienestar en este mundo. Hermosa empresa. Pero el día que lo hayáis conseguido, vuestros ciudadanos, en una tierra libre y dichosa, seguirán estando solos. Seguirán teniendo frío”.
Hoy más que nunca tendríamos que ponernos a pensar aquello que dijo Mahama Gandhi, porque nos viene como anillo al dedo: “Mientras no reine la paz y la justicia en el mundo, Jesús no habrá nacido”.  Aquel día sí que merecerá la pena festejar su venida, no folclórica sino real y cristianamente... Y en el cielo brillará una estrella más brillante aún que la de Oriente.
Cuando murió Jesús en el Calvario, dice la Sagrada Escritura que “el sol se oscurecía…”. En el mundo seguimos aún a oscuras y Cristo agonizando… por mucha luz que colguemos en las calles, por mucho colorín que desprendan los anuncios de neón y por mucha fosforescencia con que resplandezcan nuestros árboles navideños. La luz de Dios tiene que salir de dentro del corazón. Es únicamente entonces cuando todos podremos caminar bajo su resplandor y el mundo podrá vivir una aurora de amor sin fin. Este es nuestro deseo en esta noche y día de Navidad.
Jmf

viernes, 21 de diciembre de 2018


DOMINGO IV DE ADVIENTO.-23-XII-2018 (Lc. 1, 39-45) C


“María fue aprisa a la montaña…” es una frase que parece que no encaja en el contexto evangélico donde todo discurre en calma y sosiego.  Dios tiene un gran ayudante a su lado que es el tiempo. Dios nunca tiene prisa para nada: ni para resucitar a Lázaro, ni para arrancar la cizaña, ni para resucitar Él ¿por qué esperar tres días?, ni para subir al cielo, ni para la última venida... y tampoco desde luego para castigar.
Sin embargo María fue aprisa ... Hoy vivimos metidos de lleno en este vértigo del correr, en este “llegar antes a cualquier parte para regresar primero” que dijo Iván Illich, producir más y más aprisa, en cadena, y por tanto obligar a consumir más y más rápido... ¿A dónde vamos a parar? Desde bien temprano la radio nos despierta ametrallándonos los oídos con una sarta de noticias, una tras otra, como si fuera imprescindible mantener al hombre en vilo, no dejarle un momento de respiro, que no pueda hacer ni un alto en su camino para pensar y digerir lo escuchado, tratando de hacerle un lavado cerebral cada mañana con esa ducha de polítiquilla, de accidentes, muertes, terrorismo, sangre y angustia. Y si existe un momento de descanso es para insertar un anuncio con el fin de azuzar, de invitar al consumo, de empujar hacia el mercado para adquirir este o aquel producto. Poco después las gentes camino del trabajo... siempre corriendo, hay que llegar a fichar a tiempo so pena de un castigo…
Y ahí está nuestro hombre, en medio del fárrago de la circulación, sorteando la niebla mañanera, los atascos de la ciudad, cuando no las huelgas, los piquetes... un verdadero maratón de obstáculos. Se dice que hoy no se puede hacer esperar a nadie; más de cinco minutos, ya es una descortesía, no se puede hacer perder el tiempo a nadie aunque luego lo malgastemos del modo más estúpido. En este panorama parece que la frase evangélica encaja plenamente: “de prisa a la montaña”. Sin embargo hay una diferencia fundamental: María va llena de gozo, llena de alegría,  llena de gracia.  Y es esta alegría la que le hace correr, la que pone alas a sus pies para visitar a su prima. Al hombre moderno, en cambio, le arrastra algo externo, fuera de él. No es la paz, ni el gozo interno, no es por ir a visitar y ofrecer nuestros servicios a un amigo, es más bien por escapar de nosotros mismos, son prisas llenas de crispación, en las que ni se lleva a Dios ni en las que se encuentra Dios. María saluda a su prima, le lleva una buena noticia, es la primera misionera del mensaje mesiánico. El ángel la había saludado con un: “llena de gracia”. Isabel le devuelve el saludo: “bendita entre todas las mujeres”. Entre el ángel e Isabel componen esa oración sublime: el Ave María; y por si ello no fuera poco, en el mundo del arte la elevaron al rango de pieza inmortal músicos como Schubert, Gounod, Victoria, Palestrina, etc.
Por su parte María, no presume aquí de humildad, sería un gesto un tanto soberbio y contradictorio con su gracia y virtud. María se refiere a su insignificancia y pobreza personal. Por eso es tan acertadamente hermosa la oración que hace Martín Lutero en su exégesis del Magníficat cuando dice: “Oh tú, bienaventurada virgen y madre de Dios... porque se ha fijado tan graciosamente en tu indignidad, en tu bajeza, esto mismo nos hace pensar que en adelante y a ejemplo tuyo, tampoco nos despreciará a nosotros, pobres e insignificantes hombres, sino que más bien nos mirará graciosamente” (Lutero, pág. 189). En su pequeñez... no en su humildad. A nosotros nos parece que debemos obsequiar con costosos regalos, reyes, año nuevo, hemos recargado el costo del regalo y acaso lo hayamos aligerado de afecto, de cordialidad, de delicadeza y atención a la propia persona. La visita a los amigos, a los parientes aún los más cercanos que acaso vivan hasta solos no considerándonos por encima sino en el plano familiar y de amistad, será siempre bien recibida. Hoy las puertas de los pisos y chalets se cierran más y más hasta con respecto a los que viven a su lado, las familias se aíslan ¿por miedo a qué? Y sin embargo María, embarazada y todo, visita a su prima. Dios nos visita, deja su cielo de risas y alegría y viene a aprender a llorar a un humilde portal. Creo que es la lección que se desprende más fácilmente del evangelio de hoy: salir de prisa hacia los demás...
Decía G. Bernanos: “Lo que los demás esperan de nosotros es Dios mismo quien lo espera” Nos puede suceder lo que sucedió al protagonista de aquel conocido cuento ruso: Demetrio es convocado por Dios para tener una entrevista en medio de la estepa.  No debe llegar tarde y está resuelto a llegar puntual a la cita, pero cuando va de camino se encuentra con un carretero que inútilmente trataba de sacar su carro embarrancado del atolladero. Demetrio duda pero se decide ayudarlo. La operación duró más de lo previsto. Miró la hora.  Era muy tarde. Entonces echó a correr a toda prisa hacia el punto de la entrevista. Llegó jadeante... Dios ya no estaba, se había ido...
Parece un cuento cruel pero habría que hacerle una segunda lectura o completarlo con aquel otro del zapatero remendón que un día rezando ante una imagen de Jesús se le presentó un personaje misterioso que le dijo: “Tu oración es grata al Señor, esta tarde Jesús pasará por tu casa”. El zapatero limpió el taller, arregló la cocina, mando a su mujer preparar la mesa porque iban a recibir una visita. A media tarde llamaron a la puerta.  “Ahí está”, se dijo, pero al abrir se encontró con que era una vecina de pésima fama que habla reñido con su esposo y venía a pedir que intercediera. Dudó el pobre zapatero pero al fin lo hizo mientras pensaba: No sé qué va a decir Jesús si me ve en compañía de esta mujer”. Regresó a casa a esperar de nuevo.  Nueva llamada: “Esta vez sí…”, se dijo. Pero no, era un chico pobre, el bobo del pueblo que venía a pasar el rato a su lado. A punto estuvo de despedirlo, pero le dio pena y charló con él largo y tendido hasta que el bobo se fue. Al fin sonó la última llamada. Tenía que ser la suya... Pues tampoco, esta vez era un borracho que de tarde en tarde se acercaba por la zapatería oliendo a aguardiente y a suciedad que apestaba. “Este me va dejar aquí un olor...”, pensaba el pobre remendón... Con todo aguardó hasta el anochecer. Era la hora de cerrar la tienda.  Entonces sentó al borracho a la mesa y cenaron lo que la buena mujer había preparado, por si Jesús aceptaba su invitación. Cuando el zapatero se dirigió a la imagen aquella noche para rezar, empezó recriminándole su engaño: Me has mentido, Señor, dijiste por tu ángel que ibas a visitar mi casa… te esperé en vano y no llegaste. Me mentiste...”. Entonces fue cuando habló la imagen y le dijo: “No es verdad, buen amigo, me has recibido y lo has hecho muy bien, ¿es que no me has reconocido en la mujer de mala vida, en el bobo del pueblo y el pobre borracho? ¿No ves que todos ellos era yo?”. El zapatero desde entonces recibía con frecuencia a Jesús, termina la historia. Pues lo mismo se podría aplicar al cuento ruso. Dios lo esperaba con su carro embarrancado y Demetrio a lo mejor ni se dio cuenta... ¡tenía tanta prisa! Lo dirán los reos y bienaventurados juzgados por el Señor al final de los tiempos: “¿Cuándo te vimos con hambre o con sed, fatigado o enfermo y te ayudamos, o no te ayudamos? Y el Señor responderá: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos conmigo lo hacíais”.
Pero para ello necesitamos tener siempre en el punto de mira a nuestro prójimo. Nuestra misión de cristianos es llevar siempre la buena noticia, la alegría a nuestro próximo, sembrar la esperanza por el mundo. Nuestras prédicas a menudo pecan de ser un poco tristes, es verdad que la realidad, como hemos expuesto al principio, no suele ser precisamente un mar de rosas: demasiadas desgracias, enfermedad, muerte, accidentes... Alguien dijo que “el optimismo es una drogadicción”, pero no existiría la fantasía si la realidad fuera más alegre y gratificante. Necesitamos echarle imaginación a la vida que suele ser dura y “la realidad tozuda” que dijo K. Marx. Pero el Evangelio en una continua invitación a ver las cosas de otro modo al sentirnos hijos de Dios y portadores de ese gran mensaje, portadores de una salvación que es el mismo Cristo.
Hoy María nos invita a ir aprisa a pregonarlo.  Todo este tiempo la Liturgia invoca a María especialmente. Hemos oído estos días la lectura de la Anunciación y de la Visitación. Antiguamente se celebraba la Anunciación el 18 de diciembre. El Concilio de Toledo (656) se propuso uniformar las fiestas de la Virgen como las de Cristo, pero en el s. XI la liturgia romana suplantó a la mozárabe. La Anunciación se desplazó al 25 de marzo y el 18 se celebró la expectación del parto. Desde la víspera se recitan las antífonas de María de la O. A que todas empiezan por esa interjección los siete días: Oh Sabiduría. Adonai. Raíz de Jesé, Llave de David, Oriente esplendor, Rey de las naciones, Enmanuel...; se refiere la onomástica de las llamadas María de la O.
Está muy bien puesta aquí la figura de María como remate del Adviento y como invitación a salir aprisa a pregonar la llegada del Señor, porque el mundo más que ninguna otra cosa lo que de veras necesita es esta felicitación Navideña: “Dios está entre nosotros”.
Jmf

sábado, 15 de diciembre de 2018


DOMINGO III DE ADVIENTO.16-XII-2018 (Lc. 3. 10-18) C

“En aquel tiempo la gente le preguntaba a Juan...” ¡Qué interesante es esta postura que hoy apunta el evangelio: Preguntar! Preguntan los niños, preguntan los enfermos... pero a medida que nos vamos haciendo mayores preguntamos menos, nos creemos seres autosuficientes. Sin embargo deberíamos tener por lema aquel que dice “Pregunta siempre que no cuesta nada. El Evangelio está todo él lleno de preguntas: “¿Cómo puede ser eso si no conozco varón?”, “¿Qué es lo que deseas?”, “¿A quién buscáis?”, “¿A quién iremos?”, “¿Dónde le habéis puesto?”, “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” etc., etc. El mismo Dios preguntaba en el Paraíso a Adán “¿Qué es lo que has hecho?”, y a Caín poco después: “¿Dónde está tu hermano?
Hoy la pregunta formulada es “¿Qué debemos hacer?”. En cierto Congreso de Espiritualidad Cristiana se quejaba un ponente de que hoy no se encuentran directores espirituales, consejeros de solera. Alguien se levantó y dijo: “Sí los hay, pero nadie los escucha”. En cambio surgen en la radio, en la prensa y en TV una serie de personajillos que da la sensación que lo saben todo, que tienen el don de enjuiciarlo todo, de resolverlo todo, de aconsejar de todo a todos¿Qué contestó Juan a la pregunta formulada? Juan no era evangelista, sólo era un profeta, el precursor de Jesús... Pues bien, Juan tiene una triple respuesta al “¿Qué debemos hacer? de la gente:  Al pueblo llano le dice: Hay que empezar por repartir. Es curioso. Lo que han predicado y aún predican muchas ideologías progresistas y revolucionarias fue ya dicho hace la friolera de dos mil años.  Y repartir ¿qué? Pues lo vital, como es la comida, el vestido... El que tenga dos túnicas, a quien le sobre ropa, que la reparta con los que no la tienen, y quien tenga comida lo mismo… Es vital cubrir las necesidades más perentorias de los hombres nuestros hermanos, de todos, máxime cuando gastamos tanto en cosas superfluas. Y hoy sabemos muy bien que existen en el mundo casos de extrema necesidad. Esa fue la respuesta, que sigue ahí en pie desde entonces aunque no siempre la escuchemos.

Si la respuesta anterior es para gente de a pie, a los que tienen cargos también da su respuesta: a los publicanos o cobradores de impuestos para Hacienda, es decir, a quienes manejan el dinero, les dice que sean justos, que no cobren más de lo debido y que usen una justicia distributiva más racional. Por desgracia también pasa en nuestra sociedad: quienes más sufren por impuestos son los pobres. ¡Qué más da que bajen los automóviles y el champán, el teléfono o las llamadas a larga distancia si lo que consume el poebre es pan y leche, el alquiler de la vivienda y el billete de autobús! ¿Quénes sufren las huelgas de transportes? La gente de a pie, los altos cargos ya se las saben arreglar para viajar sin cortapisas. Sólo podremos hablar de verdadera conversión y justicia verdadera el día que los primeros beneficiados empiecen a ser los más pobres. Porque como dice un eslogan anarco: “mientras los pobres no tengan pan los ricos no tendrán paz”.
Finalmente Juan da su respuesta también a los militares, es decir a quienes ostentan el poder y desempeñan la justicia. A ellos les dice que se contenten con lo que ganan. Hoy habría que aplicarlo al desorbitado negocio de las armas, el negocio de la violencia indiscriminada que poco a poco parece que se va instalando legalmente en el mundo como algo necesario y natural ¡cuántas consideraciones se tienen a veces con el terrorista y el violento por miedo o por extorsión! Un dato más a tener en cuenta es que Juan, cuando responde, usa, como usaba Jesús, el imperativo dinámico: “Reparte, no exijas, no hagáis extorsión, contentaos con la paga…” y no mercantilicéis la guerra. Es la línea seguida por Jesús: “Ve, vende lo que tienes, ven y sígueme”, “Sal del sepulcro”, “Levántate y anda”. “Recobra la vista...”, etc. No sé quién dijo que Darwin en su obra “La evoluci6n de las especies” emplea al menos 800 veces la expresión: “Pudo ser…”. Jesús fue siempre categórico: siempre llamó al pan pan y al vino vino... Y a la hora de seguirle no duda en decir: “¡Vende todo, ven y sígueme...!”.  Sin embargo alguien pudiera pensar que esta renuncia, este ir en pos de Cristo, estas respuestas a la voz de Dios, es decir, a la conversión del corazón llevan consigo la tristeza.  Nada de eso sino todo lo contrario, son respuestas que nos llevan a la verdadera alegría, alegría que brota del propio amor divino.  Lo expresa muy bien san Juan de la Cruz; (el día 14 era su festividad), cuando en uno de sus preciosos poemas dice en su glosa a lo divino (V):
“Que estando la voluntad
 de divinidad pagada
no puede quedar curada
 sino con divinidad;
mas, por ser tal su hermosura
 que sólo se ve por fe,
gústala en un no sé qué
 que se haya por ventura”.

Es cierto que el Evangelio vivido así, a tumba abierta, es tremendamente convulsivo: abrasa las entrañas.  Y de ahí que nos hayamos acostumbrado a manipularlo con guantes, a rebajar sus grados con falsas interpretaciones, a descafeinarlo...  Pero si lo viviéramos aunque sólo fuera medianamente y tan sólo entre los que nos llamamos cristianos sería tal el cambio experimentado que el mundo se convertiría en algo totalmente desconocido.
Porque la Revolución no consiste en dejarlo todo patas arriba como estamos constatando tan a menudo, ni tampoco en un baño de sangre, del que hablaba Stalin, y cuya estrategia han copiado al pie de la letra los terroristas…, revolución es transformar desde dentro, empezar por cambiar la mente y el corazón. Revolución no es predicar que si tienes dos capas que repartas una, más bien consiste en persuadirnos de que si nosotros tenemos una y el prójimo no tiene ninguna debemos compartirla con él. Y esto hecho en una atmósfera de cristiana alegría.

Nos acercamos a la Navidad y esta es una lección no aprendida. Belén exige conversión, sin embargo para muchos sigue siendo di/versión cuando no per/versión.  En vez de preguntar, preferimos dejarnos llevar, ir entre la farándula que termina en una comida y una noche de alcohol y francachela en el mesón de turno.  Y Belén es pobreza, silencio y gozosa adoración al hombre Dios que nace. Por una de esas paradojas de la vida acontece que los tristes no son los que han ido en pos de Cristo sino quienes se han quedado cenando y bebiendo en el mesón.
En este III Domingo de Adviento, conocido en la liturgia como el Domingo Gaudete o “Domingo de la alegría”, Juan es su pregonero-evangelista pues anuncia la buena Nueva. Los pregoneros de las malas noticias no se llaman evangelistas se denominan agoreros. Hoy nos acercamos, pues, un poco más alegres a Belén, alegres, que no es igual que alegremente. Inés Bojaxkin más conocida por la Madre Teresa de Calcuta, premio Nobel 1979, fue entrevistada en una ocasión por un grupo de profesores norteamericanos. Entre otras cosas le preguntaron: “Por favor, díganos algo que nos pueda ayudar en nuestra vida”. La Madre Teresa se limitó a responderles: “Sonrían, se lo digo muy en serio, sonrían”.
Belén nos enseña, en un pequeño Niño, a sonreír, la sonrisa es la flor de la alegría.  Cuenta Tihamér Thót en “Los diez Mandamientos” que una actriz americana firmó un extraño contrato con una Compañía de seguros: la actriz recibiría 50.000 libras esterlinas si en los diez años siguientes un accidente, una enfermedad o cualquier otra desgracia le hacían perder la capacidad de sonreír. Sabía la alegría que lleva consigo en sí la capacidad de sonreír.

Cambiar interiormente y traducirlo en actos es lo que importa, las palabras no interesan tanto porque a menudo nos llevan al engaño. Cuenta el P. Crisógono de Jesús, biógrafo de san Juan de la Cruz, que había en el Convento de las Agustinas de “Nuestra Señora de la Gracia” una joven que sabía la Biblia de memoria respondiendo a cuestiones complicadas sin haber tenido maestro. La examinaron muchos teólogos entre otros fray Luis de León. Ninguno nos dejó sus opiniones, sobre qué pensaban sobre ella. Llamaron finalmente a san Juan de la Cruz quien, tras varias preguntas, le dijo que tradujera el pasaje “Et verbum caro factum est et habitabit in nobis”, que la religiosa tradujo “El Verbo se hizo carne y habitó entre vosotros”. Mientes, le dijo san Juan de la Cruz, es entre nosotros. “No, entre vosotros”, insistió la religiosa.  Y es que al parecer, según pudo descubrir después el santo, la joven no hablaba por sí misma, hablaba el diablo por su boca, estaba poseída.
Algo de eso nos puede suceder: no acabar de darnos cuenta de que Dios no nació únicamente entre las gentes de Belén, sólo para ellos, allá en la noche de los tiempos, sino que nació “entre nosotros” y además “por y para nosotros”. Juan Bautista esperaba al único que sabe distinguir el trigo de la paja, y el trigo son aquellas buenas palabras capaces de tocar nuestro corazón, aquellas buenas obras capaces de hacernos cambiar y capaces de cambiar el mundo en que vivimos.
 Jmf




















sábado, 8 de diciembre de 2018


II DOMINGO ADVIENTO  9-XII-2018. (Lc.  3. 1-6) C

“Preparad el camino del Señor”. Camino es una palabra muy usada en la Biblia. Así, la emplea para hablarnos del Éxodo o marcha del pueblo de Dios por el desierto, la emplea a menudo la Teología (no para demostrar, que eso es imposible) sino para explicar la existencia de Dios o si preferimos para tratar de acercarnos a Dios por la razón, cosa nada fácil. Son las llamadas pruebas o mejor diríamos vías, descritas primero por Aristóteles y después por santo Tomás. También la Moral habla de caminos: el del bien y el del mal (en-caminado, extra-viado, des-viado). Finalmente encontramos el símil en la ascética y mística cristiana al describirnos las tres vías para llegar a Dios: El hijo pródigo que recorre un camino de vuelta hacia la casa del Padre llamada vía purgativa, la iluminativa y la unitiva con que podemos poseer a Dios. En esta última han sido máximos exponentes, tanto en su vida como en sus escritos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús.

Los primeros cristianos llamaban a su doctrina el Camino, así  se nos dice que Pablo marcha hacia Damasco para arrestar a los que seguían el camino (Act. 9, 2), que en Éfeso Priscila y Aquiles enseñan el camino a Apolo para enviarlo a Corinto (18, 25) o que Pablo en Cesarea diserta ante Félix que conocía ya el camino, y ante el que manifiesta “que siguiendo el camino, que ellos llaman secta, sirvo al Dios de nuestros padres” (24, 14-22). Hoy el Evangelio habla de Juan caminando por el desierto de Judea a orillas del Jordán predicando: “Preparad el camino...” rellenando baches allanando “desprendimientos” (en bable “argayos”), es decir supliendo lo que falta y quitando lo que sobra.

Estar en el camino entraña movimiento. En la primera lectura encontramos cerca de veinte palabras que indican movimiento: subir, bajar, ponerse de pie, reunirse, etc. Un escritor llamado B. Bro recoge una parábola de la vida de los patos. Dice que en la vida de estas aves llega un momento en el que la granja se alborota, renace el instinto de emigración entre las aves recordando acaso arquetipos de tiempos pretéritos y, agitando torpemente las alas, intentan en vano iniciar el vuelo. También al hombre le sucede tres cuartos de lo mismo. Se siente atado, le gustaría volar, ser libre, caminar sin trabas, pero se siente atado, enjaulado en sus propias redes, leyes y pasiones como el pato en la granja. En un poema Ernesto Cardenal dice de  Marilyn Monroe:
“Tenía hambre de amor
le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el psicoanálisis...".

Lo mismo se nos podría decir a cada uno de nosotros.  El hombre nació para caminar, ya que la religión lleva en sí la idea de algo dinámico, algo que se mueve.  Así exhorta Jesús al paralítico: “Levántate y anda…”. Porque “Yo soy el camino…”. Caminar es hacer posible lo imposible, es conquistar, acercarnos más a Dios, más a Belén, sentirnos  salvados y libres del extra-vío.

Preparad el camino del Señor…”, en esperanza, podríamos también decir, pues es esta virtud la que anima este tiempo de preparación a la venida de Jesús.  Y ese es el grito de un profeta, el profeta del adviento, Juan Bautista.

“Mucho más importante que la fe es la caridad, pero sobre todo lo es la esperanza” decía Ernest Bloch, un filósofo alemán que luchó por la paz y se orientó hacia el cristianismo guiado por los sermones del teólogo Münzer. En 1969 publicó su gran obra titulada “El principio esperanza”, un clásico del pensamiento. En ella plantea temas tales como “¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué esperamos? ¿Qué nos espera…?”. Y podríamos añadir por nuestra cuenta una pregunta más: “¿quién nos espera?”. Es preciso escuchar a los profetas, y profeta es todo aquel que habla en nombre de Dios, de la esperanza, e interpreta los hechos de vida a la luz del alma. ¿Existen hoy profetas? Pues claro que sí. Cada uno de nosotros es un profeta (sacerdote, profeta y rey, se nos recuerda en el Bautismo). De algún modo todos podemos adivinar el futuro. Ahí está la clave para poder “allanar los montes y rellenar los baches...” empezando cada uno de nosotros por sus propios caminos. ¿Cómo?

Hasta ahora hemos hablado mucho de amor. Desde ahora debemos hablar menos de amor y hablar con más amor, más amorosamente a los hombres. Hasta ahora hemos hablado con frecuencia de la esperanza. Es hora de que empecemos a hablar con esperanza, esperanzadamente. Necesitamos más que nunca vivir la esperanza, vivir el amor.

La sociedad de consumo, -bastaría mirar en estos días los anuncios-, sólo nos ofrece más cosas, más confort, más placer, incluso se habla de más calidad. Si tenemos un modelo de coche la propaganda ya que se encarga de bombardearnos día y noche para mentalizarnos en que debemos otro mejor. Si tenemos un simple transistor nos brindan un estéreo, y después otro de más alta fidelidad. Siempre hay algo más y mejor que prometer, y ¡ay, el día que se toque techo en este ofrecimiento!, pero ¿quién anuncia más amor, más amistad, más alegría, más solidaridad y más fraternidad? Estos son valores que no cotizan en bolsa, que no tienen cabida en nuestra sociedad de consumo. Y si no se anuncian, mal se van a vender y menos consumir.

El año 1954 se celebró en Evanston-Illinois el Consejo Mundial de las Iglesias. Las palabras con las que se cerraron fueron estas: “Vivimos en un tiempo en el que hay mucha gente que ha perdido la esperanza”. El teólogo Luis Evely decía por esas mismas fechas: “La desesperanza roe nuestra época, y los pueblos se aburren”. Y puede que tenga razón. Nos parecemos a los protagonistas de la obra de Jean Paul Sartre “Los caminos de la libertad”, que él sitúa en vísperas del Pacto de Münich, y son héroes sin familia, sin fe, sin amor... que sólo viven la esperanza de la guerra y afrentosamente decepcionados ahora, sólo esperan con aquella paz, volver a una existencia vacía, mezquina e inútil...

Tampoco debemos pensar que por el hecho de tener fe o esperanza ya tenemos un seguro de vida. Si el mundo se desquicia no vale decir: pues esperemos el fin del mundo como una solución “cristiana” prefabricada. Lo expresa muy bien Pedro Laín Entralgo en su libro “La espera y la esperanza”, cuando dice: “La esperanza del cristiano no es, no puede ser nunca seguridad; y esta radical incertidumbre afecta a todas las dimensiones de la existencia humana”. Y con todo es esa esperanza la que tiene que salvar al mundo que ya no espera, del mundo que cada vez tiene más de lo mismo y menos de lo otro... Y es esa esperanza la que tiene que animarnos a preparar el camino del Señor para poder llegar a celebrar una Navidad diferente, porque el cristiano, tras la Encarnación de Cristo en su alma, ya sabe o debe saber a quién espera.

La figura de Juan por la que empieza el evangelio de Marcos nos invita hoy no sólo a preparar el camino sino a caminar por él... “Somos los peregrinos que vamos hacia el cielo... la fe nos ilumina...”. María puede servirnos de admirable ejemplo en este II Domingo del Adviento en el que también se la recuerda en la novena de su Inmaculada Concepción; y en el que el evangelio es todo una invitación a echar a andar y a preparar el camino del Señor.

Porque ¿quién como María en esta hermosa labor? Ella siempre estuvo en camino, la Virgen del camino…: concebida sin pecado original emprende esa singladura de nueve meses llenos de gracia, espera y camina con su corazón hacia el nacimiento del Hijo que lleva en sus entrañas y que nacerá la noche de Navidad.

Durante su vida, del mismo modo, siempre estará en camino: camino de Ain karin, camino de Belén, camino de Egipto, camino del Calvario, caminos todos de dolor y sufrimiento, caminos de destierro y de servicio…, no la hemos visto camino del Tabor, porque ella anda siempre por caminos que llevan a la humillación y al destierro, a la pobreza, al sacrificio y a la muerte...

Pero es precisamente por esos caminos por donde se acerca Cristo, caminos del Adviento a preparar. Que este domingo sea un día en el que tomemos la resolución de abandonar los caminos trillados del mundo que prepara su Navidad llena de farolillos, de egoísmo y despilfarro olvidando a los demás, es preciso salir de las autopistas del vértigo para adentrarnos de una vez por los caminos del desierto que llevan a Belén, frecuentados por Juan Bautista y  por María y que son por los que el Señor se acerca.
Jmf

jueves, 6 de diciembre de 2018


INMACULADA CONCEPCIÓN.  8-XII-2018 C


La fiesta que hoy celebramos se remonta al menos al s. VIII y tuvo su origen en Oriente. Hacia el s. IX se celebraba en Irlanda el día 3 de mayo. Inglaterra empezó a conmemorar esta festividad en el s. XI extendiéndose, a partir de 1128, a todos los monasterios anglosajones. Este dogma, que consiste, no en que María concibió virginalmente a Jesús, sino en que Ella fue limpia de todo pecado desde el primer instante de su concepción, ya había arraigado en toda la Iglesia desde antiguo. Como dijo san Cirilo de Alejandría en el Concilio de Efeso (431) : “¿Quién oyó nunca que un arquitecto que fabrica su casa ceda su ocupación primero a su enemigo?”.

Pío IX declaró esta verdad dogma de fe a petición de los teólogos el día 8 de diciembre de 1854.  En España tuvo, si cabe, aún mayor resonancia que en ningún otro país hasta el punto de que el rey Carlos III creó una condecoración, que es muy apreciada, en honor de María. Y por si ello fuera poco hace un suplicatorio a Roma para que se proclame “Patrona y abogada de estos reinos y de las Indias ... a la Soberana Señora en el misterio de su Concepción”. Roma otorga el privilegio el día 8 de noviembre de 1760 por medio de la Bula “Quantum ornamenti”.  Desde entonces se añadió a la letanía lauretana la invocación “Mater Inmaculata”.

En alguna ocasión hemos hablado de la relación que guarda nuestra parroquia de Miranda con la historia de este dogma, si tenemos en cuenta que Carreño Miranda, nacido en La Lleda en 1614 y muerto en Madrid en 1685, pintor de cámara de Carlos II y Mariana de Austria, tiene entre sus cuadros nada menos que unos 90 dedicados a la Inmaculada, además de alguno dedicado a Santo Domingo de Guzmán, a Santa Ana, a San Isidro, a San Damián, etc., santos todos relacionados con nuestra parroquia. Esta tradición mariana entre los pintores arranca de Juan de Juanes y sobre todo de sor Isabel de Villena que imagina a la Purísima como una Asunción rodeada de los símbolos que canta la Letanía Lauretana. (Ambos dogmas guardan íntima relación según el dicho “Inmaculata ergo asumpta”.

Juan de Juanes pinta a María mirando al espectador y con las manos en actitud de orar. El s. XVIII fue una explosión de colorido y de fervor.  Los temas más repetidos son precisamente los que tratan de la Pasión y de la Inmaculada.  Sobresale sin duda alguna, entre los pintores, Murillo.  Pero también Carreño Miranda y a partir de 1662, la pinta profusamente, vestida de blanco y cubierta con manto azul, morena y joven, de ojos grandes, pelo negro y abundante cayéndole por los hombros, la mirada elevada al cielo, las manos una en el pecho otra hacia la tierra o bien recogiendo el manto, los pies sobre un globo terráqueo que debiera ser luna, coronada por doce estrellas como la mujer que se describe en el Libro del Apocalipsis, y rodeada de ángeles niños en torno a una luna apenas sugerida. Pero no sólo en la pintura sino desde la misma Teología, la Universidad, los gremios, las ordenes militares... todos parecen querer competir en el modo de cómo honrar mejor a la Purísima.

En cuanto a la Literatura también la honra y celebra de diversas formas. Calderón de la Barca la describe en un Auto sacramental bajo el nombre de “La hidalga del Valle”. En la representación aparece el Placer discutiendo con la Culpa y el Furor, en un necio empeño de injuriar a María.  Cuando llega el momento en que se habla de este dogma la Culpa ataca argumentando: Si María nació sin pecado entonces no pudo ser redimida por la sangre de su Hijo.  El Placer se queda pesaroso y pensativo, más pronto encuentra solución a la dificultad: cava un hoyo en el suelo y luego lo camufla con retamas y hierbas.  Llega el Furor y cae en la trampa del hoyo.  El Placer lo saca.  Mas cuando llega la Culpa el Placer la detiene antes de caer.  Por lo tanto la Culpa ha sido más favorecida que el Furor:
 “Una atención, un cuidado
  me habéis costado los dos:
  Vos porque caísteis, vos
  porque no os dejé caer.
 Pues sí esto hace mi poder
¿qué no hará el poder de Dios?...”.

Pocos hogares habrá que de una forma u otra, desde el cuadro de un calendario hasta una pintura más valiosa, no hayan visto alguna vez colgado de sus paredes una imagen de la Purísima. Al pueblo llano, a la gente sencilla siempre le ha impresionado este dogma. Todos hemos oído cómo los mendigos antes al llamar a una puerta solían hacerlo con el clásico “¡Ave María Purísima!”. Una buena tarjeta de presentación ante cualquier buen cristiano. Por ello se podía leer en el dintel de algunas casas un azulejo con leyendas como esta:
¡Jesús! ¡Y qué mal haría
el que en esta casa entrara
y por olvido dejara
de decir: Ave María!.
Como también quien, oída
palabra tan celestial
no respondiera puntual:
Sin pecado concebida!

Otra manifestación de este Dogma en nuestra parroquia fue la Cofradía que bajo la advocación de “Hijas de María Inmaculada” funcionó bastantes años, prácticamente hasta el Concilio Vaticano II que cambió un tanto el rumbo de este tipo de asociacionismo.
La Cofradía se fundó en Miranda el día 1 de diciembre de 1897 y empezó con 50 cofrades y una de las últimas presidentas fue Natalia Nuevo que todos recordamos con afecto y simpatía.  No sé por qué estos dogmas tan hermosos han perdido hoy un todo el vigor de que hicieron gala en otros tiempos, acaso por que no hemos sabido acomodarlos a la mentalidad moderna. Pero algo habría que hacer para reconvertir y fomentar esta devoción entre la gente y sobre todo entre la juventud, para quienes todas estas virtudes parece que hoy están de más.  Habría que recordarles obras clásicas como “La sonata de Kreutzer” en la que León Tolstoy elogia sin ambages la castidad dentro del matrimonio, o lo que dijo Walt Disney a propósito de la películas escandalosas: “Cada vez que sale al mercado una película pornográfica yo gano dinero”. Otra novelista americana Barbara Cartland, abuela de Lady Di, escribía a propósito de este tema en el periódico londinés “The Times”: “Soy autora de novelas cuyas heroínas son siempre muchachas que aprecian la virginidad.  Me dicen los editores que debo modernizarse, escribir sobre el divorcio y el amor no santificado.  Me niego.  Soy autora best seller y la venta de mis novelas en dos años han alcanzado la cifra de setenta millones de dólares (unos 7.000 millones de pts. De entonces ) Si me preguntan por qué respondo: Porque aún no he encontrado un hombre que no quiera que su esposa sea distinta de las chicas complacientes con las que le gusta divertirse. Y porque tampoco he hablado con una mujer que no ansíe el amor embelesado y avasallador de un hombre que la adore. Es a la mujer idealizada a la que el hombre pone en un altar secreto e idolatra como esposa, como madre, como guía y como compañera...”. Es una cita un poco larga pero creo que, viniendo de una autora con tal índice de ventas, merece la pena escucharla. Necesitamos no dejarnos arrastrar por la moda. Miles de fieles, muchos de ellos jóvenes, asistieron ayer noche a la Vigilia de la Purísima en toda España consistente en unos actos especiales en honor de María a los que el Papa envía cada año una especial bendición.  En Sevilla también bailan hoy en la nave central de la catedral, los seises, hoy en honor de la Inmaculada, al son de aquella copla que se viene repitiendo desde 1615:
“Todo el mundo en general
a voces, Reina escogida,
diga que sois concebida
sin pecado original”.

Y lo mismo en cientos de ciudades. En todas las culturas ha habido un culto especial por la mujer virgen: las vestales de Roma que mantenían día y noche el fuego sagrado del Capitolio, las vírgenes del sol en Chile (Los Araucos), las vírgenes del aire portadoras del fuego en la mitología finlandesa recogida en el poema Kalevada del poeta Elías Loenrot (1928), etc., Hoy, desgraciadamente, volvemos a adorar la serpiente como se hizo antiguamente en muchos pueblos, y de nuevo la serpiente vuelve a tentarnos con la manzana envenenada del engaño.  María aplastó su cabeza al llegar a la vida sin mancha de pecado y permanecer siempre inmaculada.  Por muchas vueltas que dé el mundo siempre en el fondo del corazón estará esa aspiración universal de encontrar en todas partes y que con tanto afán buscamos: más justicia, más fraternidad y más limpieza de alma y corazón, más pureza.  De ahí que no deberíamos olvidar aquella oración tan hermosa que de niño habremos recitado tantas veces:
“Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dio se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
virgen sagrada María,
te ofrezco desde este día
alma vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, Madre mía!”.

Y si acaso esta nos pareciera un poco larga siempre tenemos el recurso de acudir a la jaculatoria clásica tantas veces repetida y hoy poco a poco olvidada:
¡AVE MARÍA PURISINA,
SIN PECADO CONCEBIDA!”.
Jmf

viernes, 30 de noviembre de 2018

COMIENZO DEL AÑO LITÚRGICO 2018-19

https://www.mrbit.es/miranda/0ADdos.htm

 DOMINGO I DE ADVIENTO 2-XII-2018 (Lc. 21, 25-28) C
 Hoy empieza el año litúrgico, y empieza con una espera, una silenciosa espera; de ahí que la mejor oración tendría que ser aquella con la que se cierra la Biblia: “Ven, Señor Jesús, ven”, o con la que rezamos cada día en el Padrenuestro: “Venga a nosotros tu Reino”.

La historia del Adviento se remonta al siglo VI. De san Gregorio Magno conservamos homilías sobre este tiempo. Hasta el s. XII se cantaban aún en Roma el Gloria y el Tedeum, según el Ordo del canónigo Benedicto de san Pedro. Luego se quiso hacer del Adviento una pequeña Cuaresma usándose el color morado, suprimiendo del altar las flores y de la Misa el Gloria. Hoy, tras el Concilio Vaticano II, se trata de recuperarlo como un tiempo de esperanza.
Esperar es hermoso, diríamos que apasionante. Yo aún recuerdo de niño cuando subíamos carretera del Puerto de Somiedo a esperar a los de casa que venían de la Feria de San Pedro, y en cuanto los divisábamos echábamos a correr a ver qué nos traían. Y no sólo el que espera está impacientemente alegre, también el que llega, el esperado... La madre que espera a un hijo, de ordinario rebosa satisfacción; pero incluso el hijo pródigo que regresa espera que lo esperen. Un viaje pierde mucha emoción si al regreso no te espera nadie. El día de Reyes más que una fiesta a celebrar es una espera ilusionada. La esperanza cristiana no tiene nada que ver con las críticas de providencialismo fatalista que de ella hicieron filósofos como Nietzsche, o sistemas filosóficos, como el Marxismo o el Existencialismo. La esperanza cristiana supone libertad y responsabilidad.
Dos pecados, no obstante, se oponen a esta virtud de la esperanza: la presunción del que, abusando de la misericordia de Dios, se cree salvado sin más; y la desesperación, la de aquellos que, por el contrario, desconfiando de la infinita misericordia de Dios, se consideran excluidos.  El que espera tiene fe, está gozoso e incluso alimenta esa esperanza. Quien carece de fe o de esperanza es como si estuviera medio muerto; y si es un cristiano más aún. Se parece a una casa con la cocina apagada que acaso es más fría que una sin cocina, tenemos experiencia de ello…
Adviento es una gozosa espera. Los hombres, que necesitamos llenar nuestro vacío corazón de ilusiones, siempre estamos esperando algo o en alguien; pocas veces vivimos el presente, el aquí y el ahora sin más. Soñamos siempre en otra cosa distinta a la que tenemos, soñamos en el mañana, soñamos en que nos toque una quiniela, en que un hijo apruebe, saque la carrera o encuentre un buen trabajo, lo malo es que son esperanzas que a menudo alimentamos falsamente perdiendo de ver y de disfrutar las metas que ya hemos conseguido. Esta situación la describe muy bien  esa película de José Luis García Berlanga realizada en 1952 y que lleva el título de “¡Bienvenido Mr. Marshall!”.
El argumento es muy sencillo: A un pueblo, Villar del Río, llega un día una cantante folklórica y su apoderado. Poco después aparece también un delegado general con la noticia de que se acerca el Plan Marshall (vieja versión de lo que hoy esperamos que sea el Mercado Común), y con él la lluvia de dólares americanos y el bienestar del pueblo. Para ello hay que preparar las calles. Se monta una mascarada andaluza, porque eso es lo que gusta a los yanquis, “y así, dicen, todo lo que les pidáis os lo concederán”: el alcalde pide un ferrocarril, el cura más moralidad, una viejecita chocolate, un labriego que le traigan un tractor... Sólo un viejo hidalgo increpa a sus paisanos con palabras un tanto despectivas hacia los yanquis: ¡Son indios, eso es lo que son, únicamente indios! Por fin llega el día en el que hacen su entrada, pero pasan por la calle principal del pueblo a toda velocidad sin detenerse. Entonces empieza a cundir la decepción general y a darse cuenta de que otra vez tendrán que ponerse a la cola para pagar los gastos del frustrado recibimiento, quedando al final mucho más pobres que al principio. Sólo les queda mirar al cielo porque es de allí, como lo fue siempre, de donde viene la lluvia que ahora el pueblo espera, azotado por una pertinaz sequía.
¡Cuántas cosas esperamos que después pasan de largo como la comitiva americana del plan Marshall, dejándonos más pobres y esclavos que antes!  Y alguna vez es preciso mirar al cielo, como se canta en el himno de Adviento: “Rorate... Enviad, cielos, vuestro rocío y las nubes lluevan al Justo...”.
Tiene otro José Luis, Martín Descalzo un pasaje muy hermoso a este propósito en uno de sus libros “Razones para la esperanza” que merece la pena citar: “¿Habéis visto cómo esperan los niños a los Reyes?... No pueden guardar la espera, arden sus ojos y sus almas, pero su espera no es torturadora... ¿Sabéis por qué? Porque los niños nunca se preguntan si lo que va a venir el día de Reyes es hermoso o feo, magnífico o terrible. Ellos saben que lo que viene es incuestionablemente hermoso. Lo único que ignoran es qué clase de hermosura tendrá... Es una esperanza gozosa porque es cierta... saben que son amados. Sólo quieren saber cómo les expresarán este año su amor. A los niños les basta un rayo de sol para alegrarles. Pero hace falta todo un sol entero -ha escrito Goldwitzer- para que el corazón helado de un adulto se deshiele. El hombre no sabe esperar. Y espera, además, lo que no debe. Por eso no entendimos a Dios cuando vino. Esperábamos ver en sus manos el poder y vimos la pobreza, esperábamos la cólera destructora y vino la gran misericordia, esperábamos misteriosas revelaciones y vino un pedacito de carne que con muchos esfuerzos aprendió a decir papá y mamá” (pág. 111).
Los cristianos debemos realizar una esperanza de futuro mejor, la cual hay que ir realizando ya, día a día, una esperanza que crea y cree (crear y creer), que libere y que pacifique. Para ello el Evangelio nos aconseja otear ese “más allá”, viajar con nuestra fe hacia el futuro y vigilar entre tanto. Es un buen consejo este duermevela, este vigilar y estar despiertos para todo.
Porque estando en guerra necesitamos vigilar al enemigo, y si estamos en paz vigilarnos a nosotros mismos. Un deportista necesita vigilar y estudiar los movimientos del contrario para saber a qué atenerse cuando ataque.  En la carretera es preciso ir al volante con los ojos bien abiertos, siempre vigilantes. Si queremos triunfar en los negocios es preciso estar al tanto en todo momento de la variaciones de la bolsa y las finanzas. En la salud se nos recomienda vigilarnos mediante chequeos periódicos si es que no queremos tener una desagradable sorpresa cualquier día, en la conducta: ahí te suelen vigilar los demás, no para ayudarte sino, a menudo, para hundirte y criticarte, de ahí que en ese campo necesitemos todos doble vigilancia: todos podemos quedar ciegos de espíritu, cambiar nuestro modo de ser y no notarlo, convertirnos en unos seres vidriosos, maniáticos sin darnos ni siquiera cuenta de ello: ¡Es tan fácil engañarnos...! De ahí la validez de ese consejo: ¡Estad en vela! Que nada nos coja por sorpresa, ni siquiera la muerte, con la que tarde o temprano debemos contar, pues, como decía san Juan Crisóstomo, “para quien vive pensando en ella nunca llega de repente”. Y podríamos añadir que no sólo la muerte sino que nada sucede de repente, todo lo podemos ver venir si estamos atentos y vigilantes.  Y sobre todo y entre todo debemos descubrir a Alguien que llega que es el propio Dios.
Hubo una mujer que supo esperarlo y a la que debemos tener siempre presente, y ahora en especial durante este tiempo de Adviento: la Virgen María.  Y nunca mejor que hoy para recordarla como modelo de esperanza, precisamente en este primer día de la Novena de la Inmaculada, y en este primer domingo del tiempo litúrgico de Adviento. Ella esperó al Señor con toda su alma, como canta Gerardo Diego en aquel hermoso villancico de su libro Versos divinos, que dice:
“Cuando venga, ay, yo no sé / con qué manos le tendré
que no se me rompa no,/ con qué...
Ay, dímelo tú, si no,/si es que lo sabes, José,
que soy una niña yo…!, /¡con qué manos le tendré 
que no se me rompa, no!/¡con qué...!”.                                                       
        Jesús se acerca, pero Él no llega nunca si nosotros no salimos a su encuentro. San Agustín solía repetir: “Temo que el Señor pase de largo”. Es al revés que los vecinos de Villar del Río con el Plan Marshall, aquí somos los hombres quienes pasamos de largo ante el Señor y de su plan de ayuda, somos los hombres quienes pasamos de Cristo y de Dios, pasamos de todo... Y es entonces cuando Él también pasa de nosotros...
Esa debería ser la gran preocupación de este tiempo de Adviento que hoy empieza: saber esperarlo o poder perderlo. Por eso debemos convertir estos días, desde nuestro interior hasta en la misma forma externa de celebrarlo (la liturgia ya lo hace a su modo), en una gozosa espera.
    Jmf