viernes, 15 de marzo de 2019


DOMINGO II DE CUARESMA.- 17-III-2019 (Lc. 9, 28-36) C


El domingo pasado hemos visto a Jesús en el Monte de las Tentaciones, hoy nos lo encontramos en el Monte Tabor. El próximo domingo lo veremos hablando con la Samaritana cerca del Monte Garizím. El cuarto domingo nos hablará de Moisés elevando en el desierto la serpiente de bronce, una clara referencia al Monte Calvario en el que Cristo es elevado también sobre la cruz. Finalmente el V Domingo nos presenta a Jesús descendiendo del Monte de los Olivos al pie del cual salva a una mujer pecadora de ser ejecutada. Da la sensación de que Dios vive en las alturas, y que en el llano impera el reino del pecado.

Hoy la escena se desarrolla sobre el Monte Tabor, un promontorio que emerge en medio de la llanura de Esdrelón y que tiene una altura de unos 500 metros. En él han tenido lugar diversos acontecimientos bíblicos:
1).- La victoria de Débora y Barac contra Sísara, 2).- El encuentro de Saúl, recién nombrado rey, con tres hombres que subían al santuario de Betel llevando tres cabritas, tres panes y un odre de vino (Jue. 3. y I Sam. 10); y 3) El acontecimiento que conmemora hoy el evangelio de la Transfiguración, en el que vemos a Jesús subir a este monte con tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan, y una vez en la cumbre Jesús se transfigura ante los tres apóstoles apareciendo junto a otros dos personajes: Moisés y Elías dentro de una nube de luz. Cristo, el Verbo, la Palabra de Dios aparece  testimoniado por tres voces: una en la figura de Moisés que simboliza la Ley o palabra escrita, otra en la figura de Elías que es como la palabra profética o hablada, que denuncia y acusa, y en una tercera: la voz salida de la nube, voz de Dios que nos habla y resuena en la conciencia de cada uno, y que a la vez nos señala a Jesús como su Hijo amado, la palabra encarnada. Es la misma voz que se escucha en el Bautismo de Jesús y que recogen los cuatro evangelistas: “Este es mi hijo muy amado en quien me complazco” (Mt. 3,13).

Mucha gente escucha hoy o cree escuchar voces y ecos extraños y desconocidos venidos de un desconocido “más allá” y sin embargo pone infinidad de reparos para escuchar la voz de Dios que trata de transformarnos y de transfigurarnos interiormente. Y tampoco oímos ni escuchamos la voz de los profetas que denuncian injusticias, que acusan atropellos y que tratan de despertar nuestras conciencias con el fin de que nos decidamos de una vez por todas a ayudar de verdad al desamparado, al pueblo llano manipulado siempre, engañado siempre, al que un día se le moviliza para que grite “¡Hosanna, hosanna al hijo de David!” entre ramos de olivo y palmas, y a los ocho días escasos somos capaces de hacerle gritar: “¡Crucifícale!”. Así es el pueblo de maleable y dúctil cuando cae en manos de líderes perversos.

Recuerda aquella obra del dramaturgo noruego Enrique Ibsen que lleva por título: El enemigo del pueblo. La acción se desarrolla en la costa meridional de Noruega. El Dr. Stokmamm dirige un centro de aguas termales que al analizarlas un día se encuentran con que están contaminadas. El Director del periódico local le anima a denunciarlo: “y el pueblo se lo agradecerá eternamente”. Pero su hermano mayor no está de acuerdo ya que, subsanar ese fallo, llevaría consigo la quiebra, y cerrar el balneario durante dos años con cuantiosas pérdidas económicas. La noticia llega a las clases privilegiadas y a los notables del pueblo que se movilizan y convencen a la gente de que el cierre del balneario también repercutiría de manera negativa en sus ganancias; y se ponen del lado de los capitostes dejando al médico solo ante el peligro. Por lo visto y paradójicamente interesa más el dinero que la salud, como casi siempre. El médico tiene una hija que ejerce de maestra y es expulsada del colegio donde imparte las clases, el director del periódico se niega a publicar los análisis que prueban la contaminación, por miedo a una represalia. Sólo el médico permanece insobornable. Y a pesar de que hasta apedrean sus ventanas él no cede, recoge niños pobres y trata de inculcarles sus principios juntamente con sus hijos. Hay que gritar la verdad... “Hay que hacer hombres libres”, dice. La masa no puede regirse por el sufragio universal porque no le dejan ser libre y siempre ha sido manipulada por unos y por otros aunque sea en su propio daño.

La obra podría ser una acusación permanente a todo lo que está pasando actualmente. Aquí y allá se alzan voces de profetas que denuncian este o aquel hecho y que llegan hasta nosotros desde las injusticias sociales, la miseria del tercer mundo, y que a menudo son otra voz en el desierto; voces desde ese lenguaje de dolor que día tras día presenciamos y que cada vez nos acostumbramos más a ellas restándoles importancia. Los hechos gritan pero nadie los escucha, por miedo a que una postura en contra vaya en perjuicio de nuestros propios intereses. Y no hay que olvidar nunca que una voz así, aunque salga de las nubes, es voz divina, la voz de Dios.

Tampoco nos paramos a escuchar la voz que nace del fondo de nuestro corazón. Decía Javier Marías comentando hace años su novela Corazón tan blanco que  “cuando uno oye algo y no quiere oírlo, cierra los ojos.  Existe la posibilidad de no ver pero no de no escuchar…, los oídos no tienen párpados”. No queremos escuchar. Y escuchar es una forma de rezar. No queremos escuchar las voces que nacen del fondo de la conciencia, voces que, si fuéramos sinceros y nos detuviéramos a oírlas, veríamos que coinciden con las voces del profeta, con la voz de Dios.

Cuenta Anthony de Melo la leyenda sobre un templo lleno de campanas levantado en una isla. Cuando soplaba el viento todas las campanas repicaban arrebatando a cuantos las oían. Pero la isla se hundió bajo las aguas. La leyenda dice que las campanas seguían repicando para cualquier viajero que las supiera escuchar. Un joven se acercó hasta la orilla y estuvo mucho tiempo tratando de oír…, se hacía todo oídos, pero por más que se esforzaba no lograba escuchar nada. Abatido por el desaliento se tendió en la arena. Quizá todo era un engaño. Aquel día no hizo nada por oír, dejó bramar al mar... y fue entonces cuando en medio del silencio y del vaivén de las olas escuchó el tañido de una campanilla, luego la de otra y otra y al final miles de campanas repicaban con tan dulce armonía que se vio transportado de asombro y de alegría. Si deseas escuchar a Dios deja que hable la Creación por Él: “De todas partes nos llega su voz, a todos los confines se extiende su pregón…” (Sal. 18,5).
No escuchamos porque no hemos cambiado, no nos hemos transformado, porque no estamos convertidos, porque no hemos sido transfigurados. Seguimos queriendo hacer tres chozas en vez de levantar los ojos y escuchar la voz de la nube que nos habla. Nos asusta la verdad lo mismo que a los apóstoles. Seguimos pegados a la tierra.

Añade el Evangelio que mientras los apóstoles estaban en el monte Tabor los demás apóstoles fueron incapaces de expulsar un demonio del cuerpo de un niño epiléptico. Cuando bajaron y le preguntaron a Jesús la causa Él les respondió que tales espíritus sólo obedecen al ayuno y la abstinencia. Hay que bajar del monte, no querer hacer la pastoral desde las nubes y escuchar también la voz del pueblo llano y enfermo, y que a menudo es el eco y completa la voz de Tabor: “Este es mi Hijo”, el pobre, el hambriento, el triste y el encarcelado, “este es mi Hijo, escuchadle”. “Madurar en la fe es perder el miedo”. Madurar en la fe es echar a andar, como dice el poeta zamorano León Felipe: aunque esté
“…rendido de andar a la ventura,
buscando mi destino…
En todos los mesones he dormido,
en mesones de amor
y en mesones malditos,sin encontrar jamás mi albergue decisivo…
Ahora estoy aquí, solo…,   rendido,
pensando que no está aquí mi sitio,
que no está aquí tampoco
mi albergue decisivo…”
Es verdad que solos no podemos nada, a menudo nos equivocamos, nos desanimamos, pero ahí está el Señor, ahí está siempre Cristo y su palabra como dice san Pablo en la primera lectura, la carta que escribe a los Efesios: “Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa con esa energía que posee para sometérselo todo” (Fil. 3. 21).

Cuando salieron de la nube no vieron más que a Jesús, solamente  les queda el recuerdo. En los Hechos apócrifos de san Juan Jesús comenta con los apóstoles la escena y les dice: “Ni yo parecía lo que soy ni yo soy lo que parecía”. Creer en Jesús solo, sin aureolas ni triunfalismos es creer en el Jesús del Calvario, en el Jesús de la pasión, no transfigurado, sino desnudo y desfigurado porque no debemos olvidar que nuestra Redención no tuvo lugar entre los esplendores de luz del Tabor, sino en medio de la noche tormentosa y dolorida del Calvario.

viernes, 8 de marzo de 2019


DOMINGO I DE CUARESMA.-10-III-2019 (Lc. 4, 1-13) C

         El hombre es un ser en continuo peligro y que se ve sometido continuamente a prueba por el diablo, a seducción, a hacer lo que sabe que no debe hacer. Posiblemente haya poca gente que piense en serio y de verdad en el diablo, por eso cuando se le pinta o representa es de un modo caricaturesco, folklórico, carnavalesco e incluso festivo. Sin embargo el diablo es un ser que existe, ya que conocemos perfectamente sus huellas, su madriguera, los caminos que recorre: aquello que nosotros calificamos acertadamente de diabólico, satánico, infernal o demoníaco. Algunos se mofan del modo como se le representa: con cuernos y rabo, pero también representamos al amor con los ojos vendados, una aljaba en banderola y disparando flechas con su arco y a nadie le causa asombro ni niega su existencia. Es un modo de simbolizar atributos y poderes.

Los artistas nos lo representan siempre como un ángel caído. Así, en el parque de El Retiro de Madrid se encuentra acaso el único monumento en el mundo dedicado al diablo representado de esa forma. Aparece también a los pies de santo Domingo de Guzmán de modo similar. En una novela de Bernanos, Bajo el sol de Satán, que recoge pasajes de la vida del santo Cura de Ars, el diablo es un hombre con el que se encuentra una noche el sacerdote Donissant mientras erraba extraviado por el campo camino de Etaples. El cura lo reconoce. Para el novelista francés Satanás se hace visible con frecuencia en figura de hombre y es a Dios a quien pretende herir por medio nuestro; por eso a quien más ataca es a los santos. André Gide, en Las monedas falsas, dice: “El diablo será más poderoso cuanto menos se crea en él…”. De ahí que ponga en boca del propio diablo la frase: “¿Por qué me llamáis? ¿No sabéis que no existo?”.

El mismo año que Bernanos escribe su novela (1926) nuestro Alejandro Casona redacta un trabajo sobre la historia del diablo. Siempre le preocupó este tema, como se puede ver en toda su obra: La barca sin pescador, Otra vez el diablo, etc. En esta última comedia la Infantina le pone como condición al estudiante que para acabar con los tres males del reino: la peste, la guerra y la revolución, tiene que matar al diablo con un puñal que es precisamente propiedad del mismo demonio. Pero el estudiante sabe muy bien que para asesinarlo el camino más corto es venciéndose a sí mismo. El mismo Satanás lo reconoce cuando dice: “Al diablo no se le mata con un puñal, al diablo se le ahoga dentro de uno mismo ¿comprendes?”.

Más curiosa es la visión que nos da Giovanni Papini en su obra “El Diablo” (1953) en la que afirma que el pecado de Luzbel no fue de soberbia sino de envidia. Choca un poco también cuando afirma de él que es un hermano rebelde, el hermano malo de Jesús y que gusta disfrazarse sobre todo de mujer para engañar al hombre (Papini se muestra aquí misógino). Pero Satanás tampoco está libre de tentaciones y será a su vez tentado al final del mundo por una mujer para que sucumba al bien, se arrepienta y vuelva a Dios. El diablo consentirá y volverá a convertirse en el ángel de Luz que fue al principio. Entonces, al final, todos los condenados se justificaran y serán salvados en una amnistía universal. Es la famosa teoría defendida por Orígenes y que tanto entusiasmaba a Unamuno llamada la “apocatástasis”. La iglesia, lógicamente, la descalificó y condenó como herética. Hoy el diablo, con la Biblia en la mano, se atreve a tentar al mismo Cristo.

Tres son las tentaciones a las que somete al Hijo de Dios: La primera: “Di que estas piedras se conviertan en pan”. No deja de ser curioso que la primera tentación a la que sometió a Adán y Eva fue también una invitación a comer: “El día que comáis del árbol vuestros ojos se abrirán y seréis como dioses”. No sé si el diablo trataría de probar el dicho aquel: “Por la boca muere el pez”. Nosotros podemos ver en ella como un arquetipo de la tentación al placer, a la vida cómoda y satisfecha aunque también se podría ver la tentación al consumismo bajo la disculpa del pan, tan necesario para poder subsistir, el pan de cada día no ganado con el sudor de la frente, como está mandado, sino por arte de magia, convirtiendo las piedras en pan.

Paradójicamente el hombre, trata de convertir pan en piedras para arrojarlas sobre el prójimo, es decir, lo que habría que destinar a pan lo convierta en armas para matar al enemigo el cual lo que nos pide es únicamente pan. Estamos convirtiendo el pan en piedras siempre que gastamos en armas lo que deberíamos gastar en pan.

También existe la otra versión, la que propone el diablo, convertir piedras en pan, y que podría aplicarse a todos esos alimentos sintéticos, unos sacados del petróleo (piedra-oleo), otros de sustancias químicas, auténticas drogas que envenenan los cuerpos y contaminan el ambiente. Jesús rechaza frontalmente la tentación echando mano igualmente de la Biblia: “No sólo de pan vive el hombre” (Deut. 8,3). Y esto sí que deberíamos aplicarlo a nuestro modo de proceder con los demás. A veces damos pan que puede saber a piedras. La caridad no sólo es dar, es sobre todo darse. Que quien recibe se sienta satisfecho en cuerpo y alma. A menudo nuestras limosnas hieren como pedradas, humillan hasta el polvo, rebajan al que pide, no caemos en la cuenta de que el hombre tanto como el pan estima la comprensión, (que no es igual a compasión), valora la ternura, el afecto. el amor, el detalle… “No sólo de pan vive el hombre”. Y es que cuando nos piden, cuando damos, solemos poner la misma cara que cuando nos atracan, y eso tiene que herir muy de lleno a quien recibe. Se entiende que estamos hablando de personas realmente necesitadas no de aprovechados.

La segunda tentación, que en san Mateo viene a ser la tercera, es una invitación a tirarse del pináculo del Templo... No pasará nada… “Los ángeles te tomarán en sus brazos para que tu cuerpo no se estrelle contra el suelo”. En el Paraíso sucede tres cuartos de lo mismo: “No moriréis…”. No os sucederá nada malo, “está escrito…”, y de nuevo cita bíblica al canto (Deut. 6, 13... ). Pero Jesús, usando las mismas armas que el Maligno, lo rechaza con un texto del Deuteronomio: “Escrito está, no tentarás al Señor tu Dios” (Deut. 6,16). Jesús no consintió, Adán y Eva sí. Llegar a ser, y luego ser tenido en…, ser alabado, aplaudido y tenido en consideración ha sido siempre una gran tentación del ser humano, de modo que el dejar de ser es para muchos una auténtica tragedia. Se dice de los ministros que cuando por hache o por ce son depuestos o destituidos sufren un verdadero shok, que se le denominó “síndrome ministerial”. Pero eso de llegar a ser aquí, el ser como…, el aparentar más de lo que se es (que en esto consistía en el fondo esta segunda tentación), se queda en nada ante la respuesta de Jesús.

Una última tentación, la segunda en san Mateo, tiene lugar en la cima de una montaña. La primera había sido en las llanuras del desierto, la segunda descendiendo desde el pináculo hasta la explanada del templo, esta tercera subiendo a lo más de una montaña. Allí le presenta desde la cumbre todos los reinos de la tierra y le promete: “Todo esto te daré si te pones de rodillas y me adoras”. El diablo quiere equipararse a Dios, acaso tenía razón Papini al afirmar que el pecado de Luzbel no fue de soberbia sino de envidia. Es la tentación del tener: “Todo esto te daré…”. En el Paraíso les promete la inmortalidad y también el equipararse a Dios: “Seréis como dioses, conocedores de la ciencia del bien y del mal” (Gén. 3.5). Tres lugares para la tentación: la soledad del desierto, la altura de la montaña, y el descenso entre incienso y el aplauso hacia la explanada del templo. Tres personajes que intervienen: El diablo, Jesús y Dios. Tres tentaciones: placer/comer, ser y tener. Las tentaciones se entienden mejor desde los argumentos que aduce Satanás: “-¿No necesitáis alimentos? Ahí los tenéis. -¿No queréis conquistar el mundo para Dios? Yo me adelanto a ofrecéroslo, un ofrecimiento que recuerda el que hacía aquel cura de una Villa a los protestantes cuando vio que la mayoría de los feligreses, por mor de haber puesto el mercado los domingos, no asistían a cumplir con el precepto dominical: Yo os ofrezco la Iglesia si sois capaces de suprimir el mercado del domingo.

Hay muchas tentaciones supuestamente respaldadas por la Biblia. Hay muchas sectas y falsos profetas que como el diablo manejan la Biblia a la perfección… Hay que abrir bien los ojos y no ir a buscar lejos lo que tenemos dentro: Se cuenta como una leyenda en el Tíbet que un ciervo almizclero corrió y corrió hasta despeñarse en busca del perfume que lleva, como sabemos, en una bolsita en su vientre. Lo descubrió al morir.
 Por otra parte al diablo sólo se le vence, como en la obra de Casona, dentro de cada uno, en el corazón de cada hombre. La Cuaresma es un camino para llegar no sólo a la Pascua sino a lo más profundo del corazón venciendo allí todo lo que puede interceptar nuestro encuentro con Dios. Jmf

miércoles, 6 de marzo de 2019

MIÉRCOLES DE CENIZA.6-III-2019 (Mt-6.1-6) C

Desde antiguo, a estos cuatro días, desde hoy hasta el próximo domingo, se les llamó genéricamente Semana de cenizas debido al rito que hoy tiene lugar en todas las iglesias católicas. Actualmente hemos perdido ese sexto sentido del que los antiguos hacían gala para interpretar los símbolos y luego vivir según ellos. El materialismo no sólo arrambló con grandes zonas de la espiritualidad del hombre moderno sino que también se llevó por delante muchos de los símbolos que llenaban profundas aspiraciones y urgentes necesidades en el alma humana y sin los cuales al pueblo le va a ser muy difícil superarse.  Uno de esos símbolos es el de la ceniza.

En la antigüedad, y en muchos rincones de la tierra, se incineraban los cuerpos. Solían hacerlo metiéndolos en sacos de amianto o materia incombustible. De ese modo las cenizas del difunto no se mezclaban con las de la hoguera y podían recogerse y guardarse en pequeños cofres, que luego se depositaban dentro de monumentos en forma de pirámide, acaso debido a una antiquísima creencia de que la forma piramidal conserva mejor los cuerpos de la corrupción, tal como trata de demostrar un librito aparecido hace años titulado “El poder de las pirámides”. La ceniza encierra hermosos simbolismos como el de mostrar que lo único que permanece son las obras, mientras que todo lo demás se esfuma.

Las cenizas fueron siempre muy respetadas de modo que cuando alguien se sentía maldito por la suerte se solía decir que acaso era porque habría profanado las cenizas de sus antepasados; “patrios cineres minxit”, decía Horacio. Hoy existe una corriente de volver a incinerar los cadáveres, y acaso habrá que ir haciéndose poco a poco a esa idea debido al escaso espacio que va quedando libre en los cementerios y a la oposición de los pueblos a abrir nuevos lugares dedicados a enterramientos o nichos.

Todos hemos leído que las cenizas de este o de aquel personaje han sido esparcidas sobre una montaña, o vertidas en un río o en el mar, lugares con los que el difunto estuvo unido por alguna razón especial, de ordinario casi siempre de tipo sentimental. Como decía, acaso sea una solución a uno de los grandes problemas de superpoblación funeraria y a la escasez de sepulturas y de nichos en nuestros cementerios.

Pero volvamos al tema de este día: la ceniza y su empleo ritual, y no sólo como lo hacemos los católicos hoy, sino a través de la Historia. En las fiestas del Antroxu existe desde antiguo la costumbre en algunos pueblos de tirarse ceniza, o restregar con ella la cara a los transeúntes en una especie de rito de imposición, quieras o no, o de simular con ella máscaras pintadas tal como acostumbran los brujos y danzarines de muchas tribus para los actos rituales de la caza o de la danza.

En Pola de Lena a los Zamarrones les precedía un personaje vestido con atuendo de “mujerona” llamado Ceniceiro el cual iba arrojando ceniza que sacaba de un bolsón, a los mirones. En Labio (Salas) llevaban la ceniza en un odre. Y en Quirós los Guirrios la llevaban hasta en sacos, dice Constantino Cabal en su inacabado Diccionario Folklórico de Asturias. La costumbre viene de lejos y la encontramos no sólo en Roma sino hasta en la misma Biblia.

En Roma el día 21 de abril se festejaban unas fiestas campesinas, las Palilias, en honor a la diosa Pales (que antes había sido dios). Tenían como función primordial, además de festejar la fundación de Roma por Rómulo, favorecer y tutelar los rebaños de los cuales Pales era protectora. Los ritos consistían en purificar los establos y las casas con cenizas recogidas de hogueras en las que se había quemado paja, pino, laurel u olivo o bien procedentes de la incineración de un ternero.

Con todo solían otorgar más poderes a la ceniza sacada del llar, puesto que en él vivían los dioses lares convirtiendo, de algún modo, la cocina en un pequeño santuario y altar en el que continuamente ardía el fuego, y al menos una vez al mes se hacían holocaustos. De ese modo las cenizas de los lares estaban empapadas de divinidad y magia.

Es aquí donde la tradición romana empalma plenamente con los ritos recogidos por la Biblia y que se citan en la Carta a los Hebreos cuando dice: “Si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de una ternera santifican mediante la aspersión a los contaminados en orden a la purificación de la carne ¡cuánto más la sangre de Cristo… purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios!” (9,13). Dichas cenizas eran esparcidas en casos graves de profanación legal según manda el libro de los Números (19, 11) donde se alude también al agua lustral o limpiadora. Esta se preparaba con cenizas de una vaca roxa, joven, es decir, un becerro o ternera que no tuviera mancha alguna ni defecto corporal y que nunca se la hubiera uncido (el becerro de oro fue adorado en vez de inmolado). Sacrificado, era luego quemado en un lugar fuera del campamento hebreo. Con ello se pretendía borrar la impureza contraída por contacto con un cadáver o con su sangre.

Y esa fue acaso la razón, el no contaminarse de impureza, por la que el sacerdote y el levita de la parábola de El buen samaritano pasan de largo al pie del viandante malherido… Contraían impureza legal y manchaban la morada de Yahvé hasta no ser lustrados o rociados con dichas aguas, lo cual tenía lugar los días tercero y séptimo a partir del contacto con el muerto. (Números 19, 13). En la Iglesia empieza a tomar cuerpo este rito como tal a partir del s. X. Al menos en esos años ya hay constancia de que tenían lugar en la ciudad eterna, según se recoge en los Libros Pontificales germano/ romanos, o libros de ritos del Obispo, que luego fueron llevados a Roma por los Otones. El año 109, el papa Urbano II generaliza el miércoles de ceniza, y en el siglo XI se puede decir que era común a toda la cristiandad. Con el rito de la ceniza la Iglesia trata de inculcarnos hoy a los cristianos la humildad y el espíritu de la Cuaresma cifrado en el Ayuno, la Oración y la Limosna.

Ayuno, fue una de las tentaciones a la que sometió el diablo a Jesús en el desierto: No sólo de pan…, y que veremos el próximo domingo. Moisés permaneció en el Sinaí con Iahvé 40 días y cuarenta noches sin comer pan ni beber agua para escribir las Tablas de la Ley, o diez palabras (Ex. 34, 28). Elías camina hacia el monte Horeb cuarenta días y cuarenta noches. Cuando estaba a punto de sucumbir un ángel le manda: “Levántate y come porque el camino es demasiado largo para ti” (1 Reg. 18,9). Finalmente Jesús permanece 40 días y 40 noches sin probar bocado antes de ser tentado por el diablo. Y no deja de ser significativo que sean los tres personajes los que aparecen con Él en la transfiguración en el monte Tabor, acaso porque el ayuno y la oración sean el camino para llegar a esa transformación interior que se nos pide en toda verdadera conversión.

Otra de las lecciones que podemos sacar de estas purificaciones con ceniza es que no sólo se purifican los pecados personales sino que existe también el pedir perdón por los pecados colectivos. Juan Pablo II lo hizo un 22 de febrero de 1992 en la Isla de Gorée (Dakar-Senegal), uno de los lugares más tristes y macabros de África al que el Papa denominó “Santuario africano del dolor negro”. ¡Y tan negro!, por él pasaron miles y miles de esclavos, de los 20 millones que fueron cazados para enviarlos a América como mano de obra barata. Y esto fue llevado a cabo no por gentes paganas sino por cristianos y musulmanes, que se llamaban creyentes del Dios verdadero. Es bueno también ejercitarse en pedir a Dios perdón por los pecados colectivos porque todos hemos sido y somos un poco responsables con nuestro proceder de todos los males del mundo. Y cuando declinamos la responsabilidad caemos en el pecado de Caín: ya que “Todos somos responsables de la sangre de nuestras hermanos”. Duele un poco esta disciplina, y es lógico que duela; cuesta trabajo esta limpieza pero merece la pena y se hace más y más imprescindible.

Muchos recordarán aquella fábula de Hartzenbusch titulada La toalla y que dice: “Ay,-exclamó Isabel- ¡Ay, qué toalla! / cuando me enjugo el rostro me lo ralla”. /Su aya le dice: “Si la broza quita /perdona el refregón, Isabelita”.El limpiarnos la memoria con ceniza, símbolo de la fugacidad de la vida, y el alma con la penitencia cuesta, pero todo lo que cuesta vale. La virtud cuesta, la penitencia es trabajosa, pero merece la pena pues el fin nunca es la penitencia por la penitencia ni el ayuno por el ayuno, el fin es prepararse debidamente para la gran fiesta cristiana, en la que desemboca toda la Cuaresma y en realidad toda la vida del hombre, que es la Pascua de Resurrección.

Mientras tanto aprovechemos estas señales y símbolos, la ceniza, el ayuno, la limosna, y toda la liturgia de estos días que está toda ella empapada en estos ritos y símbolos cuyo fin es entender mejor este tiempo y que nos sea más fácil el áspero camino hacia la Pascua que hoy, Miércoles de ceniza, hemos emprendido después de los días de Carnaval en los que acaso nos hemos olvidado un poco de Dios.   Jmf

viernes, 1 de marzo de 2019


DOMINGO VIII. 3-III-2019 ( Lc. 6, 39-45)


Hoy nos habla el Evangelio de un achaque  o deficiencia corporal que era muy común en Palestina en tiempos de Jesús, acaso debido al clima: la ceguera. Precisamente por ser tan común en dicha región, la Biblia echa mano de ella con frecuencia para explicar gráficamente diversas enseñanzas, de modo que posiblemente se podría escribir todo un tratado de teología tomando la ceguera como punto de referencia.

En la Biblia se la suele considerar como castigo divino del pecado. Así en el Génesis, cuando Lot recibe en Sodoma a dos ángeles y los hospeda en su casa, al ver los sodomitas su hermosura le pidieron a Lot que se los entregara para abusar de ellos (y aquí se bautizó como sodomía la homosexualidad). Lot se esfuerza en convencerlos de que desistan de su propósito llegando incluso a ofrecerles a su propia hija. Ellos insisten en hacer salir a los jóvenes. Ante el peligro que corre Lot los ángeles lo defienden, y extienden sus brazos dejando ciegos a aquellos sodomitas. Es entonces cuando Dios aconseja a Lot que abandone la ciudad con su familia y que huya sin volver la vista atrás. La mujer de Lot desobedece la orden y al volver la cabeza para ver la ciudad queda convertida en una estatua de sal (19, 1-29).

Algo parecido cuentan los Hechos de los Apóstoles que sucedió a Pablo y Bernabé en su primer viaje a Chipre. Al pasar por Pafos el procónsul de la isla tenía gran interés en escucharlos, pero un mago llamado Elimias trata de hacerle desistir. Entonces Pablo, lleno de Espíritu Santo, puso en él los ojos al tiempo que decía: “Hijo del diablo, he aquí la mano del Señor contra ti..., quédate ciego. Y la ceguera se apoderó de sus ojos. Y andando a tientas buscaba a alguien que le alargara la mano (13, 6).

Por el contrario, la buena conducta es causa de curación de la ceguera. Un ejemplo nos lo da Tobías, varón ejemplar que quedó ciego mientras dormía bajo un nido de golondrinas. Viejo ya, recobra la vista cuando su hijo, acompañado del arcángel san Rafael, regresa de un largo viaje y le unta los ojos con la hiel de un pez que agarró cuando se bañaba en el río Tigris. De ese modo le recompensaba Dios las obras de misericordia que había hecho (11, 1 y s.). Son muchos los casos de curación de cegueras que tuvieron lugar con motivo de algunas apariciones, como el primer milagro en Lourdes.

Que los ciegos recobren la vista es también una señal de que el Reino de Dios está cerca. Cuando Juan envía una embajada a Jesús preguntándole si es Él es el Mesías o tienen que esperar a otro Cristo les contesta: Decid a Juan: los ciegos ven...” (Mt. 11, 5). Jesús relaciona la ceguera con la fe de modo que cuando cura a un ciego al mismo tiempo lo examina de dicha virtud. Así hizo con el ciego Bartimeo, o con el ciego de nacimiento... Estamos en una época de ceguera colectiva, en plenos carnavales cuyas máscaras ni dejan ver quién es el otro ni dejan que nos veamos a nosotros mismos, la cuestión es atolondrarse. Precisamente la Cuaresma debería ser el tiempo de quitarnos la máscara y vernos tal cual somos a la luz de la gracia y con los ojos de la fe, a no ser que queramos vivir bajo el disfraz del pecado toda la vida.

El Dr. Frankestein había fabricado un monstruo en el desván de su casa hecho con restos humanos sacados de cementerios. Aquel ser carecía de alma. Mata al amigo, al hermano y a la esposa del doctor. Éste lo persigue pero incluso termina siendo víctima del monstruo que no muere, sólo desaparece. Así es nuestro pasado. Un monstruo fabricado con pecados y faltas que es preciso matar, si no queremos sucumbir también como víctimas suyas.

Para ver, antes de decidirnos a sacar la mota del ojo del vecino, es necesario arrancar la viga del nuestro. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice el refrán. Y aunque es cierto que en la vida muchas cosas son difíciles de explicar, lo serán mucho más si nos ciega la pasión, si carecemos de la luz de la fe, aunque en el fondo un corazón entregado a Dios y a los demás camina siempre en esa misma dirección.

En 1989 vio la luz una novela de Umberto Eco titulada “El péndulo de Foucault”. Es de difícil lectura y de más difícil comprensión. De todas formas la idea central nos puede ayudar a entender mejor lo que venimos explicando. El corazón del hombre es como un péndulo y el péndulo tiene una ley: que “abandonado a sí mismo, oscila siempre en un plano vertical fijo con referencia al sistema de referencia inercial”, de modo que aunque la tierra gire el péndulo sigue inalterable en la misma dirección. Lo mismo sucede con el corazón del hombre cuando está entregado a Dios, por muchas vueltas que dé el mundo él siempre oscilará apuntando a su último fin.

Necesitamos abrir los ojos de la fe para tratar de entender nuestro entorno. Tiene Leibniz un librito, “Sobre el conocimiento y verdad de las ideas” en el que echa mano de algunas comparaciones muy gráficas para que comprendamos lo que nos es difícil entender. Por ejemplo, si nos hablan de un kilógono, es decir de un polígono de mil lados, no es posible imaginarlo. Tampoco necesito tener en mi mente su imagen, me basta saber que existe y que puedo operar con sus medidas. Pues lo mismo sucede con la fe. No nos descubre ni nos describe las realidades de la otra vida pero nos enseña a operar con ellas y a caminar hacia Dios.

Los orientales hablan de un “tercer ojo” que les permite ver cosas que  los demás hombres ignoran, tales como el halo de la gente, la bondad y la maldad de las personas. La fe es un tercer ojo. Habrá quien vea visiones, la verdadera fe nos enseña a ser ecuánimes y objetivos.

Con tal fin Jesús nos da una norma para descubrir si esa fe es verdadera: “Por los frutos la conoceréis. Un árbol malo no da frutos buenos ni el bueno malos...”.  Cuando dudamos de si esta persona o aquella es buena o mala bastaría someterla a este ligero análisis: qué frutos da, cuáles son sus obras, es decir, dejar hablar al lenguaje de los hechos ¿Hace feliz a los que le rodean, o a su lado la vida es un infierno? Recuerdo con este motivo lo que decía un siquiatra a propósito de una respuesta que daban los matrimonios al por qué se querían divorciar: Es que mi pareja no me hace feliz, repiten una y otra vez. Esta respuesta es ya causa suficiente para culpar a quien la dice. Muy pocas eran las que respondían: Me divorcio debido a que me fue imposible hacer feliz a mi pareja...

Estamos en el umbral de este tiempo cuaresmal de penitencia y oración. Medio mundo está obsesionado en resucitar viejas costumbres recuperando los ritos del pasado. A ver quién se anima a rescatar una costumbre verdaderamente antigua y popular como es la de confesar y comulgar por Pascua. ¿No será que en vez de viejos ritos lo que importa es la folixia, la astracanada, comparsas, chirigotas y la simple y ciega evasión? Pues que no nos engañen.

Nosotros los cristianos debemos, no poner, sino quitar la máscara del pecado y de la hipocresía que llevamos todo el año y vestirnos con la túnica de la verdad y de la sinceridad. Debemos destruir ese monstruo que hemos fabricado en el taller del corazón y que llevamos escondido en el desván de la memoria. En los cursillos de cristiandad se acostumbraba a contar una historieta que viene muy al caso no sé si inspirada en  el libro: “Un cocodrilo debajo de la cama” de la escritora Mercer Mayer no lo sé. La historia cuenta que cierto enfermo acudió a la consulta de un psiquiatra: Doctor, es que tengo un cocodrilo debajo de la cama. El médico lo miró entre sonriente y escéptico y sin decirle más le recetó unas cápsulas. Regresó al poco tiempo su paciente insistiendo: Doctor, lo que me dio no me ha servido de nada, el cocodrilo sigue allí.  Lo miró el doctor más escéptico aún y redobló la medicación que le había dado contra las alucinaciones. Pasaron varios meses. Un día el médico acertó a pasar frente a la casa de su paciente y se acercó a preguntar: ¿No vive aquí fulano de tal? Vivía, contestó el portero, se lo comió un cocodrilo que tenía al parecer debajo de la cama.

Pues bien, ese supuesto cocodrilo pueden ser nuestros pecados, puede ser nuestro pasado si lo dejamos debajo de la cama, o sea si no reconocemos su existencia y luego si no le pedimos perdón a Dios. En la obra teatral de Oscar Wilde titulada “El marido ideal” se cuenta la historia de un inglés intachable que había tenido un pasado turbulento que nadie conocía excepto una mujer que le amenazaba con descubrirlo si no le prestaba cierta ayuda. La obra termina con una hermosa frase: “Cuántos hombres serían felices si vieran reducirse a cenizas su pasado”.

Eso es lo que pretenden estos días de Cuaresma, abrirnos los ojos a la gracia, matar el hombre viejo y las consecuencias de nuestra mala vida que llevamos a cuestas, iluminar el camino de la Pascua llevando el alma repleta de alegría y de gracia. La Cuaresma es un tiempo ideal, puesto aquí a propósito para abrirnos los ojos, si es que estamos ciegos, para hacer oír si estamos sordos y sobre todo para que por medio de la oración, el ayuno y la limosna demos frutos de verdadera santidad. Es lo que nos pide hoy Jesús.   Jmf.

viernes, 22 de febrero de 2019


DOMINGO VII.- 24-II-2019 (Lc. 6, 27-38) C

Para salvar al mundo, para liberar al hombre del odio en el que está envuelto algo habrá que hacer, pero algo extraordinario y subversivo. El Evangelio nos da alguna pista: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os injurian…”. Amar, hacer el bien, bendecir y orar... cuatro hermosos verbos para iniciar un programa revolucionario de acción contra el odio.

No es lo mismo enemigo que adversario. En el juego hay adversario, v.g. en el boxeo, pero pueden ser a la vez amigos. La enemistad produce odio, y viceversa. Es fácil dejarse arrastrar por ese odio, a veces hasta farisaico, como cuando dice Británico, el hijo de Claudio y de Agripina en la obra homónima de Jean Racine: “Abrazo a mi enemigo pero para ahogarlo”. Enemigo es aquel que nos odia y pretende hacernos un daño grave. Contrincante es aquel con quien competimos deportiva y sanamente. No es difícil pasarse de un campo al otro, de ahí la importancia de educarnos desde niños para saber competir sin abrigar rencor, ni odio ni afán de venganza, saber reconocer incluso la victoria del contrario y acatarla deportivamente.

Se ha explicado muchas veces en qué consiste ser cristiano. Para muchos es aquel que se bautiza, se casa, va a misa, comulga por Pascua y se entierra por la Iglesia. Pero Jesús va mucho más allá de los ritos y de las ceremonias y llega al corazón. Para Él un cristiano es aquel que es capaz de vivir sin hacer daño, amando a todo el mundo, más aún, es aquel que es capaz de hacer bien a quien le hace daño. Un amor así, capaz de amar hasta a los mismos enemigos, sin duda es un amor que debe de tener un componente muy alto de divinidad. Se puede decir incluso que quien entra en ese círculo de amor no se puede decir de él que tenga enemigos, porque enemigos sólo son aquellos a quienes nosotros odiamos.

Cuenta el P. Giecquel en su vida de san Vicente de Paúl que cuando el santo estaba muy próximo a la muerte, después de haberle sido administrada la Unción de enfermos el P. Juan D´Orgny le hizo las preguntas rituales, es decir, si creía en Dios, si perdonaba a todos, etc. a lo que el santo respondió como es lógico afirmativamente. Pero cuando le preguntó: “¿Perdonáis así mismo a todos los que os hayan ofendido?”, el santo, hizo un gran esfuerzo para incorporarse y abriendo unos ojos como platos respondió: “A mí nadie me ha ofendido jamás”. De ese modo juzgaba él los actos del prójimo, nunca había considerado nada ofensivo a su persona.

Hoy este lenguaje no se entiende muy bien porque hoy todo nos habla de odio y de violencia. ¡Cuántos se consideran ofendidos...!  Incluso entre cristianos, tal parece que nos hemos vuelto paganos en nuestro modo de pensar y de actuar.

Entre los judíos existían unas leyes que legalizaban la violencia y la venganza. Poco a poco las leyes se endurecieron más y más hasta caer en aberraciones como las que cita Streetter en uno de sus trabajos: Un judío del año 150 d. C. declaraba que sólo los judíos merecían el calificativo de hombres, a los demás habría que llamarlos más propiamente “ganado”. En otro lugar dice: “Si un no judío cae en una fosa no lo saques. Si se trata de un cristiano que está a punto de caer empújalo para que caiga. Y si hay una escalera dentro procura sacarla para que no pueda salir por ella. Finalmente si tienes una losa a mano tapa el pozo para que perezca dentro”.

No se entiende muy bien este odio simplemente por el hecho de no ser de la propia raza o fe y que encontramos no sólo en los judíos, (ellos sufrieron luego de rechazo lo que habían predicado), sino en todas aquellas ideologías fundamentalistas sean de tipo ideológico, filosófico, religioso, político o racial. No tendría por lo tanto que extrañarnos que una de las normas que aún mantienen viva estos pueblos, llamados “del Libro”, sea la ley del talión, tal por tal: “Ojo por ojo, diente por diente…”. Lo estamos viendo cada día entre judíos y árabes... A esto Jesús se opone hoy frontalmente y sin concesión alguna.

En san Lucas faltan las palabras que recoge san Mateo: “Se dijo a los antiguos: odiarás a tu enemigo…”, y faltan acaso porque, a pesar del ambiente de odio por parte de judíos y en contra de ellos en ciertas épocas de la historia, este sentimiento de perdón debía de estar en la tradición popular más vivo y enraizado de lo que pensamos. Porque a pesar de la cita evangélica, no encontramos escrito en ningún lugar del A. T. ese texto de “odiarás a tu enemigo…”, ni siquiera en el célebre pasaje del Libro II de Samuel cuando Joab echa en cara a David el que se aflija por la muerte de su hijo y enemigo Absalón al que el propio Joab remató de un lanzazo cuando colgaba de una encina por la cabellera (19, 6). En presencia del rey le recrimina: “Amas a los que te aborrecen y odias a los que te aman…, estás haciendo que todo el ejército se vuelva contra ti…”.

Jesús vino al mundo a enseñarnos a amar, pero amar de otra manera. Amando se transforma el mundo. Odiar al enemigo sólo nos reportará amargura y tristeza. Por más que se diga que “la venganza es dulce”, no es verdad. El odio nos perjudica enormemente, llena nuestro corazón de inquietud y hiel ¿qué peor verdugo puede tener un hombre que su propia sed de venganza?

Para amar al enemigo primero hay que procurar olvidar. No tienen sentido aquellas palabras que estaban escritas junto a la maqueta del Cuartel de Simancas de Gijón: “Perdonamos pro no olvidamos”. Tener presente las injurias es ya una forma solapada de odiar.
Discutían entre sí dos supervivientes de la guerra pasada. Los dos habían estado en la cárcel y los dos habían sufrido torturas y vejaciones sin cuento. Al final uno de ellos dijo:
-Pues mira, yo lo he olvidado todo.
-Yo no, respondió airadamente el otro, yo no podré olvidar jamás aquellos años de prisión ni a aquellos carceleros.
Entonces su interlocutor le dijo:
-Perdona lo que te voy a decir, pero ¡mira! si no has sido capaz de olvidar después de tantos años...,  tú aún sigues en la cárcel.
Tenía razón, porque la peor cárcel es el odio y el rencor, y ellos son nuestros más crueles carceleros y verdugos. Dios nos da en este punto un alto ejemplo. Cuenta una leyenda que una vez un hombre había cometido un gran pecado y pedía perdón al cielo, pero dudaba de que Dios lo perdonara. -“Oh Señor, sollozaba, ¿serás capaz un día de olvidarte de mi culpa?”. En esto oyó una voz del cielo que decía: -“¿De qué culpa me hablas?”.

Si Dios no se acuerda de nuestras ofensas ¿por qué queremos nosotros recordárselas… y por qué no olvidarnos también no sólo de ellas sino de las que nos han hecho a nosotros los demás? Habría que aprender a rezar también aquello de “olvídate de nuestras deudas como nosotros olvidamos las de los demás”.

Dice en su Vida de Cristo Papini al hablar del amor a los enemigos: “El hombre, tal como sale de la naturaleza, no piensa más que en sí mismo…, con indecible esfuerzo consigue amar por algún tiempo a su esposa y a sus hijos…, soporta a sus cómplices… de guerra y de asesinato. Puede amar raramente de verdad a un amigo, más fácilmente puede odiar a quien le ama que amar a quien le odia… Por eso Jesús manda amar al enemigo, para rehacer al hombre de arriba a abajo, para crear un hombre nuevo… Hasta ahora el hombre se amaba a sí mismo y odiaba a quien le odiaba… el futuro habitante del Reino debe odiarse a sí mismo y amar a quien le odia… ¿Qué derecho tenemos para odiar si también nosotros somos enemigos de otros, cayendo en la misma culpa que ellos? Nuestro enemigo no necesita odio, lo que necesita es amor y precisamente amor del nuestro…”.

De todo lo cual se deduce que debemos amar y amar intensamente a todo el mundo, sin distinción. Los primeros cristianos que fueron perseguidos, torturados, masacrados y odiados si medida supieron devolver bien por mal. Fue la forma como en dos siglos transformaron todo el Imperio Romano y lo cristianizaron. Es el mismo camino que han tratado de seguir, Mahama Gandhi, Martín Lutero King, Oscar Romero, el P. Ellacuría, y tantos y tantos mártires cristianos.

Uno de los peores males es tener enemigos, quien los tiene pudiendo no tenerlos es un loco. Sólo hay una persona a la que podríamos odiar, según el evangelio, y no se trata precisamente del demonio, no, es una persona que está mucho más cerca y nos hace tanto daño como el mismo diablo, somos nosotros mismos: “El que quiera venir conmigo, niéguese a sí  mismo…”. Uno de los mayores enemigos, pues, del alma es nuestra propia carne. A los demás enemigos personales la forma de combatirlos y de acabar con ellos es amarlos; la misma muerte, el peor de nuestros enemigos, sólo se vence amándola, siendo de ese modo generosos hasta lo inverosímil. A nuestra carne es precisamente odiándola, luchando contra ella.

No lo dijo un cualquiera, lo dijo el mismo Cristo, que además nos dio un alto ejemplo con su vida y sobre todo con su muerte, esa ofrenda de dolor sin límites. Él fue capaz de disculpar a sus verdugos ante Dios en medio del martirio más cruel: “Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen…”. Pues procuremos imitarlo. De eso tampoco nos arrepentiremos nunca. Jmf

viernes, 15 de febrero de 2019


DOMINGO VI.-17-II-2019 (Lc. 6, 17.20-26) C

Hay una idea central y hasta subversiva y revolucionaria que atraviesa todo el Evangelio: Su mensaje es una gran noticia para los pobres, pero una maldición para los ricos. Y aunque también es cierto que el mensaje cristiano se resume en el amor, aquí se podría decir que aparece como un amor “contra” los ricos. 

Es curioso constatar las dos maneras como nos trasmiten san Lucas y san Mateo el Sermón de la Montaña. San Lucas sólo escribe: “...Bienaventurados los pobres”, sin más. San Mateo añade a los pobres “de espíritu”. Hay autores que lo explican como que san Mateo, que era un hombre que procedía del mundo de la banca, quiere “descafeinar”, diluir un poco esa teología dura, ese filo tan cortante que es la pobreza material, pura y dura. Pienso que es todo lo contrario. San Mateo trata de llevarnos más allá. Cristo felicita en su Evangelio no sólo a los pobres de bienes materiales sino, y sobre todo, a aquellos que no ambicionan tener más y más. De ese modo trata de levantar una trinchera en esa retaguardia de los sentimientos que es el deseo y la intención.

Es lo mismo que sucede con los diez mandamientos, que bien examinados se reducen a ocho, puesto que el noveno no es más que una barrera contra el sexto al prohibir el deseo y el décimo del séptimo por lo mismo. La razón de este doblete es sin duda de tipo psicológico: el que desea algo desordenadamente, como dice el viejo Catecismo al hablar de los pecados capitales, tarde o temprano termina llevándolo a cabo. Y si un día se nos concediera convertir el deseo de todos los pobres en ricos, y reducir los ricos a pobres ¿cambiaría en algo el mundo? Es lo que habría que ver. En unas manifestaciones que hizo hace años Daniel Ortega sobre Nicaragua, se lamentaba de que los líderes políticos de la revolución se hubieran ido a vivir a los mismos palacios de Somoza y que banqueteasen, viajasen y dilapidasen el escaso patrimonio estatal tan alegremente como lo habían hecho poco meses antes sus antecesores en el gobierno, en tanto que el pueblo llano seguía sufriendo los impuestos, el hambre y la miseria. Gaspar G. Laviana y E. Cardenal perseguían los mismos ideales. Hoy Ortega, traicionando todo este idealismo revolucionario, está viviendo en el palacio de Somoza. Y es que la solución a ese problema no está en que la riqueza y el poder cambie de dueño sino en que los dueños de la riqueza cambien y la pongan al servicio de los más necesitados.

Desgraciadamente las leyes, las políticas que siguen los gobiernos, sean del signo que sean, siempre tienden a inclinarse a favorecer al que más tiene…, en detrimento del más pobre. No así los consejos que dimanan del mensaje evangélico. Lo expresó muy bien el novelista francés Anatole France: “Divinas leyes que prohiben por igual, tanto al rico como al pobre, robar leña, y dormir debajo de un puente”. Jesús mira por encima de todo la actitud, el deseo, la intención de las personas. Se enfrenta a la riqueza, o mejor dicho a quienes hacen mal uso de ella, no porque quiera que reine en el mundo la miseria, que no es buena, sino porque la riqueza suele ser un obstáculo para el entendimiento y sobre todo para entrar a formar parte de su Reino. En cambio elogia la pobreza porque a través de ella, por medio del desprendimiento la gente se hermana y el camino que conduce al Paraíso queda más expedito. El Sermón de la Montaña no es un código más, unos mandamientos añadidos a los de la ley de Dios, no, el Sermón de la Montaña es ante todo una tarjeta de felicitación, con ocho bienaventuranzas o invitaciones, ocho modos de alcanzar la meta de la perfección cristiana.

Antes del Concilio Vaticano II (1962-65) se suponía que los mandamientos eran para la “clase de tropa” o cristianos de a pie sin aspiraciones, y que los consejos y las bienaventuranzas eran para la gente selecta, la flor y nata de la espiritualidad. De algún modo los tres votos con los que se comprometen los monjes y los religiosos a vivir la santidad, si bien se miran, no son más que un resumen de las ocho bienaventuranzas: pobreza, limpieza de corazón, mansedumbre, obediencia, etc. Para Lutero las bienaventuranzas vienen a ser como una plantilla que, superpuesta sobre nuestra vida espiritual, nos hace ver qué es lo que nos falta y qué es lo que nos sobra. Para el filósofo Manuel Kant se trata de un código de ética de los buenos sentimientos. León Tolstoy las consideraba un modelo del nuevo orden social y de la paz que Cristo había venido a traer a la tierra, que deben ser cumplidas al pie de la letra pero sin violentar conciencias ni voluntades, sea por parte de la ley, de la política o de la religión. Finalmente para el teólogo, misionero y médico francés Alberto Schweitzer, las bienaventuranzas condensan una ética de urgencia, apta para un reino que los primeros cristianos creían inminente y que una vez implantado ya no sería necesaria, pues la libertad de los elegidos generaría automáticamente un reino de justicia, de amor y de verdad. A pesar de que aquellas esperanzas no han tenido cumplimiento en el momento anunciado, las normas y consejos o invitaciones dadas para entonces, siguen aún en pie, siendo aún válidas para nuestro tiempo.

Lo que sí podemos afirmar también es que tanto ellas como los consejos que las respaldan siguen siendo aún una auténtica provocación para el modo de pensar y actuar del hombre; por ejemplo cuando allí se nos manda: “si te abofetean en una mejilla debes poner la otra”, o “si alguien te obliga a acompañarle una milla vete con él dos…” …,” y a quien te quite media capa regálasela entera…”.

Hay otro aspecto que aparece ya dos veces en los mandamientos, como hemos indicado, que es la supresión del deseo. Se basa en la misma teoría del budismo predicado por Shiddharta Gautama, de sobrenombre Buda o “el iluminado”, uno de esos personajes tan dignos de admiración por los cristianos que, siendo como era un pagano, fue canonizado en la Edad Media con el nombre de san Barlaam. Buda predica que La vida es un dolor, un sufrimiento cuya causa es el deseo. Por tanto lograremos superar y vencer el dolor el día que sepamos vencer el deseo. Para ello tenemos varios caminos que se reducen a la moralidad, a la concentración mental y a la sabiduría. Como Buda, Jesús nos invita también a prescindir del deseo porque el propio deseo ya es un pecado: “quien mira a una mujer deseándola ya pecó en su corazón”, y lo mismo cuando dice: no sólo quien hiere sino “el que se irrita con su hermano, o le llama imbécil o necio” es ya reo de un castigo (Mt. 5, 27 s. y 21 s.).

Posiblemente Jesús planteó en un principio muy crudamente su mensaje. Así, declara que nada de jurar, que basta con decir el sí sí o el no no. Y cuando las cosas van a mayores el propio san Mateo establece un orden reglamentado de instancias: ante una falta grave del prójimo házsela ver, si se arrepiente perdónalo, si no denúncialo a la Iglesia y si no hiciere caso tenlo por gentil o pagano (Mt. 18, 15).

Jesús prohibe también radicalmente el divorcio pasando por encima de todas las sentencias mantenidas por las dos grandes Escuelas Rabínicas de su tiempo: la de Shammai que permitía divorciarse con tal de presentar una falta de orden sexual, y la escuela de Hillel para la que era suficiente, por ejemplo, que a la mujer se le hubiera quemado aquel día la comida. La radicalidad de Jesús acaso para no ir tan frontalmente en contra de estas dos escuelas, es aminorada por san Mateo que hace una excepción, es decir, deja abierta una puerta: puede divorciarse uno en caso de prostitución (18, 9); lo difícil es saber qué entendía él aquí por prostitución, en griego, porneia.

Da la sensación como si los apóstoles, una vez que se fue Jesús de este mundo, trataran de atenuar su mensaje. Jesús no era un jurista, ni tiene ni quiere ejercer poderes legales contra esto o contra aquello, sólo nos da unos consejos, lo cual ya es en sí un valor y muy digno de agradecer. Por eso cada uno es libre para cumplir tanto con Dios como con el prójimo en distinta manera: Unos le dan a Dios todos sus ahorros, como la viuda del templo, otros le dedican alma y vida como las mujeres al pie de la cruz y luego camino del sepulcro o hacen un derroche que parece absurdo, como cuando en Betania María rompe un frasco de perfume de nardo a los pies de Cristo con cuyo dinero comerían muchos pobres... Hay quien lo da todo a los pobres, otros la mitad de sus bienes como Zaqueo, y finalmente hay quien sólo ayuda con préstamos, aunque eso sí, sin distinguir si a quien presta es su amigo o su enemigo. Es algo que no se había oído nunca, y que nadie había dicho hasta entonces. Y todo ello sin leyes ni castigos, por pura voluntad y benevolencia...

Lo que Jesús nos deja en el Sermón de la Montaña son invitaciones para el Reino de Dios y las reciben en primer lugar los que sufren, los que lloran, los que pasan hambre y sed, los pobres.... Curiosamente estas invitaciones se verán colmadas el día del juicio final, entonces los que las hayan seguido, oirán de nuevo a Jesús que los invita a entrar en su Reino, dando la razón del premio: porque tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo, y me atendisteis…. Con ello, aquel que pasó hambre y tuvo sed y estuvo triste y encerrado y perseguido, por un insondable misterio de Dios, se convierte en el mismo Cristo. “Siempre que hacíais algo de eso con uno de estos conmigo lo hacíais”. Así es de sorprendente este sermón que no queda sólo en palabras ni siquiera en hechos sino que llega a transformar a quien lo sigue en el mismo Cristo bendito.
Jmf