miércoles, 17 de abril de 2019

                                     
LÁMPARA DE JUEVES SANTO
Romance a la lámpara-símbolo, sobre el altar mayor de la iglesia
de Santo Domingo de Miranda. Avilés.

 
En un rincón de la torre,
cubierta de polvo y años,
descubrí hace algún tiempo
una lámpara sin brazos,
el armazón descompuesto,
y los aros abollados.

Regalo de una marquesa,
antes lució en un palacio.
Traté de recuperarla
y darle un significado
para que al verla los fieles
sirviera de evangeliario.

Hoy preside nuestros cultos,
su luz de cobre irradiando,
colgada sobre el altar,
prendida de lo más alto
del presbiterio... La llaman
lámpara del Jueves Santo.

Doce luces: tres arriba,
las otras nueve debajo,
en torno a la luz central
que es Cristo resucitado.

Lenguas de fuego en la altura
nos están como anunciando
-pascua de Pentecostés-
la llegada del Paráclito:
el anillo que está oculto
de los tres que están colgados
ya que el Espíritu está
aunque invisible actuando.

Hay tres luces más arriba:
son Pedro, Juan y Santiago
que siempre para el Maestro
fueron los tres más amados
y tres los que en el Tabor
ante otros tres se extasiaron...
También son las tres virtudes
teologales, tres clavos,
y los tres evangelistas
Mateo, Lucas y Marcos
que sinópticos se llaman
porque de Jesús hablaron
siguiendo los tres el mismo
esquema de lo narrado.

Hay una flor de metal
de la lámpara en lo alto
que es símbolo de María.

Bajo esa flor cobijados
los apóstoles y Cristo,
las virtudes, los tres grados
de perfección, los poderes
con que el Papa está adornado...
Acampado entre los suyos,
prolongación del sagrario,
el Verbo unido a María
está por todos rogando
al Padre, que es el primero
de los círculos metálicos.

Hay nueve luces en torno         
del Señor, significando
el candelabro judío,
-menora de nueve brazos-,
sobre la mesa en que Cristo
por última vez cenando
nos dejó su cuerpo y sangre
en vino y pan consagrados.

Y en torno al aro central
hay fijos doce cuadrados
que de algún modo son símbolo
de un curioso apostolado
con los siete sacramentos
en siete surcos grabados.

La luz eléctrica está
recorriendo el candelabro
como la gracia recorre
a quienes han comulgado
uniéndolos a la Iglesia
de Jesús sacramentado.

Quiero ver en esta lámpara
que una mañana temprano
encontré desarbolada
en mi enhiesto campanario...
yo quiero ver en la lámpara
-la que cuelga de lo alto
sobre el altar donde digo
la santa Misa a diario-
quiero ver la Última Cena,
y a Jesucristo alumbrando
el corazón de los fieles
cuando a Dios están rezando.

Quiero ver en ella el símbolo
del misterio sacrosanto
del mismo Cuerpo de Cristo
en la Palabra Encarnado.

Quiero ver y veo en esta
lámpara de Jueves santo
el símbolo de la Iglesia
reunida en el Cenáculo.
                                   Jmf

martes, 16 de abril de 2019


    JUEVES SANTO, DÍA DEL AMOR FRADERNO 
   (18-IV-2019) C


Cuántas veces habremos oído hablar de amor, la palabra amor, el verbo amar. Desde niños lo escuchamos a las madres cuando abrazan a su hijito. Luego al niño le preguntarán a quién quiere más: a su padre o a su madre, es el primer examen de amor.

En la Escuela, en el Colegio el primer verbo que nos enseñan a conjugar es el verbo amar: Yo amo, tú amas, él ama…, en lat.: amo, as, are. Y es el amor quien transforma al joven al ponerlo en contacto con la vida. La juventud es la edad del amor, de los amores o del gran Amor, con mayúscula.

La historia está llena de dramas y sucesos donde el protagonista es el amor: basta recordar la tragedia de Marco Antonio que pierde la batalla de Accio el año 30 (a. C.) por abandonar a sus soldados y navegar tras la galera de Cleopatra a quien amaba. Y si abundan en la historia no digamos nada en la Literatura. Podríamos decir que cada novela, cada obra dramática, cada película no se concibe si no lleva como telón de fondo una historia de amor, (mejor o peor tratada, esto ya es harina de otro costal). Todo está lleno de historias de amor. Con frecuencia suelen terminar en drama: así Las Noches lúgubres de José Cadalso, (s. XIX), Romeo y Julieta, Los amantes de Teruel, y un largo etc.

Hoy celebramos no una historia de amor más sino la Historia del Amor por antonomasia, la historia del mismo Dios que es amor, la historia de su amor a los hombres. Dios siempre ha sido “el amigo de los hombres”, como escribe san Pablo en su carta a Tito (3, 4). Y un amigo es incluso hasta más que un hermano. En el Paraíso -dice la Biblia- Dios paseaba con Adán por el jardín al socaire de la tarde como un amigo pasea con un amigo. Dios es el primer amigo de Abrahán. El Señor le habla a Moisés en el Sinaí “como un amigo habla con su amigo”.

Finalmente, por no alargarnos, Jesús les llama a sus apóstoles: “no siervos sino amigos”. A Judas, en el preciso momento en el que este le traiciona, Jesús le responde con aquella hermosa frase: “Amigo, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?”. La amistad es más que el amor. Entre dos personas puede haber amor, amor admiración, amor pasión, y sin embargo puede no haber amistad. La amistad/amor empieza cuando uno se olvida de sí mismo y vive ya para el otro. Esa es además, la expresión de amistad más profunda.

Si nos examinamos, aunque sólo sea muy por encima, veremos que hoy nos queremos poco. Acaso tampoco nos odiamos, pero nos desimportamos aterradoramente, y tal parece que sólo tenemos interés por alguien si vemos que podemos sacar de esa amistad algún provecho. Amar por amar parece que ya no tiene cabida en nuestro mundo. Y esto se manifiesta hasta en el mismo saludo ¡Qué poca gente te contesta o se adelanta a dar los buenos días por la calle! Pasamos unos ante otros como fantasmas, “Así pasan por ahí los animales” nos repetía a menudo cuando éramos niños un maestro de escuela que confiaba en el saludo. Y qué menos que un saludo, saludo a propios y a extraños. Al menos los cristianos. ¿No somos hermanos? Por eso es tan sorprendente cuando uno se encuentra con gente que, no sólo saluda, sino que lo hace invocando el nombre del Señor: “¡Vaya usted con Dios!”. Eso es hermoso y bueno.

Se habla hoy mucho de crisis de energía, de problemas con el mercado común, de carestía de vida, etc., son temas recurrentes en cualquier conversación. Pero la verdadera falta de energía no es la calorífica sino la espiritual del corazón. Y es curioso que viviendo sobre una bola de fuego que es el centro de la tierra, teniendo sobre nuestras cabezas no un sol, no, sino millones de soles a millones de grados de temperatura que se pierden en el espacio, el hombre pase frío. Parece inconcebible.

Lo mismo pasa con nuestro corazón: teniendo tanto amor, tanta fraternidad para entregarla a los demás nos enquistamos en nuestros egoísmos y así el sol de la fraternidad no puede ni alumbrarnos ni entrar en nuestra alma. Y teniendo sobre nuestras frentes un Dios con infinito amor, se nos muere el alma de frío y de hambre de amor, como se moría la del hijo pródigo.

Dios es el sol que nos alumbra. Dios es un derroche de amor. Dios en la persona de Jesús, nos invita una vez más a su banquete. Eso es un signo de amistad, invitar a una copa. Debemos aceptar la invitación, ponernos al sol de este gran amor. Nos quejamos de que no hay amor. En Dios está la solución. Amando a los demás amamos a Dios y nosotros nos sentimos amados por Dios. Porque donde no hay caridad deberíamos hacerla presente los cristianos, según aquella hermosa máxima de san Juan de la Cruz: “Donde no hay amor pon amor y encontrarás amor”.

Como final  permitidme recordar una oración que escuché muchas veces, siendo niño: “La oración del Jueves Santo” que se acostumbraba a recitar con otras varias, sobre todo al acostarse. Se la escuché por última vez hace unos años a una anciana de 97 años que vivía en una aldea de Somiedo, Avelina García Riesco. Quisiera recordarla, porque a pesar de su sencillez fue una oración que miles de labios rezaron por medio mundo con esa fe del pueblo que ya quisiéramos muchos para nosotros. Acaso más de uno de los presentes la recuerde. Decía así:

“Jueves Santo, Jueves Santo,
tres días antes de Pascua
cuando el Redentor del mundo
a sus discípulos llama.
Los llama uno por uno,
de dos en dos se juntaban
a tomar una comida
de la su mesa sagrada.
De comer les da su Cuerpo
de beber su Sangre santa.
Cuando los vio todos juntos
de esta manera les habla:
-Ahora, discípulos míos,
¿cuál muere por mí mañana?
Miran unos para otros,
a todos tiembla la barba
y al que barba no tenía
la color se le mudaba.
Sólo fue san Juan Bautista
que predicó en las montañas.:
-Muero yo por ti, mi Dios.
muevo yo por Ti mañana.
-No digas eso, san Juan,
no digas esas palabras
que tu muerte por la mía
nunca ha de ser perdonada.
¡Válgame Nuestra Señora
y la Virgen Soberana!

Así rezaban nuestros abuelos. Así vivían y se imaginaban la escena de este día de Jueves santo, con sus errores, que los tenían, pero con una fe que lo suplía todo. Hoy en cambio la gente apenas reza ni de esta forma ni de ninguna otra, con lo cual la vida espiritual de las personas se empobrece más y más, la gente se mete en casa, luego se mete en sí mismas y va poco a poco cayendo en un pozo sin fondo de tristeza, de depresión y soledad. Únicamente cuando sucede una catástrofe, una desgracia parece que despertarnos como de una modorra y entonces sí, nos acordamos de Dios, hacemos promesas, ayudamos, hablamos, comentamos e incluso echamos una mano. Hoy Jueves santo día de la Eucaristía y por tanto día de Amor fraterno. Un mandamiento nuevo que nos dio el Señor. No lo echemos en saco roto. 
                                                                                                                         Jmf

viernes, 12 de abril de 2019


DOMINGO DE RAMOS.-14-IV-2019  (Lc. 19, 28-40) C


Siempre es muy conveniente tomar una actitud ante determinados acontecimientos. De hecho solemos tomarla hasta inconscientemente. Un cristiano no debe ser nunca un miembro pasivo, un miembro dormido de la Iglesia. La Semana Santa es un gran acontecimiento ante el que es necesario tomar postura. Y la actitud, que se tiene en cuenta en la Moral moderna en relación con nuestros actos éticos cuando va contra la Ley se la denomina pecado mortal dándole mucha más importancia a esa actitud que al propio acto, al que se denomina pecado grave o leve, según la importancia de la falta.

La razón es porque un acto, un pecado cometido por cualquier hombre siempre es fruto de una manera de pensar, de un modo de ser, en una palabra, de una actitud interior y por tanto en última instancia la responsable de nuestras caídas, de nuestros pecados graves. Incluso en tiempo en los que privaba una moral tan rígida como fue la de los siglos XIII, XIV y XV durante los que actuó a tope la Inquisición, (fundada por Gregorio IX, hacia 1235 en colaboración con el emperador Federico II), cuando un supuesto hereje confesaba libremente su error o, lo que era igual, deponía su actitud, solía ser absuelto. Sin embargo si se obstinaba en la doctrina que el Santo Tribunal consideraba herética era entonces cuando se le imponía el castigo.

El mismo Jesús no solía condenar al pecador cuando este humildemente se confesaba culpable; condenaba más bien la actitud de soberbia del fariseo que no sólo no lo reconocía sino que incluso blandía su aparente inocencia como un gesto de bondad para justificarse e incluirse entre los buenos.

De ahí la importancia de que nosotros tengamos que definirnos ante este acontecimiento trascendental en el mundo de la Pasión de Jesucristo. De algún modo todos somos personajes de esa gran Semana Santa que es la vida. Todos tomamos, querámoslo o no, partido ante la cruz y ante el Crucificado.

Acostumbra la TV a reponer por estas fechas películas cuyo fondo es la Pasión de Cristo. Una de ellas es la titulada El Judas, de Ignacio Ferrés Iquino (1952). Describe la Pasión que se representa cada año en Esparraguera (Cataluña). Cada vecino asume un papel en la obra. Y ya es conocido por todos que ese papel poco a poco se va apoderando de cada persona hasta identificarla en algunos casos plenamente con el personaje. Creo que nosotros no nos identificamos más con Cristo porque no nos arriesgamos a representarle de verdad y a vivir su pasión más de cerca.

Y las posturas ante Cristo se pueden ver claramente reflejadas a lo largo de toda la Semana santa: las vemos hoy, domingo de Ramos en los dos evangelios que hemos: leído el de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y en la lectura de la Pasión según san Lucas: triunfo en el primero y fracaso, al menos aparente, en el segundo.

Podríamos clasificar en tres, las actitudes que se recogen en el evangelio de la entrada triunfal:
1.- La actitud del pueblo que aclama a Jesús entre ramos y palmas. El pueblo es espontáneo, capta perfectamente el mensaje de sus líderes, tiene como un sexto sentido para detectar la verdad, a veces sus actitudes parecen imprudentes pero así se mueven las masas. También es verdad que a veces es manipulado y engañado por líderes falsos.
2.- La actitud de los jefes o fariseos: también salen con ramos, con palmas y hasta con palos pero no es para aclamar sino para matar a Jesús: palmas de cañavera para ponerlas en sus manos y así mofarse de él; los palos de la cruz para crucificarlo en ellos, y ramos de espino para coronarlo… Es ya conocido el dicho de que en nuestro país los cristianos van siempre detrás del cura o con palos para atacar o con cirios y cruces para celebrar.
Los fariseos odian a Jesús, lo condenan a muerte, enfrentan al pueblo... ellos hablan de prudencia, de cordura, se la recomiendan a Jesús; “Manda a esta gente que se calle”. No les agrada que el pueblo se subleve.  Como dijo Goethe refiriéndose a algo parecido y que luego han repetido muchos líderes “Siempre es mejor el orden sin justicia que la justicia sin orden”
.
Tampoco les agrada que el pueblo aplauda. No sé si encajaría en esta actitud la fábula de Iriarte “El oso, la mona y el cerdo” que finaliza sentenciando:
“Cuando me desaprobaba
la mona llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar».

Guarde para su regalo
esta sentencia el autor:
si el sabio no aprueba, ¡malo!
si el necio aplaude, ¡peor!”.
Espanta pensar de lo que son capaces unos pocos y con qué habilidad manejan a las turbas y les hacen cambiar de parecer en pocos días aplaudiendo el domingo a quien crucificarán cinco días después. Aquellos fariseos enfrentados con Jesús, hace ya veinte siglos que han muerto pero su actitud sigue ahí en pie, retando al tiempo y a la historia. Las actitudes nunca mueren.

Todos somos personajes de la Pasión: unos gritando, otros viéndolas venir, otros conspirando y otros, en fin, lavándose las manos.  Cada uno puede escoger su papel, o acaso ya lo tiene escogido.
3.- La actitud de Jesús es entrar pacíficamente en la ciudad, sobre un manso pollino, en medio del alboroto de las masas. Aunque era la entrada triunfal de un rey, escoge una humilde cabalgadura porque es un rey sin poder temporal, ese poder tan ambicionado por tantos y en nombre del cual tantas tropelías se han cometido y se siguen cometiendo. El mismo Jesús fue víctima de él como se recita en el Credo: “padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado…”. Es la agresividad, el afán de dominio que el psicólogo Alfred Adler coloca como el móvil supremo de las actitudes del hombre: el afán de poder. Jesús no quiere ese mando, Él no entra segando, arrebatando vidas para imponer o consolidar su Reino.  Muchos hombres piensan que el único modo de vencer es matar. La victoria sólo es aparente y efímera. Sólo vence al final aquel que es capaz de dar su vida. Tiene mucha más fuerza moral aquel que muere por la causa, el mártir, que aquel que se la quita. Es verdad que algunos quitan la vida entregando a su vez la suya, en ese caso sólo vencerá quien luche más cerca de la verdad.
La actitud de Jesús siempre fue clara: en favor del pueblo contra los dirigentes, por eso les replica cuando le aconsejan prohibir gritar: “No se lo impidáis, dejadlos que griten, pues si ellos enmudecieran gritarían hasta las mismas piedras”.

Una cosa está clara, que si luchamos por la verdad contra el mal estamos condenados a morir en la cruz.  Y no debe asustarnos.  La cruz ha sido, y es, el punto de mira del cristiano. En los fusiles con mira telescópica cuando se apunta a un blanco siempre aparece sobreimpresa una cruz. En el rifle con un fin muy preciso: abatir la pieza más certeramente. Cuando un cristiano mira, también lo debe hacer a través de su mira telescópica, imaginado la cruz sobre el objetivo que persigue, pero en nuestro caso no es para abatir sino para ver más claro y más cerca y así poder salvar a quien nos necesita. La cruz descubre nuestro yo más auténtico, el rostro de Jesús que siempre anda perdido entre los hombres. Como dijo François Mauriac: “¿Intentas mantenerte por encima de las preocupaciones de los hombres? ¿Intentas mirar desde arriba a las muchedumbres torturadas? En todo caso podrás hacerlo desde lo más alto de la cruz”.

La cruz es el proyecto, la maqueta a realizar por el cristiano. Todo empieza y acaba en una cruz, y ese es el camino para llegar triunfalmente al Domingo de Resurrección. En cada misa repetimos al sanctus: “Bendito el que viene en nombre del Señor, ¡Hosanna en el cielo!”.  Pero al tiempo que lo recitamos no debemos de perder de vista ese personaje de la Pasión que voluntariamente hemos escogido y encarnado, a quien estamos representando en la Pasión del mundo, sin olvidar que han sido los mismos, los mismos que cantaron este Domingo de Ramos el Hosanna al Señor quienes, al llegar el Viernes Santo gritaron ante Pilatos! ¡Crucifícalo!    Jmf

viernes, 5 de abril de 2019


DOMINGO V DE CUARESMA. -7-IV-2019 (Jn. 8, 1-11) C

Si atendemos al estilo o modo literario como está escrito este evangelio da la sensación de que no pertenece a la pluma de san Juan. Ciertas Biblias protestantes lo añaden pero en nota a pie de página. Los mejores manuscritos no lo recogen, y los primeros Santos Padres griegos en sus Comentarios sobre San Juan, tales como Juan Crisóstomo o Cirilo de Alejandría, lo ignoran. Su temática, el perdón de un pecado grave, encajaría mejor entre las parábolas de la misericordia de san Lucas que en el lenguaje simbólico de san Juan, sin embargo los versículos 6 y 8 “así decían para probarle” y “agachándose de nuevo escribía en tierra” que, en alguna forma son una explicación a los hechos, cosa que no hacen los sinópticos, hacen dudar sobre su autenticidad, por lo que se dice que este pasaje pertenecía a un quinto evangelio llamado …de los Hebreos, escrito por Papías y citado por el historiador Eusebio (Hist. III, 39).

Y es que el perdón, tal como lo concede Jesús, sorprende a quienes se consideran custodios de la Ley. En efecto, según la ley, la mujer sorprendida en adulterio debía ser lapidada (Deut. 22, 22 y el Lev. 20, 10). Algunos no estaban conformes con dicho castigo y se rebelaban contra lo estipulado por el legislador, lo consideraban demasiado riguroso. Los Doctores de la Ley y los fariseos sorprenden a esta mujer en un pecado pero en el fondo de lo que tratan es de aprovechar la ocasión para acusar a Jesús. Dice Daniel Rops a propósito de que el hecho tuvo lugar durante la Fiesta de los Tabernáculos, que estos jolgorios populares, fiestas y días de asueto, se prestan siempre a este tipo de pecados. El ritual consistía en que, una vez descubierto el delito, la mujer era arrastrada por el cuello del vestido (esa era la costumbre) hasta la puerta, llamada de Nicanor, al Este del Templo de Jerusalén, en donde, según el Talmud, primero debía tener lugar la acusación y después la lapidación en una especie de hoyo practicado ex profeso en el suelo.

Doctores y fariseos pretenden aplicar la Ley con todo su rigor, pero no por escrúpulo de cumplirla sino para comprometer y, de ese modo, poder acusar a Jesús. La ley en sí ni libera ni salva, esclaviza. Lo explica muy bien San Pablo en su carta a los Romanos. Vemos pues cara a cara a unos acusadores erigidos en jueces de condenación y frente a ellos, solidarizado con el reo, al divino juez de salvación cuya máxima preocupación no es salvar la ley, como pretenden los fariseos, sino salvar a la mujer. Porque a menudo el celo por la ley de algunas gentes es más bien una máscara que una auténtica virtud. Aquí, tal como los fariseos plantean el caso a Jesús, llevaban todas las de ganar, tenían la ley a su favor: Si Jesús condena a la mujer se vendrá abajo toda su fama de hombre bueno y compasivo, y al tratarse de un maestro en Israel, se comprometería, incluso políticamente, puesto que sólo el Imperio Romano, dueño de Palestina por entonces, tenía derecho y podía imponer una pena de muerte: “a nosotros no se nos permite dar muerte a nadie” dijeron los judíos a Pilatos (Jn. 18. 31). Si Jesús la hubiera condenado se hubiera interferido en los asuntos internos de la administración romana y podía ser  a su vez acusado. Si la absolvía estaba faltando a la Ley, y un maestro como él no podía saltarse a la torera las normas y preceptos de la Tora o interpretarlos a su antojo.

Jesús se agacha y escribe sobre el polvo de la tierra. Posiblemente no escribió nada, trazaría unos dibujos para hacer tiempo y reflexionar. Y esa espera debió de poner nerviosos a sus enemigos. Porque, como sucede a menudo, en realidad el acusado no era la mujer sino él; la mujer sólo era un pretexto. Sin embargo usó una buena estrategia que en aquel momento le era muy necesaria. Para confirmar la pena de muerte era necesario contar con dos testigos ya que para los jueces de entonces era mucho más importante la probidad de las personas, en este caso los testigos, que las pruebas que aducían. Es por eso por lo que fue condenada tan fácilmente la casta Susana, debido a la acusación testimonial de dos ancianos (Dan. 13, 34); eran de fiar. Bastaban dos testigos fidedignos para que el reo fuera condenado a muerte. Entonces uno de los dos testigos tiraba la primera piedra sobre el acusado. Si surgía alguna duda sobre la veracidad de algún testigo debía ser investigado y si se descubría falsedad era condenado severamente, incluso a pena capital. Jesús, a quien realmente pretendían acusar, no sólo tiene una salida airosa para Él y para la mujer sino que de rechazo ataca y condena a sus acusadores. Es un sutil fuego cruzado que daría tema para una hermosa narración.

Con respecto a la mujer Jesús no la condena ni le suelta un sermón como haríamos nosotros: “Sí, sí, anda, pero…”. No, porque eso sería una nueva humillación, se puede apedrear también con las palabras. Solamente le dice: “Mujer... tampoco yo te condeno, vete y no quieras pecar más”, es decir, procura no volver a pecar (así traduce la Vulgata).

Quien más quien menos todos hemos oído, o acaso leído o visto alguna versión cinematográfica de esa hermosa novela de León Tolstoi, Ana Karenina. La protagonista es víctima de este mismo pecado y al no encontrar una mano que la absuelva de su culpa termina por suicidarse arrojándose al tren. El autor abre la novela con una cita bíblica: “Yo me he reservado la venganza para el momento en que su pie vacile, dice el Señor” (Deut. 32, 35), y añade un comentarista: “Es la venganza que los hombres no tienen derecho a echar sobre la culpa, porque ya va implícita en la misma culpa y en ella se manifiesta como motivo purificador” (Bompiani, U. Detore). El escritor Teodoro Fontane (+1898) describe de igual modo este pecado en su novela L'adultera a propósito del lienzo del pintor Tintoretto que da título a la narración cuando la protagonista, al ver llegar el cuadro a casa, exclama: “Mira, esta también ha llorado”.

Hoy la sociedad está plagada de acusadores, piedra en mano, de mucho fariseo moralista que acusa con piedras de palabras: “Tiran la piedra y esconden la mano”, cuando lo evangélico sería dar, “alargar la mano y esconder la piedra”. Un cristiano más que tirar “la primera piedra” lo que debe hacer es enterrarla y sobre ella edificar la convivencia, sobre esa piedra levantar su iglesia. Además deberíamos tener en cuenta que todos somos un poco responsables del mal que hay en el mundo porque todos vamos en la misma barca y de los pecados de unos somos los demás en parte culpables. Todos tenemos un poco de culpa en cada falta. Por eso todos deberíamos contribuir a ayudar a rectificar, a salvar al hermano. Dice un refrán muy conocido en África: “Si una mano está sucia no se puede lavar sola, necesita de la otra”.

Hacia 1976 un sociólogo, llamado Santiago Genovés construyó una barca, mejor dicho una balsa, “la balsa del sexo” se la llegó a llamar impropiamente, a la que él bautizó con el nombre de Acalí. En ella se hicieron a la mar con él con otras diez personas de distinto sexo, profesión, condición social, religión y raza: un médico, un sacerdote, una mujer casada, otra divorciada, una de raza negra, un judío, un cristiano, un agnóstico, etc. Y en ella atravesaron el Atlántico en una travesía que duró 101 días. El fin era estudiar el comportamiento individual y colectivo de la gente, porque, y según el propio Genovés, “no hay nada más difícil que una relación humana sin problemas”. Uno de los entretenimientos para llenar las largas horas de navegación era el llamado “Juego de la verdad”. Decirse la verdad total y no callarse nada de lo que cada cual sintiera. Poco a poco iban cayendo tabúes, en el fondo todos somos muy parecidos, con las mismas pasiones y defectos. Y añade el autor de la narración: “Sobrevivir es lo más importante, ayudarse unos a otros la única salvación. El cielo y el infierno no es más que saber o no comunicarse con los otros. Aquí nadie es más que nadie. En parecidas circunstancias todos somos más o menos iguales, es decir, todos actuamos de modo semejante”.

Jacinto Benavente tiene una obra que avala esta tesis: la de aquel matrimonio que, constreñidos por la necesidad y teniendo el dinero al alcance de la mano no lo roban, no por razones de moral o convicción sino porque lo que necesitaban estaba bajo llave. De ahí el título del drama: “La honradez de la cerradura”.

La convivencia exige comprensión, generosidad, perdón, amor, pero amor de verdad y a la verdad, la mía y la de los demás. Dice el poeta José María Valverde: “¿Por qué hablar siempre de lo que es o debe ser en vez de procurar que cada uno, olvidándose de sí mismo, deje transparentar, deje ver la verdadera imagen de Jesús?”.

El único en el mundo que podría arrojar la piedra y acusar es Jesús. Y es precisamente El, quien, enfrentándose a la ley y a los doctores y fariseos, perdona y absuelve. Y es que Cristo no vino a la tierra a condenar sino a salvar, no vino a buscar justos y moralistas impecables sino pecadores y arrepentidos.

Un evangelio que, una vez más, es una invitación a la verdadera conversión y a la confianza en Dios. Pero sobre todo un evangelio que fue escrito y predicado no para unas cuantas personas a quienes acostumbramos a señalar con el dedo sino para todos y cada uno de nosotros.  Jmf

viernes, 29 de marzo de 2019


DOMINGO IV DE CUARESMA.-31-III-2019 (Lc. 15, 1-2 y 11-32) C

Dice el poeta católico francés Charles Péguy, refiriéndose a la parábola del “hijo pródigo”: “Todas las parábolas son hermosas pero con esta millones de hombres han llorado”. Y es cierto. Y no sólo ha hecho llorar sino que ha movido las fibras más sensibles del corazón humano.  Basta con repasar, aunque sea muy someramente, las obras artísticas, literarias, musicales. etc. a que dio pie esta narración: pintores como Rembrandt, Doré, Murillo..., músicos como Debussy, compositores de ópera como Sergio Prokofiev (1891), escritores de la talla de Lope de Vega. Más interesante, sólo en el terreno literario puesto que su moral deja mucho que desear, me parece el relato novelado del premio Nobel francés André Gide conocido por El regreso del hijo pródigo. Y me parece interesante porque imagina algunos detalles de las cuatro conversaciones que el hijo pródigo mantiene después de la cena, todas ellas a cual más sugerentes.

En primer lugar la que tiene con el padre el cual se manifiesta todo comprensión: Para que tú, hijo, te encontraras de nuevo conmigo no hubiera sido imprescindible ni siquiera regresar… “pero te sentiste débil y has hecho bien”. Con el hijo mayor el diálogo se vuelve duro. Acusa a su hermano de rebelde... Y le recalca, pretendiendo que quede muy claro, aquello máxima teológica de hace siglos de que fuera de la casa del padre no hay salvación. Él sale descorazonado, pero entonces se encuentra con el amor y el cariño de la madre y esto, a la vez que lo sostiene, aplaca su ira. A ella le confiesa que en el mundo no ha encontrado esa libertad que esperaba. Es más, se vio obligado a servir a malos dueños que le tiranizaron y apenas le daban de comer.

La última de las entrevistas, acaso la más conmovedora, tiene lugar a altas horas de la noche, con un tercer hermano, el menor, del que apenas se dio cuenta al regresar y que por supuesto, no se le cita en el evangelio. Cuando entra en su alcoba lo encuentra preparando las maletas para marchar a su vez. Él también quiere probar la libertad y por más consejos que el recién llegado le da no logra disuadirle. Acaso corra mejor suerte, acaso haya aprendido la lección y no caiga en los mismos errores que su hermano. Porque nadie quiere escarmentar en cabeza ajena. Más aún, añade André Gide: “conviene que algún hijo esté siempre fuera; es bueno esperar siempre el regreso de alguien”.

El Evangelio prescinde de estos personajes intermedios. Nos habla únicamente de tres: el Padre, el hijo pródigo y el hijo mayor. Nosotros hacemos mucho hincapié en el regreso del hijo, pero habría que fijarse también un poco en la actitud de bondad del padre o en la actitud justiciera del hermano. De ahí que valdría lo mismo titular nuestra historia como la “Parábola del padre bondadoso” o la “…del hijo justiciero”.  Toda la trama se desarrolla entre unas manos que derrochan, una mente calculadora que pide justicia y un corazón que espera y que perdona.

Hubo muchos hijos pródigos que, como el hermano menor de la versión de Gide, repitieron la historia. Uno de ellos fue san Agustín. Así lo cuenta en su famoso libro de las Confesiones: “…corría tan ciegamente al precipicio que hasta me avergonzaba de no ser tan desvergonzado como eran los demás compañeros de mí edad. Porque yo les oía jactarse de sus maldades y vanagloriarse tanto más de ellas cuanto más feas y torpes eran, con lo que me aficionaba a los vicios no sólo por deleite sino por deseo de alabanza. He aquí con qué compañeros recorrí las calles y plazas de Babilonia, revolcándome en su cieno como si fuesen ungüentos olorosos” (Conf. 2, 3).

La actitud del Padre con el hijo es en primer lugar dejarle que se vaya, darle libertad… y después esperarle. No va tras él, no le busca como el Buen Pastor la oveja perdida (la parábola que Jesús cuenta inmediatamente antes que esta), o la de la mujer que encuentra la dracma extraviada. Él únicamente espera. Posiblemente sea la mejor actitud que se debe tomar en estos casos que a veces pueden darse en algunas familias.  La actitud del Hijo mayor, una persona formal, cumplidor de su deber a rajatabla, defensor de la justicia a ultranza, “¡a cada uno lo suyo, padre!”… es una actitud que a los ojos de Jesús no sale bien parada. Se considera el bueno de la casa, y a la verdad él no ha faltado en nada, pero lo echa todo a perder con su intransigencia y con su orgullo de hombre cumplidor. Recuerda un poco la actitud del fariseo frente a la del publicano cuando oraban en el templo: “Gracias, Señor, porque no soy como los demás… ni como ese publicano”. Dice Pascal que hay “dos clases de hombres: los pecadores que se consideran justos y los justos que se consideran pecadores”. Hay personas cumplidoras del deber a machamartillo cuya misericordia no se ve por ninguna parte, más aún desprecian a los otros e incluso se molestan cuando los demás quieren ser como ellos.

Cuenta Fedor Mijalovich Dostoiesvski en Los hermanos Karamazov la historia de una mujer vieja, fea y mala que es llevada a los infiernos cuando muere. El ángel de la guarda pretende sacarla de allí.  Se acuerda de que no todo lo que había hecho era malo, así en una ocasión dio una cebolla a un pobre, y así se lo dijo a Dios. Entonces Dios le dijo al ángel: “Echa la cebolla al infierno, a ver si logras que salga agarrada a ella para subirla al cielo”. El ángel voló con la cebolla hasta el infierno y cuando la vio le dijo: “Toma, agárrate fuertemente a ella a ver si te puedo sacar”. Cuando estaba ya casi fuera se dio cuenta de que los demás condenados se habían agarrado del mismo modo a ella tratando de escapar de entre las llamas. Entonces la vieja empezó a patearlos deshaciéndose de ellos al tiempo que decía: “Es a mí, a mí, no a vosotros…”. Apenas acabó de pronunciar las últimas palabras la cebolla se rompió cayendo de nuevo todos al infierno. Y allí sigue ella también, por egoísta. Hay un viejo dicho tomado de la Biblia que dice: “quien salva el alma de un hermano salva la suya”. Martín Descalzo acostumbraba a decir que “el hombre solitario no es hombre del todo. El hombre es hombre cuando ayuda a otro”. Y es verdad.

Para agradar a Dios hay que estar a bien con el hermano, hay que ayudarle, salvarle, perdonarle de corazón. Y para lograrlo nada más lejos que vanagloriarse o despreciarlo. El mundo no es una película de buenos y malos, de trigo y de cizaña. Corremos el riesgo de considerarnos nosotros trigo limpio y a los que no piensan como nosotros enviarlos al infierno. Y nadie es tan bueno, tan bueno que no tenga alguna cosa mala y nadie tan malo que no tenga alguna cosa buena.  Todos tenemos en nuestro corazón trigo y cizaña y hay que empezar por reconocerlo humildemente si queremos comprender al prójimo. Es muy fácil condenar a los demás, hablar mal de los otros, criticar al vecino, juzgar al que nos hace frente, creernos nosotros los buenos, los que estamos en posesión de la verdad, y juzgar equivocados a los otros, pero todo eso tiene muy poco de evangélico.

Jesús condena al fariseo a pesar de todos sus méritos y salva al publicano con todos sus defectos. El padre abraza al hijo pródigo a pesar de toda su mala vida y reprende al hijo fiel, no por ser fiel, cuidado, sino por su actitud intransigente. En la epístola san Pablo dice que “Dios mismo está en Cristo disculpando, reconciliando al mundo consigo sin pedirle cuenta de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado ese mensaje de reconciliación” (II Cor. 5, 19). Alude seguramente al año de perdón que generosamente había concedido Julio César a todos los delincuentes de dudosa historia que vivían en la ciudad de Corinto. Destruida en la batalla de Leucopetra por el cónsul Nummio el año 146, (antes pretor de la Hispania Ulterior, al sur del Ebro) fue reconstruida, cien años después, por el mismo César devolviéndole su antiguo esplendor y a los habitantes su reconciliación.

Si nos consideramos buenos, justos, irreprochables mentimos al rezar al comienzo de la Misa: “Yo pecador me confieso a Dios y ante vosotros hermanos que pequé gravemente de pensamiento, palabra, obra y omisión… por mi culpa…”, ni deberíamos cantar: “Señor ten piedad…”, ni recitar: “Señor, yo no soy digno…” , porque, una de dos: o suprimimos de la Misa las oraciones en las que nos reconocemos culpables, indignos y por lo que pedimos perdón, o mentimos. Además no debemos olvidar que al sentirnos pecadores nos solidarizamos con los otros, una actitud que nos hace más compañeros, más hermanos, más amigos...

“Todas las parábolas son hermosas pero con la del hijo pródigo millones de hombres han llorado” ¡Ojalá nos haga cambiar a nosotros también para que, habiendo llorado primero de arrepentimiento por sentirnos lejos de la casa del Padre, lloremos luego de alegría por encontrarnos dentro con el abrazo paternal de Dios! A eso debe ir dirigida nuestra penitencia y esa es la misión principal de la Cuaresma.  Jmf

viernes, 22 de marzo de 2019


DOMINGO III DE CUARESMA.-24-III-2019 (Lc. 13. 1-9) C

Aunque la Liturgia da opción a sustituir el evangelio de hoy por el de la mujer samaritana, correspondiente al mismo domingo pero del Ciclo A, (acaso más sugerente y humano), hemos escogido el texto de San Lucas, del ciclo C, por estar acaso más en consonancia con la problemática social del momento que vivimos. Lc. nos narra tres hechos muy de actualidad, hasta el punto que da la sensación de que Jesús había leído los periódicos aquel día y que luego se dedica a comentar los titulares de la primera página.

El primer hecho trata de una noticia de tipo político: Pilatos sofoca una rebelión, carga contra unos galileos que se habían manifestado violentamente en el templo, y que la policía anti disturbio ahoga en sangre cortando por lo sano. Basta con leer Las guerras de los Judíos, del escritor Flavio Josefo, para darnos cuenta de que estas revueltas y muertes consiguientes eran más frecuentes en Palestina de lo deseado.

La segunda noticia habla de un accidente o catástrofe que debió de suceder de forma imprevista: una torre, la torre de Siloé que un mal día se desploma y aplasta a 18 personas. Aunque la Historia no recoge en ningún sitio este suceso, sin embargo debió de ser muy comentado en tiempos de Jesús. Así se deduce del modo de presentarlo “¿Pensáis que esos galileos…?”.

El tercer hecho a considerar es una historia mucho más sencilla: se trata de una comparación sugerida por Jesús y que podría muy bien haber sido tomada de igual modo de la vida cotidiana del pueblo: Un labrador tenía en su viña una higuera la cual después de tres años sólo daba hojas.  Habla con el viñador o encargado de la finca. Como no da fruto hay que cortarla. Y la súplica del viñador: “Déjala un año más, vamos a abonarla y a cavarla, si sigue igual entonces sí, entonces habrá que cortarla o arrancarla”.

En el primer caso Jesús no condena la actitud subversiva de quienes perecieron a manos de Pilatos. Jesús no juzga a aquel grupo de alborotadores que se manifiestan contra los romanos y que Pilatos aplasta  ahogando la manifestación en un baño de sangre. Tampoco dice que fueron unos héroes enfrentándose a un Estado opresor. Solamente saca una lección: “No son más culpables que los demás; y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. La violencia nos pisa los talones, a veces porque la desencadenamos nosotros con nuestros comportamientos y actitudes, pero otras veces y más aún en este momento de la historia, porque parece que se ha convertido en el caldo de cultivo donde se desenvuelve el hombre.

Dice Luis Rosales: “Ya no es preciso ir a la guerra porque la guerra nos persigue.  Hace ya muchos años que en el mundo hay una guerra armada, pues a partir de su terminación la guerra está domiciliada en todas partes”. Y comenta a este respecto José Luis Martín Descalzo: “No se pueden tener las manos limpias hoy. Nadie las tiene. Todos somos responsables de algún modo de esa gigantesca matanza. A su luz entiendo el terror de aquel personaje de Albert Camús que aseguraba haber llegado a comprender que incluso aquellos que eran mejores que otros no podrían hoy evitar el matar o dejar de matar, porque esto forma parte de la lógica en que vivimos, ya que no podemos hacer un solo gesto en este mundo sin correr el peligro de matar”.

Jesús no les culpa directamente del castigo. En la novela de Bernanos, Diario de un cura de aldea, el protagonista aseguraba que “nuestros pecados ocultos envenenan el aire que otros respiran, y cierto crimen, cuyo germen llevaba algún miserable sin él saberlo, no habría madurado nunca sin ese principio de corrupción”.  En otro lugar, a un personaje que le pregunta si en el mundo se puede vivir así, le responde: “Si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos une los unos a los otros, tanto en el bien como en el mal, efectivamente, no podríamos seguir viviendo”. Como tampoco son culpables únicamente las diez y ocho víctimas que murieron aplastadas por la torre. Nosotros con frecuencia atribuimos las desgracias a la mala suerte, a la fatalidad o, lo que es peor, a un castigo divino; esto con más frecuencia antes que ahora, pues hoy vemos que los accidentes son a menudo fruto más de imprudencias en las que todos caemos que de extrañas maldiciones o predestinaciones divinas. Todo lo contrario, a todos nos puede suceder lo mismo. El hombre moderno ha levantado con su técnica y progreso una torre sobre nuestras propias cabezas que cualquier día se nos viene encima. Incluso en el sentido literal e la frase.

A finales de febrero de 1986 la prensa daba la noticia de que el satélite soviético Cosmos 1714 de 10 toneladas y 18 metros de largo iba a precipitarse sobre la tierra en unas horas. Y así fue. El Instituto de Investigación de Física de Alta Frecuencia trató de seguirle la pista desde la República Federal Alemana pero fue ya imposible controlarlo. Y aunque no lo tomemos tan al pie de la letra hay que pensar que incluso toda esa tecnología que levanta sus torres no sólo contra el cielo sino incluso contra el hombre, las torres del progreso y los avances científicos, las torres del desarrollo de los medios de producción, de la alimentación, de la medicina y no digamos nada las del campo de las armas químicas, atómicas o bacteriológicas, con tanta torre ¿no corremos el riesgo, metafóricamente hablando, de que un día se desplome todo y nos aplaste?

Dios mira al pueblo agobiado y oprimido por tanta esclavitud como miró al pueblo egipcio, a su pueblo escogido, y no puede menos de compadecerse de nosotros y tratar de sacarnos de esta nueva versión de la esclavitud materialista y moderna que, a pesar de tanto confort y bienestar, nos trajo tan poca paz interior y concordia a las almas y a los pueblos, dos grandes bienes que deberíamos hacer triunfar en el mundo a costa de lo que fuera.

Lo mismo que en aquel libro de Herbert George Wells (1897) titulado “La guerra de los mundos”, hoy da la sensación de que estamos invadidos por extrañas fuerzas venidas no se sabe de dónde pero que tratan por todos los medios de destruirnos. De la lectura de ese libro, con salir incluso victoriosos contra los invasores, se deduce una triste lección: No podemos esperar gran cosa de las ciencias, pues a pesar de todos sus avances estamos de continuo amenazados por guerras y catástrofes sin que casi nada contribuya a mejorar nuestra existencia y lo que es más grave nuestra convivencia. Somos esclavos y estamos amenazados; por eso es necesario que Dios nos envíe un liberador y por eso es necesario que nosotros esperemos su venida para vernos libres de tanto peligro y de cualquier tipo de opresión.  Ya lo hizo con su pueblo por medio de Moisés. Ernest Bloch decía que “es justo y evangélico cambiar, subvertir este orden social en el que el hombre se siente explotado, humillado, abandonado y recobrar la dignidad pero es una labor por hacer y debe hacerse”, si no queremos perecer todos de la misma forma que los de la torre de Siloé.

Y no vale decir que con estar bautizados y pertenecer a una Iglesia tenemos suficiente. No vale. También los judíos o israelitas que habían sido liberados, salvados ver Moisés, a pesar de “ser bautizados en el mar” y a pesar de “haber sido alimentados con el mismo alimento espiritual: el maná y beber la misma bebida espiritual: el agua de la roca, no agradaron a Dios” (I Cor. 10, 1- 6).

Finalmente Jesús nos pone un hermoso ejemplo, diríamos que sacado del mundo de la ecología, ahora tan en boga: La higuera, a la que todo se le iba en echar hojas... Todos andamos a menudo por las ramas, tratando de hacer ver la Iglesia y sus logros, sus manifestaciones externas.  Lo dice el refrán popular: “Mucho ruido y pocas nueces”. Pero luego no damos el fruto esperado. Alguien intercede por nosotros…Vamos a ver un año más.

El viñador más que fijarse en las hojas va a la raíz: hay que empezar por los cimientos, cavar en torno al árbol y abonarlo, hay que empezar escarbando en nuestra alma, en nuestro corazón, cambiando cada uno de nosotros, cada uno. Lo hemos oído muchas veces; como dijo Proust: “Todo esto está ya dicho pero como nadie hace caso habrá que repetirlo cada día”.

Cuaresma quiere decir cambio, conversión..., frutos... de lo contrario, -y no porque Dios nos lo envíe a posta sino porque es el fruto de nuestro comportamiento y la conclusión de unas leyes lógicas-, de nuevo correrá la sangre justa o injustamente, de nuevo nos aplastará el Progreso y este terminará por cortarnos de raíz. Si cada cual se propusiera en serio desarmar su corazón de odio, egoísmo, envidia y sobre todo de la soberbia que nos hace querer llegar de nuevo al cielo en un afán de una nueva torre de Babel, todo se arreglaría mucho antes y mejor.  Jmf

lunes, 18 de marzo de 2019


SAN JOSÉ. 19-III-2019. C

Aunque ya no es fiesta laboral y el Sr.  Obispo dispensó a los católicos del precepto de oír la santa Misa, para muchas personas hoy sigue siendo un día singular, o si lo preferimos, sigue siendo una fiesta con tres conmemoraciones especiales, pues festejamos:
En primer lugar al José del Evangelio, el esposo de María. San Mateo nos dice que “era un hombre justo”. Esto lo podemos deducir de su actitud ante los hechos y hechos graves. Por ejemplo:
Cuando cae en la cuenta de que su esposa espera un niño, de cuya concepción él no tenía noticia, no la juzga, y tenía razones para hacerlo al menos aparentemente, ni la increpa, la respeta y trata de buscar una solución coherente a sus principios. Ello nos lleva a descubrir el amor que le tenía pues según San Pablo: “El amor es comprensivo, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no acaba nunca” (I Cor. 13, 8). Es más, se fía de ella, confía y por eso antes de juzgarla determina irse de casa, alejarse para no herirla. Fue la primera tentación que sufrió un matrimonio cristiano de conato se separación. Y esto sucedió nada menos que en una familia que lleva el título de sagrada. Fue la primera tentación de divorcio. Más aún, cuando el niño tenía doce años se les va del hogar y tienen que andar buscándolo durante tres días. Es también la primera tentación que sufre un hijo de escapar de la tutela paterna y también la consiguiente reprimenda de los padres al hallarlo: “Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados....; ¿por qué nos has hecho con nosotros?”. José fue un hombre justo. Estuvo siempre en su puesto.
Una segunda celebración, que aunque si bien se traslada al domingo también podemos contemplarla en esta fecha, es la del Día del Seminario. La razón es porque José, de alguna forma, fue el primer formador de un sacerdote, su hijo, sumo y eterno sacerdote. Tanto hoy  como el domingo son días en los que debemos pedir muy especialmente por nuestros seminaristas.
Todo joven lleva de algún modo un sacerdote en su interior, pero tenemos que saber descubrirlo. Nos lo viene a recordar aquella anécdota que cuenta José Luis Martín Descalzo sobre el niño que, habiendo contemplado un gran bloque de mármol y después la hermosa escultura de un caballo que un tallista hizo con él preguntó cómo se podía explicar eso. Y alguien le respondió: “Es que el caballo estaba dentro”. No sé si fue Aristóteles o Miguel Angel, quien dijo que “esculpir una talla es ir quitándole a la madera o a la piedra, es decir a la materia, todo aquello que les sobra”, no añadir sino desbastar, quitar. Tenemos tantos dones ocultos que se necesita una mano experta, la mano de nieve de la que habla el poeta, “que sepa arrancarlos”. Y curiosamente el escultor no suele añadir nada, únicamente quita.
Decía el escritor francés Charles Du Bois que “formar un alma es el más duro trabajo que existe”. En el Seminario se preparan los futuros sacerdotes, su formación no sólo depende de los profesores sino que depende un poco de todos nosotros pues todos podemos colaborar a forjar un sacerdote no sólo tratando de despertar vocaciones, sino ayudándolas con nuestras oraciones y también ¡cómo no? con nuestra aportación económica.
Todo eso se puede hacer realidad  el día del Seminario. Cuántas veces se ha repetido la frase atribuida a Raner o a Malraux de que el siglo XXI o será místico o no será…, es decir que o potenciamos el mundo del espíritu o estamos llamados a desaparecer. El sacerdote es uno de esos motores que deben impulsar esta evangelización. Para ello necesitamos que surjan vocaciones, cultivarlas y arroparlas.
Finalmente hoy se celebra otra fiesta, aunque más bien promocionada por las grandes cadenas comerciales en función del regalo consiguiente, que por la misma Iglesia. Se trata del día del padre. Hammlet para elogiar a su padre no encontró otra expresión que decir: “Era un hombre”. Pues bien, un hombre que además es padre tiene una gran misión que llevar a cabo en la familia y en el mundo.
Hoy es muy difícil este oficio. Los tiempos se complican, los hijos se nos van, algunos se pierden, a otros es difícil buscarles un empleo al llegar a la edad de ponerse a vivir. Ya sé que desde aquí poco podremos hacer en esos campos pero sí podemos pedirle a Dios que nos ayude e ilumine para encontrar caminos, derroteros, soluciones a tantos problemas que de día en día nos acechan y acechan a la juventud. Napoleón acostumbraba a decir que a un niño se le educa veinte años antes de nacer, es decir educando a sus padres, ayudándoles a encontrar soluciones, palabras, caminos...
Finalmente en cuanto a la devoción que debemos tener a este gran santo bastaría recordar las palabras de Santa Teresa de Jesús que, habiendo recobrado la salud por intercesión de este santo, después de haber estado bastante enferma poco después de tomar los hábitos, solía recomendar a sus monjas de esta forma: “Sabiendo por experiencia la maravillosa influencia que tiene san José con Dios, aconsejo a todo el mundo que honre con especial devoción al santo”. Ella misma, de los diez y siete conventos que fundó, doce los dedicó a San José y en los demás ponía su imagen en lugar destacado para que fuese así honrado.
Hubo por los años veinte aquí en Miranda, un sacerdote al que la gente conocía con el nombre de Don Paco. Este hombre solía predicar con bastante insistencia la devoción al santo. Los que lo conocieron recuerdan que solía contar en sus sermones una curiosa historieta. Un devoto de san José murió y se fue al cielo, pero san Pedro no quería dejarlo entrar por ciertas faltas que él consideraba debían ser purgadas. Estando en estas se oyó una voz desde el fondo de los cielos que gritó: “¡Pedro! ¡Déjalo pasar! ¿No ves que ye devoto mío, hombre?”. Era la voz de San José. De esa forma pretendía inculcar aquel párroco esta devoción entre la gente.
Tres conmemoraciones en un día que ha dejado de ser fiesta de precepto entre nosotros, pero no por eso debe ser menos recordado:
1.- La devoción al santo que por ser padre nutricio de Jesús, alguna influencia tendrá ante su hijo, creo yo.
2.- En segundo lugar el Día del Seminario, un día de oración para que surjan vocaciones que puedan seguir alentando la fe de nuestros Pueblos. Por ellos oración y limosna que estando como estamos en Cuaresma puede servir para cumplir ambos fines. Aquí la Colecta tendrá lugar el próximo domingo.
3.- Finalmente el día del padre, aspecto acaso un tanto comercializado pero que el cristiano debe santificar dedicando en este día una oración especial por todos aquellos hombres que llevan sobre sus espaldas el peso de la paternidad con el fin de que sepan salir airosos en la difícil tarea de educar a sus hijos. Y esto vamos a pedirlo hoy también por intercesión del Patriarca san José.