viernes, 13 de diciembre de 2019


III DE ADVIENTO 15-XII-2019 (Mt. 11, 2-11) A

El Adviento es un tiempo de esperanza ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Saber esperar, es un consejo que nunca nos ha podido venir mejor que ahora, viviendo como vivimos. A menudo nos dejamos arrastrar por las prisas (así, en plural, que es lo malo, pues a veces la prisa en singular es conveniente), nos dejamos llevar por el stress, por la velocidad que suele dar con frecuencia y como fruto accidentes de carretera, infartos, tensión nerviosa y depresión. Somos cada día más impacientes, pues perdemos la paciencia con una gran facilidad.
Al enfermo lo llamamos paciente porque necesita ese don para curarse. Nosotros somos enfermos impacientes. José María Pemán, en una de sus piezas teatrales, calificó a san Francisco Javier de “divino impaciente”, por el fuego que le abrasaba en convertir infieles. Me temo que nosotros seamos “los humanos impacientes”, demasiado humanos. Hasta parece desfasado ya el ejemplo que nos pone el apóstol Santiago en su carta cuando dice: “El labrador aguarda... pacientemente la cosecha...” (5, 7); pues en un laboratorio de Florida (Ogleasby) ya han logrado cultivar plantas probeta, llamadas plantas clónicas, capaces de madurar y producir cosechas en un tiempo récord.
Pero sabemos que la prisa nunca es buena para nada. Se lo oí hace años a un viejo alfarero: “Para cocer bien las piezas hay que ir despacio. Los ladrillos que se cuecen ahora en unas horas con gasoil a los pocos años se deshacen; en cambio aquellos bloques antiguos que cocían los romanos en sus hornos empleando dos y tres días se conservan hoy como entonces... los romanos no tenían prisa. Y sucede lo mismo con el agua calentada con gas o al microondas, se enfría mucho antes... Para que salgan bien las cosas no se puede tener prisa...”. Es un sabio consejo que se podría aplicar a tantos aspectos de la vida, a la gente que lleva un automóvil, al que realiza un trabajo, al que estudia un problema, al que está a punto de tomar una decisión... ¡no tener nunca prisa! Acaso es por eso por lo que el hombre está tan ansioso de paz y de reposo.
Cuenta Anthony di Mello que en una ocasión hubo reunión general de animales para protestar contra el hombre porque este les arrebataba sus productos apoderándose de ellos. -Se queda con mi leche... mugía la vaca. -A mí me quita la miel,  susurró la abeja. -A mí me sacrifica por mi carne, repetía la ternera. -A mí me quita la piel, intervino el zorro.  -A mí la lana,  baló la oveja... Entonces se adelantó la araña y dijo maliciosamente: -A mí desearía quitarme algo que necesita más que nada pero no puede. -¿Qué?, preguntaron todos a coro.-Saber esperar.
El Adviento es un tiempo de esperanza, de saber esperar. La esperanza exige tener paciencia. Se podría decir que la paciencia es la esperanza en traje de diario... Y la esperanza es la paciencia en traje de fiesta. Sin esperanza es imposible la paciencia y viceversa ¿Por qué? Porque una esperanza que es paciente y una paciencia esperanzada son la única fuerza capaz de trazar planes y llevarlos a la práctica con eficacia. La impaciencia y la improvisación no son buenos consejeros.
Alguien pudiera decir que las palabras están bien pero lo importante son los hechos, y es verdad. Decía cierto pintor moderno que había sido antes arquitecto en activo: -Cuando proyectaba casas de diseño muy moderno se me venían abajo, la materia no soportaba lo que edificaba en mi imaginación, ahora sobre el lienzo puedo permitirme el lujo de pintar cuanto me venga en gana sin riesgo de derrumbe.
En nuestro caso la pintura es la palabra, ya sea oral o escrita, “el papel o la tela, lo aguantan todo” solemos decir cuando leemos una hazaña que nos parece inverosímil, o una afirmación de alguna persona cualificada; otra cosa son los hechos, ponerse a edificar y que se mantenga en pie.
No nos basta con oír, necesitamos ver, tocar, necesitamos llenar este vacío interior y no precisamente con palabras sino con algo que esperamos, con Alguien que anhelamos que llegue y para quien estamos hechos. Somos como Estragón y Vladimiro, los dos personajes de Esperando a Godot, obra dramática del premio Nobel Samuel Becket, y que son símbolo de una esperanza sin sentido. Se pasan toda la obra, es decir, la vida entera, aguardando a que llegue un extraño y misterioso personaje llamado Godot, que al final no aparece por ninguna parte, a lo más envía un niño, símbolo de la esperanza, y que les dice que Godot llegará... mañana. Y mañana ¡exactamente igual! Ellos, mientras tanto, se entretienen en pequeñas cosas: a Estragón le hacen daño los zapatos, prefiere andar descalzo como dicen que andaba Jesús. Se los prueba Vladimir, es preciso encontrar algo que nos dé la sensación, al menos, de vivir. El espectador se pregunta no sólo si Godot llegará alguna vez, sino también si su venida arreglará algo. De hecho el terror se apodera de los dos cuando creen, en un momento dado, que se acerca, pero, al darse cuenta de que es el viento, respiran aliviados... -“Me has asustado. -Creí que era él. -¿Quién? -Godot-¡Bah! era el viento en los rosales... -Hagamos algo -dicen- mientras tenemos tiempo.  No todos los días hay alguien que nos necesita. Tampoco se trata de que nos necesiten... La humanidad somos nosotros, nos guste o no nos guste... Aprovechémonos antes de que sea tarde... El ser humano se necesita, como necesita el tigre a sus congéneres...”. Godot no llega, pero cada día que pasa, cada minuto, cada suceso que acontece es su precursor. De ahí la pregunta que todos debemos hacer al mensajero, sea a través de un hecho, de una palabra, de un contratiempo... ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? El dramaturgo Vaclav Havel, último presidente de Checoslovaquia, escribió hace años un artículo titulado “Godot no vendrá porque no existe”. En él afirmaba entre otras cosas: “hay que aprender a esperar... hay que sembrar pacientemente... regar... pacientemente... todos los días... con comprensión, con humildad, con amor. Si aprendemos a esperar... la Humanidad no puede terminar tan mal como nos lo imaginamos.” (ABC del 6-XII-92.-Blanco y Negro, p. 10).
Cristo no es Godot. Cristo, al final, llega siempre, de una forma u otra hasta en el niño de Navidad que resultó ser el mismo Dios aunque casi nadie se enteró. A veces tarda. A veces es difícil reconocerlo. Otras veces al llegar nos decepciona, esperábamos a otro.
A veces pasa de largo a nuestro lado. Esperábamos que sería de otra manera, como sucedió a quienes esperaban un Mesías Libertador, o a los mismos discípulos... La razón es porque a menudo tergiversamos o mistificamos demasiado los valores y mensajes del Reino, llenándolos de epítetos altisonantes pero que nada tienen que ver con el mensaje evangélico.
En realidad Jesús cuando vino defraudó a todos sus seguidores. Cuando le preguntan a Jesús en qué se reconocerá su mensaje mesiánico no responde con palabras, discursos o teorías solamente, sino que echa mano del lenguaje de los hechos, hechos concretos en favor de los oprimidos, de los más débiles y de los pobres, y esto lo hace hasta en tres ocasiones a cual más solemne. 1ª) Cuando da contestación a los enviados de Juan Bautista: “Los pobres son evangelizados...” (Mat. 11,7). 2ª) Cuando lee un texto del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret y lo comenta: “El Espíritu me envió para evangelizar a los pobres...” (Lc. 4,18). 3ª) Cuando habla del juicio final: “Tuve hambre y me disteis de comer..., estaba enfermo y me visitasteis...” (Mt. 25, 42) (Brey).
Tenemos demasiada fantasía. Pero Jesús no es sólo una bella teoría, Jesús es una realidad viva, una realidad sangrante que se hace presente en los más pobres, en los sordos, ciegos, cojos, tullidos, leprosos, muertos, pecadores, publicanos, prostitutas, etc. Sin embargo pedimos con justicia para los criminales justicia, cadena perpetua incluso. Pero, si somos justos habría que ver quien educó, donde se educó y en qué circunstancias vivió esa persona para convertirse en un delincuente.
Cristo llega y les anuncia libertad, perdón, misericordia, compasión, salud, vida, también a los presos... Y además de proclamarlo lo lleva a cabo... “Id y decid a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan, los muertos resucitan y a los pobres se le anuncia una buena noticia... y dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi” (Mt. 11, 5). Sólo pide dos cosas: 1ª) No sentirnos defraudados con su mensaje porque nos falte fe y es que sólo con fe se comprende la esperanza. “La fe que más amo es la esperanza, dice Dios... es lo que más me admira... escribió Charles Peguy. Estragón y Vladimiro esperan pero no tienen fe. 2ª) Nos pide también ser más humildes, como Juan, “el más pequeño es más grande que él”, hacernos niños, como el que nació en Belén. Con esa fe, con esa sencillez debemos esperar durante el Adviento al Mesías que, aunque aquí, en este tiempo la Liturgia no nos representa a Jesús niño sino un hombre, como de treinta años y que busca ser bautizado en el Jordán, es porque el ser niño no tiene otra misión que ser más fuerte. La fuerza de la debilidad. La tempestad y el huracán rompen los árboles robustos de los bosques pero pasan sobre la tierna hierba apenas sin dañarla porque se doblega a su paso. Jmf.



jueves, 5 de diciembre de 2019


INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA. 8-XII-2019 (Lc. 1, 26-38) A
(Domingo II de Adviento)

Pocas veces se habló tanto de ecología, de los derechos del hombre, de la defensa de la vida... ni se toleró, permitió y amparó tanto el aborto, la eutanasia, la guerra, la tortura estatal y la terrorista como hoy. Hace años en una cena que tuvo lugar en Córdoba para celebrar el aniversario de la fundación de la Confederación de empresarios, se dijo: “A la hora de contratar a las mujeres como obreras o empleadas los empresarios tendremos que pedirles, además de un certificado de estudios y experiencia, el grado de fertilidad, porque en este país quedarse embarazada es un enfermedad muy contagiosa”. No se daban cuenta de que esto se da de patadas con el sagrado derecho a la maternidad y con los más elementales derechos de la vida, aunque desgraciadamente hoy ya no tendría la vigencia de entonces.
En otro sentido, existe también cierta confusión en el terreno teológico entre algunos creyentes llegando a confundir el dogma de la Inmaculada Concepción con el de la Virginidad de María, más por falta de formación teológica que de mala fe. El error viene de lejos al identificar el pecado original con la concupiscencia o sexualidad, tesis que mantuvo ya en la edad Media el teólogo Pedro Lombardo, cuando hoy ya sabemos que por pecado original entendemos toda inclinación hacia el mal y a toda clase de pecado.
La virginidad de María, es decir, que la Virgen concibió a Jesucristo de modo virginal “por obra y gracia del Espíritu Santo” es admitido incluso por los protestantes. Se refiere a la concepción activa o virginal de María, es decir, a que la Virgen concibió a Jesús en su seno por obra del Espíritu Santo. Así lo dice claramente san Lucas. Puede parecernos algo extraño. Hubiera sido hijo de Dios lo mismo, de haber tomado san José parte en la concepción, sin embargo quiso Dios a su madre virgen y todo lo demás huelga.  Es uno de los dogmas que con más reticencia se admite, pero no debemos olvidar que todos los pueblos y tribus de todos los tiempos y lugares han tenido en gran aprecio la virginidad, v. g.: las vestales romanas que mantenían el fuego sagrado de Júpiter Capitolino, y las doncellas vírgenes de los incas del Perú, destinadas a ser sacrificadas a los dioses. Aún el hombre de hoy más depravado de tener que escoger, posiblemente elegiría para su futura esposa a una virgen. Pero no es esa prerrogativa de María la que hoy celebra la Iglesia, sino la llamada concepción pasiva, es decir, que “María fue concebida” por sus padres san Joaquín y santa Ana, de forma natural pero inmaculada, o lo que es lo mismo, libre del pecado original con el que nacemos todos los hombres. Y en este aspecto la Biblia ya no dice casi nada.
Nuestros argumentos se apoyan en el texto de san Lucas: “Llena de gracia”, luego en gracia desde el primer momento. Y el otro es un pasaje que se encuentra en el libro del Génesis: “pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu raza y la suya...”. Al carecer de noticias históricas sobre este tema el pueblo fiel, escritores y artistas con frecuencia han tenido que echar mano de los llamados “evangelios apócrifos”, es decir, aquellos libros no reconocidos por la Iglesia como inspirados por Dios, pero que dada la antigüedad de que gozan pueden facilitarnos algún tipo de testimonio sobre la mentalidad del pueblo en aquel tiempo en el que han sido escritos. Por ejemplo, el Evangelio de Santiago (el menor de los hermanos del Señor), del s. II, dice que Joaquín cuidaba su rebaño y un ángel lo avisó de que iba a ser padre. Él entonces ofrece diez corderos sin mancha al Señor, doce terneros de leche a los sacerdotes, cien cabritos para todo el pueblo, ya que su esposa Ana era mayor y además estéril. Ella un día sale al jardín al atardecer vestida de novia. Sentada a la sombra de un laurel eleva los ojos al cielo y descubre entre las ramas de un árbol un nido. Entonces se lamenta de su esterilidad: -Ay de mí ¿por qué habré nacido yo? Es entonces cuando se le aparece un ángel y le dice: -Ana, tu ruego ha sido escuchado. Concebirás un hijo y de tu descendencia se hablará en el mundo entero. –Sea niño o niña -responde Ana- lo consagraré al Señor. Cuando llegó Joaquín ella se le echó al cuello diciendo: -Era estéril y voy a concebir un hijo...
En otro apócrifo, el del Pseudomateo (s. IV) se dice que Joaquín era pastor, y no tenían hijos. Mientras Ana oraba un ángel le dice: “Tendrás descendencia que será objeto de admiración por todos los siglos hasta el fin...”. Joaquín, a su vez tuvo un sueño en el que un ángel le decía: “Vete al lado de tu esposa Ana...”. Anduvieron treinta días. Ana le esperaba junto a la puerta Dorada y le dice: “Era viuda y ya no lo soy, era estéril y he concebido en mis entrañas”.  Quizá por el gran parecido que guarda con el anuncio del ángel a María se confundió también la Inmaculada con la Virginidad. De hecho los nombres de Joaquín y Ana, la Cueva de Belén, la mula y el buey, etc. han entrado en nuestra tradición por la puerta un poco falsa de estos evangelios apócrifos. Aún hoy día se puede ver en Jerusalén, junto a la Piscina Probática, llamada también de las ovejas, la casa de san Joaquín, y en la cripta del templo (del s. V), luego rehecha en el s. XI y ahora de nuevo restaurada, el lugar donde dice la tradición que nació la Virgen. Su fiesta se celebra desde el s. V. Y la Iglesia griega celebraba en el s. VII la fiesta de la concepción de la abuela de Jesús el 9 de diciembre.
En los s. XI y XII surgen grandes contiendas populares, luchas entre la devoción, la piedad popular y la Teología hasta que la Iglesia empieza a definirse por medio del Papa Sixto IV que procedía de la orden de San Francisco, instituyendo una fiesta en 1476, enriqueciéndola con indulgencias y exhortando a los fieles a celebrarla con devoción ya que este privilegio agrada a Dios de modo especial, dice. En 1483 pone freno a los predicadores que se atrevían a disentir y atacar el que María fuese Inmaculada. Algo que parece un poco difícil de entender si no conocemos la dialéctica y luchas por definir la Teología sin tener después que rectificar. No estaba aún muy claro el sentido de la fiesta. Para santo Tomás de Aquino en 1400 (s. XIII) parecería estar resuelto pero no fue así ni fue tan fácil (III, q. 27). Fue Alejandro VII (s. XVI) quien lo aclaró y definió con un mottu propio.
Inocencio VIII (1409) publica una Bula, la “Inter munera” en la que dice entre otras cosas: “Isabel (la Católica) reina de Castilla por singular decisión de la Concepción de María...”. El ejército la considera su patrona desde que Alejandro Farnesio en 1578, estando al frente de los tercios de Flandes sitiando la ciudad de Amberes, promete defender el misterio de la Inmaculada, y pone a sus huestes bajo la protección de este futuro dogma. Santa Teresa de Jesús en su biografía, hablando de cierta persona dice: “Nuestra Señora le debía de ayudar mucho pues era muy devota de su Inmaculada Concepción...”. Carlos III en 1760 la nombra patrona y abogada de España y le erige un monumento en la plaza de España en Roma. Y será Pío IX el día 8 de diciembre de 1854, quien declare en la bula Ineffabilis Deus, que María fue concebida sin pecado original.
Este Dogma pudiera ser un buen argumento desde la fe y una razón más para mostrar ante los abortistas por qué la Iglesia va contra el aborto. Si María fue inmaculada desde el primer instante de su fecundación es que allí había ya una persona, en ese mismo instante. Biológicamente podría haber discusión puesto que se discute en qué momento un óvulo fecundado empieza a ser persona, pero en líneas generales es un argumento que parece ser bastante claro.
Hoy más que detenernos en disquisiciones teológicas o morales, hoy es el día en el que debemos alabarla sin más, invocarla con fe y quererla con amor filial. Como dijo hermosamente Gabriel y Galán: “Flor de las flores, adorable encanto, / gloria del mundo, celestial hechizo,/ Dios no pudo hacer más cuando te hizo, / yo no sé decir más cuando te canto...”.
Sí, debemos invocarla a menudo y no debimos haber perdido aquella hermosa costumbre de saludarla al entrar en casa con el saludo del ángel: “Ave María Purísima...”, era un entrañable y hermosa tradición. Eran también otros tiempos, lo malo es que hoy hemos perdido aquello y no hemos sabido suplirlo con nada adecuado a nuestras circunstancias y costumbres. Y eso es una verdadera lástima y una pérdida irreparable para la vida religiosa de nuestro pueblo tan devoto de María en todos sus misterios, y ¿cómo no? sobre todo de este de la Inmaculada Concepción. Jmf



DOMINGO II DE ADVIENTO. 8-XII-2019 (Mt. 3, 1-12) A

 Una voz nos llega del desierto: “Convertíos, está cerca el Reino de Dios”. Este grito, en día de la novena de la Inmaculada invitándonos a un cambio, nos trae a la memoria la conversión de aquel gran escritor francés, Paul Claudel, autor de dramas tan hermosos como La anunciación de María.
Era la noche de Navidad del año 1889. P. Claudel se había acercado a la catedral de Notre Dame de París. Buscaba presenciar las ceremonias católicas en vivo para poder describirlas luego con mayor perfección en sus escritos. Él no era creyente. Oyó la misa, luego, durante las Vísperas, al escuchar el canto del Magníficat, en un instante su corazón fue tocado por Dios y exclamó: “Yo creo. Es verdad que Dios existe, que me ama y me está llamando”. Siguieron lágrimas y sollozos. El coro cantaba ahora el Adeste fideles... venid, venid adoremos... El 25 de diciembre de 1890 P. Claudel hacía en Notre Dame su segunda primera Comunión a la edad de 22 años.
Estando como estamos en la Novena de la Inmaculada no podemos menos de recordar la parte activa que la Virgen ha tenido en la vuelta al cristianismo de tantos y tantos conversos. Con todo derecho podía exclamar P. Claudel en su Magníficat, escrito en 1907, alabanzas a María como estas: “¡Oh Madre de mi Dios! ¡Oh mujer, entre todas las mujeres, Vos habéis llegado por fin, después de este largo viaje, hasta mí!”.
También fue muy sonada la conversión del poeta y lingüista irlandés Douglas Hyde en la que la Virgen tuvo de igual modo su acción definitiva. Lo confiesa él mismo: “Sabía que María ocupaba en el culto católico un importante puesto de honor y había leído, no sé dónde, que ella era la Medianera de todas las gracias. Tal vez Ella podría ayudarme a cubrir la distancia entre Dios y yo... Encendí una vela delante de su imagen. Mientras una mitad de mí yo, se rebelaba ante aquella insubstancialísima superstición, la otra mitad me susurraba: ¡Adelante...! Lo intenté y conseguí vencerme: pude creer y supe, al mismo tiempo -para cuantas dificultades pudiesen todavía quedar-, que mi búsqueda había alcanzado la meta”.
Conversión es allanar el camino, rellenar los baches... Se acerca la Navidad, ¡cuántos escaparates repletos de manjares y bebidas y... cuántos labios sedientos de agua... y cuántos estómagos vacíos de pan! Somos muy poco humanos. Con razón dice el Señor: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, mis caminos no son vuestros caminos”. Como dijo Charles Chaplin: “Sabemos mucho pero sentimos poco”. Tenía razón. Y un místico inglés del siglo XVI, en su obra La nube del no saber, confirma: “Nadie puede alcanzar del todo a Dios con la razón, pero cada cual puede captarlo plenamente por medio del amor”.
Algo parecido decía San Buenaventura: “Si quieres saber pregunta al deseo, no a la razón, pregúntale al gemido expresado en la plegaria no al estudio, pregúntale al esposo no al maestro”.
San Pablo nos amonesta: “Os voy a enseñar un camino mejor, ya podría yo hablar la lengua de los ángeles..., si no tengo amor de nada me sirve...”. Pretendemos saber muchas cosas pensando que ahí radica el quid de la conversión y no hay tal. En una ocasión le preguntaba una maestra a sus alumnos: -¿Por qué amaba Jesús tanto a los niños? ya que dijo que de no hacernos como ellos no entraríamos en el Reino de los cielos, y lo mismo cuando dice a Nicodemo: “Para pertenecer al Reino de los cielos es necesario volver a nacer”. La mejor respuesta fue la de una niña: “Porque los niños sólo quieren ver a Jesús, sin preguntar quién es...”. Posiblemente sea cierto. Los mayores hacemos demasiadas preguntas a Dios y eso no es amor. Debemos aprender de los niños.
George Bernanos otro gran escritor católico, escribía a este respecto: “Jesús dijo a los cardenales, teólogos, historiadores y novelistas: ´sed como niños´, y los cardenales, teólogos, historiadores y novelistas repiten a los niños siglo tras siglo sin darse por enterados: ´Tenéis que haceros como hombres, como nosotros´. Y aún se podría añadir: y si no os hacéis, sabéis y os comportáis como hombres no entraréis en el reino de la tierra”. Es verdad. Cuantas veces decimos a un niño que llora queriendo que renuncie a su niñez: “los hombres no lloran”. Claro que deberíamos hacernos todos como niños para poder nacer a una nueva vida.
En este tiempo prenavideño en el que nos preparamos para el nacimiento del Hijo de Dios, deberíamos con más razón hacernos como niños, con todos sus defectos; y en vez de gritarles: ¡Cállate! ¡Estate quieto! ¡No juegues, no llores..., come...!, habría que animarnos diciéndonos: ¡aprende a jugar como un niño, a llorar como un niño, a comportarte como un niño, sobre todo en estos días, sé como un niño niño...! Por algo Jesús nos recomienda hacernos como niños... Sería la más hermosa conversión del alma... Un niño se nos ha dado, un niño nos ha nacido... Hasta Carlos Marx decía a su hija Eleonor: “A pesar de todo tenemos que perdonar muchas cosas al Cristianismo porque al menos, nos enseña a amar a los niños...”.
Y esa conversión debe traducirse en buenas obras, sobre todo en caridad y amor. Además parece que este tiempo de Adviento hasta nos invita a ello. Debemos evitar que sea algo puramente externo. La conversión viene por el amor. El amor es más que la justicia que sólo pretende dar a cada uno lo suyo, el amor lo da todo a todos. La justicia nos hace iguales, el amor nos hace hermanos, más aún, el amor sería el único resorte, el único talismán capaz de hacer realidad aquel sueño de fraternidad universal, tercer ideal de la Revolución francesa (1789). Ese sí que sería un buen “descubrimiento” a celebrar, sin comparación posible con ningún otro, porque la fraternidad en el mundo no es que esté por estrenar, es que está por descubrir.
“Si se diera el nombre de mal, escribía en el tomo V de su Diario, Julien Green, a la falta de caridad, en vez de abrumar al pobre cuerpo humano con tanta maldición, se haría zozobrar a todo un falso cristianismo y al mismo tiempo se abriría el reino de Dios a millones de almas”. ¡Sería tan fácil y tan hermoso llamar pecado a la falta de caridad, de amor, de solidaridad, y llamar virtud al amor y a la fraternidad en todos y para con todos...!
Julien Green, premio nacional de Literatura, se convirtió al Catolicismo en Francia en 1939. Podría alguno pensar que un converso se transforma en un hombre triste y aburrido. Y sin embargo sucede todo lo contrario. Para un hombre, que encuentra a Dios, la vida es una Navidad. Así lo experimentó, y de ello dejó constancia el citado autor en el tomo IV de su Diario: “Me pregunto si podré definir lo que es la dicha... No es desde luego lo que el mundo piensa... La primera vez que la experimenté fue a los ocho años... en el Liceo... mirando por la ventana...”. Y añade: “Mientras miraba el tejado de enfrente me sentí invadido por una alegría misteriosa que cayó sobre mí repentinamente... Hoy pienso que esa dicha sería la de la Humanidad si volviera a Dios. Yo la llamo dicha religiosa a causa de su extrema importancia y de su misterioso origen...”.
El día 4 de marzo de 1951 el periódico Le Fígaro Literario comentaba a propósito de Julien Green: “Dios le dio en un grado supremo el sentimiento de una seguridad deliciosa. Comprendió entonces la inmensa alegría de los convertidos de la que el mundo no tiene ni la menor idea...”. Y no sólo el amor, también la igualdad en el mundo es casi una utopía, un imposible. Pero una igualdad que hay que entenderla, ya que curiosamente, a veces incluso en la desigualdad ordenada puede estar el verdadero equilibrio. En un coro de tres, cinco o seis voces mixtas ninguna voz es igual a las demás, allí hay sopranos, bajos, tiples, tenores o contraltos. Cada voz es diferente en calidad, timbre...potencia. A veces incluso hasta dan notas discordantes, exigidas por la más pura armonía, o cantan a destiempo, a contrapunto...; pero en medio de todo aquel mar de voces existe una unión, todas obedecen fielmente una batuta, se ayudan unas a otras, se respetan, y el buen entendimiento entre ellas hace que incluso la desigualdad al final resulte algo hermoso.
Hoy el evangelio nos muestra un camino mejor, o si lo preferimos más directo que la igualdad y que la fraternidad impuestas a golpe de ley, el camino de la conversión al amor por el amor. Y esto se hace mucho más hermoso y más real a medida que nos acercamos a Belén. Pero para alcanzar ese gozo es preciso convertirnos, volver a nacer, necesitamos echar por la borda muchas cosas de hombre que llevamos como pesado fardo en nuestro corazón, necesitamos quemar muchos caprichos y egoísmos, como le dijo San Remigio al rey franco Clodoveo, cuando aquel se disponía a recibir el bautismo: “Desde ahora quema lo que adoraste y adora lo que has quemado”, refiriéndose al vandalismo de sus tropas arrasando iglesias y quemando imágenes, una labor que se repitió a lo largo de la historia muchas veces. Ese podría ser muestro programa de Adviento: quemar el amor propio que adoramos, y amar al hermano que tantas veces humillamos y menospreciamos, acaso sin pensar que en él se esconde el rostro dolorido del niño desvalido nacido en cualquier portal de este  “belén” del mundo. Jmf

viernes, 29 de noviembre de 2019


DOMINGO I DE ADVIENTO. 1-XII-2019. (Mt. 24, 37 - 44) A


Cuando llega este tiempo litúrgico parece que se oye por doquier una voz que nos grita: ¡que viene...! Este “que viene” se puede interpretar de mil maneras: señal de miedo: “que viene el lobo...” como en la conocida fábula de Samaniego. Se puede interpretar como una buena noticia: “ya viene la primavera”, como signo de amenaza, nos lo decían de niños: “que viene el coco...”. Juan nos grita desde el Evangelio: “Despertad, porque Alguien viene...”. Jesús nos da un consejo: “Estad en vela porque no sabéis cuando vendrá”.
Se quejaba el zorro al Principito en el famoso libro de Saint Exupery: “Hubiese sido mejor venir a la misma hora. Si vienes, por ejemplo a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes de improviso, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios”. Cristo ni vino definitivamente, ni vendrá de improviso... está viniendo. Él no quiere que pensemos ni en pasado ni en futuro. Para un cristiano que debe vivir “en estado de eternidad”, todo es presente, un presente que entraña el “aquí y ahora”, “mira que estoy aquí, a la puerta...”. Cristo se hace presente, más presente en razón de la capacidad de nuestra vida interior, de nuestra conversión, de nuestro afán por vivirlo a cada instante.
Preguntaba cierto monje a Buda qué era un santo. Y Buda le respondió: “Aquel que es capaz de dividir la vida en años, los años en días, los días en horas, las horas en minutos, los minutos en segundos, y luego aún es capaz de estar presente cada segundo”. Pues así debería ser nuestra esperanza. Un soldado japonés, durante la segunda Guerra mundial, cayó en manos del enemigo. Lo encerraron. Al llegar la noche era incapaz de reconciliar el sueño pensando en las torturas a que le iban a someter cuando llegara el día. Entonces se acordó de algo que le repetía muy a menudo su maestro: “El mañana no es real, lo único que es real es el instante actual, el momento presente”. Y volvió a sentirse un hombre, solamente un hombre, un hombre preso..., y se quedó dormido. (El canto del pájaro, p.36). Es importante aprender a vivir en tiempo presente, a comportarnos bien unos con otros en presente, desde ya, desde ahora y desde aquí... Decía Martín Lutero King: “Los hombres hemos aprendido a volar como las aves, a nadar como los peces, pero no a vivir fraternalmente como seres que pertenecen a la misma especie...”. Dios está aquí y ahora. No conviene pensar demasiado en el futuro... ¿Vendrá...?, más bien tendríamos que acostumbrarnos a decir: Me acercaré, le abriré la puerta... Dios está aquí y allí y en todas partes, siempre, en todo tiempo, porque Dios más que estar, es... “Si os dicen que está aquí o allí no hagáis caso” (Lc. 21,8). Nos sucede lo mismo que con el sistema solar a los que vivieron antes de Copérnico: creían que el sol salía y se ocultaba, que llegaba al alba con sus rayos de luz y se moría entre arreboles al atardecer... Cuando salga el sol, cuando se ponga... Siempre era el sol el que se movía, la tierra estaba fija. Tuvo que venir un sabio a decirnos que el sol es una estrella relativamente “fija” y la tierra en cambio es un planeta que gira, y es ella la que con su rotación trae el invierno y las noches heladas, los fríos y las nieves, y es ella la que hace brotar las flores y madurar los frutos a medida que los días crecen y  hace que los rayos del sol la calienten con más fuerza.
Pues algo parecido sucede con Dios. Somos los hombres los que podemos hacer que nazca Cristo en el corazón de cada uno cuando vemos en él a nuestro hermano, o le helamos el corazón al alejarnos de su amor con nuestros crímenes y faltas. Y Dios está muy cerca, muy dentro de nosotros, es el sol de nuestras almas... “Con vosotros está y no le conocéis...”. Lo mismo que sucedió hace 2.000 años.
Los judíos conocían, leían, repetían, escuchaban las profecías mesiánicas en las sinagogas y por todas partes, sabían dónde iba a nacer, en qué fecha... setenta semanas de años... Y tú, Belén, no eres la más pequeña... de ti nacerá el libertador de Israel... ¿Más pistas aún? Milagros, la Resurrección, su mensaje de paz..., pues nada, terminaron confundiéndolo con un provocador y con un sedicioso.
Jesús estaba en medio de ellos, pasó a su lado... con tantas pistas, y fallaron la respuesta. Pues lo mismo nos puede suceder a nosotros. Cristo está entre nosotros, pasa también a nuestro lado, nos requiere en los necesitados y nosotros salimos por peteneras.
Existe una costumbre nórdica, hoy más extendida entre nuestros fieles, la de encender durante el tiempo que duran estos cuatro domingos de adviento, cuatro velas, una cada domingo, y colocarlas en ventanas y balcones, tras los cristales adornadas con flores; se las llama “corona del adviento”. Es un hermoso símbolo que trata de hacernos recordar la venida de Cristo a quien hay que esperar como las vírgenes prudentes con las lámparas encendidas.
Hace años pasó por Madrid el escritor y cantante canadiense Leonard Cohen (1934) cuyos poemas son una mezcla de textos bíblicos, paganismo y apuntes de la vida. Uno de sus discos se titula El futuro, a propósito del cual dijo en aquella ocasión unas palabras que bien podrían ser motivo de meditación para todos nosotros, al socaire del evangelio de hoy: “El futuro ya está aquí, con nosotros. La catástrofe ya está instalada en nuestros corazones. Las luces se han apagado. Estamos en pleno desastre, en plena riada. ¿Cuál es la postura de un hombre que se siente arrastrado en una riada? Intentar agarrarse a una caja de naranjas para mantenerse a flote... Ser pesimista no es verse arrastrado por la riada, sino esperar que llegue, pensar en el desastre que se avecina... Estar dentro sería ya una liberación... He visto el futuro, nena, y es un crimen... el amor es el único motor de supervivencia...” (ABC, 24-XI-92, p. 95). Un cristiano no espera el fin del mundo, vive el fin del mundo. Desde que se sintió salvado por Cristo se instala en su venida, en su parusía, haciéndole presente en cada instante. En esto algunos cantantes y poetas tienen versos, frases proféticas. Sin embargo damos la sensación de que, haciendo esfuerzos sobrehumanos, queremos instalarnos en la crisis. Vemos normal que suba todo, nos acostumbramos ya a convivir con la droga, con la corrupción, la perversión, el crimen, el paro, la pobreza, los juegos de azar, la contaminación, el terrorismo, los accidentes de carretera, el cáncer, vivir sin trabajar...
¿Qué podemos esperar de una cultura así en la que se promete tanto y se hace tan poco? Porque promesas se hacen muchas y para todo: el año 2.000 ya no habrá cáncer, se habrá vencido el SIDA, habrá niños probeta, se llegará a Nueva York en seis horas, aunque paradójicamente aún no se haya descubierto un fármaco que te cure una gripe o un catarro en unas horas. El hombre espera poco del mundo, cada vez menos, en ese aspecto puede estar en buen camino, conformándose con ir tirando... Y es entonces cuando hay que echar mano de la virtud de la esperanza y escuchar la voz del Evangelio que nos grita desde este primer domingo de Adviento: ¡Estad en vela!... no todo está perdido... En tiempos de Noé nadie esperaba nada, todo el mundo comía, bebía y ofendía a Dios... La catástrofe sucedió cuando menos los esperaban, porque tampoco la desgracia se hace esperar... Cuando suceda esto, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación (Lc.21, 28).  ¡Qué bien lo expresa Antonio Machado cuando escribe: Yo amo a Jesús que nos dijo / cielo y tierra pasarán.../ Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad!
El Adviento no sólo es una invitación a la esperanza sino una invitación a sembrar esperanza en nuestro entorno. Vamos a dejarnos de lamentaciones que nada arreglan, porque siempre será mejor sembrar un grano de trigo que lamentar una cosecha perdida. Se acerca un Salvador. Alguien tiene que arreglar el mundo, y ese es precisamente Cristo, nuestro libertador que no viene en son de guerra sino como un humilde niño que nace en un establo. El final de mundo está sucediendo a cada instante: guerras, huracanes, inundaciones, terremotos, salvajadas por doquier, el accidente de carretera que está sucediendo en este mismo instante en no sé qué curva de Dios sabe qué camino.
Para aquel que espera, siempre es tiempo de adviento, pero para el que además de esperar cree en Cristo y ama al prójimo, para ese es siempre Navidad ya que sabe muy bien que Jesús hace ya muchos años que está entre nosotros, en nuestro corazón... Sólo resta encontrarle un lugar para que nazca, un alma buena que le hospede, unas manos limpias que lo acojan y lo estrechen contra el pecho, y un trabajo cuya práctica es propia del adviento: penitencia, oración, y preparación. Nuestra súplica por lo tanto no debe ser otra, en este tiempo, que aquella con la que termina la Biblia y que tan a menudo repetían los primeros cristianos: ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven! De esa forma podremos hallar la respuesta de labios del Señor cuando seamos juzgados al final de los tiempos: ¡Venid, benditos de mi padre, venid a poseer el reino!  Jmf

viernes, 22 de noviembre de 2019


CRISTO REY DEL UNIVERSO, 24-XI-2019 (Lc. 23, 33-37)C

Corría el año 1925, final de la terrible contienda mundial, iniciada en 1914 y zanjada con la firma del Tratado de Locarno (Suiza) a la sombra del santuario mariano de Sasso. El mundo estaba conmocionado, tal como lo refleja la literatura de entonces. Por ejemplo el escritor sueco Eyvind Johnson (premio Nobel en 1974) describe en su obra “Año 1914” la tragedia vivida en los frentes, la angustia de la que fueron presa los pueblos, la desesperación que cundió en las masas obreras: “Miraban fijamente al cielo por donde amanece, donde existe un Dios para algunos y la nada para otros, donde existe la luz para todos. ¡Buenas noches!, se decían, pero... no, lo que se debería hacer es poner dinamita para que saltara todo por los aires en pedazos...”. Así describe este prestigioso literato aquel ambiente posbélico.
Y es entonces, cuando Pío XI instituye la controvertida fiesta de Cristo Rey, como fiesta de la Iglesia Universal, con la idea de que todos los gobiernos del mundo reconocieran, de algún modo, la soberanía de Cristo y lo honrasen como rey. Pero las gentes, las ideologías cambian. Hoy rehusamos estar sometidos al gobierno de nadie tanto en el plano personal como en el de las naciones. Antes se decía: “Servidor de usted”, ahora simple y llanamente: , o se levanta el brazo. Es como si de nuevo aquel grito de rebelión que lanzó Lucifer en el Paraíso: “¡Non serviam! no serviré...” recorriera el universo mundo y entrara en todos los parlamentos, aulas y hogares. Ahora bien, el título de rey aparece en la Biblia nada menos que 2.831 veces, y 361 el de reyes. Cuando el pueblo judío pide a Samuel un rey contra la voluntad de Dios Dios dice a Samuel: “Obedece la voz del pueblo en todo lo que te pide, mas hazle saber lo que conlleva consigo servir a un rey: Os hará trabajar a hombres, mujeres y niños... para él, lucharéis... para él y os cobrarán impuestos... para él y sus ministros” (I Sam. 8, 10). Los judíos no obstante, insisten, y Samuel unge por rey a Saúl, hijo de Cis, cuando andaba buscando por el monte unas pollinas que se le habían extraviado. Hasta el último libro de la Biblia: el Apocalipsis, nos recuerda el título regio dando a Jesús el superlativo hebreo de rey de reyes (Apoc. 19, 16).
El Evangelio también recuerda muchas veces la realeza de Cristo; así cuando los Magos preguntan a Herodes dónde ha nacido el rey de los judíos, y luego lo encuentran en Belén, le rinden pleitesía, lo adoran y ofrecen regalos como a Dios, como a hombre y como a rey... El diablo en el Monte de las Tentaciones le promete a Jesús todos los reinos de la tierra, es decir, le promete nombrarlo rey a cambio de un gesto de adoración. Jesús reacciona ante la propuesta: “Apártate de mí Satanás, a sólo Dios servirás”. Un día el pueblo lo quiere nombrar rey después de la multiplicación de los panes y los peces..., pero Jesús huye al monte y se esconde. En cambio cuando Pilato lo presenta a la muchedumbre coronado de espinas y cubierto con un manto raído y sucio, llevando como cetro una caña vacía...; entonces sí, entonces Jesús acepta el título de rey, un título que horas más tarde todos podrán leer, para más INRI, en lo más alto de la cruz: Jesús Nazareno rey de los judíos. Ese es su verdadero trono y no otro desde el cual Cristo imparte justicia, su justicia que es distinta de la nuestra, pues desde allí perdona a los que le crucifican, y abre las puertas del Reino celestial a un malhechor arrepentido: uno de esos que llegan a la hora undécima: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Así inicia su reinado desde esa cruz ante la cual se dan las más diversas y contradictorias reacciones y actitudes; por ejemplo: las autoridades religiosas se ríen de él haciendo muecas, el pueblo, como siempre, calla y mira; los soldados le ofrecen vinagre y sortean sus vestidos, las piadosas mujeres lo compadecen y acompañan; Pilato escribe: “Rey de los judíos”, protestan estos y él contesta: Lo escrito escrito está. Un ladrón le insulta, el otro le pide perdón y le suplica: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino...” Este fue el que acertó, el más listo de todos. Lo sabemos hoy, después de dos mil años.
Y es que el Reino de Jesús no es como los reinos de la tierra: su trono es un patíbulo, su corona es de espinas, su manto de tela sucia y rota y nosotros empeñados en cambiar el patíbulo, por cruces de adorno y recamadas en oro y plata para condecorar a los poderosos de la tierra. Sus leyes son el amor a los enemigos, “si te abofetean en una mejilla pon la otra”, en el perdón de las ofensas a nuestros hermanos, en dar la vida por el prójimo... y nosotros erre que erre, con la venganza a flor de labios siempre, con el “ojo por ojo” del Talión. Sus comunicados, sus partes de guerra siempre son buenas noticias, evangelio simple y llano, nosotros empeñados en que sólo sean buenas noticias los partes de guerra y las tragedias. Finalmente sus súbditos son los pobres, los que lloran, los que lo pasan mal, los necesitados de pan y de justicia..., etc., definitivamente, y a la vista de todo esto se ve a la legua que “su reino no es de este mundo”, por más que juremos que lo queremos hacer reinar sobre la tierra.
Constantino y Pipino el Breve ofrecen coronas temporales a los Papas Silvestre I y Esteban II y estos no las rechazan. Los reyes europeos (año 1000) conquistan Tierra Santa a sangre y fuego y la Iglesia los bendice y anima. Hemos hecho “cristianos a la fuerza” a judíos y a moros, e incluso hay algún iluso todavía que soñaba con imponer un orden social cristiano a base de “guerrilleros de Cristo Rey”, así se llamaban algunos de estos grupos, hoy desaparecidos. Dice el argentino Marcos Aguinis, autor de “La cruz invertida”, premio Planeta en 1970, que “cuando una cruz se desenfunda y se empuña es una espada, pero cuando una espada se enfunda entonces se convierte en una cruz”. “Mi reino no es de este mundo”. “No he venido a ser servido sino a servir y a dar mi vida por todos...”. Y sin embargo con todo y con eso, aún no nos acostumbramos a sufrir las críticas, nos asustan las humillaciones, huimos del escarnio, despreciamos la cruz que es precisamente donde Dios ha puesto su trono.
Lo explica muy bellamente, aunque con su dosis de crítica, Dostoievski en Los hermanos Karamanzov, dirigiéndose a Cristo en estos términos: “Si hubieras cogido la espada y puesto la corona real todos se hubieran sometido a ti de buen grado. En una sola mano hubieras reunido el dominio completo sobre las almas y los cuerpos y hubiera comenzado el imperio de la eterna paz. Pero has prescindido de esto. No bajaste del patíbulo cuando te gritaron con burla y con desprecio: Desciende de la cruz y creeremos que eres el Hijo de Dios. No bajaste de la cruz porque no quisiste hacer esclavos a los hombres por medio de milagros, porque Tú querías un amor libre. Tenías sed de amor voluntario, no de encanto servil ante el poder. Si hubieras tomado la espada y la púrpura de emperador hubieras establecido el dominio Universal y dado al mundo la paz... pues sólo domina a los hombres el que tiene en sus manos sus conciencias y su pan”. ¿No es acaso siempre ésta la tentación no sólo de los gobiernos sino de la Iglesia? ¿No fue, en cierto modo, la de Pío XI al inaugurar esta fiesta? Pero Jesús sigue gritando: Mi reino no es de este mundo, está en él, claro que está, incluso lo lleváis dentro de vosotros si pensáis un poco y leéis mi evangelio, pero mi reino no puede ser de aquí, se mueve en otras coordenadas: mi reino está en la humillación no en la exaltación, en la pobreza no en el confort, en el dolor no en el placer, en los desheredados no en los satisfechos. Un día visitando una capilla de una ciudad belga me encontré con un folleto que contenía un texto muy hermoso que decía algo así: “Jesús, Tú eres diferente. Tú te pusiste de lado de la mujer adúltera cuando todos le dieron la espalda. Tú entraste en casa del publicano cuando todos echaban contra él. Tú perdonaste a Pedro mientras los demás lo condenan. Tú felicitas a la viuda generosa mientras para los demás pasa desapercibida. Tú prometes el cielo al ladrón arrepentido mientras todos lo envían al infierno. Tú rehuiste los aplausos de la muchedumbre satisfecha cuando trataban de elegirte rey. Tú cargaste con la culpa mientras los demás se lavaban las manos. Tú morías en la cruz mientras los demás celebraban la Pascua. Tú llamaste a Pablo a tu servicio mientras todos desconfiaban de él. Tú saliste vivo del sepulcro mientras todos creyeron que allí se había acabado todo. Jesús, yo te doy gracias, porque Tú... eres diferente”.
Jesús es nuestro Rey. La pancarta que llevó colgada al cuello, camino del Calvario, y que luego apareció sobre la cruz para mayor escarnio, como si fuera la primer pintada del Nuevo testamento contra Cristo, resultó ser VERDAD, al cabo de los siglos. Rey de los judíos y rey del Universo, pero a su manera. Quizá la fiesta tuvo en un principio, en aquel lejano 1925, un poco de aire triunfalista y de constantinismo espiritual. No lo tendrá hoy si entendemos bien su significado y la actitud, las palabras de Jesús: que su reino no es, no debe ser de este mundo, ya que su reino es un reino de verdad y aquí existe la mentira, su reino es de vida y aquí practicamos la cultura de la muerte, (como llama a nuestro tiempo el Papa Juan Pablo II), su reino es de santidad y aquí se practica la maldad, su reino es de gracia y el mundo está empecatado, su reino es de justicia, de amor y de paz y aquí sólo vemos injusticia, odio y guerra. Pero, a pesar de todo, es su Reino el Reino al que debemos aspirar, un reino espiritual que llevamos ya de alguna forma dentro de nosotros, aunque no nos demos cuenta. Y si aún no lo viéramos así, entonces deberíamos orar con fe, cada día al Señor para alcanzarlo, ya que fue Él quien se adelantó a recomendárnoslo en la segunda petición del Padrenuestro que dice: “Venga a nosotros tu Reino”. Jmf

viernes, 15 de noviembre de 2019


DOMINGO XXXIII 17‑XI‑2019 (Lc. 21, 5‑19)C


Todos hemos pensado, preguntado y comentado alguna vez cómo será el fin del mundo. De una cosa estamos seguros de que algún día sucederá. El sol es una hoguera que tendrá que extinguirse, pues su fuego no es eterno. El hombre muere, los animales mueren, las plantas mueren y el mundo tendrá también su agonía y después su muerte. Sin embargo más que la muerte, más que la suerte que va a correr el mundo nos interesa la nuestra, la de cada uno. Nos dice el Evangelio: “Antes tendréis que pasar mucho...”. Jesús no nos engaña. No promete a su Iglesia y a sus fieles un futuro rosado aquí en la tierra, más bien nos avisa: “tendréis dificultades, luchas, persecuciones”. De ahí que ese optimismo constantiniano: paz, tranquilidad, hermandad universal... es sólo una bella utopía por la que debemos luchar siempre, pero de escaso valor evangélico.
El 29 de setiembre de 1986 se estrenaba en Madrid la película: La Misión. Su director Roland Joffe trató de plasmar, y creo que lo logró, el drama de unos misioneros jesuitas que, con sus métodos y su concepción socioeconómica y política de la sociedad, llevaron a los indios guaraníes a una prosperidad humana pocas veces alcanzada en la Historia... Quizá la Iglesia en sus prédicas sociales sueñe con un mundo así. Sin embargo cuando, al final aquellos pioneros de la democracia y de la sociedad cristiana sin clases fueron vejados, expulsados e incluso martirizados y ejecutados..., cuando aparentemente todo aquel montaje social se vino abajo, con toda seguridad que fue en aquellas horas amargas cuando estuvieron más cerca del Reino de Cristo y del Evangelio. Porque es en la prueba y en la adversidad donde se templa el cristiano y se construye Iglesia.
También a nosotros nos puede pasar otro tanto en nuestras luchas y contrariedades. “Tiene usted razón para sentirse orgulloso de su pueblo, decía un turista al guía, me impresiona la gente que asiste a misa aquí, seguramente serán todos buenos cristianos...”. A lo que el guía replicó: “Tal vez tengamos buenos cristianos, no lo sé, de lo que sí estoy seguro es de que entre estos abundan bastante los que se odian a muerte...”. Así, poco más o menos, retrata Anthony di Mello cierto cristianismo en su obra El canto del pájaro. Damos a menudo la sensación de que somos incapaces de convivir, de dialogar, de sobrellevarnos, pasando una gran parte de la vida en luchas y enfrentamientos. Cuenta en otro lugar el mismo autor que un día se acercó Nuestro Señor Jesucristo a presenciar un partido de fútbol. Jugaban católicos contra protestantes. Empezaron marcando un gol los protestantes y Jesús aplaudió con todo su entusiasmo la jugada... lanzando su sombrero por los aires. Luego, en otra jugada similar, empataron los católicos y Jesús volvió a aplaudir desaforadamente y a tirar al alto su sombrero... Uno que estaba detrás, desconcertado ante tal actitud, le preguntó: “Por favor, señor, ¿de qué equipo es usted?”. -“¿Yo...? respondió Jesús, de ninguno. Yo aquí sólo vengo a divertirme”. Un espectador al oírlo comentó entre dientes: “Pchsss, este debe de ser ateo”.
Los hombres tal parece que sólo nos movemos a base de enfrentamientos y de guerras, por la ley de la negación y de la contradicción. Pero el mundo, mal que nos pese, se acabará. Y lo grave es que va ser por culpa nuestra, provocado por nuestras incomprensiones y rivalidades. Hoy mucha gente teme la amenaza atómica, como se describe tan dramáticamente en ese film americano: “El fuego desatado”. Pero lo que nadie podrá decir es que se trata de un castigo divino o que es obra de Dios; ese drama será provocado por el hombre mismo. Estamos jugando con fuego, nunca mejor dicho, y lo lógico es que terminemos abrasándonos. Lo mismo que el terrorista, por experto que sea, a fuerza de poner bombas, es fácil que un día le estalle una entre las manos. Lo estamos viendo a cada paso. El profeta Malaquías profetiza: “Mirad que llega el día ardiente como un horno”. Con fuego empezó el mundo en aquel Big Bang o explosión inicial, y todo lo arrebatará fuego al final.
Además tendrá lugar por sorpresa. Así nos lo dice el Evangelio, “cuando menos lo esperéis...”, de modo semejante a como vienen muchas desgracias, muchas muertes, los ladrones... de improviso, sin avisar. Pero antes tendrá lugar la persecución. De esto sí que nos avisa Cristo. ¿Y no podría Dios suprimir esta catástrofe final? Parece que no, que eso limitaría la libertad del hombre en construir el futuro a su medida, a la medida de sus actos. Dios no es quien desata las catástrofes. Dios ve la Historia y lo que va a pasar como “en diferido”, igual que nosotros podemos presenciar en la TV un partido ya jugado: sabemos de antemano el resultado pero eso no influye en absoluto en el libre desarrollo del juego. Imaginémonos que se está jugando en presente y nosotros podemos taladrar el futuro y ver lo que va a pasar. Conocemos los goles, las faltas y castigos, las jugadas... las lesiones... pero esto no sucede porque nosotros lo sepamos, lo sabemos porque va a suceder.
Sobre eso que llaman “el túnel del tiempo”, sobre las predicciones, profecías, etc. hoy aún se conoce poco. Sabemos que se dan y poco más. Y así como el jugador no puede decir: ¿para qué me voy a esforzar? ¿Para qué luchar... si mañana el espectador de TV ya va a saber el resultado de antemano? Lo mismo aquí, si Dios sabe si me voy a salvar o no ¿para qué sacrificarme? San Pablo dice a los Tesalonicenses que se hacían un razonamiento parecido con respecto al fin del mundo y se daban a la vagancia creyendo que era inminente: “Pues el que no trabaje que no coma”. De ahí que más que el interés por saber cuándo y cómo va tener lugar el fin del mundo deberíamos esforzarnos en vivir y aprovecharnos de este tiempo que tenemos aquí y ahora. Se podría decir que el fin del mundo está llegando en este mismo instante... o ya empezó... “Para aquel que espera, nada llega por sorpresa”. La esperanza, juntamente con la paciencia, es la virtud a ejercitar en estos casos, teniendo en cuenta que en esa misma espera hallaremos un caudal de felicidad. Y de ser así no habría lugar para recitar aquella súplica medieval de la Letanía de los Santos que dice “A subitánea et improvisa morte libera nos, Dómine” (líbrame, Señor, de la muerte repentina) pues siempre nos cogería preparados. Francisco de Quevedo escribió: “Vive para ti solo, si pudieres/ pues sólo para ti, si mueres, mueres”. De alguna manera nadie muere para sí pues, según Laín Entralgo, unos mueren por los demás, son los héroes; otros mueren con los demás, y el resto de los hombres morimos para los demás.
Entretanto nos queda algo importante que hacer: orar, cumplir nuestro deber, trabajar haciendo nuestra una de las máximas del filósofo Manuel Kant: “Vive y actúa como si de tu esfuerzo dependiera lo que esperas o deseas esperar”. Sin embargo ¿cómo se puede llamar al fin del mundo una buena nueva, un evangelio? Pues lo es... puesto que para un creyente es el fin de todos los males, y si el mundo tiene fin es que también nuestros males lo tendrán. La Biblia en sí y por sí no representa nada si no sabemos escuchar su mensaje. Podíamos afirmar con Hans Küng: “Yo no creo en la Biblia sino en el Dios que me habla en ella, ni en la Iglesia sino en el Cristo que me evangeliza, ni en la tradición sino en la verdad que me ilumina, en el Jesús que se acerca...”. Dios no es el mundo por más que Hegel afirmara: “Dios sin el mundo no es Dios”. Dios no es el mundo, y de ahí que nuestra esperanza tenga que cifrarse únicamente en Jesucristo y en su regreso al mundo.
Y en esta confianza debemos vivir todos. En un Congreso Internacional para la paz y la Civilización Cristiana que tuvo lugar en Florencia en 1955 ya dijo entonces su famoso alcalde Giorgio La Pira hablando sobre la esperanza humana: “El progreso de la ciencia alivió muchos sufrimientos humanos, el cristiano debe admitirla. Pero también tiene que tener presente que estos avances han sido y son incapaces de cambiar el corazón del hombre. Nuestro tiempo es un tiempo de esperanza. Hay que confiar en el porvenir de la Humanidad (no ser siempre profetas de la calamidad) y hay que pensar que Dios puede hacer surgir civilizaciones todavía más bellas que las más bellas del pasado. Pero esto no puede ser el resultado de una evolución exclusivamente económica. Nuestra esperanza debe manifestarse en el obstinado combate a favor de la paz y de la justicia contra el poder de la muerte y del egoísmo siempre presentes en el corazón humano”.
El controvertido teólogo Ernest Bloch también supo ver la historia subterránea de los cristianos inconformistas que desde el anonimato esperan luchando. Todo el mundo puede ser cambiado porque el mundo no es Dios. Sólo creen que el mundo debe seguir igual quienes identifican a Dios con el mundo. De ahí el consejo de Jesús: “Cuidado que ninguno os engañe”. Los cristianos tenemos la verdad en el Evangelio que, aunque hable del fin del mundo y de catástrofes, para quien tiene fe y esperanza no se queda en el dolor del parto que pasa sino en el niño que nace y llega, en el nuevo mundo prometido “los cielos nuevos y la tierra nueva” que de ahí van a surgir y por lo que todos clamamos cuando decimos “Venga a nosotros tu Reino”. Jmf.

jueves, 7 de noviembre de 2019


DOMINGO XXXII 10‑XI‑2019 (Lc. 20, 27‑38) C

Hace dos domingos veíamos el mundo cultural y religioso en el que se movían los fariseos. Hoy nos presenta el Evangelio otra secta de aquel tiempo, por llamarla de algún modo, y su entorno ideológico y religioso al que también aludimos de pasada, la de los saduceos... enemigos igualmente de Jesús, a quien tratan de envolver con preguntas capciosas. Estos eran los conservadores de entonces, de ideas sanas, buenos judíos, rígidos al aplicar la Ley para con los demás cuando a ellos les era favorable. Aunque se decían patriotas no veían con malos ojos que Roma, la gran potencia mundial de aquellos tiempos, (antes habían sido los seleucidas), tuviera también allí sus bases con tal de que se mantuviera el orden. Se erigían en defensores de los ritos, de la tradición, es decir, del “siempre se hizo así”. Pertenecían a la burguesía y eran un tanto materialistas. No admitían más ley que la Torah o Pentateuco, esa era la razón por la que negaban la resurrección, porque en dichos libros no se dice nada sobre ella. Y esto lo mantenían contra viento y marea en una postura fundamentalista que les impedía ver con claridad. Como los fariseos “eran ciegos y guías de ciegos”, según los calificó Jesús. Porque si es verdad que “la fe ilumina, el fanatismo deslumbra y ciega” y no nos impide ver.
Y esto sucedía con la creencia en la resurrección. Es verdad que la Ley no la contemplaba, pero en otros textos del A. T. sí se cita expresamente, tal como en el libro de los Macabeos del que hemos leído  la primera lectura hoy en el pasaje de los siete hermanos. El rey pretende hacerlos apostatar de su religión. El segundo de ellos le replica al rey con aquellas palabras cuya interpretación esta fuera de toda duda con respecto a la creencia que de ello había en ciertos sectores del mundo judío: “Tú, malvado, nos arrancas la vida presente, pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna” (7, 9‑14).
De otro texto, recogido en Libro de los Hechos, se desprende que los saduceos tampoco creían en los ángeles. La escena es la siguiente: Pablo se defiende ante el Sanedrín, Ananías manda golpearle en la boca. Pablo replica: “Dios te golpeará a ti, pared encalada...”. Y conociendo Pablo que entre ellos había fariseos y saduceos gritó: “... por esperar en la resurrección de los muertos soy juzgado... porque los saduceos afirman que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus...” (23, 8...).
Pues bien son estos saduceos, quienes en su fanatismo, sólo saben discutir y llevar la contraria, los que ponen hoy a Jesús una trampa que versa precisamente sobre la resurrección. Existe una ley en el Deuteronomio (25 5 y ss) y en el Génesis (38... 8) llamada del levirato, que ellos conocían muy bien. Consistía en lo siguiente: cuando a la mujer que vive casada se le muere el marido, si este tuviere un hermano la tomará por esposa. En el caso propuesto por los saduceos a Jesús, esto sucede hasta siete veces. La dificultad estriba en que, si hay resurrección ¿cuál de los siete maridos será su legítimo esposo el día que resuciten los siete?
Aunque la objeción parece dura debía de ser una dificultad clásica entre los miembros de la secta cuando discutían con los fariseos. Jesús resuelve el problema apoyándose también en la Sagrada Escritura: “En esta vida los hombres y mujeres se casan, en la otra vida no, serán como ángeles..., y en cuanto a la resurrección, el Dios de Abrahán y Jacob no es un Dios de muertos sino un Dios de vivos” (Ex. 3, 6).
También pudiera suceder que nosotros, llevados de un poco de saduceísmo, corriéramos el riesgo de ponernos a discutir, y hasta de dudar de esta verdad de la resurrección por lo difícil que es no sólo su comprensión sino su misma creencia. Hubo apologistas que, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia (s. II) trataron de demostrar racionalmente la resurrección de los muertos, tales como San Justino y sobre todo Atenágoras, un griego procedente de Avica y convertido al cristianismo. Se le conoce por un librito, “Embajada a favor de los cristianos”, que envió a los emperadores romanos Marco Aurelio y Cómodo, en unos años en los que empezaban las terribles persecuciones, pero sobre todo es conocido por su obra “La resurrección de los muertos”, en la que trata de probar, usando argumentos de la filosofía griega, que nuestros cuerpos volverán a la vida. Y es curioso cómo plantea también, en el c. XVI, el tema de los ángeles y la inmortalidad del alma verdades que negaban los saduceos, como si quisiera refutarlos a la vez en todas sus tesis. Ello demuestra hasta qué punto preocupaba el tema desde los primeros tiempos de la Apologética (s. II) en los que vivió Atenágoras.
Hoy mismo pudiera suceder que oyéramos hablar de este dogma y nos preguntáramos ¿cómo va a ser nuestra resurrección? ¿Con los mismos cuerpos y almas que tuvimos..., como decía el Catecismo? Sería una cuestión larga y difícil de explicar. Pero para no complicarnos mucho en este tema, muy difícil ciertamente, tenemos que pensar que no podemos seguir manteniendo ese concepto dualista (cuerpo/alma) del hombre, fruto de nuestra formación aristotélica y escolástica.
La Biblia considera al hombre una unidad, y de tal manera uno que le es imposible imaginar que un hombre pueda existir fuera de su cuerpo. Por eso el Credo afirma tan contundentemente la resurrección  de la carne porque el alma sin el cuerpo no tiene sentido y viceversa. Si en el cielo pudiéramos vivir sin cuerpo ¿no sería mejor y menos complicado todo? Pero el alma pide a gritos su cuerpo para poder ser, para ver cumplida en plenitud la felicidad del cielo. Si esto es así entonces cuando resucitemos ¿será este mismo cuerpo? Teilhard de Chardin decía que la vida en la tierra se desarrolla en tres grandes saltos: El primero, el que dio el mundo desde la nada a la materia; el segundo, desde la materia a la vida; y el tercero desde la vida al espíritu. Este último salto aún no ha tenido lugar, está aún por venir. Vendrá de modo natural, por evolución lo mismo que hemos evolucionado desde aquella bola de fuego inicial antes de la gran explosión o Big Bang. ¿Quién podría imaginar, si fuera posible entonces, que de aquel magma atómico sometido a elevadísimas temperaturas, pasterizado por lo tanto hasta y no más, iba a surgir una flor, una canción, un sentimiento, un niño, un ser humano? Y ¿por qué no puede seguir evolucionando esta especie-hombre hasta llegar a convertirnos en un rayo de luz, en un campo magnético, o en una fuerza espiritual, es decir, una auténtica resurrección, consecuencia de un proceso material? Si la evolución no se ha detenido en el pasado tampoco hay que pensar que se va a detener en el futuro, anclándose en un modo de vida o estructura física o psíquica, como si ya hubiéramos llegado a alcanzar la cumbre del ser... cuando las posibilidades del hombre en el futuro (y estoy hablando a millones de años vista) son inimaginables, ya que la ciencia de Dios es infinita y su poder para crear, para seguir creando, es ilimitado.
Pero el gran argumento para nuestra fe es que Cristo resucitó... una gran luz deslumbró a los centinelas aquella mañana del Domingo de Pascua, ellos fueron los primeros testigos oculares, aunque a pesar de verlo con sus ojos no lo creyeron, se deslumbraron. El escritor y sacerdote suizo Kurt Harti respondía así a una pregunta que le hicieron sobre qué entendía él por resurrección de la carne aquí y ahora: “para mí consiste en que ya no nos matemos unos a otros con la guerra... ni menos aún con el tráfico, ¡nos acostumbramos a todo tan pronto! ...en que tampoco nos matemos con la incomprensión, con el odio y con los prejuicios. Dicho de otro modo: que nos volvamos de una vez por todas más sociables, que vivamos unos para otros, unos con otros pudiendo así desarrollar nuestra propia vida. Dios ama la vida... quiere que vivamos... no que nos la quitemos mutuamente...”. En efecto, podemos correr el riesgo de pasar la vida discurriendo el modo cómo vamos a resucitar mientras luego nos destrozamos mutuamente o permitir pasivamente que se mueran de hambre, de miseria o de desesperación a lo largo y ancho del mundo muchos hermanos nuestros. Luchemos por esta otra resurrección de cada día y esperamos firmemente, sin más, en la futura.
“Vida y muerte son como río y mar, una misma cosa”, escribe Gibrán Jalil Gibrán. Noviembre es un mes en el que la Liturgia pretende que recordemos de manera especial el novísimo de la muerte. No nos gusta mucho el tema, lo solemos apartar de nuestras conversaciones relegándolo a las negras esquelas. “Esto no es vida”, decimos a menudo; y es verdad, no es “nuestra vida”, la nuestra es la futura que nos aguarda después que nuestro cuerpo haya resucitado del sepulcro. Eso esperamos, eso creemos y eso le debemos pedir a Jesucristo, “vida y resurrección nuestra. Jmf.