domingo, 5 de enero de 2020


{{EPIFANÍA DEL SEÑOR. 6-I-2020 (Mt. 2, 1-12) A

 Suelen decir los escrituristas que los Evangelios no son una biografía de Jesús sino una catequesis sobre su doctrina, la cual, siguiendo a grandes trazos la vida del Señor, trata de formarnos más que de informarnos. De hecho sorprende que dos de los evangelistas (Marcos y Juan) prescindan por completo de todo lo referente a la infancia centrando su narración únicamente en los tres últimos años de su vida. De ese modo si sólo hubiera llegado hasta nosotros, por ejemplo, el cuarto evangelio, hubiéramos tenido que prescindir de celebrar la Navidad o al menos de imaginárnosla como nos la imaginamos. Sin embargo en el Prólogo del evangelio de Juan se describe ya lo que de verdad es importante de estas fiestas:
1º.- que “Él (el niño de Belén) era la luz, (que) la luz brilla en las tinieblas y la tinieblas no la recibieron...”, tema que entronca con nuestra tradición de san José y María buscando un lugar en Belén con toda la explosión de luz y de color que llenan nuestras calles estos días,
2º.- que Juan anuncia sobre todo el verdadero nacimiento (los demás hablan de ángeles): “venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe”,
3º,- que “el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros...” admirable y concisa descripción del nacimiento de Jesús y de la Nochebuena...
Uno de los verbos usados por san Juan en su prólogo es el verbo venir, es decir, ponerse en camino. Pues bien, es el mismo verbo que emplea también san Mateo en el evangelio de hoy al narrar cómo los Magos se pusieron en camino, y cómo, después del “encuentro” con Jesús, regresaron a su país por otro camino.
Hay un hermoso cuento de un poeta y predicador americano, Henry Van Dyke, titulado “El cuarto rey Mago” inspirado en esa tradición que afirma que no fueron tres sino cuatro los Reyes, tal como se representan en las Catacumbas de Priscila de Roma. Este nuevo rey se llama Artabán en el citado cuento. Llevaba como don al niño tres piedras preciosas: un zafiro, un rubí y una perla. Los cuatro se habían citado para verse en un lugar determinado. Artabán llegó tarde a la cita debido a que encontró por el camino a un agonizante. Para socorrerle tuvo que vender un zafiro, la primera de las tres piedras preciosas que llevaba para regalarle al Niño. El retraso por atender al agonizante hizo que llegara tarde a Belén y no pudo ver a Jesús, pues, perseguido por Herodes, había tenido que huir camino de Egipto.
Pero en Belén tiene tiempo para salvar a un niño que iban a ser degollado en brazos de su madre por un capitán romano. Lo rescató a cambio del rubí, la segunda de las tres piedras preciosas con que pensaba obsequiar al Señor. A lo largo de su vida siguió buscando a su rey por pueblos y ciudades haciendo el bien y ayudando a quien lo necesitaba. Al final de su vida llegó a Jerusalén y oyó que iban a crucificar en el Calvario a un tal Jesús que decían era el “rey de los judíos”. Cuando oyó lo de rey... le dio un vuelco el corazón, por fin iba a encontrar al que buscaba hacía tantos años.
Pero al dirigirse al Calvario se encontró por el camino con una patrulla de soldados que trataba de vender una joven como esclava. Sintió lástima de ella. Se detuvo, y con riesgo de no llegar a ver a su rey vivo les entregó por su rescate la última piedra que le quedaba: una perla. En esto el cielo se oscurece y un terremoto conmueve la ciudad. Las paredes de las casas se tambalean. Desalentado de no poder alcanzar ya el lugar donde agonizaba el rey se cobijó bajo la muralla con tan mala fortuna que una piedra se desprende de lo alto y lo hiere gravemente en la cabeza cayendo agonizante en los brazos de la joven. Esta al oírle musitar unas palabras entre dientes como contestando a alguien que le hablaba aplicó su oído a su rostro y escuchó que preguntaba: -¿Cuándo te vi hambriento y te alimenté o sediento y te di de beber? Y oyó más clara aún aquella voz lejana... que decía: -Cuantas veces lo hiciste con uno de estos mis hermanos conmigo lo hacías...
El cuarto rey mago agonizó, pero había encontrado por fin al rey, y el rey había aceptado todos sus tesoros. Había llegado a Belén por otro camino y había encontrado a su rey en otros lugares, y acaso mejores que Belén, y más del agrado de Dios que ningún otro, eran el Belén de los necesitados.
Herodes ordena hacer una investigación a fondo, un estudio en toda regla sobre las circunstancias de aquel niño y el tiempo de la aparición de la estrella, pero él se queda en casa que es lo más cómodo, aunque no siempre lo mejor. Es un misterio de la gracia el que hayan sido primeramente pastores, gente ignorante y despreciada, y luego unos desconocidos y variopintos personajes, llamados magos, quienes encuentran a Jesús. En cambio el pueblo escogido, aquellos a quienes Él venía, ni lo conocieron ni lo recibieron e incluso terminaron por ajusticiarlo como a un vil delincuente.
Los magos, guiados por la luz de una estrella que iluminó no sólo su camino sino y sobretodo su corazón, dieron con Jesús. Es bonito el dato que añade San Mateo, “encontraron (al Niño) con María su madre”, como si la Virgen estuviera también en el camino de los que buscan a Cristo, esa madre, a la que el niño de la Égloga IV de Virgilio a Polión, empieza a conocer por su sonrisa.
Y le ofrecieron sus presentes: oro como a rey, incienso como a Dios y mirra como a hombre. Luego regresaron a su patria por otro camino, porque siempre el camino de regreso, después de encontrar a Dios, debe ser distinto al de la búsqueda. Los sucesos que tuvieron lugar después en aquel pueblecito de Belén los sabe todo el mundo: Herodes, al sentirse burlado por los Magos, montó en cólera, y aquel rey sanguinario a) que había asesinado a Antipater hijo suyo y de su esposa Doris, b) que había ajusticiado a otros dos de sus hijos, Aristóbulo y a Alejandro tenidos de otra mujer llamada Marianne, a la que también asesinó, c) que manda quemar, como antorchas vivas, a 40 jóvenes judíos que habían arrancado el águila imperial, símbolo de Roma, colocada por él a la entrada del templo, d) que cuando Marco Antonio le habla de su amor a Cleopatra, le aconseja fríamente: “¡Mátala! Pensaba hacerlo yo cuando trató de seducirme...”, con todos estos cargos a su espalda no tiene nada de extraño que ordenara asesinar a todos los niños de Belén menores de dos años, al ver que los Magos no regresan.
Son muchas las lecciones que se pueden sacar de este evangelio. Algunas pudieran ser: 1º.- la de no dudar nunca en la búsqueda de Dios superando los obstáculos, las incomprensiones y acaso hasta las burlas, 2º.- la de rebajarse a preguntar. Preguntar es muy importante, sobre todo para encontrar a Dios. Recuerdo a un amigo que al explicar su método de oración particular, decía: “Yo rezo sobre todo la oración de los porqués”. -Y ¿en qué consiste?
-En preguntarle a Dios, cuando me acuesto, por qué me pasa esto o aquello, por qué no me concede tal o cual cosa que le pido, o a ver por qué se ha muerto aquel amigo de esa forma. No es que Él me responda siempre pero me consuela preguntárselo. Al menos sabré si existe y dónde está si un día me responde...”.
 Preguntar como los Magos es fundamental para avanzar en la vida espiritual. “Pregunta siempre que no cuesta nada” las más de las veces, y preguntar a todo el mundo, porque, paradójicamente, incluso aquellos que están de espaldas a Dios y al misterio, como los escribas y los sabios de Israel, aunque ellos no se decidan por echar a andar, ya vemos que son capaces hasta de enseñarnos el camino. Jmf


viernes, 3 de enero de 2020


DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD. 5-I-2020 (Jn. 1, 1-18)A


La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros...”. Con motivo de estas fiestas se han dicho muchas palabras con las que nos hemos deseado muchas felicidades, feliz año y buena suerte, palabras... palabras... que decía Werther, pero la vida “sigue igual”, el que estaba enfermo sigue enfermo y el pobre sigue siendo pobre por más felicitaciones que haya recibido... Y es porque estas fiestas son fechas meramente convencionales. Las fechas que hacen cambiar a las personas o la marcha de la Historia para bien o para mal no las fijan los astros al pasar por tal o cual cuadrante, sino el hombre con su esfuerzo y su modo de actuar.
Nos empeñamos en seguir usando las mismas costumbres, las mismas etiquetas, cuando estas ya no sirven. El mundo hace tiempo que ha tocado fondo y necesita un cambio radical si no queremos perecer todos como perecieron en tiempos de Noé. Las palabras ya no sirven por sí mismas, deben encarnarse, como hizo la palabra de Dios, deben hacerse realidad, hay que simplificarlas, dejarnos de ser hombres “de palabras” y convertirnos en hombres “de palabra", es decir, hombres de verdad.
Jesús no se quedó en meras palabras hablando desde las nubes, se apeó de su gloria y bajó hasta la arena de este mundo. Es cierto que antes de venir nos mandó mensajeros. Todos sabemos que cuando va a dar comienzo un espectáculo, una función, etc., antes de empezar, suele salir un personaje diciendo: “Dos palabras de presentación solamente...”.  Cuando vino Jesús tuvo también su presentador. Se llamaba Juan Bautista y lo anunció, no al uso, con “unas breves palabras”, sino con “una voz del que clamó en el desierto... la voz...” y define a Jesús como la “La Palabra”.
Cuando Jesús es bautizado en el río Jordán también se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle...”. Y un ángel anuncia la encarnación del Verbo: La Palabra se hizo carne...”. Jesús es la palabra misma. Así fue presentado antes de entrar en acción. Palabra eterna, palabra divina, palabra desde el principio al fin, Alfa y omega, (A y w), pero en definitiva palabra humana, persona divina hecha carne, como uno de nosotros...
En la Santa Misa hay una primera parte dedicada exclusivamente a la palabra. Y si en las palabras de la Biblia está presente Dios cuando escuchamos el Evangelio es como si comulgáramos también por el oído, como si recibiéramos al Señor de esa manera: la fe por el oído, dice san Pablo. Puede ser que a veces no nos diga nada, pero es que entonces aún no hemos sido evangelizados, tocados por el espíritu... Con el Evangelio y su palabra nos puede suceder que lo tengamos en gran estima como se tiene uno de aquellos discos de fonógrafo ya en desuso pero con un mensaje de gran mérito. Nosotros a menudo  perdemos el tiempo analizando su materia, su peso, sus medidas, la casa fonográfica o el color de la pasta en vez de pararnos a escuchar qué es lo que nos dice. Nos parecemos a esas personas que adquieren valiosos libros para adornar estanterías de su biblioteca pero que pocas veces los cogen en las manos para leer y recoger los hermosos consejos y las sabias lecciones y doctrinas que contienen.
Quien más quien menos todos hemos oído hablar alguna vez de Sartre (Jean Paul Sartre), filósofo existencialista francés, premio Nobel en 1964 y que falleció en 1980. Habiendo sido movilizado durante la Segunda Guerra Mundial lo confinaron en un campo de concentración nazi, cerca de Tréveris, en el que hizo amistad con un religioso jesuita. A ruegos de éste, durante la Navidad de 1940, compuso una obra de teatro navideña titulada “Baryona o el hijo del Trueno”. Se estrenó en plena guerra, y precisamente la Nochebuena de aquel año. Trata de un hombre que vivía solo, en un pueblecito cercano a Belén. Él no podía creer en la palabra de los pastores del contorno que anunciaban a voz en grito el nacimiento de Cristo, ya que la contemplación de la aldea, en la que sólo habitaban pobres viejos solitarios, le obligaba a pensar todo lo contrario, que Cristo aún no había nacido. Para él el mundo no era más que “un despeñadero sin fin, una montaña que se desmorona..., hombres y objetos que van apareciendo y que apenas se los ve un instante desaparecen entre la tierra monte abajo, agolpándose unos contra otros...”. “La mayor locura de la tierra, por lo tanto, es la esperanza”. Al leer este fragmento uno se imagina al autor en el lugar del marinero del relato de Edgard Allan Poe, “El descenso del Maelstron” sumiéndose en el abismo de un gigantesco torbellino con el fin de estudiar su estructura sin darse cuenta de que es engullido por él ineludiblemente.
Baryona se queda en casa mientras que el resto del pueblo corre hacia el establo de Belén. “Si Dios se hiciera hombre por mí, -piensa-, yo le amaría de tal modo que ya no habría otra cosa más en mi vida, y todos los medios a mi alcance serían pocos para darle gracias. Un Dios que quisiera saber cómo es el gusto a sal de mi boca, que cargara de antemano con todas las miserias que hoy padezco... ¡No! ¡Eso es un absurdo! Si fuera verdad que Dios se hizo hombre (lo cual es una mera suposición, -añade-, una esperanza sin objeto), brillaría una luz tan viva entre los hombres que nunca se apagaría ya... Si yo pudiera ser capaz de creer esto, aunque fuera sólo un momento, no tendría reparo en dejarme cortar mi mano derecha...”.
Sartre no creía. Vivió ateo y murió ateo. Sin embargo en una ocasión arriesgó su vida, en aquel mismo campo de concentración, por salvar a un sacerdote. Y era un incrédulo. A veces los ateos están más cerca de Dios que los creyentes ¡Qué pena! Al final de la obra, Baryona es guiado por el rey mago Baltasar hasta el establo donde se encuentra con el Niño; y termina cayendo de rodillas y adorándolo.
A Sartre le era difícil creer en la Encarnación de Dios acaso porque no supo oír el mensaje en toda su plenitud y sólo se quedó con parcelas, ya que Jesús dice claramente que Él también nace en los presos y en los pobres... Precisamente el propio Sartre lo dice en otro lugar de la obra: “Así llega Jesús: en los ciegos, en los pobres, en los mutilados..., en los presos de guerra, en los desheredados con su mensaje que dice: ¡Seguid dando vuestra vida! Porque también para los ciegos, los apátridas, mutilados hay esperanza todavía...”.  Decíamos que es poco más o menos el mensaje evangélico, lo que indica que posiblemente no fue bien entendido o no supo o no pudo verlo reflejado después en la vida de los creyentes.
Con la venida de Cristo lo ciegos ven, los sordos oyen, pues aunque no vean con los ojos de la cara ni oigan físicamente lo pueden hacer espiritualmente. Es mucho peor la ceguera del alma que la del cuerpo, y peor la sordera espiritual que la corporal y carecer de la gracia divina  y de los bienes del espíritu que la pobreza de bienes temporales... Por eso los pobres, los sordos, los ciegos... son quienes están en mejores disposiciones de alcanzar estos dones. Muchos cristianos dejan a Jesús pasar de largo a su lado porque creen que pueden prescindir de Él. Son aquellos de quienes dice el poeta  y escritor alemán Kurt Tucholski: “Hay millones que creen que no necesitan de esa luz y de esa palabra porque están convencidos de que en ellos no hay nada que precise ser salvado”. Sin embargo afortunadamente también hay otros que, de haber llegado esa luz, responderían con una entrega absoluta. Lo expresa muy bien el gran poeta hindú Rabindranat Tagore en aquella hermosa plegaria nacida de lo más hondo de su alma y con la que recrimina la indiferencia de millones de cristianos: “¡Jesús! ¿Por qué no naciste entre nosotros y te llevaríamos en la frente y en el corazón?”.
Es nuestro deber de católicos dar a conocer a Cristo. Nosotros tenemos la palabra, la palabra es Cristo hecho hombre y que habita entre nosotros. Sólo resta que nuestros buenos deseos y propósitos, que nuestras aspiraciones se hagan también realidad, se encarnen... a fin de hacer posible un mundo mejor de “un cielo nuevo y una tierra nueva”. Jmf

lunes, 30 de diciembre de 2019


PRIMERO DE AÑO. DÍA DE LA PAZ. 1-I-2020.  A.
(Santa María Madre de Dios).

Un año más. Vivir es desvivirse. Pero “el tiempo vuela” dicen unos, “el tiempo nos mata” dicen otros... ¿Y qué cosa es el tiempo? podemos preguntar nosotros. Es famosa la definición de San Agustín: “Si me lo preguntas no lo sé, lo sé si no me lo preguntas”. Lo que sí se puede decir es que un año es una caja de sorpresas ¿Qué nos espera en estos 365 días? Desgraciadamente sabemos que abundarán más, o al menos serán más noticiables, las cosas malas que las buenas. De las buenas: la salud, la paz, la vida, la familia... apenas hacemos recuento alguno. Son las malas las que llevamos muy en cuenta. Por eso los periódicos venden más cuanto más catastrófica sea la noticia.
Y no cabe duda que en un año se pueden decir, y sobre todo hacer, muchas cosas buenas a pesar de que, bien mirado, un año no es nada. El sociólogo Alfredo Doer, con el fin de que los no iniciados se hicieran una idea de la vida del hombre sobre el mundo, estableció un curioso calendario. El Universo empezó a ser, no sabemos cómo, hace 20.000 millones de años. Bien, pues él comparaba los 3.000 millones de años últimos, a partir de los cuales surgen los primeros balbuceos de vida en el planeta, con un año, de los de 365 días, poniendo en el inicio de esa fecha imaginaria de 3.000 millones de años el día uno de enero (hoy por ejemplo). Entonces, y por resumir, situándonos en diciembre los peces aparecerían hace 450 millones de años, es decir el día 15 de noviembre, los reptiles el 1 de diciembre, los mamíferos  hacia el 20 de diciembre, los homínidos el 31 de diciembre a las 9 de la noche y el homo sapiens ese mismo día 31 de diciembre a las 11, 54 minutos de la noche, es decir, que llevamos ¡seis minutos de historia!, o mejor dicho, de prehistoria.
Porque ¿qué será el hombre al cabo de dos de esos años, es decir dentro de otros 6.000 millones de años? Nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que prácticamente la vida está por estrenar, estamos empezando a dar los primeros pasos. ¿Y qué representa entonces un año e incluso una vida de 100 años en ese calendario? Ni un segundo siquiera, y sin embargo cuántas cosas se pueden hacer, buenas y malas, y ¡cuánto se puede dejar de hacer! Entonces la pregunta es ineludible: ¿Qué es lo que hay que hacer?  Hay un pasaje en el c. XXIII de la 2ª parte del Quijote en el que el legendario Montesinos encuentra en su famosa cueva el cadáver encantado de Durandarte, a quien, a instancias del propio interesado, había arrancado el corazón para llevárselo a su dama Belerma. Entonces le pregunta a Don Quijote el modo de desencantarlo. Pero si ello fuera imposible, añade con resignación, en caso de que no sea posible, “¡paciencia y barajar!”.
Pues eso ¡paciencia y barajar! dice Unamuno comentando este pasaje, pues se trata de una nueva versión del hágase tu voluntad evangélico: paciencia, es decir, a Dios rogando, y barajar, que viene a ser: con el mazo dando, aunque añade a continuación que la historia, o sea la vida, había que definirla más bien como un “desbarajuste” puesto que, sucede como en la baraja, lo mismo se consigue barajando que desbarajando.
A Dios rogando... está bien, pero algo más habrá que hacer, algo tenemos que hacer. Pablo VI instituyó este primer día del año jornada o día de la paz. Si alguna palabra repetimos los hombres casi a modo de latiguillo es la palabra paz. Y si hay algo que esté más ausente no sólo de la política y de la vida social sino del corazón del hombre es la paz. Yo creo que la repetimos ya como un mero tópico pues todo lo que hacemos después es precisamente lo contrario de lo que habría que hacer para lograrla.
Es lo que ha descrito muy gráficamente el escritor ruso León Tolstoy en aquel hermoso cuento que él sitúa en las riberas del río Oka. Allí vivía feliz un pueblo de laboriosos campesinos. La tierra no era fértil pero trabajada con tesón producía lo necesario para ir viviendo. Un día Iván, uno de los más importantes labradores de la zona, fue a la feria de Tula y cayó en la tentación de comprar un par de hermosos perros para cuidar su casa.
Aquellos dos sabuesos pronto se hicieron famosos en todo el contorno pues no sólo guardaban la granja sino que a veces atacaban a los colindantes o, cuando se veían sueltos, corrían entre los sembrados destrozándolos. Nicolai, molesto con los perros, fue a la feria y se compró otro par de sabuesos. Luego, uno tras otro, el resto de los vecinos se fueron haciendo con perros. Estos exigían más cuidados cada día, ya no se conformaban con un hueso. Hasta hubo que hacerles recintos y perreras cubiertas. Así, al cabo de unos años, cada vecino se fue haciendo con 10 o 15 perros. Al más leve ruido en una de las granjas se les daba rienda suelta y al recorrer el pueblo armaban un estrépito infernal. Aquel día tenían que cerrar sus puertas con trancas. Y lo curioso es que lo veían normal: “¿qué sería de nosotros sin estos guardianes?”.
Pero la aldea empobrecía de año en año, los niños palidecían de frío y de hambre, los hombres ya no daban abasto a cubrir las necesidades más perentorias por más que trabajaban y se esforzaban... Cierto día en que se estaban lamentando de su situación, el más viejo y sabio del lugar les dijo: -La culpa la tenéis vosotros. Presumís de perros lustrosos y adiestrados, sin embargo vuestros hijos están muriendo de hambre... -Los perros son nuestros defensores, contestaron. -¿De quién os defienden? dijo el viejo. ¡Ciegos! ¿No os dais cuenta de que si ninguno de vosotros tuviera perros no necesitaríais defensores que os lo comen todo? Vended los perros y la abundancia volverá a vuestro hogar... Así lo hicieron y los niños volvieron a sonreír, bien alimentados y  llenos de salud y de paz.
Es una hermosa parábola sobre lo que actualmente sucede y viene sucediendo en el mundo desde hace siglos ¿Cuánto gasta cada nación en defensa, en armamento ¿contra quién? para defendernos todos, pero ¿de quién? Pues unos de otros y todos de todos. Es una gran contradicción o es más bien un completo absurdo, un total desbarajuste.
Hoy es el día que la iglesia ha establecido como jornada por la paz en todo el mundo. Por todas partes se oye y se desea la paz. El perdón, el amor al enemigo es algo que Cristo predicó y puso como lema para una mínima comprensión entre los hombres. Es porque nos conocía bien. Quien es incapaz de perdonar nunca más tendrá paz. Basta asomarse a Palestina, la tierra de Jesús, y analizar su historia. Repiten ¡¡Salón... Salón!!! pero olvidan el perdón. Todos pedimos justicia, independencia, libertad, “nuestra libertad...” a costa de lo que sea... incluso a costa de la paz... pero siempre será mejor la paz más desventajosa a la guerra más justa.
Hoy, además del día de la paz, es también la fiesta de Enmmanuel que significa Dios con nosotros, en este día fue la imposición del nombre de Jesús, Salvador, que tenía lugar al ser circuncidado a los ocho días del nacimiento.
Conmemoramos también y como fiesta que pasó a ser la principal de este día, la Maternidad divina de María, dogma definido en el Concilio de Éfeso contra Nestorio el año 431, en el primer día de un nuevo año. Un año más que nos acerca a Dios y un año menos que nos queda de vida en la tierra.
Cuando sonaban ayer las doce campanadas unos pedíamos a Dios suerte y paz, otros se deseaban mutuamente suerte y paz, y hasta había quien sólo pedía sobrevivir... Pero la paz y la suerte no sólo hay que desearla ni siquiera pedirla, es preciso construirla día a día, fabricarla minuto a minuto primero en nosotros mismos (si tú no tienes paz mal la podrás dar) y después con los demás. Hoy apenas hay nada que inventar ni nada hay por descubrir, hoy la gran labor que tenemos por delante es la de construir y fabricar, empezando por la paz, y la paz en cada uno.
En la santa Misa no se empieza deseando la paz sino pidiendo la gracia y el perdón. Es al final, después del arrepentíos... después de pedir perdón al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y poco después de recibir a Cristo sacramentalmente, cuando al fin se nos dice ¡Podéis ir en paz! Sólo entonces. Que así sea. Jmf.

viernes, 27 de diciembre de 2019


SAGRADA FAMILIA. 29-XII-2019 (Mt. 2,13-15.19-23) A


Cuando nos encontramos en la calle con un amigo solemos hacer una pregunta de rigor: ¿Qué tal por casa? porque detrás de cada persona suele haber una familia. Incluso a quienes vivimos lejos de los parientes más cercanos se nos pregunta también por ellos. Y es que se comprende mal que una persona pueda vivir ajena y fuera de esta realidad sociológica, antropológica, religiosa o espiritual que es la familia.
Todos estos aspectos se pueden contemplar bajo esa realidad familiar. No sólo nos unen vínculos de consanguinidad integrados por el padre, la madre y los hijos, sino también existen familias de miembros unidos por un contrato social: como son los sindicatos, las empresas, los partidos políticos; agrupados por motivos religiosos: frailes, monjes, individuos que viven en comunidad de diversas órdenes; de índole social como Cáritas, Médicus mundi, Manos Unidas, Proyecto Hombre, etc. y hasta los que se reúnen con fines culturales, recreativos o deportivos. Todos ellos pueden formar auténticas familias.
La familia tradicional tampoco mantiene los mismos esquemas en todos los lugares ni en todos los tiempos. En China se llama madre a la mujer más respetable del clan, no a la que dio a luz a los hijos, (nosotros la llamamos abuela), y sólo el padre es familia verdaderamente tal. Entre los esquimales se llama padre al tío paterno más anciano. Cuando los misioneros se pusieron en contacto con estas tribus polares y trataron de traducir la Doctrina Cristiana a su lenguaje, tuvieron que asumir varios de estos conceptos. Por ejemplo al redactar el Padre nuestro hubo que presentarlo, en su versión, así: “Hermano mayor del padre, Tú que vives más allá del horizonte de los pingüinos...” etc. porque era como entendían ellos la idea de padre y la de cielo.
Más sorprendente aún es la familia en la que nació y vivió Jesús, con su esquema propio e intransferible: José solo es padre adoptivo. Jesús es hijo únicamente de una madre virgen. María, esposa de José, fue madre sin intervención de varón, habiendo hecho ambos esposos voto de castidad, según se deduce del evangelista Lucas.
También de Dios se puede decir que vive en familia: dentro de la Santísima Trinidad, en la que un solo Dios participa de la compañía de tres personas distintas y divinas. Viene a ser el esquema de toda familia: padre, madre e hijo en una sola unidad. Dios vive en familia. De igual manera el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, debe vivir también en familia. Porque  “¡Ay del solo...!” y “¡No está bien que el hombre esté solo...!”, repite la Sagrada Escritura.
Hoy la institución familiar está sufriendo profundas transformaciones tanto en el campo de la pareja como en el de los hijos y la misma convivencia. En primer lugar cada vez se extiende más la legalización del divorcio, lo cual incide muy directamente en el concepto y funcionamiento de la pareja. Con todo y antes que nada hay que saber que la Iglesia no siempre mantuvo el mismo punto de vista con respecto a este tema. El Obispo Monseñor Zoghby abogó en una sesión del Concilio Vaticano II, es decir como quien dice ayer, a favor del divorcio entre católicos, y añadió textualmente: “No estoy diciendo nada sustancialmente disparatado puesto que en la Iglesia no siempre se han mantenido unos esquemas tan rígidos como los que privan en la actualidad”. Y no le faltaba razón, aunque el Cardenal Journet le aconsejara que no siguiera defendiendo esa postura. Históricamente, Constantino el Grande, con estar tan cercano a las fuentes cristianas (s. IV), nunca prohibió el divorcio entre sus súbditos de modo que cualquier cristiano de aquel siglo podía solicitarlo y llevarlo a cabo dentro de la más estricta ortodoxia.
Algunos Padres Orientales como san Benito, san Gregorio Nazianceno, san Cirilo, san Juan Crisóstomo, etc. que vivieron en los siglos III y IV, estaban a favor del divorcio en determinados casos como el que los cónyuges practicaran distinta religión o en caso de infidelidad. Conservaron esta tradición los Marionitas, de la Iglesia cismática desde el s. XIII, hasta el s. XVIII. Y los rumanos bizantinos hasta 1858. Los Padres Occidentales o latinos, llamados así porque escriben en latín (los orientales escriben en griego), Tertuliano, san Hilario de Poitiers, san Beda el Venerable, etc. entre los siglos II y VIII, abogan por un divorcio sui géneris. San Agustín en su libro De fide et operibus afirma: “El que se divorcia de su mujer porque le fue infiel y se casa con otra comete solamente una falta venial”. Se permitía también el divorcio si la mujer contraía alguna enfermedad importante, si entraba como profesa en un monasterio, etc. San Mateo permite divorciarse en caso de porneia e. d., de prostitución o fornicación (5, 31), término difícil de traducir a nuestra lengua y por lo tanto de concretar, pero que deja abierta una puerta a la discusión. El Concilio de Trento también fue bastante tolerante con el tema en sus decisiones y algunos obispos, como el de Granada y el de Segovia, propugnaban un cierto tipo de divorcio, ese que dieron en llamar en Italia “Il piccolo divorcio”.
Hoy la Iglesia Católica es bastante más radical en este tema que en otros tiempos negándose en redondo a dar un paso atrás en la formulación de su doctrina. Y cuando hablamos de divorcio no debemos confundirlo con la separación ni con la declaración de nulidad que esto sí tiene cabida en nuestra legislación: la separación se entiende de bienes y de vivir bajo el mismo techo sin posibilidad de nuevo matrimonio con un fallo judicial sobre la tutela de los hijos, y declaración de nulidad, mal dicho anulación, consiste en probar jurídicamente que nunca existió tal matrimonio quedando libres los cónyuges para casarse de nuevo por la Iglesia.
Cuando la prensa divulgó, por poner un ejemplo lejano y de los primeros que se llevaron a efecto, la declaración de nulidad del matrimonio entre María del Carmen Martínez Bordiu  Alfonso de Borbón todos hemos escuchado acusaciones en contra de la Iglesia como que había sido por dinero rompiendo así un lazo sacramental que, según los tribunales, nunca había existido y de ello hay pruebas. Hablamos del terreno jurídico, en conciencia cada uno sabrá a qué atenerse. Pero apenas se dijo nada cuando el mismo tribunal eclesiástico negó esa misma declaración de nulidad a Isabel Presley, lo que puede dar lugar a pensar que alguien está interesado en dañar el prestigio de la Iglesia.
En cuanto a los costes son en cierto modo justificados puesto que los abogados, letrados y jueces cobran, los desplazamientos cuestan, a los testigos hay que indemnizarles gastos, etc. Con todo en los tribunales de la Iglesia existe el recurso de tramitarlo por pobre, si realmente se es, resultando casi gratis.
Otro de los grandes problemas planteados hoy a la familia es la natalidad. Llevamos unos años en los que la prensa está dando la voz de alerta. Incluso hace años un periódico recogía ya en grandes titulares que el crecimiento demográfico en España se había estancado. Decía textualmente: “Aunque algunos sociólogos afirmen que se está produciendo una ligera recuperación del índice de natalidad en España, la realidad demuestra que, además de ser uno de los más bajos de Europa, no tiene visos de aumentar a corto plazo. Desde que comenzó a caer estrepitosamente en la década de los 80, la falta de una política natalista que premie los nacimientos, como ocurre en otros países, impide que estos aumenten. En la próxima década del s. XXI, el crecimiento será nulo y empezará a disminuir... Esta preocupante situación se debe, principalmente, al retraso en la edad de contraer matrimonio, al envejecimiento de la población, a la crisis económica y a la pérdida de la vida familiar y de los valores humanos”.  El catedrático Díez Nicolás afirmaba en aquel entonces: “El egoísmo hace que muchas parejas no quieran soportar la carga de los hijos”. Bien, el egoísmo y todos los demás imponderables que no nos vamos a detener ahora a valorar, como es la unión de los homosexuales que merece capítulo aparte por la importancia que se le está dando hasta llegar a legalizarla.
Hace tiempo ya se nos daba la voz de alarma de que somos con Italia, el país con menor crecimiento de hijos en Europa, con una la población de ancianos y jubilados que se está haciendo cada día más y más numerosa. Son datos para reflexionar, pero también para presionar a las autoridades a que dejen de lanzar sin ton ni son campañas abortivas y de controles demográficos, matrimonios basados en la esterilidad, y que se pongan a planificar racionalmente nuestro futuro ayudando a las familias con hijos para que no se nos venga todo encima.
Hoy día de la Sagrada Familia es buena ocasión para pensar una vez más sobre el tema y pedir por todas las familias del mundo, en especial por las nuestras. Rezar también es una solución pues sigue siendo válido aquel dicho tan extendido en otros tiempos de que “la familia que reza unida permanece unida”. Jmf

lunes, 23 de diciembre de 2019


NAVIDAD. Ciclo A. 25-XII-2004  (Lc. 2, 1-14 y Jn. 1, 1-18).


Hoy es Navidad. Brilla una estrella. Hoy ha nacido un niño y lo celebramos por todo lo alto... La Navidad se ha convertido en una gran fiesta para los cristianos y para los que no lo son tanto.
Pero, cuidado, fiesta no es sinónimo de folclore, y folclore tampoco quiere decir juerga o relajamiento. Corremos con frecuencia ese peligro... Hasta hemos llegado a folclorizar hechos tan serios como la misma muerte. Antes ésta se vivía y por eso se celebraba con banquetes funerarios, hasta con danzas fúnebres. Ahora olvidamos al difunto convirtiendo el sepelio en un encuentro de amigos, los velatorios en una animada tertulia en la que se habla de todo menos de la muerte, y los duelos y pésames en fórmulas sociales vacías y sin contenido humano alguno, salvo raras excepciones. No estoy descubriendo nada nuevo, basta ser un poco observador. De seguir así a lo mejor terminamos como los niños de aquella escuela rural en la que los gritos de alborozo y vivas hizo que un transeúnte se detuviera y se acercara a preguntar qué sucedía. Sin dejar de gritar los niños respondieron a coro: ¡Que murió el maestro, que murió el maestro...!
Algo de esto dan la sensación los que asisten a muchos funerales aunque no siempre se exteriorice en voces ni en jolgorio. Son las contradicciones dialécticas en las que vive inmerso el hombre moderno. Y lo mismo sucede con otros muchos ritos religiosos, primeras comuniones, bodas, bautizos, o épocas festivas que fueron vividas cristianamente en otros tiempos, tales como el Carnaval, la noche de San Juan, las fiestas patronales, la Navidad, etc.
Belén no fue una fiesta, tuvo poco de folclore, al menos por lo que respecta a la Sagrada Familia. Un largo viaje al término del cual difícilmente encuentran lugar para que nazca Jesús. María da a luz en un establo. Por carecer carecen hasta de cuna donde recostar al niño a pesar de ser José carpintero. Creo que debió de ser una experiencia poco grata y sin punto de comparación posible con lo que hoy imaginamos y como lo representamos. Allí todo era pobreza, soledad, silencio, frío... se podría decir que nada fue hermoso a no ser el mismo hecho de nacer Dios entre nosotros, pero precisamente es eso lo que olvidamos celebrar, lo único que fue motivo de alegría: “Os ha nacido un niño, el Salvador, el Mesías, el Señor...”.
No creo que nadie ayer en la cena de Nochebuena alzara su copa para brindar por haber sido salvados tal día como hoy hace 2019 años. Más bien abundarían quienes celebraron lo que fue más humillante y desconsolador para María y San José, aquella primera Nochebuena a oscuras y sin cena, y con toda la parafernalia que le hemos venido colgando al árbol de esta fiesta.
De todas formas sí hay gente que, aunque parece vivir de espaldas al Mesías, encuentra un cierto sentido en la celebración material del Nacimiento de Jesús. Oigamos por ejemplo lo que dice Margarita Yourcenar, la autora de las Memorias de Adriano:
“Yo no soy católica, ni protestante, ni siquiera cristiana en el sentido pleno del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en significaciones: la Navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre... y es la fiesta de los hombres de buena voluntad... Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esta noche... Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es la de los tres Reyes, cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro... Es finalmente la fiesta de la misma tierra, que en su marcha rebasa en esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera...”.
Pero lo más sangrante es que el verdadero y auténtico Belén es el belén real, aquel que seguimos todos fabricando no de barro sino de carne y hueso, el que sigue acampado, haciendo acto de presencia, entre nosotros, ese del Cristo hecho carne sufriente que nace cada noche, el de ese par de esposos que mendiga a lo largo y a lo ancho del mundo cruzando el mar de la vida en frágiles pateras, de un mundo en el que abundan más los pobres, los Herodes sanguinarios, la matanza de inocentes, el hambre, la violencia o el hastío que las nochebuenas y canciones de ángeles a sencillos pastorcitos.
Hace unos años leí en un periódico un chiste de Chumy Chúmez en el que se veía en primer plano a un niño con el pelo hirsuto, desarrapado y famélico, y al fondo el portal de Belén sobre el que un ángel anunciaba: -¡Y nació en un portal! A lo que el harapiento niño comentaba: -¡Jo! ¡Qué suerte...! Porque la verdad es que en el Belén del mundo hay tragedias tan grandes, nacimientos tan míseros y humildes o más que el del Belén del Evangelio.
Si abrimos bien los ojos y observamos a nuestro alrededor veremos que los hombres somos como esas figuras de barro de los belenes tradicionales a los que a menudo les falta una mano, un brazo, un pie y a veces hasta la cabeza. Y sin embargo seguimos caminando por los senderos del belén de la vida. Y nadie puede negar que este belén del mundo es un belén bastante averiado. Lo mismo que dijo un día Nietzsche: “¡Dios ha muerto!” se podría hoy decir con más razón: “¡El hombre ha muerto!” pues de aquel hombre ideado por Dios, cuya imagen viva fue Jesús, apenas queda, no ya la racionalidad sino incluso la animalidad; los irracionales nos aventajan muchas veces en el comportamiento.
Muchos hombres tal parece que han venido a ser una subespecie del hombre: asesinatos, torturas, egoísmos, guerras... y tantas y tantas miserias e injusticias como arrastramos por el mundo. Entonces, al ver al hombre así, tratamos de pegarlo, de enmendarlo, de reconstruirlo a nuestro modo. Y pensamos, infelices nosotros, que con la masa de grandes celebraciones donde la emoción no es difícil que brote, creemos que con caridades (en plural) prodigadas con más intensidad que en otras épocas del año y con las felicitaciones navideñas que cruzan por millones los aires como palomas de papel, de punta a punta hasta los rincones más apartados de la tierra, deseando a todos felicidades (en plural), pensamos que con eso está ya todo arreglado, que ya hemos cumplido cristianamente con las fiestas navideñas. Y cae de su peso que Navidad no es sólo eso.
A nosotros sin duda nos agradarán estos ritos, y es normal, como también nos agradaría más ver a Jesús triunfar, ver su reino implantado aquí en la tierra, y pronto, “¡hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...!”, erigirlo de verdad rey de nuestras almas. Eso sería, al menos, un ideal que hasta parece natural en nuestro modo de discurrir. Sin embargo hasta en esto Cristo llega al mundo actuando contra toda lógica.
Nosotros querríamos, como los judíos piadosos de la época, un Mesías que impusiera su Reino, y Él llegó de incógnito, haríamos lo propio porque naciera en cuna de oro y la de él fue de heno y paja, nosotros hubiéramos escogido hombres sabios y perspicuos para llevar la buena nueva a todas las naciones y Él escogió a unos pastores y a unos pobres y rudos hombres de mar, esperábamos que expulsara de su lado a pecadores y gente de mal vivir y fue el mejor amigo de todos ellos, nos gustaría verlo gobernando sobre un trono y Él murió en el trono de un patíbulo, en fin, nos gustaría que dos y dos fueran siempre cuatro y hasta en esto nos falla para nuestro bien, pues Él dijo que donde dos o más están reunidos en su nombre allí está Él también, o sea que son dos y dos más Él.
Dios actuó y actúa siempre con una lógica distinta de la nuestra. Nosotros celebramos su nacimiento, o más bien ya no sabemos muy bien a ciencia cierta qué es lo que celebramos... Preguntábamos antes si habría alguien que levantara ayer la copa para brindar por su venida... “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajo del cielo...”.
Lo folclórico en Belén terminó siendo la matanza de inocentes para desembocar en su crucifixión... lo verdaderamente hermoso para Cristo no fue el entorno navideño, la cena de la Nochebuena, el turrón ni las felicitaciones sino que fue venir a salvarnos, que para nosotros es lo que está pasando desgraciadamente más desapercibido.
Y es esa buena nueva lo que debemos descubrir en este día, ese el verdadero mensaje navideño, la auténtica felicitación, la gran noticia a divulgar y después a poner en práctica... “Os ha nacido un Salvador... la señal es un pesebre, un niño envuelto en pañales” y un anuncio que retumba por los cielos de la historia y que aún no ha dejado de escucharse si abrimos con sinceridad nuestro corazón: ¡Paz a los hombres de buena voluntad!, y también a todos los demás, porque todos le caemos bien a Dios...

viernes, 20 de diciembre de 2019


DOMINGO IV DE ADVIENTO. 22-XII-2019. (Mt. 1, 18-24) A

             El evangelio de este domingo nos sitúa en Nazaret, en medio de una familia que está a punto de separarse. Se podría decir que Dios se hizo hombre al margen de la Ley y de la biología, algo que a los ojos del esposo de la Virgen no tenía explicación alguna. Dios se acerca al mundo por caminos que no son nuestros caminos. Ante este hecho misterioso se dan varias respuestas: el silencio de María, la prudencia de José, la solicitud providencial de Dios que vela siempre por los suyos...
Cristo es diferente. Tampoco llegó al mundo en olor de muchedumbres sino en olor a pesebre, a establo, en olor a oveja;tampoco llegó respaldado por la ley, sino un poco a contrapelo y como suplantándola. Más aún, llega de modo tan anómalo que plantea un conflicto matrimonial.
En cuanto a las fuerzas vivas de aquel tiempo esperaban otra cosa, esperaban un Mesías triunfante, se imaginaban que llegaría al frente de carros de guerra y sobre bayonetas. Jesús en cambio, llega humildemente, sobre el heno de un pesebre. Pero él fue quien hizo girar la historia. Los poderes, legalmente establecidos, religiosos o civiles, buscan siempre crecer y dominar, mandar y poseer, al precio que sea, y creen que es así como se conquista el mundo, sin parar mientes en que el auténtico protagonista de su gloria y de su poder es siempre el pueblo sencillo y anónimo. ¡Cuántas batallas ganadas por mesías desconocidos, gente de a pie! ¡Cuántas gestas hechas por un valiente cualquiera y que luego son atribuidas a tal o cual rey o general! ¡Cuántos monumentos históricos fabricados a instancias de este o de aquel gobernante cuyos artesanos, aquellos que verdaderamente tomaron arte y parte en la obra, nadie recuerda ya! A este propósito vienen muy bien los versos de Bertold Brecht: “¿Quién construyó Tebas, la ciudad de las siete puertas? En los libros se lee que fueron reyes. Pero... ¿se dedicaron los reyes a transportar a hombros las piedras talladas?... ¿El joven Alejandro conquistó la India él solo?... Cesar, cuando venció a los galos, ¿no llevaba consigo ni siquiera un cocinero? En cada página de su vida hay escrita una victoria pero nada se dice del cocinero que preparó el festín con que las conmemoraba... Hay muchas narraciones como estas y se podrían hacer otras tantas preguntas...”.
Es lo mismo que decía el filósofo griego Sófocles refiriéndose a otro tema: “La guerra la provocan los cobardes, pero luego tienen que hacerla los valientes”. Y estos son siempre gente olvidada y humilde. Gente desconocida, masa anónima, en la que también puede cundir el desánimo y hasta la desesperación: en algunas circunstancias muchos desearían no haber nacido y muchas mujeres habrían deseado no haber tenido un hijo, tal es la condición en la que viven millones de seres humanos.
Para dar un sentido a todo eso, para ayudarnos a solucionar esos conflictos es por lo que Dios quiso venir a enseñarnos el camino de la verdad. Pero no llegó como llegan los dioses de algunas mitologías, que abandonan por un tiempo el paraíso en el que viven y bajan al mundo a hacer alguna de las suyas. Nuestro Dios no es así. Nuestro Dios escogió el lugar más inhóspito para nacer, la más humilde cuna para recostarse. María da a luz en las más perentorias condiciones, José es el padre más desconcertado y Jesús llega al mundo no para un paseo triunfal sino para luchar en favor de los pobres, de los desheredados de esta vida y terminar ajusticiado, como nos recuerda el Credo “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo... y por nuestra causa fue crucificado...”. Sí, fue ejecutado por defender nuestra causa y a causa de nuestros pecados. Y esto sucedió hace ya dos mil años y casi no nos hemos enterado. Seguimos viviendo como si no hubiera pasado nada, esclavos de nuestras pasiones... siendo así que él trajo la libertad al mundo.
Nos parecemos a los personajes de Vercors, seudónimo del escritor y dibujante francés Jean Brüller, en su novela Los ojos y la luz (1948) En su novela cuenta cómo millones de seres son llevados, cuando nacen, a un país donde periódicamente son víctimas del bombardeo por parte de una flotilla de aviones que les inflige grandes daños. Sin embargo esto hace ya tanto tiempo que viene sucediendo que les parece natural, tan natural como ser ellos también sus víctimas un día. Y es que, y eso es lo terrible, a todo nos acostumbramos. Hasta la misma injusticia termina pareciéndonos normal. Algunas veces sufrimos como condenados, hasta lo indecible, y no hacemos nada para sacudirnos ese peso. Quizá porque en nuestro escepticismo ante tantos fracasos, hemos perdido ya toda esperanza. Estamos entre el sí y el no, como escribe otro novelista Thierry Maulnier en La casa de la noche, (1948), “entre el día y la oscuridad, entre la muerte y la vida... Estáis -dice- en el cuenco de una esclusa: a salvo caso de que se abra esta compuerta, perdidos si se abre aquella. Fijaos, la voy a abrir... Tranquilos, la cerraré de nuevo. Del lugar de donde venís todo era demasiado sencillo. Al lugar a donde habéis llegado también es todo muy sencillo... Deteneos un instante a saborear esta divina incertidumbre...”.
Siguiendo el símil de Maulnier también nosotros podríamos decir: Ahora se abren las puertas de la Navidad ¿a dónde vamos? Ahora se cierran las del año viejo ¿qué hemos dejado atrás? Navidad para un cristiano debe ser, dentro de una divina incertidumbre, una esperanza. Lo expresa muy bien el teólogo de la liberación Leonardo Boff: “En la medida en que la esperanza percibe el futuro y el reino, presentes ya en medio de nosotros en el bien, en la comunión, en la fraternidad, en la justicia social, en el crecimiento verdaderamente humano de los valores culturales, en la apertura del hombre a lo trascendente, tiene motivos para celebrarlo y conmemorarlo...
Sin embargo el “ya” no puede ser absolutizado; debe quedar abierto al “todavía no” que está por venir. Cada vez que sustantivamos el “ya” surgen las ideologías totalitarias, profanas o religiosas; aparece el dogmatismo, el legalismo, el ritualismo, el racismo, el capitalismo y todos los demás ismos. Las ideologías tratan siempre de absolutizar un dato relativo, universalizar una parcela de la realidad y de apoderarse de la verdad. En nombre del “aún no” debemos responder y contestar al “ya” radicalizado...”. (Del libro Hablemos de la otra orilla).
Navidad podría ser ese “aún no”. En cambio muchos lo convertirán en el “ya”. Hay que divertirse ya, hay que comer, beber y gastar ya, llegó el momento ya..., hasta que oigamos el “ya... está bien” que venga a darnos un toque de atención. Hay que pensar no sólo en el “belén” que tenemos sobre la mesa del cuarto de estar donde aún no ha hecho acto de presencia ni el hambre ni el frío ni el dolor ni el desamparo, sino hay que pensar en los miles de belenes vivos sin pan ni techo, sin salud ni esperanza, sin paz y sin amor de tantos hermanos nuestros en tantos lugares de la tierra.
El único “ya” sería el de empezar a luchar desde ahora, ¡ya!, para que todos los hombres tomen “parte en la riqueza y en la esperanza de este mundo” aunque se podría quedar únicamente en una hermosa empresa, sólo eso, pues, como dice el propio Maulnier, “cuando logréis conseguir que vuestros ciudadanos sean dichosos y libres en una tierra libre y dichosa, seguirán estando solos, sintiéndose desamparados, seguirían teniendo frío”.
Sólo Dios es la única esperanza verdaderamente digna y capaz de hacernos divinamente humanos y humanamente felices. Solamente el Niño de Belén es capaz de transformar la condición del hombre de terrena e infeliz en celestial y dichosa. A veces esperamos que los altos cargos políticos, los intelectuales, científicos, sociólogos o economistas solucionen los problemas que el mundo tiene planteados. Sin embargo, no nos llamemos a engaño, podemos escuchar la voz de la Historia, la solución ha venido, casi siempre, de gente humilde y buena, de un niño que nace en cualquier rincón del mundo, de un profeta desconocido cuyo origen ignoramos pero que son los caminos que más frecuenta Dios.
Por nuestra parte deberíamos escuchar la voz del ángel que también nos anima como animó a José ante aquel conflicto doméstico que el estado de la Virgen planteaba en su vida: “José, no temas en llevarte a María tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Para quien tiene fe lo que no tiene sentido puede cobrarlo porque es el Espíritu Santo quien anima la vida de la Iglesia, quien late tras los aconteceres históricos, políticos y sociales del mundo por desconcertantes que nos parezcan... sean del cariz que sean. Cristo viene a salvar a su pueblo y de hecho estamos todos salvados, si creemos y queremos salvarnos.
María es “vida, dulzura y esperanza nuestra” María de la O, interjección comienzo de una exclamación mesiánica: Oh Sabiduría... Oh luz de Oriente... es nuestra Señora de la esperanza. Jesús, Enmanuel, es Dios con nosotros... Con estos dos avales podemos acercarnos e incluso pertenecer a este Belén del mundo con una cierta confianza celebrando estas fiestas según el espíritu cristiano y con la esperanza de que nuestras expectativas, puestas en tan buenas manos, no quedarán defraudadas. Jmf.