jueves, 11 de junio de 2015

cura xagó y vaqueiro:

DIOS EN MÍ

En el  V Centenario de santa Teresa





En una de las catequesis que el papa san Gregorio Magno impartía en su mansión de Letrán a los hijos de los bárbaros, (lo cuenta en uno de sus sermones) les preguntaba: “Un niño que es bueno, bueno… ¿a quién tiene en su alma?”. Respondían a coro: “A Dios”. “Y Dios ¿dónde está?” seguía preguntando el Papa. De nuevo la chiquillería: “¡En el cielo..!”. Y el Papa sonriendo concluía: “Pues si Dios está en el cielo…,  y un niño bueno tiene a Dios en su alma….,  tiene en su alma el cielo”.

Lo expresaba de igual modo siglos después la monja carmelita, santa Teresa:

Y si acaso no supieres

dónde me hallarás a Mí,

no andes de aquí para allí,

sino, si hallarme quisieres

a Mí, buscarme has en ti.

Al tocar este tema conviene recordar que a los místicos, y entre ellos a nuestra santa, les es difícil prescindir de las categorías espacio y tiempo, incluso refiriéndose a Dios, al mundo sobrenatural o a los santos del cielo, ubicándolos siempre aquí o allá, haciéndoles venir, subir, entrar… Por tanto, solo teniendo eso en cuenta se puede hablar de Dios en el cielo, -en un cielo fuera de mí-, solo teniendo en cuenta eso.



La luz del sol que recorre 150 millones de Km a través del espacio hasta llegar a nosotros, atraviesa zonas bajo cero, y en plena oscuridad. Solo es posible ver su luz cuando esta encuentra a su paso un cuerpo, por ejemplo nuestro planeta. Entonces deja de ser oscuridad y frío y se convierte y se revela como luz y calor y así la recibimos en la tierra. Dios, que lo llena todo oscura, silenciosa e invisiblemente, se revela a los hombres cuando los encuentra o le encuentran y lo reciben. Para quien no lo recibe sigue siendo noche oscura. El encuentro con Dios en mi alma es luz de amor y amorosa estancia.



Por lo tanto un primer paso es descartar todo lo referente a las categorías tanto de lo localmente espacial como de movimiento material ir o venir. Ni la Virgen viene, ni Dios se aleja, ni entra, ni sale… Ni el alma vuela, ni se va a los cielos. Simplemente están, son,… sin necesidad de movimiento espacial alguno. En realidad ¿de dónde van a venir o a dónde van a ir si el cielo no está ni arriba ni lejos ni en ninguna parte? El Reino de Dios está dentro de nosotros. Y si lo tenemos dentro ¿por qué buscarlo, o hacerle venir de fuera?  Dios, el cielo lo tienes dentro de ti. Búscalo en ti.



El hecho de que Dios ni viene ni se va lo explica el catecismo para adultos de san Severino de Paris a propósito de la Ascensión diciendo que el Señor no subió a los cielos por su propio poder, sino que simplemente pasó de un mundo visible a otro invisible o espiritual. Debió de ser como una entrada a través de los ojos de los apóstoles hacia el cielo de sus almas… hasta que en la nube de sus lágrimas lo dejaron de ver. ¿A dónde iba a subir si el cielo está dentro de nosotros? De modo que los videntes, los santos, santa Teresa lo único que hacen en sus visiones,  ya sean reales o imaginarias (así las divide la santa) es un camino inverso a la ascensión, es proyectar fuera de sí pero desde sí mismos, desde ese cielo que llevamos dentro la imagen de Jesús, de ángeles o de la Virgen. Es una proyección de dentro afuera más que una venida hacia nosotros desde ese no se sabe dónde, y que carece de sentido imaginarlo espacialmente. Esta visión de imagen interior proyectada, se deja traslucir en los escritos de los místicos. Así  lo expresa a su modo san Juan de la Cruz cuando dice en su conocido Cántico espiritual:

“¡Oh cristalina fuente,

si en esos tus semblantes plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en mis entrañas dibujados!”,

Porque ¿no es verdad que ha dicho Jesús: “Si alguno me ama… haremos en él nuestra morada” (Jn.14, 23)? ¿Cómo se podría entender de otra manera? Y no olvidemos que la sede del amor son las entrañas: amamos entrañablemente, con más profundidad que cordialmente.

Buscando en ti…, porque ahí es donde se esconde y donde se encuentra, y es ahí en donde la santa nos enseña a encontrarlo. Jesús perdido camino de…para muchos, podemos encontrarlo de nuevo, pero debe ser en el templo, siempre en el templo, templo del Espíritu Santo, que es nuestra alma.



El hecho de saber y tratar de ver en mí y no fuera de mí el cielo e imaginar en ese cielo a Dios y explicar las visiones de la santa como una simple pero divina proyección de la imagen que llevaba dentro, (el que se entiendan así no pierde nada de su valor sobrenatural) incluso imaginarme que cuando pronuncio las palabras de la consagración Jesús no viene de ningún sitio sino que sale de algún modo del cielo de mi alma en gracia, son algunas de las consideraciones que me suscitó la lectura de ciertos pasajes de los libros y un poema de la santa.



 Es verdad que en otros momentos, acaso por el deseo de unirse a Dios parece que la santa ansía salir del cuerpo y volar al cielo en busca de Él. Es porque hasta a los santos les cuesta trabajo asimilar y hacer suya esta verdad desprendiéndose de los tradicionales conceptos y modos de hablar debido al enorme peso de la tradición. No sé por qué siempre tratamos de mandar a Dios para allá arriba, lo más lejos posible, como si aquí nos estorbara, imaginándonos las apariciones como un viaje espacial de la Virgen o de quien sea a tal o cual lugar, a través de…, cuando todo está dentro de nosotros.



El mismo san Agustín a quien santa Teresa leía con frecuencia, confiesa en un pasaje muy conocido, que tardó en caer en la cuenta cuando dice: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. He aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo”. No sé si a alguien le ayudará o convencerá esta interpretación un poco fuera de lo común. A mí desde luego me hace mucho bien.


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