viernes, 13 de julio de 2018


DOMINGO XV.- 15-VII-2018- (Mc. 6, 7-13) B

La misión que Jesús confía a sus apóstoles se puede concretar en tres aspectos: 1) Dar y ejercer la libertad, “dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos...”. 2) No presentarse en plan triunfalista ni con espectacularidad sino en plan sencillo y humilde: “no llevéis pan ni alforja ni dinero..., si acaso unas sandalias... Y 3) No insistir demasiado: “Si en un lugar no os reciben... marcharos a otro sitio...”.

1) Dar libertad es un gran programa, pero para llevarlo a cabo es preciso no estar comprometido, es decir estar liberado, no “casarse” con nadie ni con nada. Ser o estar liberado es bastante difícil pero es una parte muy importante en la estrategia evangélica. La autoridad es necesaria. Uno que mande, hoy se escoge por votación. ¿Se acierta siempre? Ese es el problema. Una fábula oriental (recuerda los árboles queriendo elegir rey, Jueces, 9) nos pone de sobre aviso: Un día las plantas convocaron sufragio universal para elegir la reina. Se votó muy ordenadamente y salió elegida por mayoría la ortiga. Y es que los votos no se cuentan se pesan. Buscar la persona con valores, conociendo no lo que va a hacer sino lo que ha hecho. Prometer es fácil, lo difícil es presentar un programa de obras llevadas a cabo feliz y exitosamente. No me digas lo que vas a hacer sino demuéstrame qué has hecho y en razón de ello podremos luego juzgar y elegir.
 2) Un segundo aspecto era presentarse sin triunfalismos, sin espectacularidad, que no tienen nada de evangélico. Sí lo tiene la pobreza de medios... con apenas sólo la palabra (palabra divina) y no menos a menudo con el silencio. Cuentan que el orador Isócrates (436-338 a. C.) fue invitado por Nicocrente, rey de Chipre, a una cena. Deseaba oírle hablar, pero Isócrates no abrió la boca en todo el tiempo. ¿Estás enfermo?, le preguntó el rey. De ningún modo. Gozo de muy buena salud, respondió el orador. ¿Por qué no hablas, entonces? Porque de lo que yo sé hablar –contestó el orador- a ti no te interesa, y de lo que a ti te interesa yo no sabría hablar. A veces el silencio es el mejor discurso. Pero Cristo les envía también para que hablen: “Si no os escuchan, al salir del pueblo sacudid el polvo de las sandalias... Acaso por recomienda que las lleven, y además “ungir con óleo, echar demonios y curar enfermos...”. No es nada lo que les que pide..., pero para esto se necesita, más que palabras, espíritu, vida interior, hacer más que decir, y posiblemente ese sea el secreto del éxito del Evangelio. Hablar es relativamente fácil. Dice Marschall Mc Luhan que el hombre perdió muchos de sus instintos: orientación, olfato, vista... que tuvo en un principio, por hablar demasiado. Si algunos animales los conservan: el olfato los perros, la orientación las palomas y las abejas, la comunicación los delfines, etc. es porque los animales no hablan y sin embargo qué bien se comunican. Creo que algo de esto han procurado aprovechar algunas Órdenes Religiosas cuyo programa de vida está precisamente basado en el silencio monacal, pero suplido con creces por la conversación interior con Dios.

Cristo no es un conquistador a lo Alejandro Magno, Él es diferente, no mira tanto el número como la dedicación. “Id de dos en dos...”, así envía a sus discípulos, al revés que los grandes conquistadores que envían ejércitos y legiones de miles y miles de soldados a conquistar la tierra y sus productos, esclavizando de ese modo a quienes conquistan. Jesús conquista al hombre, no le importa más que el hombre y su voluntad, y a un hombre sólo se le conquista cuando el tal se siente libre. Dios envía y recomienda: “poblad la tierra y dominadla...., la tierra, no a sus gentes... La conquista del apóstol es la del corazón del hombre, librándolo de sí mismo y de sus pasiones es decir convirtiéndolo en algo parecido a Dios. No es la espectacularidad, ni el tener tablas, ni el saber el oficio..., es más eficaz actuar y dar ejemplo, las palabras mueven, el ejemplo arrastra.

El escritor rumano Jon Slavici publicó una novela a finales del siglo XIX (1873) titulada “Pope Tanda”. Se trata de un sacerdote ortodoxo al que el Obispo destierra castigado a la aldea de Vallaseca, una parroquia de pobres gentes (saraceni) en la que nadie hace nada. En medio de una desidia total las gentes pasan el tiempo murmurando del vecino. Pope Tanda va de casa en casa, y aunque ven la iglesia medio en ruinas nadie da un paso ni hace nada, más aún, se ríen de él y le llaman “Cura bobo” (Pope Tanda). En vista de lo cual levanta con sus manos la rectoral, luego poco a poco la iglesia, ara su campo con un viejo caballo, arregla el carro, le pone asientos para desplazarse de un pueblo a otro... La aldea lo contempla atónita, ven que el Pope Tanda, rodeado de su mujer y de sus hijos, vive mejor que ellos, y arrastrados por el ejemplo empiezan también ellos a trabajar. La aldea se transforma. Pope Tanda ve entonces la alegría de aquel pueblo trabajador y entusiasta. Todos los pueblos son un poco como Vallaseca, y todos necesitamos de personas que nos den ejemplo y se arriesguen por los demás. Con frecuencia nos faltan modelos que imitar e ilusión para el trabajo, actuamos sin ser consecuentes, sin convicción. No hacen falta muchos medios, lo que más necesitamos es gente con vocación, decisión y dedicación, lo demás, (es palabra del Señor), llega siempre por añadidura.

3) Finalmente se nos recomienda si no se nos acepta no insistir, tratar de no ser cargantes. Si el pueblo no te escucha, allá él, “sacudid el polvo de vuestras sandalias (por algo recomienda llevarlas) y marcharos a otro pueblo...”, el mundo es ancho y grande. No siempre la insistencia es buena. Cuando se fracasa en un campo es mejor buscar otro. No insistir en un aspecto no quiere decir darse por vencido, todo lo contrario. Dicen los comunicólogos: “Hay que insistir”. Lo vemos en la propaganda, con qué machacona insistencia nos golpea por medio de la radio, la TV y la prensa. Pues bien, hasta en eso Cristo es diferente, es una de tantas paradojas que nos brinda el Evangelio: Si no os reciben iros a otra parte... Es el mejor aval de nuestra libertad. Porque, aunque muchos sistemas presuman de liberalismo o libertad, sus secuaces nos “comen el tarro” a todas horas haciéndonos creer que somos libres cuando de mil modos tratan de hacernos esclavos de tantas servidumbres sociales, políticas, económicas... cambiando el control policial por el control fiscal, religioso o cultural... ¿Cómo se puede decir que hay libertad de expresión cuando si no piensas de acuerdo con un patrón establecido más o menos de moda, te califican de retrógrado o de ultra, y te marginan? En cambio si pregonas las excelencias de tal o cual sistema en boga te exaltan, disculpan y protegen descaradamente y hasta te suben incluso al carro del poder.

En la primera lectura oíamos como Amasías, el sacerdote de los ídolos de Betel, quiere hacer callar al profeta Amós que no cesaba de denunciar los vicios y la corrupción del pueblo de Israel, llegando a aconsejarle que se vuelva a cuidar su campo de higos y sus vacas, pero Amós entonces profetiza los castigos que aguardan tanto a Amasías como al rey: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Profetiza a mi pueblo Israel. Tu esposa será ultrajada en la ciudad, tus hijos e hijas pasados a cuchillo, tus posesiones repartidas entre los vencedores... Tú morirás en un país extraño, e Israel saldrá cautivo y deportado hacia otra tierra”.
El evangelio es ante todo denuncia profética y libertad para hablar, libertad para pensar. El evangelio es libertad de todos, con todos, en todo, contra todo y para todos, incluso ante ese inmenso misterio del más allá que es la salvación eterna. A mí siempre me ha llamado la atención la actitud de Jesús desde la Cruz con respecto al mal ladrón. Él, que fue el cura más celoso del mundo, en el mismo momento de derramar su sangre por nosotros y por todos, por el perdón de los pecados..., y María a su lado, refugio de pecadores, la misionera más intrépida y activa, teniendo allí la primera ocasión de mostrar su eficacia y su misericordia con un alma a punto de condenarse, le dejan morir desesperado y no le dirigen ni siquiera una palabra de exhortación al arrepentimiento. Era libre de morir a su manera. Sin embargo con el buen ladrón, aquel que suplicaba humildemente: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino...”, con este se volcaron; apenas dijo estas palabras inmediatamente Jesús le replicó: “Hoy, hoy estarás conmigo en el Paraíso...”.

¿No nos dice nada eso? Yo lo pienso a veces cuando visito un moribundo y no me habla para nada de confesar ni comulgar ni siquiera de Dios... tengo que pensar en el Calvario y que Dios, infinitamente misericordioso, es del mismo modo infinitamente respetuoso con la libertad de cada uno, porque cada uno es el único responsable de su vida y, de algún modo, de su salvación. Él nos lo puso fácil, pero la última palabra, la última decisión siempre será nuestra. De ahí la importancia que tiene en el Cristianismo cultivar estas actitudes de libertad, servicio, entrega, respeto mutuo, pobreza, el  sagrado respeto a los demás y a sus decisiones sin violentar, a ser posible, nunca su voluntad bajo ningún pretexto, ni siquiera cuando entra en juego la salvación eterna. Eso es, al parecer, lo evangélico.  jmf.

viernes, 6 de julio de 2018


DOMINGO XIV - 8-VII-2018 (Mc. 6. 1-6) B

Una de las manías que ha tenido el hombre de todos los tiempos es la de hacer o querer hacer al prójimo “a su imagen y semejanza”, apropiándose el papel bíblico de Dios. Y cuando los demás no encajan en esos esquemas que cada cual se ha prefabricado (y esto vale para todos) inmediatamente aflora la crítica malévola, la desconfianza y el tratar de descalificar al otro “¡ya nos ha salido un nuevo Juan Salvador Gaviota, habrá que tratar de mantenerlo a raya, para que no revolucione la bandada...”.Así fue, según narra el Evangelio, como vieron a Jesús sus paisanos: “¿No es este el carpintero?”. Y si eso es así ya no es lógico por lo tanto que sobresalga, que triunfe sobre nosotros... -la envidia siempre- lo que debe hacer es seguir con el oficio de su padre. De ese modo debió de nacer la pirámide de castas.

Para ser un vulgar obrero de campo o de la industria es mejor que sea poco ilustrado porque si a un peón albañil, sirva de ejemplo, le diera por estudiar y llegara a arquitecto, ya no trabajaría más de albañil. Sin embargo imaginémonos que todos los albañiles fueran arquitectos (algo que hoy no es tan difícil, puesto que está más al alcance de la mano) y que todos los campesinos fueran biólogos y todos los pastores y ganaderos veterinarios y hasta cada cristiano fuera sacerdote... (-en parte lo es, según san Pablo-) imaginémonos ¡qué gran paso habría dado la Humanidad! Pero ya nos mentalizan desde niños de otro modo: “Tú estudia, hijo, que para trabajar bastó lo que trabajó el burro de tu padre”, como si el estudiar una carrera conllevara substancialmente colgar los instrumentos de trabajo y vivir de títulos y honores.

Habría que convertir las escuelas, colegios, institutos y universidades en talleres, laboratorios, granjas... Y en vez de aprender conocimientos para luego usarlos en esos campos, primero trabajar en granjas, talleres y laboratorios completando la experiencia con saberes técnicos aprendidos en la Universidad. En otras palabras: en vez de estudiar para luego practicar, primeramente habría que practicar... y luego estudiar. Ya nos entendemos. Con lo eficaz y exitoso que sería matrimoniar esos dos campos: el estudio y el trabajo, ciencia y experiencia, técnica y práctica, teoría e instrumento. Ah, pero si un buen día cualquier hombre lograra ponerlo en práctica enseguida empezaría el runruneo “¿Quién es este? Y es que profundizamos muy poco no sólo en nuestra cultura y comportamientos sino en conocer de qué materia estamos fabricados, cual es la composición última del hombre, etc. Sabemos que en el mundo hay objetos de muy distinto valor y composición, unos fabricados de oro, otros de latón o calamina. Pero los hombres no, los hombres estamos todos fabricados de idéntica materia. Incluso es casi igual a la de algunos animales, funcionamos con esquemas similares, aparatos semejantes: corazón, pulmón, sangre, cerebro, esqueleto, olfato, visión, oído, sistema nervioso... Hay tanto parecido que de poco nos podemos ufanar y presumir. Hasta nos superan ellos a nosotros en algunas de estas facultades: el olfato, el instinto y lo que más tendría que hacernos meditar, hasta en el mismo comportamiento y organización.

Es cierto que alguien podría deducir de todo esto que por lo tanto todo es puro y duro materialismo, mecánica animal, leyes físicas y biológicas autosuficientes, con las cuales y merced a ellas seríamos capaces de prescindir de lo divino. Y así lo quieren ver algunos científicos materialistas, al menos hasta no hace mucho. Pero no han tardado en levantarse aquí y allá voces de protesta en pro de volver de nuevo la mirada hacia Dios.

Allá por julio del 91 decía el filósofo Luc Ferry en la Universidad Complutense algo así como que los valores religiosos de la Tradición no han perdido su identidad dentro de la modernidad. Y añadía: “Si decimos que la norma es cada uno y el objetivo es el desarrollo de cada individuo hay que convenir en que el hombre religioso tiene cabida en nuestra sociedad”... “y que la laicidad no tiene por qué consistir en tratar de eliminar lo religioso en el sentido que lo entendían Marx o Nietzsche”. Ya anteriormente un científico, premio nobel de medicina, de nombre Jonh C. Eccles, había atacado frontalmente al pensamiento materialista de algunos cientificistas. Argumentaba diciendo que la ciencia es incapaz de responder por qué ese cumulo de células y moléculas, esa actividad bioquímica y psíquica tan compleja del hombre obedece siempre a un yo, a una persona que las integra, controla y que es materia también. Esto no tiene explicación a no ser que se admita una fuerza superior a la misma que las une, dirige y desarrolla en una dirección espiritual y organizada. Y termina su argumentación diciendo textualmente: “Puesto que las soluciones materialistas fallan cuando intentan dar cuenta de nuestra unicidad experimentada me veo obligado a atribuir la unicidad al alma (psique) es decir, atribuirla a una creación espiritual sobrenatural. Hablando en términos teológicos: Cada alma es una nueva creación divina (es la individualidad de cada uno lo que exige esa creación divina). Luego añade: “Esta conclusión refuerza la creencia en el alma humana y su origen prodigioso por la mano de Dios, un Dios no sólo trascendente, Creador del Cosmos en el que creía Einstein, sino también el Dios amor al que debemos nuestro ser”.

Hay profetas laicos en nuestros días que merecen ser oídos. Sin embargo otra de las lacras del mundo moderno, lo mismo que en tiempos de Jesús, es que nadie admite la autoridad del otro, todos nos creemos en posesión de la Verdad y de la Razón suprema. Hasta  ahora nos guiábamos, mal que bien por leyes elaboradas como fruto de una experiencia histórica de hombres líderes en el pensamiento y en la conducta, cuyas reflexiones cuajaron en unas normas éticas: la Biblia. Tenía que ser así porque el hombre, no sabemos por qué, está incapacitado para convivir por instinto como hacen los irracionales. Desgraciadamente el hombre, para establecer sus derechos, escoge la violencia casi siempre, aunque se deje seducir por lo espectacular: el milagro económico, el milagro de la ciencia, de la medicina, y que a veces ni es ciencia ni economía, pero a todo termina acostumbrándose.

¡Y nos acostumbramos tan pronto a todo, a pesar de que hay tantas cosas que admirar...! Ya no una humilde flor o la inmensidad del mar o la noche estrellada, hasta un simple Caravelle, con esa hermosísima línea aerodinámica descendiendo o elevándose sobre una pista de aterrizaje es un espectáculo admirable, digno de ser contemplado sin cansarse. Y si en estas cosas perdemos tan de prisa el sentido del asombro ¿con cuánta más razón lo perderemos en lo que se refiere a la moral y al comportamiento? Un filósofo francés Paul Ricoeur, autor del libro Uno mismo como otro, dijo en una de sus charlas el año 91 en El Escorial: “...partimos de tres clases de Ética: la de la vida privada, la individualista y la solidaría, las tres se relacionan entre sí. Pero el mundo occidental se ha olvidado de que en la ética individualista hay un aspecto que no hemos desarrollado: la responsabilidad, se huye de ella y eso provoca unos signos éticos nefastos”.

De todo ello se deduce el respeto que un hombre debe tener a otro hombre, sea quien sea, pues al tener también alma es de raza divina. Jesús no fue aceptado por los suyos. “Nadie es profeta en su tierra...”. Es un triste pero real aforismo que se viene cumpliendo desde entonces. Ello no sería así si tuviéramos respeto a nuestro prójimo aunque fuera un delincuente, pues también él está hecho del mismo material que el nuestro, no es el suyo de latón y el nuestro de oro purísimo, como tampoco hay que olvidar las circunstancias que lo condujeron a la delincuencia.  Posiblemente cada uno de nosotros si hubiéramos nacido en su familia y en aquel ambiente con una educación como la de él (más bien deseducación) seríamos igual, poco más o menos. Nadie debe vanagloriarse de ser mejor que los demás. Es usurpar el papel de Dios.  Jesús también fue acusado de delincuente y por ello fue juzgado y condenado.

¿No es este el hijo de María? Sus paisanos desconfiaban de Él, por eso la pregunta. Además lo llaman simplememte: el carpintero, el hijo de María...” un tanto despectivamente, como descalificándolo y des-paternizándolo. Hijo de María, así, sin más, era entonces una frase tremendamente humillante tanto para Él como para su madre María; porque era algo así como decir: hijo de su madre, sin recordar al padre, que era quien daba realmente el nombre al hijo. Pues bien, aquella madre viuda, sola, olvidada entonces y tan poco tenida en cuenta por los suyos llegó a ser la mujer más importante de la Historia. También ella siendo con más razón que nadie de raza divina, tuvo que salir también de entre los suyos para ser reconocida.

¿Qué lección práctica se puede sacar del evangelio del presente Domingo? Creo que es bien sencilla y sobre todo práctica; la de estar siempre abierto a los demás, sobre todo a los más humildes, a aquellos que el mundo no valora y que no obstante están hechos de material divino lo mismo que nosotros aunque los despreciemos. No olvidemos que detrás de cada hombre por humilde, pecador y despreciable que sea, se encuentra siempre el mismo Dios.

jueves, 5 de julio de 2018

MUERTE FELIZ EN LOS BRAZOS DE DIOS

(Entre los papeles de mi viejo amigo el cura don Bernardo, fallecido hace años, encontré este escrito sobre el tema de la eutanasia, que por curioso, actual y desconcertante copio y trasmito)

La vida terrena/ es continuo duelo:
vida verdadera /la hay sólo en el cielo.
Permite, Dios mío, / que viva yo allí.
Ansiosa de verte,/ deseo morir.
                                 Santa Teresa de Jesús

      “No es el oscuro túnel que tengo que atravesar y sus misterios, lleno de sobresaltos, recuerdos, y quizás de sorpresas lo que temo, no..., lo que me causa angustia y más temor es el túnel, mi túnel, atravesar el de mi propio yo y el de mi conciencia y mi ser, el de mi subconsciente que desconozco todavía y nunca conoceré a no ser entonces, en el instante precisamente de la muerte, cuando más lucidez y calma necesito. Por eso me gustaría un final cristianamente trabajado, espiritualmente esperado, preparado, aceptado y vivirlo en plenitud de facultades. Morir medio inconsciente no me apetece, morir mi propia muerte creo que podría ser algo diferente y más apetecible cristianamente hablando.

      Morir, saber morir... desear morir del mejor modo posible. Nos nacen cuando quieren, no cuando nosotros queremos (¡si se pudiera pedir y escoger...!), pero podemos morir el día que elijamos, hablo de “morir-nos” nada que ver con suicidarnos. Trataré de explicarme:

      Es posible morir-nos (convirtiendo el verbo morir en transitivo) sin que nadie nos muera, o sea. nos quite la vida, nuestra vida. No hablamos de matar, de quitar la vida a nadie sino de entregarla, de ofrecerla nosotros voluntariamente porque me parece normal y además posible poder escoger una muerte cristianamente placentera y santamente digna sin tener que sufrir y pasar por el lóbrego, escabroso, solitario y oscuro sendero de una larga y dolorosa agonía a través de ese túnel interior que amanece más allá.

      Por lo visto leyes y moral dicen que no es válido, que es inmoral y punible, legalmente culpable, moralmente pecaminoso, Y uno -cura de pies a cabeza- reflexiona, medita, reza y se pregunta: Si yo puedo dar mi vida por salvar la vida de mi prójimo, incluso se podría considerar un acto de heroísmo y de virtud suprema ,“nadie ama más que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13), si eso se puede calificar como acto de perfecta caridad, y teniendo que amar al prójimo como a mí mismo, (siendo por tanto yo el punto de referencia de ese amor) ¿qué mal hay en que yo la dé por mí mismo? Jesús escogió también su propia muerte, pudo escoger otra o no escogerla, pudo morir en su casa de Nazaret o cruzando el lago pero la teología nos dice que escogió morir por nosotros, ¿y cómo?, más que eutanasia aquello se podía haber calificado de kakotanasia o “encarnizamiento terapéutico” como lo califica el teólogo P. Gafo. Pues si Él escogió su modo de morir por todos nosotros ¿por qué no puedo yo, siguiendo su ejemplo, escoger el mío, para poder morir por mí? ¿No es acaso la salvación eterna el máximo don, la suprema meta a la que aspiramos todos y que cualquier creyente de nuestra sacrosanta religión desea fervientemente? “Todo el que da su vida por mí la ganará”, además ¿de qué aprovecha al hombre ganar el mundo, o un poco más de vida terrena, si pierde su alma y su vida eterna? (Mt. 16, 25-26).

      Si puedo asegurarme la salvación, si puedo planificar sacramentalmente mi salvación sin riesgo de perderla o de equivocarme ¿por qué se penaliza y se denosta esta actitud? ¿Qué es mejor, arriesgarse a la condenación eterna o asegurárnosla? Constantino el Grande, (el gran san Constantino para los orientales) esperó hasta su última enfermedad para bautizarse borrando así para morir, todos los pecados de su vida sin tener que confesarse, de ahí que se pueda asegurar, de alguna forma, que está en el cielo.

Yo buscaría un sacerdote ad hoc, sé que no todos aceptarían, haría un examen a conciencia, pediría perdón a quien hubiera ofendido, compensaría en la medida que pudiera el daño que hubiera hecho, me arrepentiría a ser posible con dolor de contrición, recibiría la sagrada Eucaristía garante de resurrección gloriosa al final del mundo, arreglaría con tiempo mis asuntos temporales, haría mis adioses oportunos, sin agobios ni sobresaltos, sin prisas ni improvisaciones y en mi lecho de muerte recibiría ese último viático de la inyección letal o de haber algo más piadoso y placentero, lo que fuera, con tal de que me llevara al sueño final, partiendo de esta vida con plena seguridad de alcanzar la vida eterna desde un mundo infeliz, agresivo y peligroso a otro en paz, feliz y dicha eterna ¡Qué bien! Además todos los que me amáis aún quedaríais también en la gloria seguros de que yo me había salvado, de que acaso estaría ya intercediendo por vosotros ante el trono de Dios. ¿Se puede pedir más? ¿Puede haber mejor medio y más seguro de alcanzar la vida eterna?

      Santo Dios, hermano Jesús, muerto voluntariamente en la cruz por todos, por favor, concédenos una muerte feliz, no una oscura y desconocida agonía sino una agonía cristiana y gozosamente vivida. Por tu inmensa bondad, permítenos esta muerte u otra semejante que nos asegure la gloria, la vida perdurable sin riesgo de perderte, mi buen Jesús, eternamente. Te amamos, Señor, queremos tenerte con nosotros. Y es que por seguir contigo lo dejaríamos todo, si tú nos dices no, podría perderlo y dejar de amarte por toda la eternidad. Pero si tú nos dices ven... lo dejaríamos todo, todo a tus manos “in manus tuas, Domine commendo spiritum meum”, voluntariamente a tus manos a cambio de tenerte para siempre, de amarte eternamente y no perderte”.

viernes, 29 de junio de 2018


DOMINGO XIII  1-VII-2018 (Mc. 5, 21-43) B

“¿ La niña no está muerta, está dormida”. Se reían de él. Pero Jesús los echó fuera a todos... entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: “Talitha qumi” (que significa: contigo hablo, niña, levántate). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar. (Mc. 5, 21....)

La vida es un milagro. Saber cómo un buen día apareció sobre la tierra este rebullir de sentimientos, pasiones e ideales que es el hombre es un misterio. Los científicos tratan de explicarlo de mil modos, aducen argumentos, lanzan hipótesis... pero la incógnita sigue en pie. Más aún, en 1858, un investigador francés de todos conocido, Luis Pasteur, publicó una Memoria... sobre la generación espontánea, en la que decía: “...gases, electricidad, magnetismo, ozono..., cosas conocidas y ocultas, nada hay en el aire que, exceptuando los gérmenes que se contienen en él, sea una condición de vida”. Fue sin duda un gran paso en la ciencia, pues se llegaba a la conclusión de que la materia por sí misma, abandonada a sus posibilidades, no puede producir la vida en lo que a nosotros hasta ahora se nos alcanza, y de que esta viene siempre de afuera. Con esta conclusión a la vista ¿qué pensar de aquel magma atómico, pasterizado a millones de grados de temperatura hace 20.000 millones de años, que era el Universo? Aún hoy sigue siendo un misterio saber cómo pudo surgir de allí la vida ¿Por arte de qué o de quién?, ¿Por generación espontánea? Parece ser que no. Porque la vida viene de la vida, y de la Vida con mayúscula, añadiríamos nosotros.

Decíamos que la vida es un misterio, pero la muerte es un problema que a menudo ni queremos solucionar ni siquiera intentamos plantear dejándolo todo a la improvisación, y así se muere tanta gente de manera tan estúpida. A veces tratamos de quitarle importancia a ese momento crucial de nuestra existencia como hicieron los estoicos, aquellos filósofos griegos que enseñaban la total indiferencia ante el placer y ante el dolor, ante la vida y la muerte. Cicerón escribía: “Salgo de la vida no como de mi propia casa sino como de una posada”. “Una mala noche en una mala posada”, diría siglos después santa Teresa. Cervantes está más cerca de la realidad evangélica cuando afirma: “La figura de la muerte, en cualquier traje que venga, siempre es espantosa”. Y digo que está más cerca del Evangelio porque el mismo Cristo tuvo miedo a la muerte cuando le pide a Dios entre sudores de sangre y angustias infinitas, “pase de mí este cáliz”. Y eso que era Dios, el Señor de la vida y de la muerte, lo que demostró palpablemente con los tres milagros de tres resurrecciones a lo largo de su vida: la del hijo de la viuda de Naín, la de su amigo Lázaro, y la que hoy nos narra el evangelio, la hija de Jairo. Fue el único capaz de devolver la vida.

¡Cuántas veces hemos dicho que la vida es un sueño! Desde la famosa obra de Calderón de la Barca miles de veces se habrá repetido este lugar común: la vida es sueño. Jesús en cambio hoy nos viene a recordar todo lo contrario, es decir, que lo que en realidad es un sueño es la propia muerte: “La niña no está muerta está dormida”. Lo mismo dijo a sus discípulos cuando le dan la noticia de la muerte de su amigo Lázaro: “nuestro amigo duerme... voy a despertarle. Los discípulos le dicen: Si duerme ya despertará. Pero Jesús hablaba de la muerte...” (Jn. 11, 12). Y este sueño de la muerte fue el que atormentó toda su vida a don Miguel de Unamuno cuando escribía entre la fe esperanzada y la desesperación confiada: “Triste consuelo si al morir morimos del todo...”, en cambio “hermosa idea si esperamos otra vida tras la muerte”. Porque entonces para el que no tiene fe morir “sería como dormirse para siempre... En cambio ¿por qué buscamos dormirnos con tanta ansia? Porque esperamos despertar. Sin embargo intenta una noche imaginarte fuertemente que no has de despertar jamás, y te darás cuenta en qué se convierte tu sueño y lo que es el horror, a poca imaginación que tengas... Debe de ser tremendo sentir el invasor sueño de la muerte y luchar por resistirlo, sentir que se nos cierran los ojos y obstinarnos en mantenerlos aún abiertos...”. Pero esta consideración unamuniana es más bien para aquellos que no tienen fe y se aferran desesperadamente a los últimos jirones de la vida.

“Morir sólo es morir, morir se acaba”, dice en un poema Martín Descalzo. Morir para un cristiano es ante todo despertar, puesto que la vida es la que es sueño, morir es salir, abrir nuestros ojos a una nueva vida, -resurrección y vida es el Señor- y en eso está el quid de toda nuestra fe, y eso es lo que vienen a corroborar los milagros, que no son más que signos, no magia ni prestidigitación. Jesús no sólo decía palabras vacías, hacía con ellas el bien, predicaba y daba trigo, es decir, multiplicaba los panes y los peces, curaba y resucitaba. Dice Goethe que “el milagro es el hijo predilecto de la fe”. Y no le falta razón, pues el milagro no viene a clarificar nada sino a glorificar, a edificar y a dar respuesta a nuestra confianza en Dios.

En el Evangelio no se describen los milagros, se admiran, del milagro el Evangelio nunca hace el panegírico, ni el diagnóstico médico ni se exigen pruebas periciales que corroboren si la curación fue así o de otra forma sino que sólo narra qué y cuánta fe lo acompañó. Aún hoy algunos milagros (basta recordar Lourdes o Fátima) no tienen explicación racional médica. No la tienen, lo que no quiere decir que algún día la tengan, hoy no. Y es entonces cuando se echa mano del misterio como se hizo siempre. Incluso en nuestro lenguaje a la hora de describir el resurgir espectacular de algunas realidades mundanas acudimos al misterio, y la palabra que empleamos más frecuentemente a la hora de ciertas manifestaciones fuera de lo normal, es la de milagro: milagro económico, milagro industrial, milagro médico, milagro de la técnica... O cuando una persona sale ilesa de un accidente solemos exclamar: “Se salvó de milagro”, “Volvió a nacer”, es decir, como si se hablara de resurrección. Tendríamos que ver cómo interpretarán nuestras palabras dentro de otros dos mil años. No podemos ni debemos ser muy exigentes con los sencillos relatos evangélicos a la hora de tratar de explicar estos milagros por más que estén respaldados por la autoridad de Dios. Los evangelistas no trataron de escribir un protocolo histórico, ni un dossier científico, ni siquiera una historia real tal como hoy se entiende la historia. Los evangelistas nos cuentan simple y llanamente unas anécdotas sobre lo que le sucedió al Señor sin más comentario. Porque incluso con ser tan sorprendente la resurrección que hoy nos narra san Marcos, es curioso que ni san Lucas ni san Juan la recojan. En La obra de Jardiel Poncela “La tournée de Dios”, después de aparecer Dios en la figura de un sencillo hombre que sale de un olivar al ser entrevistado dice: “He conocido a los primeros reporteros de la Tierra y no eran superiores a vosotros en exactitud, créeme... Al decir que he conocido a los primeros reporteros de la Tierra me refiero a los “evangelistas”. Y agregó: “Todos vieron los Hechos de mi Hijo con sus propios ojos. Todos fueron testigos presenciales de la Catástrofe y sin embargo cada cual contó las cosa de modo diferente... Sé de sobra lo que es un reportero”. Filóstrato (170-144) nos cuenta en la vida de Apolonio de Tiara, entre otros milagros, la resurrección a las puertas de Roma, de una joven desposada. ¿Tuvo delante los milagros de los Evangelios? ¿Pretendía con su narración desacreditar la fe cristiana fundada en estos signos? Es probable y así se interpretó a partir de su publicación, pero entre sus "milagros" y la fe con la que se les rodea y los milagros del Evangelio no hay comparación posible. Miguel de Unamuno pedía a Dios en una de sus súplicas “sed de vida verdadera... ¡que viva en ti, Señor, y no en las cabezas de los hombres que terminarán reducidas a polvo...!”. Porque “Dios está más cerca y más adentro que el alma misma, Y cuanto más vivas en Dios más vivirás en ti, y perdiéndote en Él te encontrarás...” y lo encontrarás a Él también en ti.

Todos esperamos una resurrección, un renacer de nuevo como el de Iván Illich, el personaje de la novela de Tostoy, que olvidando su ansiedad egoísta y después de una crisis final, despierta tratando de aliviar el dolor de los demás con un nuevo sentimiento en su corazón. “La muerte se ha acabado, se ha acabado” exclama. Y expira sonriendo. Lo único que explica esta actitud es la fe en la resurrección, porque la solidaridad humana, la aniquilación del yo egoísta en aras del amor y de la caridad son las únicas verdades que pueden explicar la vida del hombre y su final.

Todos debemos esperar y pedir al Jesús del Evangelio, que ese cadáver interior de nuestra fe muerta, de nuestro enterrado amor, de ese cristianismo dormido en el sepulcro de la indiferencia, escuche ya y de una vez esa su voz que grita el “thalita kumi” de la vida, el “levántate y anda” de la acción y de la gracia.  JM.F

domingo, 24 de junio de 2018


  
FESTIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA 24-VI-2018


Una de las fiestas más míticas y evocadoras, tanto de nuestro folclore como de toda nuestra Liturgia, es la fiesta de san Juan Bautista. Bastaría recordar los mitos y  los ritos que han llenado durante siglos la “Noche de San Juan”, la noche del solsticio de verano, la más corta del año. Y habría también que imaginarnos cómo se celebraría esta llegada del sol, en tiempos de los hombres que habitaron las cuevas de Candamo o del Pindal.

Por lo que a nosotros ha llegado, dos son los elementos que entran a formar parte en el ritual de esa noche, curiosamente dos de los cuatro que según los antiguos constituían la materia: el fuego de noche y el agua al amanecer. Los otros dos elementos, el aire y la tierra, también adquirieron carta de naturaleza sagrada puesto que de tierra hizo Dios al hombre y aire fue lo que insufló en su nariz para infundirle en el Paraíso el alma después haberlo creado.

Dos son también los elementos que entran a formar parte de la noche más santa de la liturgia católica: la Vigilia de la Resurrección: en ella se bendice el fuego que arderá luego  durante todo el año ante los Sagrario de todos los templos católicos y en el cirio durante el tiempo pascual; y en ella se bendice el agua que servirá para el bautismo o nacimiento de nuevos cristianos. Pero estos dos elementos no sólo han servido como símbolo de vida. En la Biblia se nos habla de un Diluvio que anegó toda la tierra, de una lluvia  de fuego que asoló las ciudades de Sodoma y Gomorra, siendo luego sepultadas bajo las aguas del Mar Muerto o mar de la Sal, ¡la sal!, otro elemento que la liturgia usó en sus ritos y del que la Biblia habla con frecuencia.

Por otra parte el fuego tiene dos versiones: una negativa que es el fuego como castigo, las llamas eternas del infierno para quien no quiso saber nada del amor de Dios. Con todo hay teólogos que afirman... que el fuego del  infierno no es otra cosa que el mismo fuego del amor divino, fuego santo en el que se abrasan las almas que, locamente enamoradas de Dios pero en pecado, ansían acercarse a ese Ser divino objeto supremo de su amor; como náufragos que bracean en medio del mar para acercarse a tierra firme, pero son rechazados una y otra vez por haber sido infieles a la gracia. Y está la interpretación positiva: la del fuego del espíritu que descendió sobre el Cenáculo, luz divina en el alma, puesto que si de algo se nos habla al describir el cielo es de la luz de Dios, luz eterna que brilla con sus santos por siempre. Así mismo Dios se aparece a menudo en forma de fuego, las fogueras de Dios: en la zarza ardiendo a Moisés, en la columna de fuego que guiaba a los israelitas por el desierto, y entre rayos y truenos al promulgar sus Mandamientos en el monte Sinaí.

En torno al fuego, a la foguera de San Juan, se baila la danza prima que es una alegoría y evocación de la danza de los planetas que giran en torno al sol. Un sol que ha quedado como símbolo divino en la famosa “flor galana” que nuestros artesanos han dejado grabada en hórreos, arcones y madreñas y que no es más que un sol en posición de girar despidiendo rayos de luz.  Antiguamente la danza tenía lugar en un claro del bosque a la luz de la luna, con una rama de aulaga tras la oreja. Los bailes, contra lo que hoy pudiéramos pensar, han tenido un origen religioso. Las danzas son bailes que no tienen que ver nada con el mundo paganizado pues se siguen manteniendo aún en las aldeas a la salida de la ermita o de la Iglesia. En ellas, al son de la gaita y el tambor, se elevan preces al Santo o a la Santa mientras los mozos giran y trenzan sus pasos armoniosamente.

 Yo no sé si tendrán algo que ver las danzas sanjuaneras con los saltos que dice la Escritura que dio san Juan en el vientre de su madre santa Isabel cuando se encontró al llegar a Aín Karín con su prima María, o acaso con otra danza, esta de peor signo, la danza de Salomé el día del cumpleaños de su padrastro cuanto al sentido religioso del agua solamente hay que pensar que todas las religiones han nacido a orillas de algún río: La egipcia de Osiris y de junto al río Nilo, la hindú  de Brahama y Buda junto al caudaloso Ganges, la cristiana de Juan y de Jesús en el río Jordán, etc. El agua es el elemento primordial de la vida, materia del sacramento del Bautismo, es decir del sacramento que nos introduce en la Iglesia, y Antipas, danza que le costó a Juan Bautista la cabeza. Digo que no sé si tendrán algo que ver, pero al menos es una curiosa y sorprendente coincidencia.

También es curiosa la perfecta correspondencia de fechas que se dan entre el nacimiento de Jesús, el de San Juan y las palabras del Evangelio. El nacimiento de Jesús empezó a celebrarse el s. IV como contrarréplica a las famosas fiestas lupercales que se celebraban en Roma al Sol Invicto. De nuevo el fuego y la luz. En Navidad no hay fogueras pero se suplen en calles, plazas y escaparates por miles de farolillos y árboles iluminados. Bien se le podría llamar “la foguera de Jesús”. Pues bien, si la Navidad del Señor se celebra el 24 de diciembre, por ley natural y biológica había que celebrar su concepción o Encarnación nueve meses antes, es decir el 24 de marzo. Cuando el ángel saluda a María le dice que su prima santa Isabel, la madre de san Juan, está ya de seis meses. Si esto sucedía el día de la Encarnación, nos pone en el camino de saber por qué se celebra también en Junio, tres meses después, tres y seis nueve, el nacimiento del Bautista, nombre que lleva en sí la marca de las aguas del bautismo  y  nos descubre cómo la Liturgia está atenta a los más mínimos detalles. En también forma parte del vino de la consagración. Jesús de cuyo pecho brotó sangre y... agua, habló del agua que salta hasta la vida eterna a la samaritana junto al pozo de Jacob.

En la Noche de san Juan se decía que quedaban benditas todas las fuentes por eso se engalanaban, para recibir la bendición como es debido. Luego al amanecer se recogía la flor del agua, o sea, la primera que era tocada por el primer rayo de sol de esa mañana. Y la gente andaba descalza por la hierba para recoger la rousada o rocío bendito de esa noche. Quedaba de igual modo bendita el agua de las playas. Según la mitología romana Venus nació de una concha en medio del océano, como trata de expresarlo el pintor florentino Botticelli en el famoso lienzo El nacimiento de Venus (1484). Y con una concha marina se echa agua al bautizando para que renazca también a una vida nueva, la vida de la gracia, la vida del Bautismo La fiesta es también una invitación al fuego de la fraternidad, al calor de la amistad y del sincero amor. Cristo que “se vio y vivió entre dos fuegos”, el fuego de la estrella navideña y el del día de Pentecostés, el fuego del espíritu en forma de luz que guía, y de impetuoso viento que anima y arrastra, nos habla a menudo de ello: “Fuego he venido y a traer al mundo y ¿qué más quiero yo que arda?”.

El día en que toda la humanidad danzara mano con mano en torno a la foguera del amor a Cristo y a su prójimo, purificados por el agua lustral de la divina gracia, lograríamos el mayor milagro de que el hombre y hasta Dios sería capaz y que sería la auténtica convivencia de todos los pueblos y razas.

El día que lográramos hermanar sentimientos, matrimoniar los corazones mano con mano, ese día podríamos celebrar de verdad la gran fiesta universal porque habríamos erradicado de la tierra la injusticia y la miseria y por lo tanto la causa que provoca los mayores males a los hombres.

Y es que el  día que lográramos que todos los hombres se dieran de verdad la mano unos a otros ese día no habría ninguna pidiendo.

viernes, 22 de junio de 2018


DOMINGO XII  24-VI-2018 (Mc. 4-. 35-40) B

 Una frase de Cristo que es toda una lección: “¿Por qué sois tan cobardes? El evangelio es como una gran representación dramática donde aparecen una serie de personajes entre los que no faltan los pobres, los enfermos, los vacilantes, los atemorizados..., y Cristo, el protagonista, siempre dando ánimos. Pero esto mismo se puede aplicar también a la vida, porque hoy más que nunca necesitamos de animadores de hombres, ya que los cobardes, los pesimistas, “los que ponen su mano en el arado y vuelven la vista atrás” abundan más de lo debido y según Cristo los tales no son aptos para el Reino.

Y no es que el mundo invite precisamente al optimismo, no. Los peligros nos acechan por todas partes: la enfermedad, el dolor, el paro, la guerra, el odio, la depresión, la angustia, la soledad... Vivimos como inmersos en un medio ambiente hostil, que se nos mete hasta en el alma, llevando así dentro de nosotros mismos nuestros peores enemigos.

Algo parecido sucede con la Iglesia o con cualquier otra institución. Y Cristo no compara a su Iglesia con una roca, esa es Él, sino con una barca: la barca de Pedro; y una barca, si de algo carece es de inmovilidad. También la vida se parece más al mar en movimiento que a la tierra firme. De ese modo desde el “panta rei” todo pasa, de Heráclito hasta el “pasar de todo” de los macarras de turno, la vida se caracteriza, como el mar, por su ir y venir, por el subir de sus mareas y el arrastre, sin piedad de sus resacas, por su eterno movimiento.

De ahí la inseguridad del mar y lo mismo de la vida. La seguridad, la tierra firme, es uno de los valores que más aprecia el hombre. Basta asomarnos a cualquier familia y hallaremos en seguida las mismas inquietudes: se busca seguridad en el trabajo, en la vejez... Y en consecuencia la cantidad de seguros contra todo: contra el robo, contra la enfermedad, contra accidentes de coche, contra incendios, contra malas cosechas, etc., en una palabra, queremos vivir seguros. Por asegurar tenemos asegurado hasta nuestro propio entierro. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿Tiene algún sentido asegurar la vida? ¿El seguro de vida? ¿Ahuyentar así la muerte, el miedo a la muerte, la enfermedad? ¿Cómo? Son cínicamente modos, manera de consolarnos. El mar, además de miedo e inseguridad, creaba en otros tiempos monstruos y fantasmas en la mente de los navegantes: tritones, nereidas, sirenas, poseidones... Todo ello lo crea el miedo y la inseguridad en el mar de la vida. De ahí la necesidad de un buen capitán de barco, de un jefe responsable y realista.

Shakespeare narra en su obra La tempestad el naufragio de Próspero y de su hija Miranda. Próspero, duque de Milán, había sido depuesto por su hermano Antonio. Habiendo sido embarcado con su hija en una lancha, son arrojados por el mar a una isla en la que sólo vive una hechicera. Miranda libra a los espíritus del poder de la bruja. Otro naufragio lleva a Antonio, rey de Nápoles, y a su hijo Fernando, al mismo lugar. Miranda es la mujer pura, virgen, casta que se enfrenta a Calibán... el monstruo salvaje, hasta que ve a Fernando, y el amor sublima aquel encuentro. Yo creo que es una certera imagen de la vida en la que Dios sería Próspero arrojado por el hombre del Paraíso y de su vida, y Miranda la Virgen desposada con nuestra naturaleza humana la cual con su poder nos libra de las tempestades y de los monstruos (la serpiente infernal) que de continuo nos acechan. De ahí la devoción que debemos profesarle de manera especial. No hay que desesperar, tanto en el mar como en la tierra, por mucho que arrecie la tempestad no se puede perder nunca la esperanza; en realidad es lo único que puede salvar en tales situaciones.

Son bastantes los libros que nos narran cómo un náufrago puede sobrevivir a pesar de todo. Gabriel García Márquez nos cuenta la historia del náufrago que estuvo diez días sobre una balsa a la deriva. El inglés Dougal Robertson, narra en Vivir o morir en el mar, cómo el año 1972 cinco personas lograron sobrevivir en un bote durante 38 días. Pero acaso quien mejor estudió el tema fue el médico francés Alaín Bombard en su relato “Náufrago voluntario” en donde describe su peripecia de náufrago voluntario durante 65 días, cruzando el Atlántico el año 1965 y demostrando que de las 50.000 personas que naufragan al año en nuestros mares, no se salvan más no por que no tengan en sus manos medios para sobrevivir, sino por carencia de instrucciones. Y sobre todo porque les falla la esperanza.

En un momento determinado de la narración dice algo que se puede perfectamente aplicar a nuestra vida cristiana: “Naufragio es para mí la expresión de la miseria humana..., es sinónimo de desesperación, de hambre y sed... Habría que matar esa desesperación que mata. Esto no entra en el marco de la alimentación; pero beber es más importante que comer, e inspirar confianza es más importante que beber. Si la sed mata primero que el hambre, la desesperación es todavía más rápida que la sed...” Son palabras que deberíamos tener muy en cuenta. Hay que confiar siempre, no desesperar nunca, aunque a veces seamos incapaces de ver a Dios tras el horizonte, o detrás de la tormenta. Nos lo intenta probar el santo Job: “Él, (Dios), es quien dice al mar: hasta aquí llegarás y de aquí no pasarás”.

Otra actitud además de la confianza debe ser la búsqueda. En el mar no existe stop; todo es caminar como la vida, así lo cantó Machado: Cantar de la tierra mía / que echa flores / al Jesús de la agonía / y es la fe de mis mayores... / ¡Oh, no eres Tú mi cantar!, / no puedo cantar ni quiero / a ese Jesús del madero / sino al que anduvo en el mar”. No podemos anclarnos en la cruz, ni en el pasado, ni seguir eternamente lamentándonos, es preciso caminar, abriendo nuevos horizontes. Seguramente el primer hombre que abandonó la caverna y edificó una choza, o la primera mujer que hizo un vestido para cubrir o exhibir su desnudez fueron duramente criticados. No podemos pararnos a escuchar ni a las ranas que croan en las charcas, ni a las sirenas que se lamentan entre las rocas, ni a los vientos que silban en lo más alto del mástil, ni a los tritones que amenazan desde el subconsciente de las aguas más profundas de la mente. Por encima de todo es preciso avanzar, sabiendo que llevamos con nosotros un buen piloto. En cierta ocasión iban varios soldados con Julio César en una barca cuando se desató una gran tempestad. Los soldados estaban horrorizados. César mantenía su ánimo tranquilo. Luego los increpó y les dijo: ¿Por qué tenéis miedo? ¿No veis que va el César con vosotros? San Francisco de Sales, un santo del s. XVII, que escribió esa preciosa obra: “Tratado del amor de Dios”, al hablar de este embarcarse en empresas con la confianza puesta en Dios, y al recomendar esta búsqueda de lo sobrenatural, recuerda una anécdota de Margarita de Provenza, la esposa de San Luis IX, rey de Francia. Cuando éste se dirigía a Tierra Santa durante una de las Cruzadas, ella le pidió que la dejara acompañarlo. ¿Sabéis a dónde vais? le preguntaban. No importa, voy con el rey, contestó Margarita. Vuestro marido va hacia Egipto, se detendrá en Damieta, en Acre... ¿Tiene vuestra majestad la esperanza de llegar allí? -Pues no, -respondió la reina-, pero tampoco me preocupa. Lo único que me interesa saber es que él está allí y yo estaré a su lado... Y dice san Francisco: “Ese rey es nuestro Señor, la reina deberíamos ser todos los hombres...”. Sin embargo el hombre prefiere la comodidad de la tierra firme. Deberíamos tener siempre a punto la virtud de la fe y ejercitarla a menudo para que no se nos apague o quede dormida. A Dios hay que despertarlo, la fe duerme en el fondo de las almas... ¿Qué es, que no te importa que nos hundamos? Oración un tanto irrespetuosa. Pero Cristo sin duda reaccionará al instante e incorporándose nos reprenderá: Y vosotros ¿por qué sois tan cobardes?

Sin fe no hay nada ya que hacer. Con la fe, incluso en situaciones comprometidas, la Iglesia siempre salió adelante. La historia es testigo de las ingentes tempestades que superó tanto dentro como exteriormente, y siempre salió adelante. Hay que tener más fe, incluso en medio del error y de la anarquía, hay que seguir andando, buscando soluciones, y abriendo caminos, pero lo que no debe permitírsenos nunca es desesperar. Es preciso sentir a Jesús entre nosotros, recostado en la barca y sobre todo es preciso que nosotros nos sintamos verdaderamente salvados por Él aquí y ahora, no mañana. A veces desconfiamos, nos falta fe, sin darnos cuenta de que es la fe en Jesucristo el primer paso para asegurar la salvación y vernos libres del naufragio.

Y si un día sucediera ese naufragio aún nos queda en la Isla esa madre purísima, la virgen Miranda de la obra shakesperiana, que nos echará una mano y vendrá a librarnos de las malas artes del diablo y del pecado.  JM.F.

viernes, 15 de junio de 2018


DOMINGO XI .17-VI-2018.- (Mc. 4. 26-34).B
  
¿Con qué comparar el Reino de los cielos? Es alentador que Jesús eche mano en sus sermones de estas comparaciones tan familiares y de estos símiles tan a ras de tierra para tratar de explicar a sus oyentes sus ideas. Nosotros acostumbramos a actuar al revés: complicamos lo sencillo con fórmulas ininteligibles, algo así como definía cierto pensador la filosofía: “El arte de decir lo que todo el mundo sabe con palabras y fórmulas que casi nadie entiende”. Y otro tanto se podría aplicar a muchas ciencias, como es la Economía, recordemos el lenguaje de algo tan familiar como es la Declaración de la Renta, y si se quiere la política. Pero lo que es más incomprensible es que este tipo de lenguaje lo apliquemos a la Teología.

Posiblemente hubiera sido más científico que Jesús diera a conocer su Doctrina de un modo más sistemático y técnico, tras haber hecho entre el pueblo encuestas, estadísticas, porcentajes y tantos por ciento de religiosidad, o un estudio sociológico a fondo sobre la realidad social de su tiempo. Sin embargo su ideología, la filosofía de su mensaje, del mensaje del Reino, la compara a una semilla del campo, a un humilde grano de mostaza, es decir que su doctrina no sólo es algo simple sino que también es algo muy pequeño: una semilla.

Cabe ahora preguntarse ¿Y qué es lo pequeño? Todo es relativo. Ya los estrategas acostumbran a decir: “No hay enemigo pequeño”. Recuerdo a este propósito una anécdota del misionero P. Cenera, muerto hacia 1991 en su misión africana de Zimbawe.  Había llegado de vacaciones a Oviedo y se acercó al Seminario. Nosotros lo rodeamos entre la curiosidad y la admiración y empezamos a bombardearlo con preguntas. Una de ellas versó sobre cuál era el mayor peligro que amenazaba al misionero en sus desplazamientos por la selva: ¿las serpientes?, ¿las panteras?, ¿los leopardos?, ¿los jaguares...? Él se quedó mirándonos con una larga y maliciosa sonrisa, negando con la cabeza una y otra vez hasta que al fin dijo: -”Nada de eso; mirad, el animal más feroz, al que más tememos todos es... al mosquito. De los otros nos podemos defender mal que bien, del mosquito es casi imposible defenderse”. La Biblia recoge en sus páginas ejemplos de esta fuerza que reside en lo pequeño, v.g.: la lucha entre el gigante Goliat y el joven David.

En los cuentos de niños siempre es el hermano pequeño, el más indefenso, el Pulgarcito de turno, quien suele ayudar y salvar a todos sus hermanos. Lo mismo que nos cuenta el Génesis al narrar la Historia de José. Y en el Libro de Daniel se nos recuerda otra historia parecida: la del sueño que tuvo el rey Nabucodonosor, del que no pudo acordarse hasta que el pequeño Daniel fue llamado a su presencia y se lo descifró: “Soñaba -le dijo el rey- que veía una estatua gigantesca con la cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro y pies de barro, hierro y barro. De pronto vi cómo se desprendía de lo más alto de un monte una piedrecita que, rodando, rodando... dio contra los pies de la estatua la cual, como tenía los pies de barro, no resistió el golpe y se derrumbó, rompiéndose en mil pedazos... y la piedrecita siguió rodando y creciendo hasta que cubrió toda la tierra...”. Y Daniel iba descifrando el sueño ante los ojos asombrados del rey: “La cabeza de oro representa tu imperio, al cual sucederá otro menor simbolizado en la plata, a este seguirá otro menor de bronce. Después del cuarto imperio seguirá otro de hierro que lo destruirá todo y no habrá quien le oponga resistencia pero al fin terminará como los anteriores. Y aquella pequeña piedra será una Monarquía que los destruiría a su vez a todos reduciéndolos a polvo”. En esta piedrecita desprendida del monte muchos han querido ver el Reino de Cristo, pequeña semilla desprendida del monte Calvario, del monte de Belén, del de las Bienaventuranzas, del de la Ascensión, da lo mismo, y que hoy, después de rodar durante casi dos mil años, cubre ya, de algún modo, toda la tierra.

Siempre en estas comparaciones entra un elemento nuevo: “la espera”. Sembrar es importante pero la espera es imprescindible si queremos recoger algo en la siega. En La dama del Alba, de Alejandro Casona aparece una frase en labios de Martín, el marido de Angélica, que ilustra muy bien lo que estamos diciendo: Vale más sembrar una cosecha nueva que llorar por la que se perdió”. Sembrar inquietud, amor, paz es lo que importa y después saber esperar. ¡Cuántas veces la prisa ha frustrado grandes proyectos!

La naturaleza también sabe esperar y de ello nos da grandes lecciones. Ya Francis Bacon sugería: “Sólo se domina a la naturaleza obedeciéndola”. La naturaleza no conoce el stress, ni el trabajo a destajo, ni las prisas. Dios tampoco. Por eso no tiene prisa en arrancar la cizaña que nace junto al trigo, ni en castigar al malvado ni en premiar al justo. Todo llegará a su tiempo. Los frutos suelen crecer lentos, a los que se les ha hecho crecer artificialmente, sean plantas de invernadero o animales tratados con hormonas, se los distingue en seguida por su falta de calidad. Dice un refrán árabe ¡y qué gran verdad! que no tengamos prisa ni siquiera para hacer justicia por las ofensas recibidas: “Siéntate a la puerta de tu tienda verás el entierro de tu enemigo pasar”.

Y lo saben de sobra algunos animales: no es el perro ladrando desaforadamente el que hace bajar del poste al gato encaramado en lo más alto, sino el zorro que da vueltas y vueltas, muy despacio, en torno al mismo. Con ello, el gato al querer seguirlo con la vista se marea y cae, siendo fácilmente atrapado. El zorro sabe esperar.

En el reino de Dios, lo mismo que en nuestras cosas, preferimos equivocadamente lo contrario: el aquí y ahora, como los niños mal educados. Huimos de lo sencillo, de las cosas humildes tras las que se esconde a menudo Dios y preferimos lo espectacular, las grandes concentraciones, los grandes oradores, pensadores, medios técnicos, personajes a ser posible de primera fila.

Jesús usa palabras sencillas, comparaciones sacadas de la vida del campo y del mar. Sus “cuadros de mando” son gente sencilla, humildes pescadores con mucho más corazón que cabeza, al revés de lo que nosotros pensamos y hacemos. Y lo más sorprendente es que este marketing de empresa que escogió para su Reino, sin especialistas en economía ni en comunicación de masas, sin planificación alguna, ni ideólogos, ni sociólogos, ni gente preparada, sólo con doce humildes pescadores, hoy, a 2.000 años de distancia, comprobamos que ha dado resultado, ¡funcionó! Y es que el Reino de Dios es diferente.

“Un hombre -cuenta Anthony de Mello en El Canto del pájaro- encontró una vez junto al camino un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y nació con los demás polluelos. Durante toda su vida el águila hizo lo mismo que hacían las gallinas, pensando que era una gallina más: escarbaba la tierra, buscaba gusanos, cacareaba, incluso sacudía las alas e imitando a las demás gallinas, volaba unos metros. Después de todo ¿no es así como vuelan las gallinas?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja.  Un día divisó en el azul del cielo un ave que volaba altísima moviendo apenas sus poderosas alas doradas entre las azules corrientes de aire al resplandor del sol de la tarde. La vieja águila no se cansaba se mirar asombrada...
-¿Qué es eso? preguntó a la gallina que picoteaba a su lado.
-Es e1 águila, la reina de las aves”, respondió la gallina, pero no te hagas ilusiones, tú y yo somos diferentes”. Y el águila no volvió a preguntar ni a pensar más en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.
El hecho de ser humilde no tiene nada que ver con el conformismo. Precisamente la humildad es la que nos hace a menudo volar ligeros como las águilas reales por los cielos más azules y límpidos y salirnos del corral de nuestras miserias, mientras que la gravosa soberbia es la que nos convierte en animales y gallinas de corral.

Las parábolas del evangelio de hoy están hechas con palabras naturales y sencillas, usan símiles humildes y del campo pero en su simplicidad han atravesado los siglos y han llegado hasta nosotros para enseñarnos la gran lección de lo pequeño, del grano de mostaza, (si el grano de trigo no muere ...¿qué más pequeñez que esa?), un grano que es el más pequeño de las semillas del campo; pero sobre todo estas comparaciones de Jesús son o deben ser para el cristiano un magnifico antídoto, deben ser semillas contra el desaliento.