viernes, 29 de noviembre de 2019


DOMINGO I DE ADVIENTO. 1-XII-2019. (Mt. 24, 37 - 44) A


Cuando llega este tiempo litúrgico parece que se oye por doquier una voz que nos grita: ¡que viene...! Este “que viene” se puede interpretar de mil maneras: señal de miedo: “que viene el lobo...” como en la conocida fábula de Samaniego. Se puede interpretar como una buena noticia: “ya viene la primavera”, como signo de amenaza, nos lo decían de niños: “que viene el coco...”. Juan nos grita desde el Evangelio: “Despertad, porque Alguien viene...”. Jesús nos da un consejo: “Estad en vela porque no sabéis cuando vendrá”.
Se quejaba el zorro al Principito en el famoso libro de Saint Exupery: “Hubiese sido mejor venir a la misma hora. Si vienes, por ejemplo a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes de improviso, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios”. Cristo ni vino definitivamente, ni vendrá de improviso... está viniendo. Él no quiere que pensemos ni en pasado ni en futuro. Para un cristiano que debe vivir “en estado de eternidad”, todo es presente, un presente que entraña el “aquí y ahora”, “mira que estoy aquí, a la puerta...”. Cristo se hace presente, más presente en razón de la capacidad de nuestra vida interior, de nuestra conversión, de nuestro afán por vivirlo a cada instante.
Preguntaba cierto monje a Buda qué era un santo. Y Buda le respondió: “Aquel que es capaz de dividir la vida en años, los años en días, los días en horas, las horas en minutos, los minutos en segundos, y luego aún es capaz de estar presente cada segundo”. Pues así debería ser nuestra esperanza. Un soldado japonés, durante la segunda Guerra mundial, cayó en manos del enemigo. Lo encerraron. Al llegar la noche era incapaz de reconciliar el sueño pensando en las torturas a que le iban a someter cuando llegara el día. Entonces se acordó de algo que le repetía muy a menudo su maestro: “El mañana no es real, lo único que es real es el instante actual, el momento presente”. Y volvió a sentirse un hombre, solamente un hombre, un hombre preso..., y se quedó dormido. (El canto del pájaro, p.36). Es importante aprender a vivir en tiempo presente, a comportarnos bien unos con otros en presente, desde ya, desde ahora y desde aquí... Decía Martín Lutero King: “Los hombres hemos aprendido a volar como las aves, a nadar como los peces, pero no a vivir fraternalmente como seres que pertenecen a la misma especie...”. Dios está aquí y ahora. No conviene pensar demasiado en el futuro... ¿Vendrá...?, más bien tendríamos que acostumbrarnos a decir: Me acercaré, le abriré la puerta... Dios está aquí y allí y en todas partes, siempre, en todo tiempo, porque Dios más que estar, es... “Si os dicen que está aquí o allí no hagáis caso” (Lc. 21,8). Nos sucede lo mismo que con el sistema solar a los que vivieron antes de Copérnico: creían que el sol salía y se ocultaba, que llegaba al alba con sus rayos de luz y se moría entre arreboles al atardecer... Cuando salga el sol, cuando se ponga... Siempre era el sol el que se movía, la tierra estaba fija. Tuvo que venir un sabio a decirnos que el sol es una estrella relativamente “fija” y la tierra en cambio es un planeta que gira, y es ella la que con su rotación trae el invierno y las noches heladas, los fríos y las nieves, y es ella la que hace brotar las flores y madurar los frutos a medida que los días crecen y  hace que los rayos del sol la calienten con más fuerza.
Pues algo parecido sucede con Dios. Somos los hombres los que podemos hacer que nazca Cristo en el corazón de cada uno cuando vemos en él a nuestro hermano, o le helamos el corazón al alejarnos de su amor con nuestros crímenes y faltas. Y Dios está muy cerca, muy dentro de nosotros, es el sol de nuestras almas... “Con vosotros está y no le conocéis...”. Lo mismo que sucedió hace 2.000 años.
Los judíos conocían, leían, repetían, escuchaban las profecías mesiánicas en las sinagogas y por todas partes, sabían dónde iba a nacer, en qué fecha... setenta semanas de años... Y tú, Belén, no eres la más pequeña... de ti nacerá el libertador de Israel... ¿Más pistas aún? Milagros, la Resurrección, su mensaje de paz..., pues nada, terminaron confundiéndolo con un provocador y con un sedicioso.
Jesús estaba en medio de ellos, pasó a su lado... con tantas pistas, y fallaron la respuesta. Pues lo mismo nos puede suceder a nosotros. Cristo está entre nosotros, pasa también a nuestro lado, nos requiere en los necesitados y nosotros salimos por peteneras.
Existe una costumbre nórdica, hoy más extendida entre nuestros fieles, la de encender durante el tiempo que duran estos cuatro domingos de adviento, cuatro velas, una cada domingo, y colocarlas en ventanas y balcones, tras los cristales adornadas con flores; se las llama “corona del adviento”. Es un hermoso símbolo que trata de hacernos recordar la venida de Cristo a quien hay que esperar como las vírgenes prudentes con las lámparas encendidas.
Hace años pasó por Madrid el escritor y cantante canadiense Leonard Cohen (1934) cuyos poemas son una mezcla de textos bíblicos, paganismo y apuntes de la vida. Uno de sus discos se titula El futuro, a propósito del cual dijo en aquella ocasión unas palabras que bien podrían ser motivo de meditación para todos nosotros, al socaire del evangelio de hoy: “El futuro ya está aquí, con nosotros. La catástrofe ya está instalada en nuestros corazones. Las luces se han apagado. Estamos en pleno desastre, en plena riada. ¿Cuál es la postura de un hombre que se siente arrastrado en una riada? Intentar agarrarse a una caja de naranjas para mantenerse a flote... Ser pesimista no es verse arrastrado por la riada, sino esperar que llegue, pensar en el desastre que se avecina... Estar dentro sería ya una liberación... He visto el futuro, nena, y es un crimen... el amor es el único motor de supervivencia...” (ABC, 24-XI-92, p. 95). Un cristiano no espera el fin del mundo, vive el fin del mundo. Desde que se sintió salvado por Cristo se instala en su venida, en su parusía, haciéndole presente en cada instante. En esto algunos cantantes y poetas tienen versos, frases proféticas. Sin embargo damos la sensación de que, haciendo esfuerzos sobrehumanos, queremos instalarnos en la crisis. Vemos normal que suba todo, nos acostumbramos ya a convivir con la droga, con la corrupción, la perversión, el crimen, el paro, la pobreza, los juegos de azar, la contaminación, el terrorismo, los accidentes de carretera, el cáncer, vivir sin trabajar...
¿Qué podemos esperar de una cultura así en la que se promete tanto y se hace tan poco? Porque promesas se hacen muchas y para todo: el año 2.000 ya no habrá cáncer, se habrá vencido el SIDA, habrá niños probeta, se llegará a Nueva York en seis horas, aunque paradójicamente aún no se haya descubierto un fármaco que te cure una gripe o un catarro en unas horas. El hombre espera poco del mundo, cada vez menos, en ese aspecto puede estar en buen camino, conformándose con ir tirando... Y es entonces cuando hay que echar mano de la virtud de la esperanza y escuchar la voz del Evangelio que nos grita desde este primer domingo de Adviento: ¡Estad en vela!... no todo está perdido... En tiempos de Noé nadie esperaba nada, todo el mundo comía, bebía y ofendía a Dios... La catástrofe sucedió cuando menos los esperaban, porque tampoco la desgracia se hace esperar... Cuando suceda esto, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación (Lc.21, 28).  ¡Qué bien lo expresa Antonio Machado cuando escribe: Yo amo a Jesús que nos dijo / cielo y tierra pasarán.../ Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad!
El Adviento no sólo es una invitación a la esperanza sino una invitación a sembrar esperanza en nuestro entorno. Vamos a dejarnos de lamentaciones que nada arreglan, porque siempre será mejor sembrar un grano de trigo que lamentar una cosecha perdida. Se acerca un Salvador. Alguien tiene que arreglar el mundo, y ese es precisamente Cristo, nuestro libertador que no viene en son de guerra sino como un humilde niño que nace en un establo. El final de mundo está sucediendo a cada instante: guerras, huracanes, inundaciones, terremotos, salvajadas por doquier, el accidente de carretera que está sucediendo en este mismo instante en no sé qué curva de Dios sabe qué camino.
Para aquel que espera, siempre es tiempo de adviento, pero para el que además de esperar cree en Cristo y ama al prójimo, para ese es siempre Navidad ya que sabe muy bien que Jesús hace ya muchos años que está entre nosotros, en nuestro corazón... Sólo resta encontrarle un lugar para que nazca, un alma buena que le hospede, unas manos limpias que lo acojan y lo estrechen contra el pecho, y un trabajo cuya práctica es propia del adviento: penitencia, oración, y preparación. Nuestra súplica por lo tanto no debe ser otra, en este tiempo, que aquella con la que termina la Biblia y que tan a menudo repetían los primeros cristianos: ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven! De esa forma podremos hallar la respuesta de labios del Señor cuando seamos juzgados al final de los tiempos: ¡Venid, benditos de mi padre, venid a poseer el reino!  Jmf

viernes, 22 de noviembre de 2019


CRISTO REY DEL UNIVERSO, 24-XI-2019 (Lc. 23, 33-37)C

Corría el año 1925, final de la terrible contienda mundial, iniciada en 1914 y zanjada con la firma del Tratado de Locarno (Suiza) a la sombra del santuario mariano de Sasso. El mundo estaba conmocionado, tal como lo refleja la literatura de entonces. Por ejemplo el escritor sueco Eyvind Johnson (premio Nobel en 1974) describe en su obra “Año 1914” la tragedia vivida en los frentes, la angustia de la que fueron presa los pueblos, la desesperación que cundió en las masas obreras: “Miraban fijamente al cielo por donde amanece, donde existe un Dios para algunos y la nada para otros, donde existe la luz para todos. ¡Buenas noches!, se decían, pero... no, lo que se debería hacer es poner dinamita para que saltara todo por los aires en pedazos...”. Así describe este prestigioso literato aquel ambiente posbélico.
Y es entonces, cuando Pío XI instituye la controvertida fiesta de Cristo Rey, como fiesta de la Iglesia Universal, con la idea de que todos los gobiernos del mundo reconocieran, de algún modo, la soberanía de Cristo y lo honrasen como rey. Pero las gentes, las ideologías cambian. Hoy rehusamos estar sometidos al gobierno de nadie tanto en el plano personal como en el de las naciones. Antes se decía: “Servidor de usted”, ahora simple y llanamente: , o se levanta el brazo. Es como si de nuevo aquel grito de rebelión que lanzó Lucifer en el Paraíso: “¡Non serviam! no serviré...” recorriera el universo mundo y entrara en todos los parlamentos, aulas y hogares. Ahora bien, el título de rey aparece en la Biblia nada menos que 2.831 veces, y 361 el de reyes. Cuando el pueblo judío pide a Samuel un rey contra la voluntad de Dios Dios dice a Samuel: “Obedece la voz del pueblo en todo lo que te pide, mas hazle saber lo que conlleva consigo servir a un rey: Os hará trabajar a hombres, mujeres y niños... para él, lucharéis... para él y os cobrarán impuestos... para él y sus ministros” (I Sam. 8, 10). Los judíos no obstante, insisten, y Samuel unge por rey a Saúl, hijo de Cis, cuando andaba buscando por el monte unas pollinas que se le habían extraviado. Hasta el último libro de la Biblia: el Apocalipsis, nos recuerda el título regio dando a Jesús el superlativo hebreo de rey de reyes (Apoc. 19, 16).
El Evangelio también recuerda muchas veces la realeza de Cristo; así cuando los Magos preguntan a Herodes dónde ha nacido el rey de los judíos, y luego lo encuentran en Belén, le rinden pleitesía, lo adoran y ofrecen regalos como a Dios, como a hombre y como a rey... El diablo en el Monte de las Tentaciones le promete a Jesús todos los reinos de la tierra, es decir, le promete nombrarlo rey a cambio de un gesto de adoración. Jesús reacciona ante la propuesta: “Apártate de mí Satanás, a sólo Dios servirás”. Un día el pueblo lo quiere nombrar rey después de la multiplicación de los panes y los peces..., pero Jesús huye al monte y se esconde. En cambio cuando Pilato lo presenta a la muchedumbre coronado de espinas y cubierto con un manto raído y sucio, llevando como cetro una caña vacía...; entonces sí, entonces Jesús acepta el título de rey, un título que horas más tarde todos podrán leer, para más INRI, en lo más alto de la cruz: Jesús Nazareno rey de los judíos. Ese es su verdadero trono y no otro desde el cual Cristo imparte justicia, su justicia que es distinta de la nuestra, pues desde allí perdona a los que le crucifican, y abre las puertas del Reino celestial a un malhechor arrepentido: uno de esos que llegan a la hora undécima: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Así inicia su reinado desde esa cruz ante la cual se dan las más diversas y contradictorias reacciones y actitudes; por ejemplo: las autoridades religiosas se ríen de él haciendo muecas, el pueblo, como siempre, calla y mira; los soldados le ofrecen vinagre y sortean sus vestidos, las piadosas mujeres lo compadecen y acompañan; Pilato escribe: “Rey de los judíos”, protestan estos y él contesta: Lo escrito escrito está. Un ladrón le insulta, el otro le pide perdón y le suplica: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino...” Este fue el que acertó, el más listo de todos. Lo sabemos hoy, después de dos mil años.
Y es que el Reino de Jesús no es como los reinos de la tierra: su trono es un patíbulo, su corona es de espinas, su manto de tela sucia y rota y nosotros empeñados en cambiar el patíbulo, por cruces de adorno y recamadas en oro y plata para condecorar a los poderosos de la tierra. Sus leyes son el amor a los enemigos, “si te abofetean en una mejilla pon la otra”, en el perdón de las ofensas a nuestros hermanos, en dar la vida por el prójimo... y nosotros erre que erre, con la venganza a flor de labios siempre, con el “ojo por ojo” del Talión. Sus comunicados, sus partes de guerra siempre son buenas noticias, evangelio simple y llano, nosotros empeñados en que sólo sean buenas noticias los partes de guerra y las tragedias. Finalmente sus súbditos son los pobres, los que lloran, los que lo pasan mal, los necesitados de pan y de justicia..., etc., definitivamente, y a la vista de todo esto se ve a la legua que “su reino no es de este mundo”, por más que juremos que lo queremos hacer reinar sobre la tierra.
Constantino y Pipino el Breve ofrecen coronas temporales a los Papas Silvestre I y Esteban II y estos no las rechazan. Los reyes europeos (año 1000) conquistan Tierra Santa a sangre y fuego y la Iglesia los bendice y anima. Hemos hecho “cristianos a la fuerza” a judíos y a moros, e incluso hay algún iluso todavía que soñaba con imponer un orden social cristiano a base de “guerrilleros de Cristo Rey”, así se llamaban algunos de estos grupos, hoy desaparecidos. Dice el argentino Marcos Aguinis, autor de “La cruz invertida”, premio Planeta en 1970, que “cuando una cruz se desenfunda y se empuña es una espada, pero cuando una espada se enfunda entonces se convierte en una cruz”. “Mi reino no es de este mundo”. “No he venido a ser servido sino a servir y a dar mi vida por todos...”. Y sin embargo con todo y con eso, aún no nos acostumbramos a sufrir las críticas, nos asustan las humillaciones, huimos del escarnio, despreciamos la cruz que es precisamente donde Dios ha puesto su trono.
Lo explica muy bellamente, aunque con su dosis de crítica, Dostoievski en Los hermanos Karamanzov, dirigiéndose a Cristo en estos términos: “Si hubieras cogido la espada y puesto la corona real todos se hubieran sometido a ti de buen grado. En una sola mano hubieras reunido el dominio completo sobre las almas y los cuerpos y hubiera comenzado el imperio de la eterna paz. Pero has prescindido de esto. No bajaste del patíbulo cuando te gritaron con burla y con desprecio: Desciende de la cruz y creeremos que eres el Hijo de Dios. No bajaste de la cruz porque no quisiste hacer esclavos a los hombres por medio de milagros, porque Tú querías un amor libre. Tenías sed de amor voluntario, no de encanto servil ante el poder. Si hubieras tomado la espada y la púrpura de emperador hubieras establecido el dominio Universal y dado al mundo la paz... pues sólo domina a los hombres el que tiene en sus manos sus conciencias y su pan”. ¿No es acaso siempre ésta la tentación no sólo de los gobiernos sino de la Iglesia? ¿No fue, en cierto modo, la de Pío XI al inaugurar esta fiesta? Pero Jesús sigue gritando: Mi reino no es de este mundo, está en él, claro que está, incluso lo lleváis dentro de vosotros si pensáis un poco y leéis mi evangelio, pero mi reino no puede ser de aquí, se mueve en otras coordenadas: mi reino está en la humillación no en la exaltación, en la pobreza no en el confort, en el dolor no en el placer, en los desheredados no en los satisfechos. Un día visitando una capilla de una ciudad belga me encontré con un folleto que contenía un texto muy hermoso que decía algo así: “Jesús, Tú eres diferente. Tú te pusiste de lado de la mujer adúltera cuando todos le dieron la espalda. Tú entraste en casa del publicano cuando todos echaban contra él. Tú perdonaste a Pedro mientras los demás lo condenan. Tú felicitas a la viuda generosa mientras para los demás pasa desapercibida. Tú prometes el cielo al ladrón arrepentido mientras todos lo envían al infierno. Tú rehuiste los aplausos de la muchedumbre satisfecha cuando trataban de elegirte rey. Tú cargaste con la culpa mientras los demás se lavaban las manos. Tú morías en la cruz mientras los demás celebraban la Pascua. Tú llamaste a Pablo a tu servicio mientras todos desconfiaban de él. Tú saliste vivo del sepulcro mientras todos creyeron que allí se había acabado todo. Jesús, yo te doy gracias, porque Tú... eres diferente”.
Jesús es nuestro Rey. La pancarta que llevó colgada al cuello, camino del Calvario, y que luego apareció sobre la cruz para mayor escarnio, como si fuera la primer pintada del Nuevo testamento contra Cristo, resultó ser VERDAD, al cabo de los siglos. Rey de los judíos y rey del Universo, pero a su manera. Quizá la fiesta tuvo en un principio, en aquel lejano 1925, un poco de aire triunfalista y de constantinismo espiritual. No lo tendrá hoy si entendemos bien su significado y la actitud, las palabras de Jesús: que su reino no es, no debe ser de este mundo, ya que su reino es un reino de verdad y aquí existe la mentira, su reino es de vida y aquí practicamos la cultura de la muerte, (como llama a nuestro tiempo el Papa Juan Pablo II), su reino es de santidad y aquí se practica la maldad, su reino es de gracia y el mundo está empecatado, su reino es de justicia, de amor y de paz y aquí sólo vemos injusticia, odio y guerra. Pero, a pesar de todo, es su Reino el Reino al que debemos aspirar, un reino espiritual que llevamos ya de alguna forma dentro de nosotros, aunque no nos demos cuenta. Y si aún no lo viéramos así, entonces deberíamos orar con fe, cada día al Señor para alcanzarlo, ya que fue Él quien se adelantó a recomendárnoslo en la segunda petición del Padrenuestro que dice: “Venga a nosotros tu Reino”. Jmf

viernes, 15 de noviembre de 2019


DOMINGO XXXIII 17‑XI‑2019 (Lc. 21, 5‑19)C


Todos hemos pensado, preguntado y comentado alguna vez cómo será el fin del mundo. De una cosa estamos seguros de que algún día sucederá. El sol es una hoguera que tendrá que extinguirse, pues su fuego no es eterno. El hombre muere, los animales mueren, las plantas mueren y el mundo tendrá también su agonía y después su muerte. Sin embargo más que la muerte, más que la suerte que va a correr el mundo nos interesa la nuestra, la de cada uno. Nos dice el Evangelio: “Antes tendréis que pasar mucho...”. Jesús no nos engaña. No promete a su Iglesia y a sus fieles un futuro rosado aquí en la tierra, más bien nos avisa: “tendréis dificultades, luchas, persecuciones”. De ahí que ese optimismo constantiniano: paz, tranquilidad, hermandad universal... es sólo una bella utopía por la que debemos luchar siempre, pero de escaso valor evangélico.
El 29 de setiembre de 1986 se estrenaba en Madrid la película: La Misión. Su director Roland Joffe trató de plasmar, y creo que lo logró, el drama de unos misioneros jesuitas que, con sus métodos y su concepción socioeconómica y política de la sociedad, llevaron a los indios guaraníes a una prosperidad humana pocas veces alcanzada en la Historia... Quizá la Iglesia en sus prédicas sociales sueñe con un mundo así. Sin embargo cuando, al final aquellos pioneros de la democracia y de la sociedad cristiana sin clases fueron vejados, expulsados e incluso martirizados y ejecutados..., cuando aparentemente todo aquel montaje social se vino abajo, con toda seguridad que fue en aquellas horas amargas cuando estuvieron más cerca del Reino de Cristo y del Evangelio. Porque es en la prueba y en la adversidad donde se templa el cristiano y se construye Iglesia.
También a nosotros nos puede pasar otro tanto en nuestras luchas y contrariedades. “Tiene usted razón para sentirse orgulloso de su pueblo, decía un turista al guía, me impresiona la gente que asiste a misa aquí, seguramente serán todos buenos cristianos...”. A lo que el guía replicó: “Tal vez tengamos buenos cristianos, no lo sé, de lo que sí estoy seguro es de que entre estos abundan bastante los que se odian a muerte...”. Así, poco más o menos, retrata Anthony di Mello cierto cristianismo en su obra El canto del pájaro. Damos a menudo la sensación de que somos incapaces de convivir, de dialogar, de sobrellevarnos, pasando una gran parte de la vida en luchas y enfrentamientos. Cuenta en otro lugar el mismo autor que un día se acercó Nuestro Señor Jesucristo a presenciar un partido de fútbol. Jugaban católicos contra protestantes. Empezaron marcando un gol los protestantes y Jesús aplaudió con todo su entusiasmo la jugada... lanzando su sombrero por los aires. Luego, en otra jugada similar, empataron los católicos y Jesús volvió a aplaudir desaforadamente y a tirar al alto su sombrero... Uno que estaba detrás, desconcertado ante tal actitud, le preguntó: “Por favor, señor, ¿de qué equipo es usted?”. -“¿Yo...? respondió Jesús, de ninguno. Yo aquí sólo vengo a divertirme”. Un espectador al oírlo comentó entre dientes: “Pchsss, este debe de ser ateo”.
Los hombres tal parece que sólo nos movemos a base de enfrentamientos y de guerras, por la ley de la negación y de la contradicción. Pero el mundo, mal que nos pese, se acabará. Y lo grave es que va ser por culpa nuestra, provocado por nuestras incomprensiones y rivalidades. Hoy mucha gente teme la amenaza atómica, como se describe tan dramáticamente en ese film americano: “El fuego desatado”. Pero lo que nadie podrá decir es que se trata de un castigo divino o que es obra de Dios; ese drama será provocado por el hombre mismo. Estamos jugando con fuego, nunca mejor dicho, y lo lógico es que terminemos abrasándonos. Lo mismo que el terrorista, por experto que sea, a fuerza de poner bombas, es fácil que un día le estalle una entre las manos. Lo estamos viendo a cada paso. El profeta Malaquías profetiza: “Mirad que llega el día ardiente como un horno”. Con fuego empezó el mundo en aquel Big Bang o explosión inicial, y todo lo arrebatará fuego al final.
Además tendrá lugar por sorpresa. Así nos lo dice el Evangelio, “cuando menos lo esperéis...”, de modo semejante a como vienen muchas desgracias, muchas muertes, los ladrones... de improviso, sin avisar. Pero antes tendrá lugar la persecución. De esto sí que nos avisa Cristo. ¿Y no podría Dios suprimir esta catástrofe final? Parece que no, que eso limitaría la libertad del hombre en construir el futuro a su medida, a la medida de sus actos. Dios no es quien desata las catástrofes. Dios ve la Historia y lo que va a pasar como “en diferido”, igual que nosotros podemos presenciar en la TV un partido ya jugado: sabemos de antemano el resultado pero eso no influye en absoluto en el libre desarrollo del juego. Imaginémonos que se está jugando en presente y nosotros podemos taladrar el futuro y ver lo que va a pasar. Conocemos los goles, las faltas y castigos, las jugadas... las lesiones... pero esto no sucede porque nosotros lo sepamos, lo sabemos porque va a suceder.
Sobre eso que llaman “el túnel del tiempo”, sobre las predicciones, profecías, etc. hoy aún se conoce poco. Sabemos que se dan y poco más. Y así como el jugador no puede decir: ¿para qué me voy a esforzar? ¿Para qué luchar... si mañana el espectador de TV ya va a saber el resultado de antemano? Lo mismo aquí, si Dios sabe si me voy a salvar o no ¿para qué sacrificarme? San Pablo dice a los Tesalonicenses que se hacían un razonamiento parecido con respecto al fin del mundo y se daban a la vagancia creyendo que era inminente: “Pues el que no trabaje que no coma”. De ahí que más que el interés por saber cuándo y cómo va tener lugar el fin del mundo deberíamos esforzarnos en vivir y aprovecharnos de este tiempo que tenemos aquí y ahora. Se podría decir que el fin del mundo está llegando en este mismo instante... o ya empezó... “Para aquel que espera, nada llega por sorpresa”. La esperanza, juntamente con la paciencia, es la virtud a ejercitar en estos casos, teniendo en cuenta que en esa misma espera hallaremos un caudal de felicidad. Y de ser así no habría lugar para recitar aquella súplica medieval de la Letanía de los Santos que dice “A subitánea et improvisa morte libera nos, Dómine” (líbrame, Señor, de la muerte repentina) pues siempre nos cogería preparados. Francisco de Quevedo escribió: “Vive para ti solo, si pudieres/ pues sólo para ti, si mueres, mueres”. De alguna manera nadie muere para sí pues, según Laín Entralgo, unos mueren por los demás, son los héroes; otros mueren con los demás, y el resto de los hombres morimos para los demás.
Entretanto nos queda algo importante que hacer: orar, cumplir nuestro deber, trabajar haciendo nuestra una de las máximas del filósofo Manuel Kant: “Vive y actúa como si de tu esfuerzo dependiera lo que esperas o deseas esperar”. Sin embargo ¿cómo se puede llamar al fin del mundo una buena nueva, un evangelio? Pues lo es... puesto que para un creyente es el fin de todos los males, y si el mundo tiene fin es que también nuestros males lo tendrán. La Biblia en sí y por sí no representa nada si no sabemos escuchar su mensaje. Podíamos afirmar con Hans Küng: “Yo no creo en la Biblia sino en el Dios que me habla en ella, ni en la Iglesia sino en el Cristo que me evangeliza, ni en la tradición sino en la verdad que me ilumina, en el Jesús que se acerca...”. Dios no es el mundo por más que Hegel afirmara: “Dios sin el mundo no es Dios”. Dios no es el mundo, y de ahí que nuestra esperanza tenga que cifrarse únicamente en Jesucristo y en su regreso al mundo.
Y en esta confianza debemos vivir todos. En un Congreso Internacional para la paz y la Civilización Cristiana que tuvo lugar en Florencia en 1955 ya dijo entonces su famoso alcalde Giorgio La Pira hablando sobre la esperanza humana: “El progreso de la ciencia alivió muchos sufrimientos humanos, el cristiano debe admitirla. Pero también tiene que tener presente que estos avances han sido y son incapaces de cambiar el corazón del hombre. Nuestro tiempo es un tiempo de esperanza. Hay que confiar en el porvenir de la Humanidad (no ser siempre profetas de la calamidad) y hay que pensar que Dios puede hacer surgir civilizaciones todavía más bellas que las más bellas del pasado. Pero esto no puede ser el resultado de una evolución exclusivamente económica. Nuestra esperanza debe manifestarse en el obstinado combate a favor de la paz y de la justicia contra el poder de la muerte y del egoísmo siempre presentes en el corazón humano”.
El controvertido teólogo Ernest Bloch también supo ver la historia subterránea de los cristianos inconformistas que desde el anonimato esperan luchando. Todo el mundo puede ser cambiado porque el mundo no es Dios. Sólo creen que el mundo debe seguir igual quienes identifican a Dios con el mundo. De ahí el consejo de Jesús: “Cuidado que ninguno os engañe”. Los cristianos tenemos la verdad en el Evangelio que, aunque hable del fin del mundo y de catástrofes, para quien tiene fe y esperanza no se queda en el dolor del parto que pasa sino en el niño que nace y llega, en el nuevo mundo prometido “los cielos nuevos y la tierra nueva” que de ahí van a surgir y por lo que todos clamamos cuando decimos “Venga a nosotros tu Reino”. Jmf.

jueves, 7 de noviembre de 2019


DOMINGO XXXII 10‑XI‑2019 (Lc. 20, 27‑38) C

Hace dos domingos veíamos el mundo cultural y religioso en el que se movían los fariseos. Hoy nos presenta el Evangelio otra secta de aquel tiempo, por llamarla de algún modo, y su entorno ideológico y religioso al que también aludimos de pasada, la de los saduceos... enemigos igualmente de Jesús, a quien tratan de envolver con preguntas capciosas. Estos eran los conservadores de entonces, de ideas sanas, buenos judíos, rígidos al aplicar la Ley para con los demás cuando a ellos les era favorable. Aunque se decían patriotas no veían con malos ojos que Roma, la gran potencia mundial de aquellos tiempos, (antes habían sido los seleucidas), tuviera también allí sus bases con tal de que se mantuviera el orden. Se erigían en defensores de los ritos, de la tradición, es decir, del “siempre se hizo así”. Pertenecían a la burguesía y eran un tanto materialistas. No admitían más ley que la Torah o Pentateuco, esa era la razón por la que negaban la resurrección, porque en dichos libros no se dice nada sobre ella. Y esto lo mantenían contra viento y marea en una postura fundamentalista que les impedía ver con claridad. Como los fariseos “eran ciegos y guías de ciegos”, según los calificó Jesús. Porque si es verdad que “la fe ilumina, el fanatismo deslumbra y ciega” y no nos impide ver.
Y esto sucedía con la creencia en la resurrección. Es verdad que la Ley no la contemplaba, pero en otros textos del A. T. sí se cita expresamente, tal como en el libro de los Macabeos del que hemos leído  la primera lectura hoy en el pasaje de los siete hermanos. El rey pretende hacerlos apostatar de su religión. El segundo de ellos le replica al rey con aquellas palabras cuya interpretación esta fuera de toda duda con respecto a la creencia que de ello había en ciertos sectores del mundo judío: “Tú, malvado, nos arrancas la vida presente, pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna” (7, 9‑14).
De otro texto, recogido en Libro de los Hechos, se desprende que los saduceos tampoco creían en los ángeles. La escena es la siguiente: Pablo se defiende ante el Sanedrín, Ananías manda golpearle en la boca. Pablo replica: “Dios te golpeará a ti, pared encalada...”. Y conociendo Pablo que entre ellos había fariseos y saduceos gritó: “... por esperar en la resurrección de los muertos soy juzgado... porque los saduceos afirman que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus...” (23, 8...).
Pues bien son estos saduceos, quienes en su fanatismo, sólo saben discutir y llevar la contraria, los que ponen hoy a Jesús una trampa que versa precisamente sobre la resurrección. Existe una ley en el Deuteronomio (25 5 y ss) y en el Génesis (38... 8) llamada del levirato, que ellos conocían muy bien. Consistía en lo siguiente: cuando a la mujer que vive casada se le muere el marido, si este tuviere un hermano la tomará por esposa. En el caso propuesto por los saduceos a Jesús, esto sucede hasta siete veces. La dificultad estriba en que, si hay resurrección ¿cuál de los siete maridos será su legítimo esposo el día que resuciten los siete?
Aunque la objeción parece dura debía de ser una dificultad clásica entre los miembros de la secta cuando discutían con los fariseos. Jesús resuelve el problema apoyándose también en la Sagrada Escritura: “En esta vida los hombres y mujeres se casan, en la otra vida no, serán como ángeles..., y en cuanto a la resurrección, el Dios de Abrahán y Jacob no es un Dios de muertos sino un Dios de vivos” (Ex. 3, 6).
También pudiera suceder que nosotros, llevados de un poco de saduceísmo, corriéramos el riesgo de ponernos a discutir, y hasta de dudar de esta verdad de la resurrección por lo difícil que es no sólo su comprensión sino su misma creencia. Hubo apologistas que, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia (s. II) trataron de demostrar racionalmente la resurrección de los muertos, tales como San Justino y sobre todo Atenágoras, un griego procedente de Avica y convertido al cristianismo. Se le conoce por un librito, “Embajada a favor de los cristianos”, que envió a los emperadores romanos Marco Aurelio y Cómodo, en unos años en los que empezaban las terribles persecuciones, pero sobre todo es conocido por su obra “La resurrección de los muertos”, en la que trata de probar, usando argumentos de la filosofía griega, que nuestros cuerpos volverán a la vida. Y es curioso cómo plantea también, en el c. XVI, el tema de los ángeles y la inmortalidad del alma verdades que negaban los saduceos, como si quisiera refutarlos a la vez en todas sus tesis. Ello demuestra hasta qué punto preocupaba el tema desde los primeros tiempos de la Apologética (s. II) en los que vivió Atenágoras.
Hoy mismo pudiera suceder que oyéramos hablar de este dogma y nos preguntáramos ¿cómo va a ser nuestra resurrección? ¿Con los mismos cuerpos y almas que tuvimos..., como decía el Catecismo? Sería una cuestión larga y difícil de explicar. Pero para no complicarnos mucho en este tema, muy difícil ciertamente, tenemos que pensar que no podemos seguir manteniendo ese concepto dualista (cuerpo/alma) del hombre, fruto de nuestra formación aristotélica y escolástica.
La Biblia considera al hombre una unidad, y de tal manera uno que le es imposible imaginar que un hombre pueda existir fuera de su cuerpo. Por eso el Credo afirma tan contundentemente la resurrección  de la carne porque el alma sin el cuerpo no tiene sentido y viceversa. Si en el cielo pudiéramos vivir sin cuerpo ¿no sería mejor y menos complicado todo? Pero el alma pide a gritos su cuerpo para poder ser, para ver cumplida en plenitud la felicidad del cielo. Si esto es así entonces cuando resucitemos ¿será este mismo cuerpo? Teilhard de Chardin decía que la vida en la tierra se desarrolla en tres grandes saltos: El primero, el que dio el mundo desde la nada a la materia; el segundo, desde la materia a la vida; y el tercero desde la vida al espíritu. Este último salto aún no ha tenido lugar, está aún por venir. Vendrá de modo natural, por evolución lo mismo que hemos evolucionado desde aquella bola de fuego inicial antes de la gran explosión o Big Bang. ¿Quién podría imaginar, si fuera posible entonces, que de aquel magma atómico sometido a elevadísimas temperaturas, pasterizado por lo tanto hasta y no más, iba a surgir una flor, una canción, un sentimiento, un niño, un ser humano? Y ¿por qué no puede seguir evolucionando esta especie-hombre hasta llegar a convertirnos en un rayo de luz, en un campo magnético, o en una fuerza espiritual, es decir, una auténtica resurrección, consecuencia de un proceso material? Si la evolución no se ha detenido en el pasado tampoco hay que pensar que se va a detener en el futuro, anclándose en un modo de vida o estructura física o psíquica, como si ya hubiéramos llegado a alcanzar la cumbre del ser... cuando las posibilidades del hombre en el futuro (y estoy hablando a millones de años vista) son inimaginables, ya que la ciencia de Dios es infinita y su poder para crear, para seguir creando, es ilimitado.
Pero el gran argumento para nuestra fe es que Cristo resucitó... una gran luz deslumbró a los centinelas aquella mañana del Domingo de Pascua, ellos fueron los primeros testigos oculares, aunque a pesar de verlo con sus ojos no lo creyeron, se deslumbraron. El escritor y sacerdote suizo Kurt Harti respondía así a una pregunta que le hicieron sobre qué entendía él por resurrección de la carne aquí y ahora: “para mí consiste en que ya no nos matemos unos a otros con la guerra... ni menos aún con el tráfico, ¡nos acostumbramos a todo tan pronto! ...en que tampoco nos matemos con la incomprensión, con el odio y con los prejuicios. Dicho de otro modo: que nos volvamos de una vez por todas más sociables, que vivamos unos para otros, unos con otros pudiendo así desarrollar nuestra propia vida. Dios ama la vida... quiere que vivamos... no que nos la quitemos mutuamente...”. En efecto, podemos correr el riesgo de pasar la vida discurriendo el modo cómo vamos a resucitar mientras luego nos destrozamos mutuamente o permitir pasivamente que se mueran de hambre, de miseria o de desesperación a lo largo y ancho del mundo muchos hermanos nuestros. Luchemos por esta otra resurrección de cada día y esperamos firmemente, sin más, en la futura.
“Vida y muerte son como río y mar, una misma cosa”, escribe Gibrán Jalil Gibrán. Noviembre es un mes en el que la Liturgia pretende que recordemos de manera especial el novísimo de la muerte. No nos gusta mucho el tema, lo solemos apartar de nuestras conversaciones relegándolo a las negras esquelas. “Esto no es vida”, decimos a menudo; y es verdad, no es “nuestra vida”, la nuestra es la futura que nos aguarda después que nuestro cuerpo haya resucitado del sepulcro. Eso esperamos, eso creemos y eso le debemos pedir a Jesucristo, “vida y resurrección nuestra. Jmf.

viernes, 1 de noviembre de 2019


DOMINGO XXXI. 3‑XI‑2019 (Lc. 19, l-10) C

A través del año, los evangelios con los que la Liturgia trata de instruirnos cada domingo, recuerdan una y otra vez el tema de la conversión, el cambio de actitud y de conducta, como indicándonos que no bastan las palabras y los ritos, la asistencia al templo, o que digamos por activa y por pasiva que somos buenos católicos cumpliendo con lo más elemental de nuestra fe. Es preciso también tener hechos. Un cristianismo que nos permita vivir como aquellos que ni creen ni esperan (esa sensación damos a veces) no es tal cristianismo, está sin evangelizar, y su vida se diferencia poco de la del pagano.
Zaqueo no se limitó a mirar, ni siquiera a decir a Cristo: Restituiré el doble de lo robado, (que era lo que ordenaba la ley (Ex. 22, 7), sino que su encuentro con Jesús lo transforma en otro, hasta el punto de prometer devolver cuatro veces más de lo debido.
Zaqueo cambió aquel día radicalmente. Pero ¿cómo hacer que cambiemos cada uno de nosotros? Los profetas tienen abundante material de reflexión donde inspirarnos, en especial el profeta Jeremías. Hay unos pasos, unas etapas a cubrir. La Biblia hace una primera distinción entre el modo de pensar, lo que los griegos llamaban (metanoia) metanoia y el cambio de actitud y de conducta o (epistrofeia) epistrofeia, perdón por la terminología un tanto extraña. Ambas actitudes son inseparables. Porque es fácil caer en el mismo defecto de los judíos de entonces que separaban la vida pública, en la que trataban de aparecer como personas justas, rezadoras, limosneras, cumplidoras a rajatabla con el culto y el templo... de la vida privada en la que luego eran egoístas, soberbios, de corazón poco limpio, siendo precisamente ahí, en lo íntimo del alma, en donde radica la verdad de la persona, la conversión y el arrepentimiento.
Hoy mismo se oyen frases parecidas, en aquellos que llevan una doble vida y además tratan de justificarla diciendo que una cosa es la vida pública, el saber estar, aparentar.... y otra muy distinta la privada en la que cada uno es dueño de sus actos y puede hacer lo que le venga en gana, sin tener que dar cuenta a nadie. Esta es una mentalidad muy extendida en nuestra sociedad, basta leer las vidas de algunos personajes que llenan las páginas de las revistas del corazón. Uno ya no sabe qué fuerza de lo alto o qué gracia especialísima de Dios será capaz de abrirnos de verdad los ojos a la realidad del Evangelio y a la de la propia vida, aunque para ello tuviéramos que despertar de muchos falsos sueños. Estamos ciegos, o no queremos ver, que es aún peor que la ceguera. Nos pasa lo que a aquel personaje de la novela de Pérez Galdós, Marianela, una chica poco agraciada que hacía de lazarillo de un ciego llamado Pablo. Ambos se enamoran y se prometen en matrimonio cuando recobre él la vista. Un médico, Teodoro Golfín, le devuelve un día la visión al ciego y Marianela, presa del miedo a ser rechazada por su prometido cuando vea su fealdad, se suicida. Pues algo así nos sucede a los cristianos, preferimos seguir ciegos, engañando, y engañados.... preferimos eso a descubrir la pura realidad. Pero el Evangelio es tozudo en este tema, y un día y otro día nos invita a que abramos los ojos a la conversión, a poner nuestras obras de acuerdo con lo que decimos, con lo que profesamos y con lo que decimos creer.
Zaqueo, el jefe rico de los publicanos, de ladrón y estafador se convirtió en caritativo, en benefactor de los pobres y amigo de Jesús. A veces no es fácil cambiar de vida así tan de repente , máxime en ciertas circunstancias en las que pesa mucho el qué dirán, la vergüenza, o el sacrificio que supone, por ejemplo tener que restituir lo mal adquirido, tema central del evangelio de hoy...
Es el mismo tema que sirvió a Joaquín Calvo Sotelo para su obra de teatro La Muralla (1945), esta de ambiente actual, aunque en este caso la familia se cierra en banda en torno al moribundo, formando una auténtica muralla, de ahí el título de la obra, impidiendo que el padre restituya aquella hacienda que no es suya y ponga su conciencia en paz.
Es una red tan fina la que teje el mal en torno nuestro que hasta que no estamos hundidos en el vicio no nos damos cuenta. Y especialmente esto se da más entre aquellos que manejan dinero que no es suyo, como decía un sabio anciano: “Siempre se queda algo entre las uñas”. Se empieza por pequeñas sisas, que son siempre la primera piedra, el punto de partida. Un condenado a muerte se enteró de que su madre quería verlo. “No, contestó, si estoy aquí es porque ella no supo corregirme con dureza el día que robé el primer dinero”.
Hay un experimento instructivo, aunque cruel, que consiste en meter una rana en una vasija y calentarla hasta hacerla hervir. La rana ni se mueve... muriendo allí cocida. Pues lo mismo hace con las almas el pecado, las va matando sin que estas se den cuenta. Muchos seudo mesías, que hace años clamaban por la justicia social y el reparto de bienes hoy se han enriquecido escandalosamente y sin recato ideológico alguno, mientras cientos de viejos camaradas malviven con salarios de miseria frente a ellos. Fue Calvino el que dijo, poco más o menos, que llegar a ser rico es señal de predestinación divina, que un rico tiene el cielo ganado, pues la riqueza es un signo inequívoco de que Dios lo predestinó. Con esta ideología flotando en el ambiente es como se enriqueció América del Norte. A Calvino se le considera el padre de capitalismo moderno.
Hoy la gente, al dejar de temer a Dios, ya no teme nada “Si Dios no existe, decía Dostoievski, todo está permitido”. Pero la Biblia maldice al que se aprovecha de lo ajeno. Así dice el profeta Zacarías: “La casa que se enriquece con lo ajeno tendrá mi maldición” (3, 4). Cuando los israelitas tomaron la ciudad de Hai en Jericó, Dios les mandó que no se les ocurriese quedarse con ningún botín. Acán y sus hijos desoyeron el mandato y Josué fue vencido. Oró el juez caudillo y Dios le aclaró la causa de su derrota. Entonces Josué reunió al pueblo y el Señor señaló a Acán como el culpable. Este confiesa abiertamente: “Vi un manto de escarlata, vi dos mil siclos de plata y una barra de oro y lo cogí. Lo tengo escondido en mi tienda”. Josué, después de obligarle a entregarlo, lo lapidó quemando aquel botín robado, luego echó piedras sobre sus cenizas en señal de maldición y en recuerdo del castigo (Jos. 7, 2). Una lección parecida se deduce de la muerte de Ananías (Hech. 5,5).
La Biblia es inagotable en consejos y lecciones de este tipo, especialmente los Profetas que tienen un sentido de la justicia muy a flor de piel y nos facilitan abundante material para que cambiemos de actitud; en primer lugar, reconociendo nuestros errores humildemente; nada de buscar justificaciones. Quien se humilla derriba a los poderosos, echa por tierra las murallas ante Dios y ante los hombres, el humilde “te desarma”, podríamos decir. En segundo lugar nos hacen abrir bien los ojos a la verdad teniendo en cuenta que la luz viene de Dios y él ya nos hará ver claramente qué debemos hacer si se lo pedimos.
Finalmente nos enseñan que no siempre es fácil tomar esta resolución. Por eso a veces Dios se vale del castigo y de la enfermedad, del contratiempo y de la humillación, pero sobre todo de la gracia “todo es gracia”, decía Bernanos. Otro, en el caso de Zaqueo, hubiera despreciado a Jesús. Zaqueo se humilló altamente encaramándose a un árbol, es decir reconociendo su exigua estatura física y moral, pero Dios lo hizo creer espiritualmente. Zaqueo entregó cuatro veces más de lo robado, Jesús le devolvió el cien por cien al concederle el don de la paz en su conciencia y la alegría de su alma... Hoy ha entrado la salvación en esta casa.
La conversión no sólo es tema para la Cuaresma, una vez al año.... la conversión debe tener lugar ahora y siempre. Cuando la relegamos únicamente a la Cuaresma, como hacemos con la visita por Todos los Santos al Cementerio o el Cumplimiento Pascual nos parecemos un poco a los judíos en su modo de proceder, pues somos, como ellos, esclavos de unos ritos y costumbres cuya mayor fuerza es la tradición, la de cumplir con lo mandado sólo externamente aunque por dentro estemos aún muy lejos de cambiar. Y esto no es precisamente lo que le agrada al Señor. Todo el Evangelio es una invitación al cambio, no de chaqueta, sino interior, a la conversión del corazón. Jmf.