lunes, 30 de diciembre de 2019


PRIMERO DE AÑO. DÍA DE LA PAZ. 1-I-2020.  A.
(Santa María Madre de Dios).

Un año más. Vivir es desvivirse. Pero “el tiempo vuela” dicen unos, “el tiempo nos mata” dicen otros... ¿Y qué cosa es el tiempo? podemos preguntar nosotros. Es famosa la definición de San Agustín: “Si me lo preguntas no lo sé, lo sé si no me lo preguntas”. Lo que sí se puede decir es que un año es una caja de sorpresas ¿Qué nos espera en estos 365 días? Desgraciadamente sabemos que abundarán más, o al menos serán más noticiables, las cosas malas que las buenas. De las buenas: la salud, la paz, la vida, la familia... apenas hacemos recuento alguno. Son las malas las que llevamos muy en cuenta. Por eso los periódicos venden más cuanto más catastrófica sea la noticia.
Y no cabe duda que en un año se pueden decir, y sobre todo hacer, muchas cosas buenas a pesar de que, bien mirado, un año no es nada. El sociólogo Alfredo Doer, con el fin de que los no iniciados se hicieran una idea de la vida del hombre sobre el mundo, estableció un curioso calendario. El Universo empezó a ser, no sabemos cómo, hace 20.000 millones de años. Bien, pues él comparaba los 3.000 millones de años últimos, a partir de los cuales surgen los primeros balbuceos de vida en el planeta, con un año, de los de 365 días, poniendo en el inicio de esa fecha imaginaria de 3.000 millones de años el día uno de enero (hoy por ejemplo). Entonces, y por resumir, situándonos en diciembre los peces aparecerían hace 450 millones de años, es decir el día 15 de noviembre, los reptiles el 1 de diciembre, los mamíferos  hacia el 20 de diciembre, los homínidos el 31 de diciembre a las 9 de la noche y el homo sapiens ese mismo día 31 de diciembre a las 11, 54 minutos de la noche, es decir, que llevamos ¡seis minutos de historia!, o mejor dicho, de prehistoria.
Porque ¿qué será el hombre al cabo de dos de esos años, es decir dentro de otros 6.000 millones de años? Nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que prácticamente la vida está por estrenar, estamos empezando a dar los primeros pasos. ¿Y qué representa entonces un año e incluso una vida de 100 años en ese calendario? Ni un segundo siquiera, y sin embargo cuántas cosas se pueden hacer, buenas y malas, y ¡cuánto se puede dejar de hacer! Entonces la pregunta es ineludible: ¿Qué es lo que hay que hacer?  Hay un pasaje en el c. XXIII de la 2ª parte del Quijote en el que el legendario Montesinos encuentra en su famosa cueva el cadáver encantado de Durandarte, a quien, a instancias del propio interesado, había arrancado el corazón para llevárselo a su dama Belerma. Entonces le pregunta a Don Quijote el modo de desencantarlo. Pero si ello fuera imposible, añade con resignación, en caso de que no sea posible, “¡paciencia y barajar!”.
Pues eso ¡paciencia y barajar! dice Unamuno comentando este pasaje, pues se trata de una nueva versión del hágase tu voluntad evangélico: paciencia, es decir, a Dios rogando, y barajar, que viene a ser: con el mazo dando, aunque añade a continuación que la historia, o sea la vida, había que definirla más bien como un “desbarajuste” puesto que, sucede como en la baraja, lo mismo se consigue barajando que desbarajando.
A Dios rogando... está bien, pero algo más habrá que hacer, algo tenemos que hacer. Pablo VI instituyó este primer día del año jornada o día de la paz. Si alguna palabra repetimos los hombres casi a modo de latiguillo es la palabra paz. Y si hay algo que esté más ausente no sólo de la política y de la vida social sino del corazón del hombre es la paz. Yo creo que la repetimos ya como un mero tópico pues todo lo que hacemos después es precisamente lo contrario de lo que habría que hacer para lograrla.
Es lo que ha descrito muy gráficamente el escritor ruso León Tolstoy en aquel hermoso cuento que él sitúa en las riberas del río Oka. Allí vivía feliz un pueblo de laboriosos campesinos. La tierra no era fértil pero trabajada con tesón producía lo necesario para ir viviendo. Un día Iván, uno de los más importantes labradores de la zona, fue a la feria de Tula y cayó en la tentación de comprar un par de hermosos perros para cuidar su casa.
Aquellos dos sabuesos pronto se hicieron famosos en todo el contorno pues no sólo guardaban la granja sino que a veces atacaban a los colindantes o, cuando se veían sueltos, corrían entre los sembrados destrozándolos. Nicolai, molesto con los perros, fue a la feria y se compró otro par de sabuesos. Luego, uno tras otro, el resto de los vecinos se fueron haciendo con perros. Estos exigían más cuidados cada día, ya no se conformaban con un hueso. Hasta hubo que hacerles recintos y perreras cubiertas. Así, al cabo de unos años, cada vecino se fue haciendo con 10 o 15 perros. Al más leve ruido en una de las granjas se les daba rienda suelta y al recorrer el pueblo armaban un estrépito infernal. Aquel día tenían que cerrar sus puertas con trancas. Y lo curioso es que lo veían normal: “¿qué sería de nosotros sin estos guardianes?”.
Pero la aldea empobrecía de año en año, los niños palidecían de frío y de hambre, los hombres ya no daban abasto a cubrir las necesidades más perentorias por más que trabajaban y se esforzaban... Cierto día en que se estaban lamentando de su situación, el más viejo y sabio del lugar les dijo: -La culpa la tenéis vosotros. Presumís de perros lustrosos y adiestrados, sin embargo vuestros hijos están muriendo de hambre... -Los perros son nuestros defensores, contestaron. -¿De quién os defienden? dijo el viejo. ¡Ciegos! ¿No os dais cuenta de que si ninguno de vosotros tuviera perros no necesitaríais defensores que os lo comen todo? Vended los perros y la abundancia volverá a vuestro hogar... Así lo hicieron y los niños volvieron a sonreír, bien alimentados y  llenos de salud y de paz.
Es una hermosa parábola sobre lo que actualmente sucede y viene sucediendo en el mundo desde hace siglos ¿Cuánto gasta cada nación en defensa, en armamento ¿contra quién? para defendernos todos, pero ¿de quién? Pues unos de otros y todos de todos. Es una gran contradicción o es más bien un completo absurdo, un total desbarajuste.
Hoy es el día que la iglesia ha establecido como jornada por la paz en todo el mundo. Por todas partes se oye y se desea la paz. El perdón, el amor al enemigo es algo que Cristo predicó y puso como lema para una mínima comprensión entre los hombres. Es porque nos conocía bien. Quien es incapaz de perdonar nunca más tendrá paz. Basta asomarse a Palestina, la tierra de Jesús, y analizar su historia. Repiten ¡¡Salón... Salón!!! pero olvidan el perdón. Todos pedimos justicia, independencia, libertad, “nuestra libertad...” a costa de lo que sea... incluso a costa de la paz... pero siempre será mejor la paz más desventajosa a la guerra más justa.
Hoy, además del día de la paz, es también la fiesta de Enmmanuel que significa Dios con nosotros, en este día fue la imposición del nombre de Jesús, Salvador, que tenía lugar al ser circuncidado a los ocho días del nacimiento.
Conmemoramos también y como fiesta que pasó a ser la principal de este día, la Maternidad divina de María, dogma definido en el Concilio de Éfeso contra Nestorio el año 431, en el primer día de un nuevo año. Un año más que nos acerca a Dios y un año menos que nos queda de vida en la tierra.
Cuando sonaban ayer las doce campanadas unos pedíamos a Dios suerte y paz, otros se deseaban mutuamente suerte y paz, y hasta había quien sólo pedía sobrevivir... Pero la paz y la suerte no sólo hay que desearla ni siquiera pedirla, es preciso construirla día a día, fabricarla minuto a minuto primero en nosotros mismos (si tú no tienes paz mal la podrás dar) y después con los demás. Hoy apenas hay nada que inventar ni nada hay por descubrir, hoy la gran labor que tenemos por delante es la de construir y fabricar, empezando por la paz, y la paz en cada uno.
En la santa Misa no se empieza deseando la paz sino pidiendo la gracia y el perdón. Es al final, después del arrepentíos... después de pedir perdón al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y poco después de recibir a Cristo sacramentalmente, cuando al fin se nos dice ¡Podéis ir en paz! Sólo entonces. Que así sea. Jmf.

viernes, 27 de diciembre de 2019


SAGRADA FAMILIA. 29-XII-2019 (Mt. 2,13-15.19-23) A


Cuando nos encontramos en la calle con un amigo solemos hacer una pregunta de rigor: ¿Qué tal por casa? porque detrás de cada persona suele haber una familia. Incluso a quienes vivimos lejos de los parientes más cercanos se nos pregunta también por ellos. Y es que se comprende mal que una persona pueda vivir ajena y fuera de esta realidad sociológica, antropológica, religiosa o espiritual que es la familia.
Todos estos aspectos se pueden contemplar bajo esa realidad familiar. No sólo nos unen vínculos de consanguinidad integrados por el padre, la madre y los hijos, sino también existen familias de miembros unidos por un contrato social: como son los sindicatos, las empresas, los partidos políticos; agrupados por motivos religiosos: frailes, monjes, individuos que viven en comunidad de diversas órdenes; de índole social como Cáritas, Médicus mundi, Manos Unidas, Proyecto Hombre, etc. y hasta los que se reúnen con fines culturales, recreativos o deportivos. Todos ellos pueden formar auténticas familias.
La familia tradicional tampoco mantiene los mismos esquemas en todos los lugares ni en todos los tiempos. En China se llama madre a la mujer más respetable del clan, no a la que dio a luz a los hijos, (nosotros la llamamos abuela), y sólo el padre es familia verdaderamente tal. Entre los esquimales se llama padre al tío paterno más anciano. Cuando los misioneros se pusieron en contacto con estas tribus polares y trataron de traducir la Doctrina Cristiana a su lenguaje, tuvieron que asumir varios de estos conceptos. Por ejemplo al redactar el Padre nuestro hubo que presentarlo, en su versión, así: “Hermano mayor del padre, Tú que vives más allá del horizonte de los pingüinos...” etc. porque era como entendían ellos la idea de padre y la de cielo.
Más sorprendente aún es la familia en la que nació y vivió Jesús, con su esquema propio e intransferible: José solo es padre adoptivo. Jesús es hijo únicamente de una madre virgen. María, esposa de José, fue madre sin intervención de varón, habiendo hecho ambos esposos voto de castidad, según se deduce del evangelista Lucas.
También de Dios se puede decir que vive en familia: dentro de la Santísima Trinidad, en la que un solo Dios participa de la compañía de tres personas distintas y divinas. Viene a ser el esquema de toda familia: padre, madre e hijo en una sola unidad. Dios vive en familia. De igual manera el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, debe vivir también en familia. Porque  “¡Ay del solo...!” y “¡No está bien que el hombre esté solo...!”, repite la Sagrada Escritura.
Hoy la institución familiar está sufriendo profundas transformaciones tanto en el campo de la pareja como en el de los hijos y la misma convivencia. En primer lugar cada vez se extiende más la legalización del divorcio, lo cual incide muy directamente en el concepto y funcionamiento de la pareja. Con todo y antes que nada hay que saber que la Iglesia no siempre mantuvo el mismo punto de vista con respecto a este tema. El Obispo Monseñor Zoghby abogó en una sesión del Concilio Vaticano II, es decir como quien dice ayer, a favor del divorcio entre católicos, y añadió textualmente: “No estoy diciendo nada sustancialmente disparatado puesto que en la Iglesia no siempre se han mantenido unos esquemas tan rígidos como los que privan en la actualidad”. Y no le faltaba razón, aunque el Cardenal Journet le aconsejara que no siguiera defendiendo esa postura. Históricamente, Constantino el Grande, con estar tan cercano a las fuentes cristianas (s. IV), nunca prohibió el divorcio entre sus súbditos de modo que cualquier cristiano de aquel siglo podía solicitarlo y llevarlo a cabo dentro de la más estricta ortodoxia.
Algunos Padres Orientales como san Benito, san Gregorio Nazianceno, san Cirilo, san Juan Crisóstomo, etc. que vivieron en los siglos III y IV, estaban a favor del divorcio en determinados casos como el que los cónyuges practicaran distinta religión o en caso de infidelidad. Conservaron esta tradición los Marionitas, de la Iglesia cismática desde el s. XIII, hasta el s. XVIII. Y los rumanos bizantinos hasta 1858. Los Padres Occidentales o latinos, llamados así porque escriben en latín (los orientales escriben en griego), Tertuliano, san Hilario de Poitiers, san Beda el Venerable, etc. entre los siglos II y VIII, abogan por un divorcio sui géneris. San Agustín en su libro De fide et operibus afirma: “El que se divorcia de su mujer porque le fue infiel y se casa con otra comete solamente una falta venial”. Se permitía también el divorcio si la mujer contraía alguna enfermedad importante, si entraba como profesa en un monasterio, etc. San Mateo permite divorciarse en caso de porneia e. d., de prostitución o fornicación (5, 31), término difícil de traducir a nuestra lengua y por lo tanto de concretar, pero que deja abierta una puerta a la discusión. El Concilio de Trento también fue bastante tolerante con el tema en sus decisiones y algunos obispos, como el de Granada y el de Segovia, propugnaban un cierto tipo de divorcio, ese que dieron en llamar en Italia “Il piccolo divorcio”.
Hoy la Iglesia Católica es bastante más radical en este tema que en otros tiempos negándose en redondo a dar un paso atrás en la formulación de su doctrina. Y cuando hablamos de divorcio no debemos confundirlo con la separación ni con la declaración de nulidad que esto sí tiene cabida en nuestra legislación: la separación se entiende de bienes y de vivir bajo el mismo techo sin posibilidad de nuevo matrimonio con un fallo judicial sobre la tutela de los hijos, y declaración de nulidad, mal dicho anulación, consiste en probar jurídicamente que nunca existió tal matrimonio quedando libres los cónyuges para casarse de nuevo por la Iglesia.
Cuando la prensa divulgó, por poner un ejemplo lejano y de los primeros que se llevaron a efecto, la declaración de nulidad del matrimonio entre María del Carmen Martínez Bordiu  Alfonso de Borbón todos hemos escuchado acusaciones en contra de la Iglesia como que había sido por dinero rompiendo así un lazo sacramental que, según los tribunales, nunca había existido y de ello hay pruebas. Hablamos del terreno jurídico, en conciencia cada uno sabrá a qué atenerse. Pero apenas se dijo nada cuando el mismo tribunal eclesiástico negó esa misma declaración de nulidad a Isabel Presley, lo que puede dar lugar a pensar que alguien está interesado en dañar el prestigio de la Iglesia.
En cuanto a los costes son en cierto modo justificados puesto que los abogados, letrados y jueces cobran, los desplazamientos cuestan, a los testigos hay que indemnizarles gastos, etc. Con todo en los tribunales de la Iglesia existe el recurso de tramitarlo por pobre, si realmente se es, resultando casi gratis.
Otro de los grandes problemas planteados hoy a la familia es la natalidad. Llevamos unos años en los que la prensa está dando la voz de alerta. Incluso hace años un periódico recogía ya en grandes titulares que el crecimiento demográfico en España se había estancado. Decía textualmente: “Aunque algunos sociólogos afirmen que se está produciendo una ligera recuperación del índice de natalidad en España, la realidad demuestra que, además de ser uno de los más bajos de Europa, no tiene visos de aumentar a corto plazo. Desde que comenzó a caer estrepitosamente en la década de los 80, la falta de una política natalista que premie los nacimientos, como ocurre en otros países, impide que estos aumenten. En la próxima década del s. XXI, el crecimiento será nulo y empezará a disminuir... Esta preocupante situación se debe, principalmente, al retraso en la edad de contraer matrimonio, al envejecimiento de la población, a la crisis económica y a la pérdida de la vida familiar y de los valores humanos”.  El catedrático Díez Nicolás afirmaba en aquel entonces: “El egoísmo hace que muchas parejas no quieran soportar la carga de los hijos”. Bien, el egoísmo y todos los demás imponderables que no nos vamos a detener ahora a valorar, como es la unión de los homosexuales que merece capítulo aparte por la importancia que se le está dando hasta llegar a legalizarla.
Hace tiempo ya se nos daba la voz de alarma de que somos con Italia, el país con menor crecimiento de hijos en Europa, con una la población de ancianos y jubilados que se está haciendo cada día más y más numerosa. Son datos para reflexionar, pero también para presionar a las autoridades a que dejen de lanzar sin ton ni son campañas abortivas y de controles demográficos, matrimonios basados en la esterilidad, y que se pongan a planificar racionalmente nuestro futuro ayudando a las familias con hijos para que no se nos venga todo encima.
Hoy día de la Sagrada Familia es buena ocasión para pensar una vez más sobre el tema y pedir por todas las familias del mundo, en especial por las nuestras. Rezar también es una solución pues sigue siendo válido aquel dicho tan extendido en otros tiempos de que “la familia que reza unida permanece unida”. Jmf

lunes, 23 de diciembre de 2019


NAVIDAD. Ciclo A. 25-XII-2004  (Lc. 2, 1-14 y Jn. 1, 1-18).


Hoy es Navidad. Brilla una estrella. Hoy ha nacido un niño y lo celebramos por todo lo alto... La Navidad se ha convertido en una gran fiesta para los cristianos y para los que no lo son tanto.
Pero, cuidado, fiesta no es sinónimo de folclore, y folclore tampoco quiere decir juerga o relajamiento. Corremos con frecuencia ese peligro... Hasta hemos llegado a folclorizar hechos tan serios como la misma muerte. Antes ésta se vivía y por eso se celebraba con banquetes funerarios, hasta con danzas fúnebres. Ahora olvidamos al difunto convirtiendo el sepelio en un encuentro de amigos, los velatorios en una animada tertulia en la que se habla de todo menos de la muerte, y los duelos y pésames en fórmulas sociales vacías y sin contenido humano alguno, salvo raras excepciones. No estoy descubriendo nada nuevo, basta ser un poco observador. De seguir así a lo mejor terminamos como los niños de aquella escuela rural en la que los gritos de alborozo y vivas hizo que un transeúnte se detuviera y se acercara a preguntar qué sucedía. Sin dejar de gritar los niños respondieron a coro: ¡Que murió el maestro, que murió el maestro...!
Algo de esto dan la sensación los que asisten a muchos funerales aunque no siempre se exteriorice en voces ni en jolgorio. Son las contradicciones dialécticas en las que vive inmerso el hombre moderno. Y lo mismo sucede con otros muchos ritos religiosos, primeras comuniones, bodas, bautizos, o épocas festivas que fueron vividas cristianamente en otros tiempos, tales como el Carnaval, la noche de San Juan, las fiestas patronales, la Navidad, etc.
Belén no fue una fiesta, tuvo poco de folclore, al menos por lo que respecta a la Sagrada Familia. Un largo viaje al término del cual difícilmente encuentran lugar para que nazca Jesús. María da a luz en un establo. Por carecer carecen hasta de cuna donde recostar al niño a pesar de ser José carpintero. Creo que debió de ser una experiencia poco grata y sin punto de comparación posible con lo que hoy imaginamos y como lo representamos. Allí todo era pobreza, soledad, silencio, frío... se podría decir que nada fue hermoso a no ser el mismo hecho de nacer Dios entre nosotros, pero precisamente es eso lo que olvidamos celebrar, lo único que fue motivo de alegría: “Os ha nacido un niño, el Salvador, el Mesías, el Señor...”.
No creo que nadie ayer en la cena de Nochebuena alzara su copa para brindar por haber sido salvados tal día como hoy hace 2019 años. Más bien abundarían quienes celebraron lo que fue más humillante y desconsolador para María y San José, aquella primera Nochebuena a oscuras y sin cena, y con toda la parafernalia que le hemos venido colgando al árbol de esta fiesta.
De todas formas sí hay gente que, aunque parece vivir de espaldas al Mesías, encuentra un cierto sentido en la celebración material del Nacimiento de Jesús. Oigamos por ejemplo lo que dice Margarita Yourcenar, la autora de las Memorias de Adriano:
“Yo no soy católica, ni protestante, ni siquiera cristiana en el sentido pleno del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en significaciones: la Navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre... y es la fiesta de los hombres de buena voluntad... Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esta noche... Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es la de los tres Reyes, cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro... Es finalmente la fiesta de la misma tierra, que en su marcha rebasa en esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera...”.
Pero lo más sangrante es que el verdadero y auténtico Belén es el belén real, aquel que seguimos todos fabricando no de barro sino de carne y hueso, el que sigue acampado, haciendo acto de presencia, entre nosotros, ese del Cristo hecho carne sufriente que nace cada noche, el de ese par de esposos que mendiga a lo largo y a lo ancho del mundo cruzando el mar de la vida en frágiles pateras, de un mundo en el que abundan más los pobres, los Herodes sanguinarios, la matanza de inocentes, el hambre, la violencia o el hastío que las nochebuenas y canciones de ángeles a sencillos pastorcitos.
Hace unos años leí en un periódico un chiste de Chumy Chúmez en el que se veía en primer plano a un niño con el pelo hirsuto, desarrapado y famélico, y al fondo el portal de Belén sobre el que un ángel anunciaba: -¡Y nació en un portal! A lo que el harapiento niño comentaba: -¡Jo! ¡Qué suerte...! Porque la verdad es que en el Belén del mundo hay tragedias tan grandes, nacimientos tan míseros y humildes o más que el del Belén del Evangelio.
Si abrimos bien los ojos y observamos a nuestro alrededor veremos que los hombres somos como esas figuras de barro de los belenes tradicionales a los que a menudo les falta una mano, un brazo, un pie y a veces hasta la cabeza. Y sin embargo seguimos caminando por los senderos del belén de la vida. Y nadie puede negar que este belén del mundo es un belén bastante averiado. Lo mismo que dijo un día Nietzsche: “¡Dios ha muerto!” se podría hoy decir con más razón: “¡El hombre ha muerto!” pues de aquel hombre ideado por Dios, cuya imagen viva fue Jesús, apenas queda, no ya la racionalidad sino incluso la animalidad; los irracionales nos aventajan muchas veces en el comportamiento.
Muchos hombres tal parece que han venido a ser una subespecie del hombre: asesinatos, torturas, egoísmos, guerras... y tantas y tantas miserias e injusticias como arrastramos por el mundo. Entonces, al ver al hombre así, tratamos de pegarlo, de enmendarlo, de reconstruirlo a nuestro modo. Y pensamos, infelices nosotros, que con la masa de grandes celebraciones donde la emoción no es difícil que brote, creemos que con caridades (en plural) prodigadas con más intensidad que en otras épocas del año y con las felicitaciones navideñas que cruzan por millones los aires como palomas de papel, de punta a punta hasta los rincones más apartados de la tierra, deseando a todos felicidades (en plural), pensamos que con eso está ya todo arreglado, que ya hemos cumplido cristianamente con las fiestas navideñas. Y cae de su peso que Navidad no es sólo eso.
A nosotros sin duda nos agradarán estos ritos, y es normal, como también nos agradaría más ver a Jesús triunfar, ver su reino implantado aquí en la tierra, y pronto, “¡hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...!”, erigirlo de verdad rey de nuestras almas. Eso sería, al menos, un ideal que hasta parece natural en nuestro modo de discurrir. Sin embargo hasta en esto Cristo llega al mundo actuando contra toda lógica.
Nosotros querríamos, como los judíos piadosos de la época, un Mesías que impusiera su Reino, y Él llegó de incógnito, haríamos lo propio porque naciera en cuna de oro y la de él fue de heno y paja, nosotros hubiéramos escogido hombres sabios y perspicuos para llevar la buena nueva a todas las naciones y Él escogió a unos pastores y a unos pobres y rudos hombres de mar, esperábamos que expulsara de su lado a pecadores y gente de mal vivir y fue el mejor amigo de todos ellos, nos gustaría verlo gobernando sobre un trono y Él murió en el trono de un patíbulo, en fin, nos gustaría que dos y dos fueran siempre cuatro y hasta en esto nos falla para nuestro bien, pues Él dijo que donde dos o más están reunidos en su nombre allí está Él también, o sea que son dos y dos más Él.
Dios actuó y actúa siempre con una lógica distinta de la nuestra. Nosotros celebramos su nacimiento, o más bien ya no sabemos muy bien a ciencia cierta qué es lo que celebramos... Preguntábamos antes si habría alguien que levantara ayer la copa para brindar por su venida... “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajo del cielo...”.
Lo folclórico en Belén terminó siendo la matanza de inocentes para desembocar en su crucifixión... lo verdaderamente hermoso para Cristo no fue el entorno navideño, la cena de la Nochebuena, el turrón ni las felicitaciones sino que fue venir a salvarnos, que para nosotros es lo que está pasando desgraciadamente más desapercibido.
Y es esa buena nueva lo que debemos descubrir en este día, ese el verdadero mensaje navideño, la auténtica felicitación, la gran noticia a divulgar y después a poner en práctica... “Os ha nacido un Salvador... la señal es un pesebre, un niño envuelto en pañales” y un anuncio que retumba por los cielos de la historia y que aún no ha dejado de escucharse si abrimos con sinceridad nuestro corazón: ¡Paz a los hombres de buena voluntad!, y también a todos los demás, porque todos le caemos bien a Dios...

viernes, 20 de diciembre de 2019


DOMINGO IV DE ADVIENTO. 22-XII-2019. (Mt. 1, 18-24) A

             El evangelio de este domingo nos sitúa en Nazaret, en medio de una familia que está a punto de separarse. Se podría decir que Dios se hizo hombre al margen de la Ley y de la biología, algo que a los ojos del esposo de la Virgen no tenía explicación alguna. Dios se acerca al mundo por caminos que no son nuestros caminos. Ante este hecho misterioso se dan varias respuestas: el silencio de María, la prudencia de José, la solicitud providencial de Dios que vela siempre por los suyos...
Cristo es diferente. Tampoco llegó al mundo en olor de muchedumbres sino en olor a pesebre, a establo, en olor a oveja;tampoco llegó respaldado por la ley, sino un poco a contrapelo y como suplantándola. Más aún, llega de modo tan anómalo que plantea un conflicto matrimonial.
En cuanto a las fuerzas vivas de aquel tiempo esperaban otra cosa, esperaban un Mesías triunfante, se imaginaban que llegaría al frente de carros de guerra y sobre bayonetas. Jesús en cambio, llega humildemente, sobre el heno de un pesebre. Pero él fue quien hizo girar la historia. Los poderes, legalmente establecidos, religiosos o civiles, buscan siempre crecer y dominar, mandar y poseer, al precio que sea, y creen que es así como se conquista el mundo, sin parar mientes en que el auténtico protagonista de su gloria y de su poder es siempre el pueblo sencillo y anónimo. ¡Cuántas batallas ganadas por mesías desconocidos, gente de a pie! ¡Cuántas gestas hechas por un valiente cualquiera y que luego son atribuidas a tal o cual rey o general! ¡Cuántos monumentos históricos fabricados a instancias de este o de aquel gobernante cuyos artesanos, aquellos que verdaderamente tomaron arte y parte en la obra, nadie recuerda ya! A este propósito vienen muy bien los versos de Bertold Brecht: “¿Quién construyó Tebas, la ciudad de las siete puertas? En los libros se lee que fueron reyes. Pero... ¿se dedicaron los reyes a transportar a hombros las piedras talladas?... ¿El joven Alejandro conquistó la India él solo?... Cesar, cuando venció a los galos, ¿no llevaba consigo ni siquiera un cocinero? En cada página de su vida hay escrita una victoria pero nada se dice del cocinero que preparó el festín con que las conmemoraba... Hay muchas narraciones como estas y se podrían hacer otras tantas preguntas...”.
Es lo mismo que decía el filósofo griego Sófocles refiriéndose a otro tema: “La guerra la provocan los cobardes, pero luego tienen que hacerla los valientes”. Y estos son siempre gente olvidada y humilde. Gente desconocida, masa anónima, en la que también puede cundir el desánimo y hasta la desesperación: en algunas circunstancias muchos desearían no haber nacido y muchas mujeres habrían deseado no haber tenido un hijo, tal es la condición en la que viven millones de seres humanos.
Para dar un sentido a todo eso, para ayudarnos a solucionar esos conflictos es por lo que Dios quiso venir a enseñarnos el camino de la verdad. Pero no llegó como llegan los dioses de algunas mitologías, que abandonan por un tiempo el paraíso en el que viven y bajan al mundo a hacer alguna de las suyas. Nuestro Dios no es así. Nuestro Dios escogió el lugar más inhóspito para nacer, la más humilde cuna para recostarse. María da a luz en las más perentorias condiciones, José es el padre más desconcertado y Jesús llega al mundo no para un paseo triunfal sino para luchar en favor de los pobres, de los desheredados de esta vida y terminar ajusticiado, como nos recuerda el Credo “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo... y por nuestra causa fue crucificado...”. Sí, fue ejecutado por defender nuestra causa y a causa de nuestros pecados. Y esto sucedió hace ya dos mil años y casi no nos hemos enterado. Seguimos viviendo como si no hubiera pasado nada, esclavos de nuestras pasiones... siendo así que él trajo la libertad al mundo.
Nos parecemos a los personajes de Vercors, seudónimo del escritor y dibujante francés Jean Brüller, en su novela Los ojos y la luz (1948) En su novela cuenta cómo millones de seres son llevados, cuando nacen, a un país donde periódicamente son víctimas del bombardeo por parte de una flotilla de aviones que les inflige grandes daños. Sin embargo esto hace ya tanto tiempo que viene sucediendo que les parece natural, tan natural como ser ellos también sus víctimas un día. Y es que, y eso es lo terrible, a todo nos acostumbramos. Hasta la misma injusticia termina pareciéndonos normal. Algunas veces sufrimos como condenados, hasta lo indecible, y no hacemos nada para sacudirnos ese peso. Quizá porque en nuestro escepticismo ante tantos fracasos, hemos perdido ya toda esperanza. Estamos entre el sí y el no, como escribe otro novelista Thierry Maulnier en La casa de la noche, (1948), “entre el día y la oscuridad, entre la muerte y la vida... Estáis -dice- en el cuenco de una esclusa: a salvo caso de que se abra esta compuerta, perdidos si se abre aquella. Fijaos, la voy a abrir... Tranquilos, la cerraré de nuevo. Del lugar de donde venís todo era demasiado sencillo. Al lugar a donde habéis llegado también es todo muy sencillo... Deteneos un instante a saborear esta divina incertidumbre...”.
Siguiendo el símil de Maulnier también nosotros podríamos decir: Ahora se abren las puertas de la Navidad ¿a dónde vamos? Ahora se cierran las del año viejo ¿qué hemos dejado atrás? Navidad para un cristiano debe ser, dentro de una divina incertidumbre, una esperanza. Lo expresa muy bien el teólogo de la liberación Leonardo Boff: “En la medida en que la esperanza percibe el futuro y el reino, presentes ya en medio de nosotros en el bien, en la comunión, en la fraternidad, en la justicia social, en el crecimiento verdaderamente humano de los valores culturales, en la apertura del hombre a lo trascendente, tiene motivos para celebrarlo y conmemorarlo...
Sin embargo el “ya” no puede ser absolutizado; debe quedar abierto al “todavía no” que está por venir. Cada vez que sustantivamos el “ya” surgen las ideologías totalitarias, profanas o religiosas; aparece el dogmatismo, el legalismo, el ritualismo, el racismo, el capitalismo y todos los demás ismos. Las ideologías tratan siempre de absolutizar un dato relativo, universalizar una parcela de la realidad y de apoderarse de la verdad. En nombre del “aún no” debemos responder y contestar al “ya” radicalizado...”. (Del libro Hablemos de la otra orilla).
Navidad podría ser ese “aún no”. En cambio muchos lo convertirán en el “ya”. Hay que divertirse ya, hay que comer, beber y gastar ya, llegó el momento ya..., hasta que oigamos el “ya... está bien” que venga a darnos un toque de atención. Hay que pensar no sólo en el “belén” que tenemos sobre la mesa del cuarto de estar donde aún no ha hecho acto de presencia ni el hambre ni el frío ni el dolor ni el desamparo, sino hay que pensar en los miles de belenes vivos sin pan ni techo, sin salud ni esperanza, sin paz y sin amor de tantos hermanos nuestros en tantos lugares de la tierra.
El único “ya” sería el de empezar a luchar desde ahora, ¡ya!, para que todos los hombres tomen “parte en la riqueza y en la esperanza de este mundo” aunque se podría quedar únicamente en una hermosa empresa, sólo eso, pues, como dice el propio Maulnier, “cuando logréis conseguir que vuestros ciudadanos sean dichosos y libres en una tierra libre y dichosa, seguirán estando solos, sintiéndose desamparados, seguirían teniendo frío”.
Sólo Dios es la única esperanza verdaderamente digna y capaz de hacernos divinamente humanos y humanamente felices. Solamente el Niño de Belén es capaz de transformar la condición del hombre de terrena e infeliz en celestial y dichosa. A veces esperamos que los altos cargos políticos, los intelectuales, científicos, sociólogos o economistas solucionen los problemas que el mundo tiene planteados. Sin embargo, no nos llamemos a engaño, podemos escuchar la voz de la Historia, la solución ha venido, casi siempre, de gente humilde y buena, de un niño que nace en cualquier rincón del mundo, de un profeta desconocido cuyo origen ignoramos pero que son los caminos que más frecuenta Dios.
Por nuestra parte deberíamos escuchar la voz del ángel que también nos anima como animó a José ante aquel conflicto doméstico que el estado de la Virgen planteaba en su vida: “José, no temas en llevarte a María tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Para quien tiene fe lo que no tiene sentido puede cobrarlo porque es el Espíritu Santo quien anima la vida de la Iglesia, quien late tras los aconteceres históricos, políticos y sociales del mundo por desconcertantes que nos parezcan... sean del cariz que sean. Cristo viene a salvar a su pueblo y de hecho estamos todos salvados, si creemos y queremos salvarnos.
María es “vida, dulzura y esperanza nuestra” María de la O, interjección comienzo de una exclamación mesiánica: Oh Sabiduría... Oh luz de Oriente... es nuestra Señora de la esperanza. Jesús, Enmanuel, es Dios con nosotros... Con estos dos avales podemos acercarnos e incluso pertenecer a este Belén del mundo con una cierta confianza celebrando estas fiestas según el espíritu cristiano y con la esperanza de que nuestras expectativas, puestas en tan buenas manos, no quedarán defraudadas. Jmf.


viernes, 13 de diciembre de 2019


III DE ADVIENTO 15-XII-2019 (Mt. 11, 2-11) A

El Adviento es un tiempo de esperanza ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Saber esperar, es un consejo que nunca nos ha podido venir mejor que ahora, viviendo como vivimos. A menudo nos dejamos arrastrar por las prisas (así, en plural, que es lo malo, pues a veces la prisa en singular es conveniente), nos dejamos llevar por el stress, por la velocidad que suele dar con frecuencia y como fruto accidentes de carretera, infartos, tensión nerviosa y depresión. Somos cada día más impacientes, pues perdemos la paciencia con una gran facilidad.
Al enfermo lo llamamos paciente porque necesita ese don para curarse. Nosotros somos enfermos impacientes. José María Pemán, en una de sus piezas teatrales, calificó a san Francisco Javier de “divino impaciente”, por el fuego que le abrasaba en convertir infieles. Me temo que nosotros seamos “los humanos impacientes”, demasiado humanos. Hasta parece desfasado ya el ejemplo que nos pone el apóstol Santiago en su carta cuando dice: “El labrador aguarda... pacientemente la cosecha...” (5, 7); pues en un laboratorio de Florida (Ogleasby) ya han logrado cultivar plantas probeta, llamadas plantas clónicas, capaces de madurar y producir cosechas en un tiempo récord.
Pero sabemos que la prisa nunca es buena para nada. Se lo oí hace años a un viejo alfarero: “Para cocer bien las piezas hay que ir despacio. Los ladrillos que se cuecen ahora en unas horas con gasoil a los pocos años se deshacen; en cambio aquellos bloques antiguos que cocían los romanos en sus hornos empleando dos y tres días se conservan hoy como entonces... los romanos no tenían prisa. Y sucede lo mismo con el agua calentada con gas o al microondas, se enfría mucho antes... Para que salgan bien las cosas no se puede tener prisa...”. Es un sabio consejo que se podría aplicar a tantos aspectos de la vida, a la gente que lleva un automóvil, al que realiza un trabajo, al que estudia un problema, al que está a punto de tomar una decisión... ¡no tener nunca prisa! Acaso es por eso por lo que el hombre está tan ansioso de paz y de reposo.
Cuenta Anthony di Mello que en una ocasión hubo reunión general de animales para protestar contra el hombre porque este les arrebataba sus productos apoderándose de ellos. -Se queda con mi leche... mugía la vaca. -A mí me quita la miel,  susurró la abeja. -A mí me sacrifica por mi carne, repetía la ternera. -A mí me quita la piel, intervino el zorro.  -A mí la lana,  baló la oveja... Entonces se adelantó la araña y dijo maliciosamente: -A mí desearía quitarme algo que necesita más que nada pero no puede. -¿Qué?, preguntaron todos a coro.-Saber esperar.
El Adviento es un tiempo de esperanza, de saber esperar. La esperanza exige tener paciencia. Se podría decir que la paciencia es la esperanza en traje de diario... Y la esperanza es la paciencia en traje de fiesta. Sin esperanza es imposible la paciencia y viceversa ¿Por qué? Porque una esperanza que es paciente y una paciencia esperanzada son la única fuerza capaz de trazar planes y llevarlos a la práctica con eficacia. La impaciencia y la improvisación no son buenos consejeros.
Alguien pudiera decir que las palabras están bien pero lo importante son los hechos, y es verdad. Decía cierto pintor moderno que había sido antes arquitecto en activo: -Cuando proyectaba casas de diseño muy moderno se me venían abajo, la materia no soportaba lo que edificaba en mi imaginación, ahora sobre el lienzo puedo permitirme el lujo de pintar cuanto me venga en gana sin riesgo de derrumbe.
En nuestro caso la pintura es la palabra, ya sea oral o escrita, “el papel o la tela, lo aguantan todo” solemos decir cuando leemos una hazaña que nos parece inverosímil, o una afirmación de alguna persona cualificada; otra cosa son los hechos, ponerse a edificar y que se mantenga en pie.
No nos basta con oír, necesitamos ver, tocar, necesitamos llenar este vacío interior y no precisamente con palabras sino con algo que esperamos, con Alguien que anhelamos que llegue y para quien estamos hechos. Somos como Estragón y Vladimiro, los dos personajes de Esperando a Godot, obra dramática del premio Nobel Samuel Becket, y que son símbolo de una esperanza sin sentido. Se pasan toda la obra, es decir, la vida entera, aguardando a que llegue un extraño y misterioso personaje llamado Godot, que al final no aparece por ninguna parte, a lo más envía un niño, símbolo de la esperanza, y que les dice que Godot llegará... mañana. Y mañana ¡exactamente igual! Ellos, mientras tanto, se entretienen en pequeñas cosas: a Estragón le hacen daño los zapatos, prefiere andar descalzo como dicen que andaba Jesús. Se los prueba Vladimir, es preciso encontrar algo que nos dé la sensación, al menos, de vivir. El espectador se pregunta no sólo si Godot llegará alguna vez, sino también si su venida arreglará algo. De hecho el terror se apodera de los dos cuando creen, en un momento dado, que se acerca, pero, al darse cuenta de que es el viento, respiran aliviados... -“Me has asustado. -Creí que era él. -¿Quién? -Godot-¡Bah! era el viento en los rosales... -Hagamos algo -dicen- mientras tenemos tiempo.  No todos los días hay alguien que nos necesita. Tampoco se trata de que nos necesiten... La humanidad somos nosotros, nos guste o no nos guste... Aprovechémonos antes de que sea tarde... El ser humano se necesita, como necesita el tigre a sus congéneres...”. Godot no llega, pero cada día que pasa, cada minuto, cada suceso que acontece es su precursor. De ahí la pregunta que todos debemos hacer al mensajero, sea a través de un hecho, de una palabra, de un contratiempo... ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? El dramaturgo Vaclav Havel, último presidente de Checoslovaquia, escribió hace años un artículo titulado “Godot no vendrá porque no existe”. En él afirmaba entre otras cosas: “hay que aprender a esperar... hay que sembrar pacientemente... regar... pacientemente... todos los días... con comprensión, con humildad, con amor. Si aprendemos a esperar... la Humanidad no puede terminar tan mal como nos lo imaginamos.” (ABC del 6-XII-92.-Blanco y Negro, p. 10).
Cristo no es Godot. Cristo, al final, llega siempre, de una forma u otra hasta en el niño de Navidad que resultó ser el mismo Dios aunque casi nadie se enteró. A veces tarda. A veces es difícil reconocerlo. Otras veces al llegar nos decepciona, esperábamos a otro.
A veces pasa de largo a nuestro lado. Esperábamos que sería de otra manera, como sucedió a quienes esperaban un Mesías Libertador, o a los mismos discípulos... La razón es porque a menudo tergiversamos o mistificamos demasiado los valores y mensajes del Reino, llenándolos de epítetos altisonantes pero que nada tienen que ver con el mensaje evangélico.
En realidad Jesús cuando vino defraudó a todos sus seguidores. Cuando le preguntan a Jesús en qué se reconocerá su mensaje mesiánico no responde con palabras, discursos o teorías solamente, sino que echa mano del lenguaje de los hechos, hechos concretos en favor de los oprimidos, de los más débiles y de los pobres, y esto lo hace hasta en tres ocasiones a cual más solemne. 1ª) Cuando da contestación a los enviados de Juan Bautista: “Los pobres son evangelizados...” (Mat. 11,7). 2ª) Cuando lee un texto del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret y lo comenta: “El Espíritu me envió para evangelizar a los pobres...” (Lc. 4,18). 3ª) Cuando habla del juicio final: “Tuve hambre y me disteis de comer..., estaba enfermo y me visitasteis...” (Mt. 25, 42) (Brey).
Tenemos demasiada fantasía. Pero Jesús no es sólo una bella teoría, Jesús es una realidad viva, una realidad sangrante que se hace presente en los más pobres, en los sordos, ciegos, cojos, tullidos, leprosos, muertos, pecadores, publicanos, prostitutas, etc. Sin embargo pedimos con justicia para los criminales justicia, cadena perpetua incluso. Pero, si somos justos habría que ver quien educó, donde se educó y en qué circunstancias vivió esa persona para convertirse en un delincuente.
Cristo llega y les anuncia libertad, perdón, misericordia, compasión, salud, vida, también a los presos... Y además de proclamarlo lo lleva a cabo... “Id y decid a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan, los muertos resucitan y a los pobres se le anuncia una buena noticia... y dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi” (Mt. 11, 5). Sólo pide dos cosas: 1ª) No sentirnos defraudados con su mensaje porque nos falte fe y es que sólo con fe se comprende la esperanza. “La fe que más amo es la esperanza, dice Dios... es lo que más me admira... escribió Charles Peguy. Estragón y Vladimiro esperan pero no tienen fe. 2ª) Nos pide también ser más humildes, como Juan, “el más pequeño es más grande que él”, hacernos niños, como el que nació en Belén. Con esa fe, con esa sencillez debemos esperar durante el Adviento al Mesías que, aunque aquí, en este tiempo la Liturgia no nos representa a Jesús niño sino un hombre, como de treinta años y que busca ser bautizado en el Jordán, es porque el ser niño no tiene otra misión que ser más fuerte. La fuerza de la debilidad. La tempestad y el huracán rompen los árboles robustos de los bosques pero pasan sobre la tierna hierba apenas sin dañarla porque se doblega a su paso. Jmf.



jueves, 5 de diciembre de 2019


INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA. 8-XII-2019 (Lc. 1, 26-38) A
(Domingo II de Adviento)

Pocas veces se habló tanto de ecología, de los derechos del hombre, de la defensa de la vida... ni se toleró, permitió y amparó tanto el aborto, la eutanasia, la guerra, la tortura estatal y la terrorista como hoy. Hace años en una cena que tuvo lugar en Córdoba para celebrar el aniversario de la fundación de la Confederación de empresarios, se dijo: “A la hora de contratar a las mujeres como obreras o empleadas los empresarios tendremos que pedirles, además de un certificado de estudios y experiencia, el grado de fertilidad, porque en este país quedarse embarazada es un enfermedad muy contagiosa”. No se daban cuenta de que esto se da de patadas con el sagrado derecho a la maternidad y con los más elementales derechos de la vida, aunque desgraciadamente hoy ya no tendría la vigencia de entonces.
En otro sentido, existe también cierta confusión en el terreno teológico entre algunos creyentes llegando a confundir el dogma de la Inmaculada Concepción con el de la Virginidad de María, más por falta de formación teológica que de mala fe. El error viene de lejos al identificar el pecado original con la concupiscencia o sexualidad, tesis que mantuvo ya en la edad Media el teólogo Pedro Lombardo, cuando hoy ya sabemos que por pecado original entendemos toda inclinación hacia el mal y a toda clase de pecado.
La virginidad de María, es decir, que la Virgen concibió a Jesucristo de modo virginal “por obra y gracia del Espíritu Santo” es admitido incluso por los protestantes. Se refiere a la concepción activa o virginal de María, es decir, a que la Virgen concibió a Jesús en su seno por obra del Espíritu Santo. Así lo dice claramente san Lucas. Puede parecernos algo extraño. Hubiera sido hijo de Dios lo mismo, de haber tomado san José parte en la concepción, sin embargo quiso Dios a su madre virgen y todo lo demás huelga.  Es uno de los dogmas que con más reticencia se admite, pero no debemos olvidar que todos los pueblos y tribus de todos los tiempos y lugares han tenido en gran aprecio la virginidad, v. g.: las vestales romanas que mantenían el fuego sagrado de Júpiter Capitolino, y las doncellas vírgenes de los incas del Perú, destinadas a ser sacrificadas a los dioses. Aún el hombre de hoy más depravado de tener que escoger, posiblemente elegiría para su futura esposa a una virgen. Pero no es esa prerrogativa de María la que hoy celebra la Iglesia, sino la llamada concepción pasiva, es decir, que “María fue concebida” por sus padres san Joaquín y santa Ana, de forma natural pero inmaculada, o lo que es lo mismo, libre del pecado original con el que nacemos todos los hombres. Y en este aspecto la Biblia ya no dice casi nada.
Nuestros argumentos se apoyan en el texto de san Lucas: “Llena de gracia”, luego en gracia desde el primer momento. Y el otro es un pasaje que se encuentra en el libro del Génesis: “pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu raza y la suya...”. Al carecer de noticias históricas sobre este tema el pueblo fiel, escritores y artistas con frecuencia han tenido que echar mano de los llamados “evangelios apócrifos”, es decir, aquellos libros no reconocidos por la Iglesia como inspirados por Dios, pero que dada la antigüedad de que gozan pueden facilitarnos algún tipo de testimonio sobre la mentalidad del pueblo en aquel tiempo en el que han sido escritos. Por ejemplo, el Evangelio de Santiago (el menor de los hermanos del Señor), del s. II, dice que Joaquín cuidaba su rebaño y un ángel lo avisó de que iba a ser padre. Él entonces ofrece diez corderos sin mancha al Señor, doce terneros de leche a los sacerdotes, cien cabritos para todo el pueblo, ya que su esposa Ana era mayor y además estéril. Ella un día sale al jardín al atardecer vestida de novia. Sentada a la sombra de un laurel eleva los ojos al cielo y descubre entre las ramas de un árbol un nido. Entonces se lamenta de su esterilidad: -Ay de mí ¿por qué habré nacido yo? Es entonces cuando se le aparece un ángel y le dice: -Ana, tu ruego ha sido escuchado. Concebirás un hijo y de tu descendencia se hablará en el mundo entero. –Sea niño o niña -responde Ana- lo consagraré al Señor. Cuando llegó Joaquín ella se le echó al cuello diciendo: -Era estéril y voy a concebir un hijo...
En otro apócrifo, el del Pseudomateo (s. IV) se dice que Joaquín era pastor, y no tenían hijos. Mientras Ana oraba un ángel le dice: “Tendrás descendencia que será objeto de admiración por todos los siglos hasta el fin...”. Joaquín, a su vez tuvo un sueño en el que un ángel le decía: “Vete al lado de tu esposa Ana...”. Anduvieron treinta días. Ana le esperaba junto a la puerta Dorada y le dice: “Era viuda y ya no lo soy, era estéril y he concebido en mis entrañas”.  Quizá por el gran parecido que guarda con el anuncio del ángel a María se confundió también la Inmaculada con la Virginidad. De hecho los nombres de Joaquín y Ana, la Cueva de Belén, la mula y el buey, etc. han entrado en nuestra tradición por la puerta un poco falsa de estos evangelios apócrifos. Aún hoy día se puede ver en Jerusalén, junto a la Piscina Probática, llamada también de las ovejas, la casa de san Joaquín, y en la cripta del templo (del s. V), luego rehecha en el s. XI y ahora de nuevo restaurada, el lugar donde dice la tradición que nació la Virgen. Su fiesta se celebra desde el s. V. Y la Iglesia griega celebraba en el s. VII la fiesta de la concepción de la abuela de Jesús el 9 de diciembre.
En los s. XI y XII surgen grandes contiendas populares, luchas entre la devoción, la piedad popular y la Teología hasta que la Iglesia empieza a definirse por medio del Papa Sixto IV que procedía de la orden de San Francisco, instituyendo una fiesta en 1476, enriqueciéndola con indulgencias y exhortando a los fieles a celebrarla con devoción ya que este privilegio agrada a Dios de modo especial, dice. En 1483 pone freno a los predicadores que se atrevían a disentir y atacar el que María fuese Inmaculada. Algo que parece un poco difícil de entender si no conocemos la dialéctica y luchas por definir la Teología sin tener después que rectificar. No estaba aún muy claro el sentido de la fiesta. Para santo Tomás de Aquino en 1400 (s. XIII) parecería estar resuelto pero no fue así ni fue tan fácil (III, q. 27). Fue Alejandro VII (s. XVI) quien lo aclaró y definió con un mottu propio.
Inocencio VIII (1409) publica una Bula, la “Inter munera” en la que dice entre otras cosas: “Isabel (la Católica) reina de Castilla por singular decisión de la Concepción de María...”. El ejército la considera su patrona desde que Alejandro Farnesio en 1578, estando al frente de los tercios de Flandes sitiando la ciudad de Amberes, promete defender el misterio de la Inmaculada, y pone a sus huestes bajo la protección de este futuro dogma. Santa Teresa de Jesús en su biografía, hablando de cierta persona dice: “Nuestra Señora le debía de ayudar mucho pues era muy devota de su Inmaculada Concepción...”. Carlos III en 1760 la nombra patrona y abogada de España y le erige un monumento en la plaza de España en Roma. Y será Pío IX el día 8 de diciembre de 1854, quien declare en la bula Ineffabilis Deus, que María fue concebida sin pecado original.
Este Dogma pudiera ser un buen argumento desde la fe y una razón más para mostrar ante los abortistas por qué la Iglesia va contra el aborto. Si María fue inmaculada desde el primer instante de su fecundación es que allí había ya una persona, en ese mismo instante. Biológicamente podría haber discusión puesto que se discute en qué momento un óvulo fecundado empieza a ser persona, pero en líneas generales es un argumento que parece ser bastante claro.
Hoy más que detenernos en disquisiciones teológicas o morales, hoy es el día en el que debemos alabarla sin más, invocarla con fe y quererla con amor filial. Como dijo hermosamente Gabriel y Galán: “Flor de las flores, adorable encanto, / gloria del mundo, celestial hechizo,/ Dios no pudo hacer más cuando te hizo, / yo no sé decir más cuando te canto...”.
Sí, debemos invocarla a menudo y no debimos haber perdido aquella hermosa costumbre de saludarla al entrar en casa con el saludo del ángel: “Ave María Purísima...”, era un entrañable y hermosa tradición. Eran también otros tiempos, lo malo es que hoy hemos perdido aquello y no hemos sabido suplirlo con nada adecuado a nuestras circunstancias y costumbres. Y eso es una verdadera lástima y una pérdida irreparable para la vida religiosa de nuestro pueblo tan devoto de María en todos sus misterios, y ¿cómo no? sobre todo de este de la Inmaculada Concepción. Jmf