viernes, 19 de octubre de 2018


DOMINGO XXIX. 21-X-2018 (Mc. 10, 35-45) B

 La idea central del evangelio de hoy se podría resumir en una pregunta: “¿Qué piensa Jesús sobre el poder civil?”. En distintas ocasiones toca el tema, v.g. cuando le llama al rey Herodes “zorro” o cuando manda pagar tributo al César: “Al César lo que es del César”, etc. Hoy nos sorprende con una nueva frase: “Los jefes de los pueblos los tiranizan…”. Y avisa a los apóstoles: “Vosotros nada de eso”.
No sé quién dijo: “Gobernar es resistir”. En buen cristiano no debe ser así, gobernar debe ser servir: “El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor y el que pretenda el primer puesto que sea vuestro esclavo”. Antes se solía responder a quien tomaba lista: “¡servidor de Ud.!”, hoy preferimos decir: “¡presente!”, acaso para hacernos notar, valer. Nadie quiere estar ya al servicio de nadie, ser criado/a se considera un baldón.
Esa es la filosofía del hombre moderno: Quiero que tú hagas, lo que pienso yo, lo que quiero yo. Lo mando yo, pero lo vas a hacer tú, el súbdito, o el gobierno, el patrono o el obrero, los padres o los hijos, siempre los otros… Como reza el refrán: “Dijo el abad: bajemos al huerto y trabajad”. Pero cuando rezamos no es eso lo que decimos sino más bien: “Hágase tu voluntad”. Hay muchas fuerzas de poder en el mundo: religiosas, económicas, culturales, civiles, ideológicas…, y es preciso que lleguen a la conclusión de que más que mantenerse y triunfar lo importante es servir y ayudar eficazmente a los demás con obras y no con meras palabras: “muéstrame lo que has hecho no me hables de lo que vas a hacer”.
A través de la Historia hubo muchos cambios de tipo social, político o religioso: Espartaco y los esclavos que se levantan contra el Imperio romano, el Feudalismo en la Edad Media, los cambios sociales del s. XVIII y XIX... que habría que ver si fueron realmente cambios o fueron más bien sustitución de palabras; porque la esclavitud, las bolsas de pobreza y la represión, adaptadas a los tiempos modernos, envasadas en otras palabras, siguen aún ahí, poco más o menos lo mismo. Nadie entiende que mandar es servir. Será acaso porque la honestidad y la justicia no encuentran su recompensa en el poder; y la Historia, como dice Indro Montaneli, “siente una cierta debilidad por los bribones y los déspotas”. Tenemos un ejemplo muy gráfico en aquel general griego llamado Arístides que luchó al lado de Milcíades en la batalla del Maratón contra los persas (490 a.C.). Arístides era un jefe honrado a carta cabal. Tras la batalla entregó todo el botín al Estado, un caso inusitado de honradez, hasta tal punto que un día en el teatro cuando uno de los actores recitaba aquellos versos de Esquilo: “…él no pretende aparecer justo sino serlo y en su corazón sólo anida la sabiduría y la cordura” todos los ojos de los asistentes se volvieron hacia donde se sentaba Arístides como movidos por un resorte. Pues bien, con ser tan honrado y todo, fue vencido en unas elecciones por su rival Temístocles de quien dijo Plutarco que los maestros le habían enseñado “más que a ser, a triunfar valiéndose de los medios que fuera”. La respuesta a su fracaso se la dio un campesino analfabeto al votar, estando Arístides a la mesa, el cual le preguntó: “¿Por qué votas a Temístocles?”, y sin saber quién era el que le hacía la pregunta el campesino respondió: “No, no me ha hecho nada, pero estoy cansado de oír a todo el mundo llamarle honrado”. Así de desconcertante es a menudo el vulgo. Y así se escribe la Historia.
¿Qué dice Jesús a todo esto?  “Vosotros nada de eso, el que quiera ser el primero que sea vuestro servidor… pues los últimos serán los primeros”. Si fuéramos sinceros veríamos que es una ley que se cumple incluso en lo humano. Jesús se opone frontalmente a la tiranía y al poder.  Y paradójicamente resulta que manda el que sirve, castiga el que perdona y vive -sobrevive- el que muere. Si Él no hubiera tomado el camino del Calvario y no hubiera servido de víctima paciente perdonado en la cruz y muriendo por nosotros no hubiera resucitado y hoy no sería nuestro Salvador. Y si los cristianos se hubieran rebelado y hecho la guerra contra los emperadores romanos posiblemente no hubieran salido triunfantes de las catacumbas al llegar Constantino. Es verdad  que todo esto es muy difícil, que se presta a múltiples interpretaciones y que entre nosotros también se da este tipo de ambición.  Existió ya en el Colegio Apostólico.  Dos de ellos piden a Jesús nada menos que sentarse en su Reino, que creían de inminente llegada, uno a su derecha y el otro a su izquierda. En Mt. 20, 20, interviene incluso la recomendación de su propia madre Salomé, hermana de la Virgen y tía carnal de Jesús.  Y es que el ansia, la erótica del poder es tan profunda y está tan arraigada en el ser humano que acaso sea el instinto más fuerte que tenemos.
Bertrand Russell en su obra “El poder” (1938), (un nuevo análisis social) dice que el dominio más que para disfrutarlo lo empleamos para imponernos. “El animal ejerce el poder para satisfacer una necesidad, el hombre para satisfacer una pasión” (egoísmo). Y esta locura de poder nos lleva a todos a caer víctimas de ese mismo poder. George Orwell tiene ya una visión profética en su novela “1984” escrita en 1948, de este peligro. Así, cuando O'Brien, el jefe supremo de aquel superestado dice: “El poder es el valor absoluto y único” razona de la siguiente manera: “Para conquistarlo debe sacrificarse todo, y una vez conquistado debe conservarse sacrificándolo todo”. De ahí las tres clases de personas que constituyen el Estado: los obreros dedicados únicamente a producir armas e instrumentos de poder, la clase media: oficinistas y plumíferos que supervisan todo el engranaje de un Estado cuya misión es vigilar, esclavizar y controlar. Por último los dirigentes que ejercen el poder sin piedad, cargándose lo divino y lo humano: “la guerra es la paz, la libertad esclavitud y la ignorancia fuerza”. Causa angustia ver al protagonista Winston luchar sin esperanza por ser libre valiéndose del lenguaje y del amor, y cómo es sorprendido y mentalmente destruido sometido al Gran Hermano. Es el poder que temía Russell.
Pero es que eso, en pequeña escala, ya lo estamos sufriendo todos.  Desde que llegó la Revolución Industrial (1769) ya no es el hombre quien domina la máquina sino viceversa. Cada día sufrimos más esclavitud de más estructuras que nos dominan y controlan con guante blanco. Se dice que con los datos que aporta la Declaración de la Renta, aparentemente inocentes, una vez computados y cruzados entre sí, cualquier experto es capaz de saber hasta de qué número calzamos. Y es que desde hace tiempo los gobiernos siguen una norma clásica en este campo por la que luchan a brazo partido queriendo tener en sus manos los grandes adelantos de la informática y de la telecomunicación, ya que saben que: “A mayor información más poder”.
En la citada novela de Orwell se habla de que hay que fomentar la guerra: todos los libros y películas deben hablar de guerra (con el cine que veamos a diario misión cumplida). “No se establece una dictadura para salvar una revolución se hace una revolución para que perdure una dictadura” “No importa quien ostente el poder con tal de que todo siga igual”, “No es la Religión quien impondrá a los hombres la moralidad sino que esta estará impuesta por la peste” (el sida) (herpes).
¿Cuál debe ser entonces, y ante todo esto, la postura de un cristiano?  Cristo nos la plantea claramente hoy en el evangelio “¿Podéis beber el cáliz?”. Responder como los apóstoles: “¡Podemos!” es el primer paso, es decir, tener Voluntad de poder, como reza el título de un libro de William James: “Debemos y podemos mejorar el mundo porque Dios lucha de nuestra parte, a nuestro lado, un Dios que, siendo todopoderoso, no es omnipotente porque quiere necesitar de nosotros; siendo infinitamente sabio no es omnisciente pues también Él se ve desbordado por su propia obra puesto que las cosas no le han salido a su gusto y manera, necesitando de nuestra ayuda”.
Este año el lema del DOMUND reza: “Cambia el mundo”, es la misión del cristiano. La diócesis de Oviedo trabaja por este cambio en la actualidad con 147 misioneros asturianos que están anunciando el Evangelio y ayudando en esa transformación a los más desfavorecidos en 40 países del mundo. De todas formas y ciñéndonos al evangelio para llevar a cabo ese cambio tiene que haber quien programe y mande.  Todos mandamos, unos en mayor grado otros en menor, pero será mejor jefe aquel que haga más y mande menos, aquel que en vez de ser el primero se considere el último porque, en el Reino, el que obedece manda, el que sirve gobierna y los últimos serán los primeros.  
Jmf.

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