lunes, 8 de octubre de 2018


DOMINGO XXVII.- 7-X-2018 (Mc. 10, 2-16) B

El tema que toca hoy el evangelio es el del divorcio, un tema que estuvo en la palestra aquí en España durante los primeros años de la década de los 80, con motivo de la controvertida ley del divorcio y al que vamos a dedicar hoy la homilía.
Tres son los modos de romper el  vínculo matrimonial de una pareja: La nulidad, que consiste en probar jurídicamente -(no vale con tener conciencia de ello en el fuero interno)-  que el matrimonio, por un defecto de forma, no fue válido, bien por falta de libertad, bien por engaño, incompatibilidad de caracteres, etc. No se anula un matrimonio, esa es una expresión incorrecta, se declara nulo, porque lo fue desde la misma boda. Pero ello hay que probarlo jurídicamente poniendo el asunto en manos de abogados expertos lo cual cuesta dinero. Es cierto que hay procedimientos para llevarlo a cabo en caso de pobreza pero suele ser bastante complicado. Tratándose de leyes, ya se sabe, los pobres llevan las de perder.
El segundo modo es la separación, es decir, la pareja sigue casada por tanto no cabe un nuevo matrimonio con otra persona, sólo hay separación legal de bienes, de hijos, de vivienda, etc.
El tercer caso se trata del divorcio propiamente tal que consiste en romper el vínculo de un matrimonio en regla, rescindiendo el contrato y el sacramento y quedando libres para volver a casarse con otra persona, cosa que, de momento, la Iglesia no admite, aunque lo permita la legislación civil en su fuero: el llamado matrimonio civil. San Pablo admite el divorcio en caso de estar casado un cristiano/a con un pagano/a. Es lo que se conoce como “privilegio paulino”: “si el no cristiano quiere divorciarse, en ese caso que se divorcie” (I Cor. 7, 12). Este, privilegio lo recogen los cc. 1.143 y 1.146. San Marcos, anterior a san Mateo, no hace excepciones: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Si uno se divorcia y luego se casa peca él y peca la mujer”. Y es que en tiempos de Jesús había dos tendencias: Los divorcistas, también llamados de la escuela de Hillel, los cuales seguían de cerca la Ley de Moisés referente al libelo de repudio y al divorcio, y los antidivorcistas o escuela de Schaumaz contrarios a la ruptura matrimonial. Marcos, al escribir para los Romanos, prescinde de estas opiniones que Mateo sí tiene en cuenta.
En España hubo varias etapas: Felipe II en 1554 incorporaba a la Ley del Reino los cánones que sobre el matrimonio había promulgado el Concilio de Trento, es decir, no al divorcio. La Iglesia no siempre estuvo en contra y algunos Santos Padre lo admitieron. Las Iglesias orientales lo practicaban. Por eso que si un día la Iglesia da una ley en contra no atentaría contra ningún dogma. En 1870 se permite en España el matrimonio civil. El Código de 1889 distingue dos tipos de matrimonio: el canónico y el civil, pero no admite todavía el divorcio. Lo incorpora en 1931 la Segunda República en el art. 43 de su Constitución: “…pudiendo disolverse el matrimonio a petición de uno u otro cónyuge por justa causa”. En 1938 se suprime de nuevo el divorcio por un decreto del Ministerio de Justicia. En 1978 la Constitución permite al legislador regular las causas de la separación, nulidad y disolución (divorcio) del matrimonio. Finalmente el 22 de junio de 1981 el Pleno del Congreso de Diputados modifica el Código Civil introduciendo el procedimiento de las causas de nulidad, separación y divorcio.
Con todo hay que dejar también muy claro como nuestra tradición más antigua y clásica, y lo antiguo y lo clásico ya son de por sí valores positivos, ha sido siempre anti divorcista. Pienso ahora solamente en un clásico de nuestra lengua: Cervantes. Quien más quien menos seguramente oyó hablar del pasaje del Quijote en el que se narran las Bodas de Camacho. Poco antes, yendo Don Quijote de camino, se dirige a Sancho con el siguiente elogio sobre el matrimonio:
“Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar... quitaríase la elección a los padres... El matrimonio está muy en peligro de errarse y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo y si es prudente antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse. Pues ¿por qué no hará lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes como es la mujer con el marido? La de la propia mujer no es mercaduría que una vez comprada se vuelve, se trueca o se cambia; porque es accidente inseparable que dura lo que dura la vida; es un lazo que, si una vez lo echáis al cuello, se vuelve nudo gordiano que si no lo corta la guadaña de la muerte no hay desatarle” (II c. XXII (Gordio era un labrador que entró a rezar al templo de Júpiter en Frigia; este lo elige rey y le ordena que desate los bueyes y deje allí en el suelo las coyundas, que forman un nudo “indesatable”. El que desate dicho nudo será dueño de Asia. Alejandro lo corta de un tajo con la espada diciendo: “tanto monta monta tanto”, lema que tomaron para su blasón los Reyes Católicos).
Y por si la cita del Quijote no fuera poco clara, aún tiene un entremés en el que se manifiesta abiertamente en contra. Se trata de El juez de los divorcios. Ante un juez desfilan diversos personajes: un viejo y su mujer Mariana la cual pide el divorcio porque al viejo le huele mal el aliento; una de las causas que la moral clásica contempla como motivo de separación. Luego llega un soldado y su mujer Guiomar, ella pide el divorcio porque él es un holgazán. También aparece un médico y su esposa Aldonza entre los que los celos y cuatrocientas cosas más plantean la ruptura matrimonial... Ellas gritan, ellos hablan, el juez calla… hasta que al fin unos y otros se van. Todos piden el. divorcio a voces, pero al cabo de algún tiempo, cuando enfrían los ánimos, todos terminan arreglándose. Por eso los músicos que entran en el último momento cantan unas hermosas coplas alusivas al tema:
“Entre casados de honor
cuando hay pleito descubierto
más vale el peor concierto
que no el Divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño
simple en que algunos están
las riñas de por San Juan
son paz para todo el año.

Resucita allí el honor
y el gusto que estaba muerto
do vale el peor concierto
más que el Divorcio mejor.

Aunque la rabia de celos
es tan fuerte y rigurosa
si los pide una fermosa
no son celos sino cielos ...

Tiene esta opinión Amor
que es el sabio más experto:
Que vale el peor concierto
más que el divorcio mejor”.
Es decir, mejor mal casado, palabra de don Miguel de Cervantes, mejor mal casado que bien divorciado. Ya sé que todo es discutible pero opiniones así también tienen su peso. El divorcio es un mal porque el ideal sería vivir siempre en paz y concordia en el sentido etimológico de la palabra, corazón con corazón.
Los hombres, las Instituciones, las naciones tienen necesidad de alianzas y de pactos de unión, necesitan coaligarse. Dios estableció dos Alianzas: Una con Israel, y la compara precisamente a un matrimonio; dice el profeta Ezequiel refiriéndose a Jerusalén: “Pasando a tu lado te vi en la edad del amor…, te comprometí con juramento... hice alianza contigo y fuiste mía” (16, 899).
Lo que fundamentalmente importa es que haya amor, un amor fiel, más que una fidelidad sin amor, un amor unido por vínculos de entendimiento y verdadera amistad, y no con la enredadera de una firma y una rúbrica. Lo que Dios ha unido... lo ha unido por amor. Lo que unen los hombres suele ser por medio de leyes y contratos, con papeles. Por eso el mandamiento divino… lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Sin embargo lo que el hombre une, a menudo es tan complejo, tan lleno de leyes y de vueltas que tal parece que fue hecho para que no lo separe ni Dios mismo. Y es que el amor envuelve, abraza, une..., en cambio las leyes atan, atrapan, aprietan y terminan ahogando.
Lo que Dios ha unido lo ha unido por medio del amor, cuando existe verdadero amor es que Dios lo ha unido y el sacramento del matrimonio no tiene más misión que bendecir esa unión. Dia del Rosario: antes en familia, ahora en algunos velatorios, rezar unidos, lo vemos en películas americanas bendiciendo la mesa, decía el P: Peiton gran propagandista del rosario “permanece unida”.

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