viernes, 23 de agosto de 2019


DOMINGO XXI 25-VIII-2019 (Lc.- 13. 22-30) C

La idea de un Dios que salva a sus fieles es común a todas las religiones. Salvar es librar de un peligro, de un riesgo, poner a seguro. Muchos de los nombres que aparecen en el Antiguo Testamento como Isaías, Josué, Eliseo, Oseas, etc. significan Dios salva, Dios ayuda. El mismo nombre de Jesús significa Salvador. El mundo es como una barca a la deriva perdida en el océano del espacio, sin brújula, sin puerto, sin destino... Y nuestra vida se puede comparar a un naufragio en el que todos tratamos de asirnos a tablas de salvación, cada cual a la que más a mano tiene, por eso nuestras plegarias, nuestras oraciones no son más que un S.O.S, que hasta etimológicamente es una oración, puesto que la sigla recoge la expresión inglesa Save Ours Souls: “salvad nuestras almas”.
Un Dios que salva, eso es nuestro Dios. Los judíos, que vivieron en época del A.T. , sostenían, y aún siguen en la misma creencia, que bastaba pertenecer a Israel para salvarse. Es la llamada salvación tribal o en racimo: se salva el clan y con él todos los miembros; y por tanto la condenación afectaba también a todo el clan aunque hubiera miembros buenos en él. Tuvo que llegar el profeta Ezequiel (600 años a. C.) para gritarles: “¿Por qué van a sufrir los hijos la dentera de los agraces que comieron sus padres?" Jesús, a su vez, les recuerda que “Dios es capaz de sacar hijos de Dios de las mismísimas piedras”.
Modernamente el filósofo francés León Bloy en su obra “La salvación por los judíos” trata de demostrar cómo a pesar de la maldición que, supuestamente pesa sobre ellos, y a pesar de que Jesús sigue crucificado, los judíos son el pueblo escogido, predilecto. Ese Mesías que aún esperan ver llegar es el Espíritu Santo. Pero está claro de que nadie tiene privilegios y al cielo se va de uno en uno...
Otro punto conflictivo que toca el evangelio de hoy es “el escaso número de los que se salvan”. En el apócrifo IV de Esdras (3,16) se dice: “Los que se pierden son muchos más que los que se salvan”. Circuló hace años entre los católicos un libro que tuvo una gran resonancia y cuyo título es bien explicativo: “Del gran número de los que se salvan y de la mitigación de las penas del infierno” (1935), por el P. J. M. Dalmau S.I. (Estudios Eclesiásticos, 14). Esto será siempre un misterio pues la salvación es un concepto difícil y fácil, arriesgada y a la vez segura y confiada...
Para entrar en ella Jesús usa la palabra puerta. Puerta de entrada, no hay salida. Y además, la puerta para entrar es estrecha y baja. De ahí que tengamos que humillarnos, hacernos pequeños, como niños, para poder pasar por ella. Recuerdo un libro de Lecturas que acostumbrábamos a leer en mí escuela. No volví a encontrarlo más. En él se narraba la historia de un muchacho que había entrado a robar manzanas a una finca por el estrecho hueco que existía en una pared. Se llenó los bolsillos de fruta de tal forma que al querer, salir no cabía por donde había entrado y terminó siendo apresado. Eso mismo nos puede acontecer a nosotros. Nos afanamos por llenar tanto nuestros bolsos y por atiborrarnos de tantas cosas que luego nos va a costar trabajo y sufrimiento traspasar la puerta. Jesús nos sigue recordando: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”.
Y nos pone de sobre aviso: para muchos no sólo es estrecha sino que además estará cerrada. Es dramática la imagen del hombre que llama a una puerta y esta permanece cerrada. El premio Nobel André Gide tiene una novela con es el título, La puerta estrecha. Se desenvuelve en un ambiente de amorosa espiritualidad. No es que la novela sea ejemplar, cristianamente hablando ni mucho menos, pero alguna de sus frases nos da pie para pensar y poder aplicarla a nuestra vida, como aquella que el protagonista Jerome encuentra en una de las cartas de la desgraciada Alice, muerta dramáticamente, y que es toda una oración: “Señor, avanzar hacia vos, Jerome y yo, uno con el otro, uno para el otro, andar a lo largo del camino de la vida como dos romeros que de vez en cuando se digan: Apóyate en mí, hermano, si estás cansado...' y conteste: Me basta con sentirte cerca de mí... ¡Pero no!, el camino que nos indicas, Señor, es un camina estrecho, tan estrecho que no podemos ir uno junto al otro…”. En efecto a menudo la vida nos obliga a caminar en fila india.
Jesús, que es la puerta: “Yo soy la puerta, si uno entra por mí estará a salvo…” gusta de poner el ejemplo de la puerta acaso porque su vida transcurrió de puerta en puerta: nace en un portal, a Pedro que le niega ante una portera, le entrega nada menos que las llaves de la puerta del cielo, la puerta del infierno no prevalecerá contra su Iglesia, y su vida sacramental y de gracia, transcurre escondido tras la puerta de cada sagrario…, a cuántas puertas llama en vano, como lo expresa divinamente aquel soneto de Lope: “Mañana le abriremos, respondía / para lo mismo responder mañana...”. La expresión “puertas abiertas” designa en el Nuevo Testamento las posibilidades que se ofrecen a la predicación del Evangelio: “Perseverad y orad, dice Pablo a los colosenses, para que el Señor nos abra las puertas a la predicación” (4, 2). En cambio la expresión “puertas cerradas” denota la ejecución inapelable del juicio de Dios: “las doncellas que aguardaban en vela al esposo entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta…. Llegan también las necias diciendo, ábrenos, Señor, y el respondió: no os conozco”. (Mt.25. 10). “Yo soy la puerta del aprisco”, dice en otra ocasión Jesús... “Estad como los criados, vigilantes, aguardando a que su Señor vuelva y llame”. Y también: “He aquí que estoy a la puerta y llamo; sí alguno oye mi voz y abre la puerta entraré en su casi y cenaré con él y el conmigo” (Apoc. 3. 20). Ello nos hace entender mejor el uso que hace Jesús de la metáfora “la puerta estrecha” que es la única que da acceso a la salvación del hombre. Aunque la “Jerusalén celestial tenga doce puertas siempre abiertas" para simbolizar la invitación dirigida a todos los pueblos (Apoc. 21, 12-25).
Hoy se habla mucho de Teología de la liberación que es una expresión, si queremos, hasta negativa para la teología. Su lucha puede parecer admirable, y lo es, pero habría que hablar algo más de Teología de la salvación. Liberar es más negativo que salvar. Salvar, a pesar de contraponerse a condenar (si no te salvas te condenas), o acaso 'por eso, es más positivo. Deberíamos insistir más en el término salvar que en el de liberar (liberar es sacar a uno de una esclavitud, salvar es sobreponerse a todas las esclavitudes y alzarse sobre todas ellas). Porque además la salvación en este caso no es nuestra, no nos salvamos nosotros, es Cristo quien nos salva, y nos salva liberándonos de nosotros mismos. Nosotros acaso podríamos liberarnos pero nunca salvarnos.
Debido a un celo excesivo por huir de las doctrinas de Lutero creo que hemos abandonado esta parcela espiritual en la que nos justificamos por medio de la fe en Jesús y no mediante nuestras obras que son una consecuencia de la fe, no al revés, incluso a pesar y sobre nuestras faltas y pecados.
En una novela de Grahan Green, “El revés de la trama”, el protagonista Scabíe tras precipitarse de pecado en pecado, llega arrastrado por una serie de circunstancias al suicidio. G. G. nos dice que en aquella frase final que pronuncia: “Oh Dios mío, te amo” se había ya gestado su salvación eterna. Idéntica afirmación la mantienen comentaristas de la talla del sacerdote y escritor belga Charles Möeller. Porque una vida de amor y de entrega, aunque esté entreverada por momentos de ofuscación y de pecado puede llegar a justificar a la persona, así como también una vida en gracia de Dios pero falta de amor y de fe es imposible que nos salve. Así lo afirma un famoso jesuita, el P. Jorge Loring, autor de aquel famoso librito: Para salvarse, en una charla grabada en video titulada Salida de emergencia. En ella trata de demostrar que con decir en el momento de peligro de muerte: “¡Perdón Dios mío!”, cualquier creyente, aún en pecado mortal, puede llegar a conseguir la salvación. La razón según él está en ese mío, dicho en ese instante, y que entraña un acto de perfecta contrición.
Aquella antigua canción a la Virgen se decía:
“Sálvame, Virgen María,
óyeme que imploro con fe,
mi corazón en ti confía,
Virgen María, sálvame…”
si bien se mira más bien debería decir y con más fundamento teológico: “Virgen María, estoy salvado..../ únicamente dame fe”.
La puerta es estrecha, a veces permanece cerrada, esto en principio pudiera desanimarnos, pero nos da una infinita esperanza saber que la puerta es el mismo Jesús, que es el mismo Dios, que Dios es amor y que para el verdadero amor no existen puertas ni barreras, pues aunque estén cerradas el amor todas las abre o entra por el tejado pero entra. El amor  y no el miedo, será pues la salvación del cristiano, nuestra salvación. Jmf

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