viernes, 3 de mayo de 2019


DOMINGO III PASCUA.-5-V-2029 (Jn., 21. 1-19) C    

Leíamos en el Evangelio de hoy que: “Estaban reunidos varios apóstoles y Pedro les dice: Me voy a pescar… A lo que ellos responden: Vamos también nosotros contigo”. De lo cual se deduce que es necesario salir a alta mar, hay que mojarse. Es preciso salir de la iglesia, abandonar alguna vez el puerto, incluso hasta llegar, si posible fuera, a ir de casa en casa, Biblia en mano, a enseñar a quienes no frecuentan el templo, las bienaventuranzas, las parábolas del perdón, la Resurrección de Jesús, el Credo... como dicen los Hechos que hacían los apóstoles: “Ningún día dejaban de enseñar en el templo y por las casas, anunciando el Evangelio de Jesucristo” (Hech. 5, 42).

Convendría que los cristianos saliéramos de las iglesias para que la gente entrara en la Iglesia (con mayúscula). Ahora bien, uno de los obstáculos más grandes acaso sea el miedo al fracaso. Y es lógico. Sigue diciendo el Evangelio: “Aquella noche no pescaron nada”. Pues si fracasaron los discípulos del Señor yo no sé por qué nosotros tenemos tanto miedo a fracasar cuando del fracaso es posible sacar tanto provecho, y a veces más que del éxito. Lo expresa muy bien Alejandro Casona en su obra “Nuestra Natacha” cuando pone en boca de Lalo el siguiente parlamento: “En amor, como en casi todo, es tan hermoso fracasar… El fracaso templa el ánimo, es un magnífico manantial de optimismo. Todo hombre inteligente debería procurarse por lo menos un fracaso al mes” (t. I. pág. 408).

Esto es cierto. El fracaso nos hace humildes y desde la humildad se ven las cosas más claras y se ven los hombres más cerca ya que nos ponemos a su nivel, incluso se vive mejor puesto que empeñarse en vivir siempre por encima de nuestras posibilidades, de lo que realmente somos o tenemos llega a cansar. Para los apóstoles aquella noche de pesca fue un fracaso. Sin embarro descubrieron a Jesús allí, a su lado. Él no los abandona: “Echad la red a la derecha de la barca y hallareis pesca…”, les gritó.

Dice en elvangelio que pescaron 153 peces. Algunos creen que el haber puesto san Juan, tan amigo siempre de los símbolos, este número, precisamente 153, ni uno más ni uno menos, es que quiso expresar totalidad... ¿Por qué? No es el momento aquí de explicaciones simbólicas. Algunas se encuentran en un libro escrito por una mujer, Adrienne von Speyr, y que el gran teólogo alemán Hans Urs von Balthasar consideraba una gran mística. El libro a que aludimos se titula “La red del pescador” y en él se encuentra una curiosa interpretación de dicho número.  Por ejemplo, dice entre otras cosas: “153 es aquí la suma de la santidad de la Iglesia compuesta por los números primos contenidos en tal cantidad…”. (n. p.: aquel que es mayor que 1 y solo divisible por sí y por 1). Y después de un montón de cálculos e interpretaciones místicas de muchas cifras y guarismos, termina diciendo: “todos estos números no son sino formas del amor infinito, y es que todo lo que es figura en la Iglesia terrestre no es, para nosotros pecadores, sino el conjunto de las formas inventadas y cristalizadas del amor divino” (pp. 80-83). Otros autores dicen que el número 153 se refiere a todas las especies de peces, es decir también hace referencia a la totalidad, a la universalidad de la Iglesia. Resumiendo: la red se llena de humanidad, o sea de todos los hombres. Lo importante es que el milagro estaba allí y Jesús detrás del milagro.

Posiblemente nuestros fracasos sean debidos a que cada uno trabaja a su aire, según su propio criterio. Sin embargo lo apostólico, y esto tenemos que tenerlo claro, no es tratar de que sean todos como yo sino todo lo contrario, ser yo “todo para, todos” como lo fue san Pablo, y “en todo igual a todos”, como Jesús que lo fue… “menos en el pecado”. Para ello y a la par hay que saber descubrir a Cristo en el hermano, (“es el Señor”), y acercarme a su orilla, a su lado, como Pedro, perdiendo el miedo y corriendo el riesgo de fracasar. Si algo retiene a los apóstoles en el Cenáculo es el miedo (a los judíos) si algo les obliga a huir camino de Emaús es el miedo y la sensación de fracaso, si algo hace que los apóstoles confundan a Jesús con un fantasma es el miedo y la oscuridad.

Si algo nos encierra a los cristianos en nuestros templos en vez de salir a predicar el evangelio por las calles y las casas es el miedo, , siempre el miedo... Pero cuando se pierde el miedo es cuando empieza la libertad, es cuando empezamos a ser verdaderamente libres. Ya lo decía Kurt Martí: (teólogo, poeta y pastor suizo.- 1921-2017): “Todos los grandes movimientos de la Historia empezaron por un par de hombres que perdieron el miedo”.

Pero miedo ¿a qué? Hoy ya no se persigue abiertamente a los creyentes, salvo raras excepciones. Tampoco se dan prácticamente herejes que nieguen con contumacia v. g. la Resurrección de Cristo, como la negaban los Seleucianos, los Herminianos, los Maniqueos, los Gnósticos, Valdenses, Albigenses,  Socinianos, etc. Todo esto, a Dios gracias, ha pasado ya a la Historia, o así parece. Hoy es miedo al ridículo, miedo al desprecio. Los cristianos de ahora negamos a Cristo y su Resurrección encogiéndonos de hombros. Ni los creyentes tenemos el coraje de reconocernos cristianos y reconocer a Dios en cualquier parte ni los no creyentes se esfuerzan mucho en denunciar su ausencia. La asumen sencillamente. Ni siquiera se mofan o se ríen de la Resurrección como hicieron con Pablo los griegos en el Aerópago. Aunque acaso ese mismo escepticismo sea ya una denuncia.

En una obra de Pirandelo titulada “Así es si así os parece”, el protagonista Laudisi es un escéptico que pasa toda la obra riéndose ingeniosamente de todo. Para él todo es relativo. Cuando por fin cae el telón los demás actores se abalanzan sobre él para lincharlo ¿Por qué? No se sabe bien, si es porque se rió de sus creencias o porque todos terminan también desengañados, y allí, frente a la verdad, al ver que todo es relativo, esto los subleva. La frase “Soy lo que los demás me creen”, que alguien dice también podría resumirse como una tesis más de la obra: “Soy lo que los demás me creen” y sólo el amor podrá cambiar la soledad en solidaridad, sólo el amor.

Creer, fiarse del Señor, de su palabra, no de sus milagros, es, fue y será siempre difícil. Renán solía repetir que él volvería a creer “el día en el que Jesús se apareciera en medio del salón de la Academia de las Ciencias de París”. Pero la filosofía de Jesús no es esa. Sorprende un poco el hecho de que ninguno de los resucitados: Lázaro, la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Nain, Talita la joven que Pedro resucitó, o Eutico resucitado en Tróade por Pablo, ninguno haya dicho ni una sola palabra de lo que vieron en “el más allá”. Ni siquiera trataran de convencer de ello a sus conciudadanos, simplemente creyeron en Jesús y nada más. Sus testigos, los que los vieron resucitados, estaban en el derecho de hacer lo que creyeran más oportuno.

Hoy se ha escrito, y se suele repetir con alguna frecuencia por ahí, que muchos de los que han estado en el umbral de la muerte y que han tocado la frontera del más allá, se vieron inmersos en una luz divina que los envolvía... casi vienen a afirmar que han visto a Dios. Ellos sí parece que han vuelto convencidos y convertidos de su vivencia ultramundana. Pero no por ver más se cree más. La fe suele venir, de ordinario, por lo que oímos, “fides ex auditu”. Cuando el rico epulón pedía a Abrahán que enviara a Lázaro a su casa para desengañar a sus hermanos y anunciarles la existencia de la otra vida, Abraham le contestó: “Si no creen a Moisés y a los Profetas, tampoco creerán aunque resucite un muerto…”(Lc. 16, 29).

Unos reconocieron a Jesús al oír su voz. (María), otros al partir el pan (los de Emaús), otros junto al lago tras el desayuno... A Jesús le gusta pasar desapercibido, ser como un forastero cualquiera, pasar de incógnito. Junto a lago, “aunque era de noche” que diría el místico, no fue la autoridad de Pedro nombrado por Cristo en aquel mismo lugar primer Papa y pastor de la Iglesia, quien lo reconoce, sino el amor de Juan, aquel discípulo que lo amaba.

Y ahí está la clave: para saber poder reconocer a Jesús en el hombre que pasea al atardecer, entre dos luces por la orilla del mar de nuestra vida, de nuestros esfuerzos y trabajos, primero tenemos que aprender a amarle, luego viene el estudiarlo y razonarle. Y ahí está la gran lección y el gran reto: sólo san Juan, sólo el amor, es capaz de descubrir la silueta de Cristo. Lo mismo sucede con nuestra fe y con nuestro cristianismo: sólo el amor y la entrega generosa hará que lo encontremos y lo reconozcamos.

Pero antes es preciso salir, buscarlo, ir a su encuentro, amarlo… y al fin, no lo dudemos, daremos con Él, bien en el interior del Cenáculo del alma, bien cuando va por el camino de la vida o bien cuando enciende unas brasas para asar unos peces a la orilla del lago de la caridad fraterna.  Jmf

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