DOMINGO XXXI. 3‑XI‑2019 (Lc.
19, l-10) C
A través del año, los
evangelios con los que la Liturgia trata de instruirnos cada domingo, recuerdan
una y otra vez el tema de la conversión, el cambio de actitud y de conducta,
como indicándonos que no bastan las palabras y los ritos, la asistencia al
templo, o que digamos por activa y por pasiva que somos buenos católicos
cumpliendo con lo más elemental de nuestra fe. Es preciso también tener hechos.
Un cristianismo que nos permita vivir como aquellos que ni creen ni esperan
(esa sensación damos a veces) no es tal cristianismo, está sin evangelizar, y
su vida se diferencia poco de la del pagano.
Zaqueo no se limitó a mirar, ni siquiera a decir a Cristo: Restituiré el doble de lo robado, (que era lo que ordenaba la ley
(Ex. 22, 7), sino que su encuentro con Jesús lo transforma en otro, hasta el
punto de prometer devolver cuatro veces
más de lo debido.
Zaqueo cambió aquel día radicalmente. Pero ¿cómo hacer que cambiemos cada uno de
nosotros? Los profetas tienen abundante material de reflexión donde
inspirarnos, en especial el profeta Jeremías.
Hay unos pasos, unas etapas a cubrir. La Biblia hace una primera distinción
entre el modo de pensar, lo que los griegos llamaban (metanoia) metanoia y
el cambio de actitud y de conducta o (epistrofeia) epistrofeia, perdón por la terminología un tanto extraña. Ambas
actitudes son inseparables. Porque es fácil caer en el mismo defecto de los
judíos de entonces que separaban la vida pública, en la que trataban de
aparecer como personas justas, rezadoras, limosneras, cumplidoras a rajatabla
con el culto y el templo... de la vida privada en la que luego eran egoístas,
soberbios, de corazón poco limpio, siendo precisamente ahí, en lo íntimo del
alma, en donde radica la verdad de la persona, la conversión y el
arrepentimiento.
Hoy mismo se oyen frases
parecidas, en aquellos que llevan una doble vida y además tratan de
justificarla diciendo que una cosa es la vida pública, el saber estar,
aparentar.... y otra muy distinta la privada en la que cada uno es dueño de sus
actos y puede hacer lo que le venga en gana, sin tener que dar cuenta a nadie.
Esta es una mentalidad muy extendida en nuestra sociedad, basta leer las vidas
de algunos personajes que llenan las páginas de las revistas del corazón. Uno
ya no sabe qué fuerza de lo alto o qué gracia especialísima de Dios será capaz
de abrirnos de verdad los ojos a la realidad del Evangelio y a la de la propia
vida, aunque para ello tuviéramos que despertar de muchos falsos sueños.
Estamos ciegos, o no queremos ver, que es aún peor que la ceguera. Nos pasa lo
que a aquel personaje de la novela de Pérez
Galdós, Marianela, una chica
poco agraciada que hacía de lazarillo de un ciego llamado Pablo. Ambos se enamoran y se prometen en matrimonio cuando recobre
él la vista. Un médico, Teodoro Golfín, le
devuelve un día la visión al ciego y Marianela,
presa del miedo a ser rechazada por su prometido cuando vea su fealdad, se
suicida. Pues algo así nos sucede a los cristianos, preferimos seguir ciegos,
engañando, y engañados.... preferimos eso a descubrir la pura realidad. Pero el
Evangelio es tozudo en este tema, y un día y otro día nos invita a que abramos
los ojos a la conversión, a poner nuestras obras de acuerdo con lo que decimos,
con lo que profesamos y con lo que decimos creer.
Zaqueo, el jefe rico de los publicanos, de ladrón y estafador se convirtió en
caritativo, en benefactor de los pobres y amigo de Jesús. A veces no es fácil cambiar de vida así tan de repente ,
máxime en ciertas circunstancias en las que pesa mucho el qué dirán, la
vergüenza, o el sacrificio que supone, por ejemplo tener que restituir lo mal
adquirido, tema central del evangelio de hoy...
Es el mismo tema que sirvió a Joaquín Calvo Sotelo para su obra de
teatro La Muralla (1945), esta de
ambiente actual, aunque en este caso la familia se cierra en banda en torno al
moribundo, formando una auténtica muralla, de ahí el título de la obra,
impidiendo que el padre restituya aquella hacienda que no es suya y ponga su
conciencia en paz.
Es una red tan fina la que teje el mal en torno
nuestro que hasta que no estamos hundidos en el vicio no nos damos cuenta. Y
especialmente esto se da más entre aquellos que manejan dinero que no es suyo,
como decía un sabio anciano: “Siempre se
queda algo entre las uñas”. Se empieza por pequeñas sisas, que son siempre
la primera piedra, el punto de partida. Un condenado a muerte se enteró de que
su madre quería verlo. “No, contestó,
si estoy aquí es porque ella no supo
corregirme con dureza el día que robé el primer dinero”.
Hay un experimento instructivo, aunque cruel,
que consiste en meter una rana en una vasija y calentarla hasta hacerla hervir.
La rana ni se mueve... muriendo allí cocida. Pues lo mismo hace con las almas
el pecado, las va matando sin que estas se den cuenta. Muchos seudo mesías, que
hace años clamaban por la justicia social y el reparto de bienes hoy se han
enriquecido escandalosamente y sin recato ideológico alguno, mientras cientos
de viejos camaradas malviven con salarios de miseria frente a ellos. Fue Calvino el que dijo, poco más o menos,
que llegar a ser rico es señal de predestinación divina, que un rico tiene el
cielo ganado, pues la riqueza es un signo inequívoco de que Dios lo predestinó.
Con esta ideología flotando en el ambiente es como se enriqueció América del
Norte. A Calvino se le considera el
padre de capitalismo moderno.
Hoy la gente, al dejar de temer a Dios, ya no
teme nada “Si Dios no existe, decía Dostoievski, todo está permitido”. Pero la Biblia maldice al que se aprovecha de
lo ajeno. Así dice el profeta Zacarías:
“La casa que se enriquece con lo ajeno
tendrá mi maldición” (3, 4). Cuando los israelitas tomaron la ciudad de Hai
en Jericó, Dios les mandó que no se les ocurriese quedarse con ningún botín. Acán y sus hijos desoyeron el mandato y
Josué fue vencido. Oró el juez
caudillo y Dios le aclaró la causa de su derrota. Entonces Josué reunió al pueblo y el Señor señaló a Acán como el culpable. Este confiesa abiertamente: “Vi un manto de escarlata, vi dos mil siclos
de plata y una barra de oro y lo cogí. Lo tengo escondido en mi tienda”. Josué, después de obligarle a
entregarlo, lo lapidó quemando aquel botín robado, luego echó piedras sobre sus
cenizas en señal de maldición y en recuerdo del castigo (Jos. 7, 2). Una
lección parecida se deduce de la muerte de Ananías
(Hech. 5,5).
La Biblia es inagotable en consejos y lecciones
de este tipo, especialmente los Profetas que tienen un sentido de la justicia
muy a flor de piel y nos facilitan abundante material para que cambiemos de
actitud; en primer lugar, reconociendo nuestros errores humildemente; nada de
buscar justificaciones. Quien se humilla derriba a los poderosos, echa por
tierra las murallas ante Dios y ante los hombres, el humilde “te desarma”, podríamos decir. En
segundo lugar nos hacen abrir bien los ojos a la verdad teniendo en cuenta que
la luz viene de Dios y él ya nos hará ver claramente qué debemos hacer si se lo
pedimos.
Finalmente nos enseñan que no siempre es fácil
tomar esta resolución. Por eso a veces Dios se vale del castigo y de la
enfermedad, del contratiempo y de la humillación, pero sobre todo de la gracia “todo es gracia”, decía Bernanos. Otro, en el caso de Zaqueo, hubiera despreciado a Jesús. Zaqueo se humilló altamente encaramándose a un árbol, es decir
reconociendo su exigua estatura física y moral, pero Dios lo hizo creer
espiritualmente. Zaqueo entregó
cuatro veces más de lo robado, Jesús
le devolvió el cien por cien al concederle el don de la paz en su conciencia y
la alegría de su alma... Hoy ha entrado la salvación en esta casa.
La conversión no sólo es tema para la Cuaresma,
una vez al año.... la conversión debe tener lugar ahora y siempre. Cuando la relegamos
únicamente a la Cuaresma, como hacemos con la visita por Todos los Santos al Cementerio o el Cumplimiento Pascual nos parecemos un poco a los judíos en su modo
de proceder, pues somos, como ellos, esclavos de unos ritos y costumbres cuya
mayor fuerza es la tradición, la de cumplir con lo mandado sólo externamente
aunque por dentro estemos aún muy lejos de cambiar. Y esto no es precisamente
lo que le agrada al Señor. Todo el Evangelio es una invitación al cambio, no de
chaqueta, sino interior, a la conversión del corazón. Jmf.
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