viernes, 29 de noviembre de 2019


DOMINGO I DE ADVIENTO. 1-XII-2019. (Mt. 24, 37 - 44) A


Cuando llega este tiempo litúrgico parece que se oye por doquier una voz que nos grita: ¡que viene...! Este “que viene” se puede interpretar de mil maneras: señal de miedo: “que viene el lobo...” como en la conocida fábula de Samaniego. Se puede interpretar como una buena noticia: “ya viene la primavera”, como signo de amenaza, nos lo decían de niños: “que viene el coco...”. Juan nos grita desde el Evangelio: “Despertad, porque Alguien viene...”. Jesús nos da un consejo: “Estad en vela porque no sabéis cuando vendrá”.
Se quejaba el zorro al Principito en el famoso libro de Saint Exupery: “Hubiese sido mejor venir a la misma hora. Si vienes, por ejemplo a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes de improviso, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios”. Cristo ni vino definitivamente, ni vendrá de improviso... está viniendo. Él no quiere que pensemos ni en pasado ni en futuro. Para un cristiano que debe vivir “en estado de eternidad”, todo es presente, un presente que entraña el “aquí y ahora”, “mira que estoy aquí, a la puerta...”. Cristo se hace presente, más presente en razón de la capacidad de nuestra vida interior, de nuestra conversión, de nuestro afán por vivirlo a cada instante.
Preguntaba cierto monje a Buda qué era un santo. Y Buda le respondió: “Aquel que es capaz de dividir la vida en años, los años en días, los días en horas, las horas en minutos, los minutos en segundos, y luego aún es capaz de estar presente cada segundo”. Pues así debería ser nuestra esperanza. Un soldado japonés, durante la segunda Guerra mundial, cayó en manos del enemigo. Lo encerraron. Al llegar la noche era incapaz de reconciliar el sueño pensando en las torturas a que le iban a someter cuando llegara el día. Entonces se acordó de algo que le repetía muy a menudo su maestro: “El mañana no es real, lo único que es real es el instante actual, el momento presente”. Y volvió a sentirse un hombre, solamente un hombre, un hombre preso..., y se quedó dormido. (El canto del pájaro, p.36). Es importante aprender a vivir en tiempo presente, a comportarnos bien unos con otros en presente, desde ya, desde ahora y desde aquí... Decía Martín Lutero King: “Los hombres hemos aprendido a volar como las aves, a nadar como los peces, pero no a vivir fraternalmente como seres que pertenecen a la misma especie...”. Dios está aquí y ahora. No conviene pensar demasiado en el futuro... ¿Vendrá...?, más bien tendríamos que acostumbrarnos a decir: Me acercaré, le abriré la puerta... Dios está aquí y allí y en todas partes, siempre, en todo tiempo, porque Dios más que estar, es... “Si os dicen que está aquí o allí no hagáis caso” (Lc. 21,8). Nos sucede lo mismo que con el sistema solar a los que vivieron antes de Copérnico: creían que el sol salía y se ocultaba, que llegaba al alba con sus rayos de luz y se moría entre arreboles al atardecer... Cuando salga el sol, cuando se ponga... Siempre era el sol el que se movía, la tierra estaba fija. Tuvo que venir un sabio a decirnos que el sol es una estrella relativamente “fija” y la tierra en cambio es un planeta que gira, y es ella la que con su rotación trae el invierno y las noches heladas, los fríos y las nieves, y es ella la que hace brotar las flores y madurar los frutos a medida que los días crecen y  hace que los rayos del sol la calienten con más fuerza.
Pues algo parecido sucede con Dios. Somos los hombres los que podemos hacer que nazca Cristo en el corazón de cada uno cuando vemos en él a nuestro hermano, o le helamos el corazón al alejarnos de su amor con nuestros crímenes y faltas. Y Dios está muy cerca, muy dentro de nosotros, es el sol de nuestras almas... “Con vosotros está y no le conocéis...”. Lo mismo que sucedió hace 2.000 años.
Los judíos conocían, leían, repetían, escuchaban las profecías mesiánicas en las sinagogas y por todas partes, sabían dónde iba a nacer, en qué fecha... setenta semanas de años... Y tú, Belén, no eres la más pequeña... de ti nacerá el libertador de Israel... ¿Más pistas aún? Milagros, la Resurrección, su mensaje de paz..., pues nada, terminaron confundiéndolo con un provocador y con un sedicioso.
Jesús estaba en medio de ellos, pasó a su lado... con tantas pistas, y fallaron la respuesta. Pues lo mismo nos puede suceder a nosotros. Cristo está entre nosotros, pasa también a nuestro lado, nos requiere en los necesitados y nosotros salimos por peteneras.
Existe una costumbre nórdica, hoy más extendida entre nuestros fieles, la de encender durante el tiempo que duran estos cuatro domingos de adviento, cuatro velas, una cada domingo, y colocarlas en ventanas y balcones, tras los cristales adornadas con flores; se las llama “corona del adviento”. Es un hermoso símbolo que trata de hacernos recordar la venida de Cristo a quien hay que esperar como las vírgenes prudentes con las lámparas encendidas.
Hace años pasó por Madrid el escritor y cantante canadiense Leonard Cohen (1934) cuyos poemas son una mezcla de textos bíblicos, paganismo y apuntes de la vida. Uno de sus discos se titula El futuro, a propósito del cual dijo en aquella ocasión unas palabras que bien podrían ser motivo de meditación para todos nosotros, al socaire del evangelio de hoy: “El futuro ya está aquí, con nosotros. La catástrofe ya está instalada en nuestros corazones. Las luces se han apagado. Estamos en pleno desastre, en plena riada. ¿Cuál es la postura de un hombre que se siente arrastrado en una riada? Intentar agarrarse a una caja de naranjas para mantenerse a flote... Ser pesimista no es verse arrastrado por la riada, sino esperar que llegue, pensar en el desastre que se avecina... Estar dentro sería ya una liberación... He visto el futuro, nena, y es un crimen... el amor es el único motor de supervivencia...” (ABC, 24-XI-92, p. 95). Un cristiano no espera el fin del mundo, vive el fin del mundo. Desde que se sintió salvado por Cristo se instala en su venida, en su parusía, haciéndole presente en cada instante. En esto algunos cantantes y poetas tienen versos, frases proféticas. Sin embargo damos la sensación de que, haciendo esfuerzos sobrehumanos, queremos instalarnos en la crisis. Vemos normal que suba todo, nos acostumbramos ya a convivir con la droga, con la corrupción, la perversión, el crimen, el paro, la pobreza, los juegos de azar, la contaminación, el terrorismo, los accidentes de carretera, el cáncer, vivir sin trabajar...
¿Qué podemos esperar de una cultura así en la que se promete tanto y se hace tan poco? Porque promesas se hacen muchas y para todo: el año 2.000 ya no habrá cáncer, se habrá vencido el SIDA, habrá niños probeta, se llegará a Nueva York en seis horas, aunque paradójicamente aún no se haya descubierto un fármaco que te cure una gripe o un catarro en unas horas. El hombre espera poco del mundo, cada vez menos, en ese aspecto puede estar en buen camino, conformándose con ir tirando... Y es entonces cuando hay que echar mano de la virtud de la esperanza y escuchar la voz del Evangelio que nos grita desde este primer domingo de Adviento: ¡Estad en vela!... no todo está perdido... En tiempos de Noé nadie esperaba nada, todo el mundo comía, bebía y ofendía a Dios... La catástrofe sucedió cuando menos los esperaban, porque tampoco la desgracia se hace esperar... Cuando suceda esto, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación (Lc.21, 28).  ¡Qué bien lo expresa Antonio Machado cuando escribe: Yo amo a Jesús que nos dijo / cielo y tierra pasarán.../ Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad!
El Adviento no sólo es una invitación a la esperanza sino una invitación a sembrar esperanza en nuestro entorno. Vamos a dejarnos de lamentaciones que nada arreglan, porque siempre será mejor sembrar un grano de trigo que lamentar una cosecha perdida. Se acerca un Salvador. Alguien tiene que arreglar el mundo, y ese es precisamente Cristo, nuestro libertador que no viene en son de guerra sino como un humilde niño que nace en un establo. El final de mundo está sucediendo a cada instante: guerras, huracanes, inundaciones, terremotos, salvajadas por doquier, el accidente de carretera que está sucediendo en este mismo instante en no sé qué curva de Dios sabe qué camino.
Para aquel que espera, siempre es tiempo de adviento, pero para el que además de esperar cree en Cristo y ama al prójimo, para ese es siempre Navidad ya que sabe muy bien que Jesús hace ya muchos años que está entre nosotros, en nuestro corazón... Sólo resta encontrarle un lugar para que nazca, un alma buena que le hospede, unas manos limpias que lo acojan y lo estrechen contra el pecho, y un trabajo cuya práctica es propia del adviento: penitencia, oración, y preparación. Nuestra súplica por lo tanto no debe ser otra, en este tiempo, que aquella con la que termina la Biblia y que tan a menudo repetían los primeros cristianos: ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven! De esa forma podremos hallar la respuesta de labios del Señor cuando seamos juzgados al final de los tiempos: ¡Venid, benditos de mi padre, venid a poseer el reino!  Jmf

No hay comentarios: