martes, 14 de agosto de 2018


LA ASUNCIÓN DE NTRA. SEÑORA. (15-VIII-2018) B
  
Cualquier acontecimiento histórico puede llegar hasta nosotros por diversos caminos y de diversas formas: bien por documentos escritos u otras fuentes históricas tales como estelas, monedas, estatuas, pinturas, monumentos, etc., o bien por tradición oral: recuerdos que van pasando de boca en boca a través del tiempo, leyendas, mitos, etc.
 Si nos esforzáramos en conocer la verdad objetiva (y siempre hubo historiadores empeñados en ello) nos encontraríamos que muy pocos hechos históricos pueden hacer gala de una verdad total. Pero así como en Historia no todo y cada cosa es verdad del todo, si nos referimos a las leyendas y mitos hay que afirmar que tampoco todo es pura imaginación o fantasía popular. Creo que es Roso de Luna, el autor de “El tesoro de los lagos de Somiedo”, quien dice que no han sido pastores quienes encontraron los “filos de oro” que tejen las xanas la noche de San Juan a las orillas del lago, sino un financiero llamado Narciso H. Vaquero, que supo aprovechar aquellas aguas y canalizarlas para mover una central eléctrica. Los “filos de las xanas” por lo visto, eran los filamentos de tungsteno de millones de lámparas incandescentes que tanto dinero han dado a sus promotores.

El dogma de la Asunción es una verdad que nos llegó fundamentalmente por tradición oral. Se hicieron eco de esta tradición en primer lugar los escritores llamados asuncionistas, tales como los Hechos de san Juan Evangelista, los de Juan Arzobispo de Tesalónica, el evangelio del Pseudo José de Arimatea, etc., y algunos escritos que datan del año 300 d. C. (s. IV). Incluso se habla de un discípulo de los apóstoles llamado Leucio que escribió sobre la Asunción a primeros del s. II (hacia el año 110-120).
Este dogma, dio origen en España a unas representaciones teatrales en las iglesias, especie de Autos sacramentales marianos. Uno de ellos “El Misterio de Elche”, aún se representa en dicha iglesia desde el s. XIV. Un 15 de agosto de 1265 D. Jaime el Conquistador arrebata a los árabes la ciudad de Elche al grito de “¡Santa María!”. Un siglo después, el 29 de diciembre de 1370 el guardacostas Francisco Cantó ve acercarse flotando entre las olas un arca. En ella venía una imagen de María y la primer Consueta o Directorio que contenía la obra que desde entonces se viene representando en Elche año tras año. Ha sido el único drama de este estilo que se libró de la prohibición que de tales representaciones había hecho el Concilio de Trento. Urbano VII autorizó incluso su puesta en escena por carecer, según reza el documento, de los abusos de los otros, y acaso llevado por el amor que hacia María latió siempre en la Iglesia. 
El Misterio de Elche se abre con la entrega que hace el ángel Gabriel de una rama de palma a María, es decir, de la rama dorada cortada del árbol de la Vida en el Paraíso, y que luego dio sombra a la Sagrada Familia cuando huían hacia Egipto, de ella se fabricó la cruz donde crucificaron a Jesús en el Calvario y el Arca de la Alianza (símbolo de María). En segundo lugar convocados misteriosamente, van llegando desde los cuatro puntos cardinales, los apóstoles menos uno, entran en la habitación de María que agoniza y ven subir su alma al cielo. En tercer lugar hacen las exequias y organizan un cortejo. A continuación se presentan los judíos con ánimo de robar el cuerpo de María, uno de ellos queda ciego pero recobra la visión al momento de exclamar “Creo que María es el templo de Dios”. Luego se abre el cielo y descienden los ángeles en una a modo de palmera que se  abre. Unida al cuerpo, el alma de María asciende con ellos de nuevo a las alturas. Finalmente cuando casi todo ha concluido llega el apóstol Tomás, el único que no llegó a tiempo, mientras el coro entona con melodías gregorianas y cantos del s. XVI aquel responsorio bíblico que reza:
Veni, veni de Líbano,
veni veni, coronaveris.
(ven ven del monte Líbano, ven serás coronada de gracia).

Tomás se acerca al sepulcro. Ya está vacío, sin embargo aún percibe, como prueba del milagro, un aroma suavísimo y celestial. Así se imaginaban la Asunción, el misterio asuncionista, nuestros literatos y cristianos medievales, y así vivían a su modo los misterios de nuestra Religión. Hoy podemos afirman que no existe catedral donde no se venere de algún modo este dogma. Los que hemos estudiado en Valdediós no podremos olvidar la hermosa talla que preside el retablo del altar mayor de la iglesia, También el Seminario de Oviedo la tiene por patrona.

Toda esta fe, todo este río de tradición y devoción asuncionista cristalizó en la definición dogmática hecha por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, mediante la Bula Munificentissimus Deus, en los siguientes términos: “Para aumentar la gloria de tan augusta madre… pronunciamos… declaramos y definimos como dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terreno, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial”. 
Una vez expuesta la doctrina hay que reconocer que el modo de interpretar esta verdad dogmática hoy no es tan fácil. Ya Teilhard de Chardin encontraba dificultad en conciliar algunos aspectos del Dogma: “...la muerte no sabría aislarnos del Cosmos, al contrario, debe insertarnos más profundamente en él, de ese modo la corporeidad permanece al margen de la corpuscularidad” (átomos, moléculas, células, etc.). El Concilio Vaticano II trata de ver en este dogma un aspecto eclesial. Así dice en la Lumen Gentium: “La Madre de Jesús, lo mismo que está ya en el cielo glorificada en cuerpo y alma, como imagen y comienzo de la iglesia... así brilla también en la tierra delante del pueblo de Dios que peregrina, como signo de esperanza”. Leonardo Boff sólo ve en la Asunción un hecho simbólico. El hombre ansía la integración, el despegue de sí mismo, y luego alcanzar lo que espera, superándose y viéndose así libre de las cadenas de su propia miseria. Es otra manera de explicar el misterio asuncionista. Dice el periodista Bernardino Hernando que a los católicos, algunos dogmas como el de la Asunción, no sólo nos interpelan acerca de la fe y de la esperanza sino y sobre todo nos obligan a tener fe y esperanza contra toda esperanza. 
El evangelio acaso sea muy escueto para la imaginación del hombre que necesita tocar, ver, palpar... No sé quién dijo (acaso el historiador Coulton) “que si el evangelio nos hubiera enseñado un poco más sobre la Virgen la Edad Media hubiera sabido muchas cosas menos”. Los Apóstoles, hombres humildes y sencillos, vieron a María irse de la tierra hacia la altura... Hoy en distintos lugares del mundo católico hay videntes, humildes pastorcitos, que también ven a la Virgen, no ir.... sino venir desde la altura a posar su pie de nuevo en nuestra tierra. Nosotros, prescindiendo de lo accidental, de todo ese ir y venir, hoy sólo tratamos de glorificar su cuerpo, el cuerpo de María, el cuerpo que mereció llevar en sus entrañas -Arca de la Alianza- al Hijo de Dios. 
Todo ello es una llamada al “más alto, más lejos, más aprisa” del mundo olímpico aplicado a la esperanza. Y la invitación es a todos. Cada día, a cada hora, estamos oyendo que la Humanidad ha perdido el Norte. El Premio Nobel de literatura Mauricio Maeterlinck dice en su obra sobre la Vida de las abejas, que cuando se hace desaparecer de una colmena a la reina estas enferman, el trabajo cesa, abandonan las crías, la población anda errante de un lado para otro, los parásitos siempre al acecho, hacen su agosto, y toda la colonia no tarda en morir de tristeza. Los hombres hemos convertido el mundo en una colmena sin reina, en una familia sin Madre. Algo nos falta a los humanos, algo echamos en falta sin saberlo, acaso a Ella. Sin embargo con María, por pobres y pecadores que seamos, siempre hallaremos una puerta de acceso hacia la Vida. Ante Dios, por pobres y míseros que seamos, lo mismo que una moneda o un billete de banco no pierde su valor por sucio que esté, por pecadores e indignos que nos presentemos siempre somos valiosos pues fuimos rescatados con la sangre de Jesús que murió por nosotros... 
Tiene un poema Amado Nervo, dedicado a María que nos puede servir de oración final: “Si Tú me dices ven, lo dejo todo, /no volveré siquiera la mirada / pero dímelo fuerte, de tal modo /que tu voz como toque de llamada... /me hiera el corazón como una espada”. Ella no cesa de repetirnos cada día a todos y a cada uno lo que el canto de la Consueta de Elche repite una y otra vez al terminar (Sirve lo mismo aplicado a María que a nosotros):
“Ven, ven desde el monte Líbano,
 ven, ven y serás coronada/o con y por su gracia”.                             Jmf,



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