viernes, 18 de enero de 2019


DOMINGO II, t.o. 20-I-2019. (Jn. 2, 1-12) C

        A Jesús le agrada comparar el Reino de los Cielos con un banquete, pero además con un banquete de bodas. Basta con escuchar la narración de algunas parábolas como la “del rey que preparó la boda de su hijo…” (Mt. 22, 2 y 8), Jesús quiere hacer ver cómo en estos acontecimientos sociales es donde se desborda la alegría, ya que en ellos no sólo se come y se bebe sino que la gente se hace más comunicativa. Pues bien, el acto supremo de nuestra liturgia es precisamente un banquete: el banquete eucarístico, un banquete que desde la más remota antigüedad cristiana guarda una íntima relación con el amor. Ya muchos años atrás Platón había escrito un diálogo que denomina El Banquete o Diálogo sobre el amor, en el cual trata de explicar, relacionar y dejar claro la supremacía del amor divino sobre el amor humano.

       Seguramente hemos oído cientos de veces que la Eucaristía “es el sacramento del amor”; nos lo recuerda uno de los himnos eucarísticos más populares: “Cantemos al amor de los amores...”. Una de las cuatro voces empleadas en el griego para expresar este sentimiento, además de eros (amor pasional), storgé (a. duradero) y philia (a. solidario) es la voz ágape (a. incondicional), que entre los primeros cristianos designaba el amor que debía reinar entre los creyentes, el cual debía hacerse realidad en una cena o comida de confraternización (I Cor. 11,17). Por desgracia estas comidas tuvieron que ser suprimida pronto, debido a los excesos que san Pablo denuncia escribiendo a los corintios: “cuando os reunís, eso no es comer la cena del Señor, cada uno se adelanta a comer su propia cena, así mientras uno pasa hambre el otro se embriaga” (I Cor. 11, 21).

Hoy, de todo aquello, nos queda la santa Misa. Y así como a veces no le damos al banquete la importancia que merece suprimiendo el ritual adecuado, (comemos y bebemos como un acto fisiológico más, olvidándonos de la importancia de “confraternizar”), nos sucede tres cuartas partes de lo mismo con la Misa. Y no debía ser así pues en ella apenas hay comida; lo cual es una prueba de que lo realmente importante en ella es el gozoso encuentro con Dios en los hermanos.

Jesús gustaba de estos encuentros a tal punto que llegaron incluso a acusarlo de comilón, de comer y beber con pecadores cuando en realidad se preocupó de dar de comer a 5.000 personas, humildes gentes del pueblo, y de comer él mismo con ellas. El primer milagro de su vida pública, de que hay constancia, es en un banquete. Y el último de su vida mortal es una cena, la última Cena, en la que Él mismo se dio en comida. Aún se aparecerá a los suyos después de la Resurrección en el Cenáculo, y comerá unos peces con ellos. Junto al lago les prepara Él mismo el desayuno. En su primer milagro están también presentes sus discípulos. Y para resaltar más la fraternidad estuvo también su Madre entre los apóstoles el día de Pentecostés (Hech. 1, 14). La misión de María en Caná no fue sólo estar pasivamente. Se dio cuenta de que a los novios se les presentó inesperadamente un gran problema: “No tenían vino”. No espera a que lo pidan, ella misma se adelanta. Jesús convierte el agua en vino de modo que nadie se dio cuenta, ni el maestresala siquiera, ninguno de los convidados echa en falta nada en ningún momento, únicamente advierten que el vino que ahora se servía era mejor que el del principio.

El vino se convertirá más tarde en su sangre, o mejor dicho, su sangre se convertirá en vino, vino que convierte al hombre en otro Cristo, una vez que ha sido convertido en miembro de la Iglesia por medio del agua del Bautismo. Desgraciadamente para muchos la santa Misa no es un encuentro jubiloso, ni una invitación correspondida. Si encontramos a un amigo por la calle es fácil que le invitemos a tomar una copa, no porque supongamos que tiene sed sino como una muestra de afecto y amistad. Eso mismo hace Jesús desde el altar. Sin embargo nosotros correspondemos a menudo a esta invitación como cuenta Ricardo Guillón que respondió el poeta Juan Ramón Jiménez cuando un día, durante una reunión de escritores en Puerto Rico, una señora insistía en que debía tomar algo: No, por favor,-dijo el poeta- yo aquí sólo vengo a estar. Acaso sea esa nuestra postura más corriente: venir a estar. Venir a estar es el primer paso, pero deberíamos también venir a estar tomando parte, participando, convirtiendo y convirtiéndonos en vino de alegría y fraternidad para el prójimo.

Hay un tercer dato en este pasaje evangélico un tanto sorprendente. Cuando María se dirige a Jesús con aquella frase: “No tienen vino”, Él le responde un poco desabridamente, para ser como era su madre: “¿Y qué nos importa a ti y a mí, mujer?”, es decir, no te metas en lo que no te llaman. María está junto a Jesús en Belén, en Egipto, aquí junto a estos novios con problemas, camino del Calvario y luego de pie junto a la cruz. A partir de este momento y durante la vida pública del Señor desaparece. O puede ser también que Jesús prescinda un poco de ella. Hay una ocasión en la que le dicen a Jesús: “Tu madre y tus hermanos quieren verte”. A lo que el Señor responde: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y dirigiéndose a los discípulos añade: “Estos son mi madre y mis hermanos…, quien cumple la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc. 3, 31-35). A veces es difícil comprender este Jesús del evangelio… y su  actitud, es difícil…

Hoy la familia está pasando por una cierta crisis tanto de la pareja como con respecto a los hijos. Anduvo hace unos años un libro por ahí que en tres meses alcanzó varias ediciones, titulado Yo, tu madre, de una escritora y periodista francesa llamada Christiane Collange. En él plantea cómo los padres, una vez que el hijo alcanza mayoría de edad, le harían un gran favor echándolo de casa…, así, con el fin de obligarle a buscar por su cuenta su modus vivendi. Pues bien, Jesús aquí nos da una lección magistral de desprendimiento familiar, del “búscate la vida” sin depender de los padres. Él se crea una nueva familia distinta y admirable con sus doce apóstoles. Ya nos había adelantado esta postura cuando, perdido en el templo, le contesta a María que le preguntaba por qué había hecho aquello: “¿Y no sabíais que yo debo dedicarme a las cosas de mi Padre?”. Dice el evangelio que ellos no entendieron la respuesta. Yo creo que María no quiso entenderla. Era su madre al fin y al cabo.

Y si el evangelio dice que Jesús pasó por el mundo haciendo el bien otro tanto se podría decir de María si nos fijamos cuántas veces emplea el verbo hacer en las pocas palabras que recoge el evangelio de su boca. Prácticamente en cada pasaje en el que habla ella o se habla de ella sale el verbo hacer: Inicia su vida con el “Hágase en mi según tu palabra…”, sigue diciendo: “Porque hizo en mí cosas grandes…”, “¿Por qué hiciste esto con nosotros…?”, y las últimas palabras que recoge el evangelio son: “Haced lo que él os diga”, etc. Hacer es un verbo que, por sintonía, encuentra respuesta en el poder de Jesús para llevarlo a cabo y convertirlo en realidad. A María se podrían aplicar con más razón que a nadie aquellos versos de José Vicente Boix :
“No habla, dice. No escribe, hace.
No razona, provoca. No ata, emancipa.
No ofrece, da. No se enamora, ama”.

Dice san Juan que este milagro fue la primera señal, el primer signo o hecho elocuente de Jesús con el que dejó evidenciar su vida divina. Él no vino a aguar la fiesta a nadie, Él vino a alegrarla a di-vini-zar nuestras lágrimas. No debemos ser aguafiestas sino animadores. La vida es una fiesta… o debería serlo. El mismo hecho de vivir debería llenarnos de júbilo El poeta Jorge Guillén admiraba a propios y extraños por su capacidad de vivir apasionadamente el presente. Frente a otros poetas que añoran el pasado o cifran sus ilusiones en el mañana. Jorge Guillén en sus poemas evita hasta usar futuros y pretéritos porque lo único que le importa es el presente, es el aquí y ahora. Así dice en el primer poema Más allá del Cántico:
“Ser, nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.
¡Con la esencia en silencio
tanto se identifica!”.
Luego añadirá qué cosas son esas que le producen tanta dicha, y vemos que son de lo más cotidiano en nuestras vidas:
“El balcón, los cristales,
unos libros, la mesa.
¿Nada más esto? Sí,
maravillas concretas”.

Creo que no somos más felices porque estamos empeñados en pedirle demasiado a la vida poniendo el listón muy alto, en especial para los demás; y sobre todo porque en vez de seguir el ejemplo de Jesús transformando en vino nuestros sinsabores, aguamos la fiesta de la vida a los demás con nuestra actitud de soberbia, envidia, murmuraciones, pasotismo y egoísmo. María nos da de una forma u otra un ejemplo de cómo en estos casos hay que arrimar el hombro, aunque sólo sea con esa oración tan sencilla y tan humana por cuantos carecen de paz y amor: “Señor, no tienen vino”.

viernes, 11 de enero de 2019


BAUTISMO DE JESÚS.  13-I-2019 (Lc. 3, 15-16) C

A veces nos podemos hacer esa pregunta, aparentemente inocente, que formula el Catecismo: ¿Qué quiere decir cristiano? El conflictivo profesor de Tubinga Hans Küng da la respuesta y para ello necesita un libro de 672 páginas, titulado Ser cristiano. El Catecismo lo hace con dos palabras: “Cristiano quiere decir hombre de Cristo”, es decir, “hombre que tiene la fe de Jesucristo que profesó en el Bautismo, y está obligado a su santo servicio”.

Pueden cambiar las palabras pero “ser cristiano” es lo mismo hoy que en tiempos de san Pablo (Hech. 11,29) cuando en Antioquía se empezó a llamar a los seguidores de Jesús cristianos, seguidores de una fe profesada en el bautismo. Sin embargo en este punto fallan los viejos catecismos cuando sólo enseñan que el Bautismo fue instituido “para borrar el pecado original y otro cualquiera que haya en el que se bautiza”. Eso es una consecuencia, pero lo fundamental, lo importante es que en el bautismo recibimos la gracia santificante, con la que damos muerte al pecado y resucitamos a otra vida, una vida nueva.
Todos los Evangelistas ponen el Bautismo de Jesús como punto de partida –a modo de nacimiento- a su vida pública no sin un significado profundo para nuestra vida cristiana, aunque debemos tener en cuenta que el bautismo de Jesús cuando dice a los apóstoles: “Id por el mundo y predicad el Evangelio, el que crea y se bautice se salvará…” (Mc. 16, 16), o (Mt. 28, 19) tiene poco que ver con el de Juan que es solo de penitencia. Bautizar es tan antiguo como el propio hombre, pues bautizar significa, bañarse, sumergirse, lavarse. Y se puede decir que casi todas las religiones tienen este tipo de rito, de ahí que muchas de ellas se hayan desarrollado a orillas de un río que consideran sagrado: el Nilo para los egipcios, el Ganges para los budistas, el Jordán para los judíos, etc.

Hoy el Evangelio nos habla del bautismo de Jesús en el Jordán, pero distingue ya dos tipos de bautismo; el bautismo de Juan que era simplemente un bautismo de penitencia, acaso como el que tenía lugar en el monasterio esenio de Qum Ran, a orillas del Mar Muerto; y el que instituirá unos años después Jesús, bautismo “con Espíritu Santo y fuego”.

Desde los apóstoles se bautizó en ríos o manantiales, como hizo el apóstol Felipe con el eunuco de la Reina Candace (Hech. 8, 38) o Pablo en Filipos con Lidia la vendedora de púrpura y su familia a orillas del río Gangites (Hech. 16, 15). Más tarde se construyeron lugares ex profeso llamados Baptisterios o piscinas regeneradoras, de ordinario cerca o adosados al templo. En ellos se bautizaba a todo aquel que mostrara una fe viva y hubiera hecho sincera penitencia. Luego se pensó en que había que preparar un poco más a los aspirantes para recibir este sacramento con el fin de evitar que entrara gente indigna. Esto se hacía mediante una enseñanza llamada catecumenado, que duraba a veces varios años.

Desde el s. IV la preparación se hacía en tres etapas:
1ª) la de oyentes (oían únicamente la predicación). A estos fue Tertuliano quien los denominó catecúmenos, es decir oyentes. Hoy podríamos decir que hemos vuelto en nuestras misas a esta primera etapa de misas de catecúmenos puesto que muchos católicos sólo asisten a ellas como oyentes. Hasta la misma expresión del mandamiento: Oír misa entera... adolece de este defecto.
2ª) Los que además de oír rezaban y recibían la bendición del Obispo, eran llamados genuflectantes o arrodillantes. Finalmente
3ª) aquellos que, superadas ciertas pruebas a las que eran sometidos, se disponían a recibir el bautismo en las próximas fiestas, y eran conocidos por el nombre de competentes o elegidos. A estos se les iniciaba en la llamada Doctrina del Arcano que consistía en saber el Padrenuestro, el Credo, el Misterio de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación y los Sacramentos. Se renunciaba a Satanás y luego tenían lugar tres inmersiones en el agua. A los enfermos e impedidos se les asperjaba. Desde el s. XIII son frecuentes los bautismos por aspersión. Al principio no se bautizaba a los niños pero en el Concilio de Cartago (252) ya aparece esta costumbre.

Se generalizó por aquel entonces entre muchos el alargar el bautismo hasta la hora de la muerte, en primer lugar por no sentirse con fuerzas para cumplir los deberes cristianos de romper con la vida de pecado que llevaban pudiendo así disfrutar de lo que les placiera lícita o ilícitamente en la tierra… y después ganar el cielo. En segundo lugar, y como se desprende de lo anterior, para garantizar la salvación puesto que el bautismo borraba todo pecado mortal y venial. Así lo hizo, entre otros, Constantino el Grande.

Al principio sólo bautizaba el Obispo. Con respecto a los padrinos se citan ya en el s. II (susceptores) y su práctica se remonta hasta los Apóstoles. Inmediatamente después del bautismo los bautizados se ponían una vestidura o palio blanco. De ahí vino un refrán que se aplicaba a los paganos que por conveniencia abrazaban el cristianismo y que decía: “pasó de la toga al palio” (hoy diríamos “cambió de chaqueta”). Debido a esta vestidura blanca se llamaban también candidatos (cándidus en latín significa blanco). El Bautismo se podía recibir cualquier día pero se solía administrar de modo especial los domingos y sobre todo en las fiestas de Pascua (Sábado Santo), Pentecostés y Epifanía y su solemnidad era comparable a la de una boda en nuestros días, (también hoy de nuevo).

A partir del s. V desaparece el Catecumenado hasta que Pablo V el año 1614, después del Concilio de Trento, funde en un solo rito la preparación, el catecumenado y las ceremonias del bautismo. Después de recibir el agua eran ungidos con crisma tal como hoy hacemos, recibiendo así la plenitud del Espíritu Santo, unción que algunos teólogos equiparan a la Confirmación. Al tiempo que se ungía se recitaba una fórmula: “He aquí el sello de los dones del Espíritu Santo”, seguida de la imposición de manos.
En el s. V se introducen los “exorcismos”: el Obispo soplaba sobre el catecúmeno, le tocaba los oídos diciendo Epheta (abríos) y le ponía sal en la boca (también un poco de miel y leche, símbolo de la suavidad y la dulzura de que debería hacer gala en su nueva vida), y le ungía la cabeza. El aspirante, vuelto hacia Occidente, mantenía un cirio encendido en la mano como señal de su consagración a Cristo. Estos ritos se siguieron, con algunas variantes, hasta el Concilio de Trento.

El año 1700 se quiso volver a implantar el Catecumenado pero sin éxito hasta que el Concilio Vaticano II (1965) trata de recuperarlo. Ya se venía haciendo a partir de 1950 en muchas parroquias. No obstante han surgido años ha ciertos Movimientos en la Iglesia, como son las llamadas Comunidades de base, la Iglesia comprometida o contestataria, la Teología de la liberación, etc. que lo cuestionan, porque insisten más en la acción que en el rito, más en la liberación del cuerpo que en la del alma, más en la información política y social que en la formación teológica y espiritual. No es nueva esta tendencia, hoy ya un poco en retroceso, pues el año 1645 un teólogo protestante americano llamado Roger Williams lanzó esta misma idea en su obra Bautismo no hace cristiano en donde aboga por la libertad de conciencia, una Iglesia democrática y una sociedad cristiana libre, en la que los pobres puedan disfrutar de los bienes de la tierra con el mismo derecho que los ricos: igualdad de oportunidades para todos. Un individuo pertenece a la iglesia -según él- no porque se halla sometido a un rito sino porque ha optado en su conciencia por ella libremente. Sólo el día que consigamos esto haremos Iglesia.

¿Qué pensar de todo ello? Pues que andamos siempre por los extremos. Hoy proliferan los cursillos prebautismales. Se cree que a más información teológica más fe. Y tampoco es eso. Ser cristiano es pensar de otra manera. Formar es tratar de llevar al cristiano hacia un modo de pensar más de acuerdo con el Evangelio pero nunca imponerlo. Debemos tratar de vivir lo que creemos. Es preciso que lleguemos al cambio de nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, llegar a un cambio de mentalidad, en una palabra, a una auténtica y sincera conversión. Se lo dijo Jesús a Nicodemo: -“Quien no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (es decir, una vez celebrado el nacimiento de Jesús en Navidad, debemos esperar y celebrar nuestro personal nacimiento a la gracia). Y ¿cómo puede nacer uno de nuevo siendo viejo? pregunta Nicodemo. Naciendo del agua y de Espíritu, responde Jesús. ¿De qué modo? insiste Nicodemo. Jesús añade: Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgarlo sino para que se salve por Él. Quien cree en Él no será juzgado, quien no cree ya está sentenciado (Jn.3, 3... 18).

Volver a nacer, eso que decimos después de haber salido de un gran peligro o de un accidente grave: “volvió a nacer”. El bautismo nos ha hecho volver a nacer. Y esto ya es harina de otro costal. Por eso hay tan pocos cristianos de verdad. Desgraciadamente sigue siendo cierto aquel dicho de que “en los primeros tiempos del cristianismo se bautizaba a los convertidos, hoy en cambio tenemos que convertir a los bautizados”.   Jmf


sábado, 5 de enero de 2019


EPIFANÍA DEL SEÑOR. 6-1-2019 (Mt. 2, 1-12) C

Anda por ahí un cartel que remeda con una cierta gracia los “afiches” que hemos visto tantas veces clavados en un árbol o a la puerta de una cantina en las películas del Oeste en los que, bajo el rostro de un mal encarado y supuesto criminal, se lee: wanted, se busca. En este caso el rostro de quien se busca fue sustituido por el de Cristo, y los delitos y señas que se le atribuyen es que predica a los pobres la justicia, come con pecadores, ataca a los poderes establecidos, usa barba y anda con gente de baja ralea. Se busca…, buscar es uno de los verbos a que nos quiere acostumbrar el Evangelio: a ser buscadores de Dios.
María y José en Belén buscan posada, camino de Egipto buscan asilo, al regreso buscan a Jesús perdido en el templo... Jesús busca a los apóstoles, va en busca de la oveja perdida, María Magdalena va al sepulcro en busca del cuerpo de Jesús... todos son buscadores.
Hoy el Evangelio nos pone un ejemplo de buenos buscadores, buscadores de la verdad, de la paz, de la felicidad… corriendo grandes riesgos y con bastante trabajo: Los Reyes Magos. Cuántos verían en el cielo una señal durante varios días, sin embargo sólo estas tres personas y su gente se pusieron en camino y emprendieron la búsqueda. Los judíos también esperaban un Mesías pero ninguno lo buscó en serio, y eso que estaba bien claro en las Escrituras. Bastaba con leer al profeta Malaquías donde dice: “Y tú, Belén, no eres la más pequeña de las ciudades de Israel pues de ti saldrá un jefe…” (5, 2-b). Nadie se movió en Israel, esperaban sentados que Él se apareciera un buen día sobre las nubes del cielo, pero a Dios, lo mismo que a los tesoros, hay que buscarlo. Dios gusta de permanecer oculto, y así permaneció en Nazaret durante treinta y tres largos años. Tuvieron que ser unos extranjeros venidos desde Persia los que trajeran a Jerusalén la noticia. Y es entonces cuando el niño empieza a ser buscado, curiosamente en Israel sólo lo hacen los soldados de Herodes y es para matarlo. Así es la historia.
Dice el Evangelio que los Magos, guiados por una estrella que se situó sobre la casa donde estaba la Sagrada Familia, encontraron por fin al niño con María su madre y lo adoraron. Adorar sólo se adora a un dios, por lo tanto reconocieron y se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo en aquel rincón de Palestina. Además le ofrecieron oro como a rey que era, incienso como a Dios y mirra como a hombre. Luego se volvieron a su patria por otro camino. Quien encuentra a Dios ya no vuelve a las andadas, ya no recorre las mismas sendas por las que anduvo antes de conocerlo sino que regresa por caminos de conversión y de arrepentimiento. Para ello se dejaron guiar no sólo por aquellos “sabios” de la corte de Herodes que, citando la profecía de Malaquías, los habían encaminado a Belén, sino por la misma estrella que los llevó hasta allí.
Las estrellas han servido siempre de guía a los hombres; así la Estrella Polar, la Cruz del Sur, la Vía Láctea o Camino de Santiago, etc. En los momentos de duda e incertidumbre siempre aparece una estrella, bien sea en el cielo o bien en el fondo del corazón para guiarnos. Lo importante es descubrirla, buscarla…, descifrar su mensaje y dejarnos llevar por ella. Y más que aparecerse se podría decir que las estrellas siempre están ahí enviándonos mensajes, desde el cielo, aunque de día no las veamos, ellas nos miran y nos hablan. Lo expresa muy bien Gerardo Diego en un poema del libro Iniciales (1918) titulado Tentación  que dice:
“De noche no. De noche
no, porque me miran ellas,
sería un mudo reproche
el rubor de las estrellas.
-Entonces mira, mañana,
bajo el sol viejo y ardiente:
la luz ciega, muerde, aplana,
el alma duerme y consiente.
-¿De día? No, las estrellas
en el cielo están también
¿No lo sabías? Sí, ellas,
aunque invisibles, nos ven”.
Nos ven y nos alumbran, nos guían y nos gritan, nos acusan o aplauden y nos señalan caminos que nosotros pocas veces acertamos a seguir. Hoy hay bastante gente que cree en los OVNIS, en seres extraños que vienen o se dice  que vienen de otros mundos a traernos tal o cual mensaje. Pero si son objetos voladores no identificados, si no sabemos quiénes son, de donde vienen, a qué ni con qué fin ¿cómo es posible que tanta gente vaya tras ellos como los magos tras la estrella? Pues precisamente por esa desorientación en la que viven las gentes. Los Magos al menos tuvieron la humildad de preguntar. Hoy todos nos consideramos sabios, capaces de interpretar cualquier señal y así nos luce el pelo. Los Magos, una vez que encontraron al Señor, prescindieron de intermediarios, incluso de la misma estrella. Lo expresa muy bien Lope de Vega en unos conocidos versos del libro Los Pastores:
“La estrella parada está,
Reyes, que venís por ellas
no busquéis estrellas ya
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas”.
Hoy es el día de los Reyes Magos, litúrgicamente mejor lo llamaríamos de la Epifanía o manifestación de Dios al mundo pagano, una fiesta que hemos convertido casi únicamente en fiesta para los niños. Y no debía ser así, a no ser que, como aconseja el Evangelio, todos nos volviéramos niños. Pero ese ya es otro cantar.
La Epifanía es una fiesta muy antigua en las celebraciones de la Iglesia, la más antigua e importante después de la Pascua. En ella conmemoramos la manifestación de Dios a los hombres, en especial a los pueblos paganos. Hoy en vez de cristianizar a los paganos, han sido los paganos quienes nos han paganizado la fiesta a los cristianos, ya que, si lo vemos con un poco de objetividad, el fin primordial, la preocupación primera en este día son los juguetes de los niños y los regalos a los mayores. No creo que este modo de celebrarlo sea el más conforme al espíritu del Evangelio.
Hemos convertido el día de Reyes en la Fiesta de los Inocentes y de las “inocentadas”. Nos hace ilusión engañar a los niños con el fin de verlos felices y acaso nos engañemos un poco los mayores con toda esa parafernalia que tiene acaso más de rito social que de felicidad compartida. Y no digamos nada del montaje comercial en los grandes almacenes con ese Papá Noel, un viejo mito vestido de verde y que Coca Cola vistió de rojo y blanco, los colores de su marca comercial, para hacer una propaganda subliminal entre la gente…
La felicidad, desde luego, no es eso, la felicidad no debe apoyarse nunca sobre el rito vacío o el engaño porque después si no tenemos un poco de tacto, los niños terminan estafados y los mayores defraudados. En realidad si lo pensamos bien podemos darnos cuenta de la inutilidad de tanto gasto: dos días de ilusión para que luego en muchos casos que vaya todo a parar “al cuarto de los trastos viejos casi nuevos”. No debería ser uno un aguafiestas pero creo que esto, de un modo u otro, todos lo hemos pensado alguna vez.
Habría que buscarle un sentido cristiano a este día y sobre todo procurar que se desarrollara en un marco religioso con un sentido evangélico. Los Magos encontraron a Jesús y regresaron llenos de alegría y de gracia, pero es porque fueron a buscarlo a un establo, a un pesebre, entre los pobres, no en los grandes almacenes de la gran ciudad, o en el palacio del poderoso Herodes. Ellos, con no llevarse nada, regresaron felices y contentos, nosotros con ir cargados de regalos, corremos el riesgo de regresar de la fiesta vacíos y desencantados.
La estrella sigue ahí, Dios sigue naciendo en la pobreza de Belén, entre los pobres del mundo. Esta fiesta de la Epifanía sigue siendo una invitación a buscarle, con la promesa de que si le encontramos ese será el mejor regalo de toda nuestra vida, teniendo en cuenta que ya el hecho de vivir, de ser católico, de asistir esta mañana a misa... es el mejor regalo con que podemos soñar.
Como muy bien decía aquel viejo cristiano: “Yo soy ya un regalo y en primer lugar un regalo para mí mismo. El Padre Dios me regaló un yo de mí mismo. Quizá no he descubierto nunca este regalo maravilloso que soy yo. Y quizá tampoco he aceptado del todo este regalo. Soy un regalo de Dios, un regalo en primer lugar para mí y también para los demás, o al menos procuraré serlo”. Es una hermosa consideración. ¡Ojalá seamos regalo siempre de Reyes para todos y nunca nos convirtamos en cruz de Viernes Santo para nuestro prójimo! ¡Ojalá!
Jmf

lunes, 31 de diciembre de 2018


            AÑO NUEVO. MADRE DE DIOS. LA PAZ 1-I-98  (Lc. 2,16-21) C
  
Hoy el mundo cristiano, además de celebrar la festividad de Santa María Madre de Dios y el comienzo del Año Nuevo, conmemora y festeja el Día de la Paz.  En la letanía lauretana invocamos a María como Reina de la paz, invocación añadida por el papa Benedicto XV, el 5 de mayo de 1917, en plena guerra mundial, para pedir que cesara aquella terrible y destructora contienda.

Y en este tiempo que parece estar marcado por la violencia contra la mujer debemos que desde que se fundó el galardón en 1901 fueron varias las mujeres distinguidas con el premio. En 1905 la austríaca Bertha von Sutter que fundó en Viena la Asociación Amigos de la paz. En 1931 la norteamericana Jane Adams que contribuyó desde 1915 a la fundación de la Asociación Mujeres para la Paz y para la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad. En 1946 a la norteamericana Emily Green Balch seguidora de la labor de Jane Adaza. En 1976 a dos irlandesas Betty Williams y Mairead Corrigan, organizadoras de las Marchas de la Paz contra el terror y la violencia. En 1979 lo lleva la monja albanesa Teresa de Calcuta que funda en la India en 1950 la orden de Misioneras del Amor al Prójimo. En 1982 la sueca Alva Myrdal galardonada por su labor en pro del desarme atómico, etc. Últimamente mujeres de Irán, Kenia, Liberia, Yemen, Pakistán... han sido premiadas por diversas actitudes en el campo de los derechos humanos en especial y lógicamente los de la mujer. Es una muestra sólo de cómo también para ellas existe una profunda inquietud por sembrar paz y concordia en nuestro mundo tan maltratado a su vez por el odio, el asesinato, las guerras y los enfrentamientos.

Todos hemos leído seguramente el famoso “Discurso de las armas y las letras” que aparece en los capítulos 37 y 38 de El Quijote, digno también su autor de un premio por su lucha en pro de la paz. Creo que merece la pena recordar algunos párrafos como aquel en el que dice: “Las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. La salutación que el mejor Maestro del mundo enseñó a sus allegados fue que dijeran al entrar en una casa: "Paz sea a esta casa”. Y otras veces les dijo: "Mi paz os dejo, mi paz os doy…”. La paz como joya que sin ella ni en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno...”.

Sin duda que es uno de los más hermosos cantos hechos a favor de este don inestimable que es la paz. Sin embargo añadirá poco después se dice que la paz sólo se consigue con la guerra, según el dicho “Si quieres la paz prepara la guerra”. Es realmente triste que tengamos que declarar y hacer la guerra para construir la paz, es lamentable; como si el caldo de cultivo de la especie humana fuera precisamente la sangre de los semejantes, siendo la paz un estado anormal de supervivencia.
Con todo hay otro hermoso párrafo del citado discurso en el que Cervantes hace un canto en contra de la carrera armamentística de aquel tiempo (1615). En uno de sus parlamentos exclama don Quijote: Bien hayan aquellos tiempos en que carecieron de estos endemoniados instrumentos de la artillería cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención con la que... un infame y cobarde brazo quita la vida a un valeroso caballero sin saber cómo ni por donde.... una desmandada bala (disparada de quien quizás huyó del resplandor que hizo el fuego al disparar)... corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos...”Es un párrafo hermoso que tiene aún toda la frescura y actualidad para poder aplicarlo a cualquiera de los terroristas de dos al cuarto que tanto dolor están causando a lo largo y ancho de nuestro mundo. Era ya muy frecuente por entonces atacar este tipo de armamento que empleaba la pólvora. Lo hizo Ariosto en El Orlando Furioso (c. 11), lo hace Petrarca y lo repite nuestro Quevedo, entre otros autores.

Las Cortes Españolas prohiben el año 1570 disparar con pólvora (arcabuz), por el riesgo que se podía correr de matar por la espalda al enemigo sin posibilidad de defenderse. Este mismo espíritu había alentado en 1139 el II Concilio de Letrán bajo el Papa Inocencio II al condenar, en el canon 29, los arcos y ballestas que, al poder ser disparados desde lejos, no dejaban lugar alguno a que el adversario se defendiese. Hasta en eso cabía un cierto grado de honradez. Algo de esa ética que vemos practicada hasta por los pistoleros en las películas del Oeste americano: nunca se puede disparar a nadie por la espalda, hay que darle siempre ocasión a defenderse, cosa que los actuales terroristas desconocen debido a que el valor y la más elemental ética, por más que la prediquen, brillan por su ausencia.
Y si esto es así cabe preguntarse ¿cómo poder construir entonces la paz? Por muchos Derechos Humanos que se aduzcan habría que gritarles lo que decía aquel personaje en un drama de Berthold Brech: “La paz la ganan siempre los mismos: los poderosos, la guerra la pierden siempre los mismos: los pobres, los más débiles, y la razón casi no sirve para nada”. Y como muy bien escribió, creo que fue Sófocles: “La guerra la provocan los cobardes y luego tienen que librarla los valientes”.
¿Qué hacer pues? Se habla mucho del gasto astronómico que lleva consigo el pertrecharse de armas. Unos datos que pude ojear hace días, hablan de que en 1983 se gastó en armas la inimaginable cifra más de un billón de euros. El costo de sólo un submarino nuclear sería suficiente para cubrir el presupuesto de 28 naciones o para dar educación básica y secundaria a 180 millones de niños.

¿Qué locura es esta, pues, en la que el hombre está metido hasta las cejas? Con todo tenemos que tener presente nuestra responsabilidad también en este campo pues si unos pecan por fabricar y vender armas, otros pecamos, y esto es más grave, por fabricar enemigos. Y fabricamos enemigos cuando odiamos. Y fabricamos enemigos cuando somos incapaces de perdonar las ofensas del prójimo y cuando somos enemigos de dialogar y cuando no queremos olvidar. Y fabricamos enemigos cuando somos intransigentes, egoístas, envidiosos, e injustos. Y fabricamos enemigos cuando levantamos murallas en vez de tender puentes ideológicos o políticos, y  cuando educamos para la guerra, cuando alentamos la venganza y esperamos la revancha por parte y parte.

Es hora ya de que los cristianos optemos de verdad y de una vez y para siempre por la verdadera paz contra la guerra como lo han hecho esas mujeres ejemplares premio Nobel, que, incluso algunas sin ser cristianas, nos darían sopas con honda en ese campo.

viernes, 28 de diciembre de 2018




¿Y qué es la familia? sería una buena pregunta para un Catecismo. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la familia es “Gente que vive en una casa bajo la autoridad del señor de ella”. Como tantas veces, el Diccionario se queda corto y pobre, porque cabría preguntar ¿y los que viven en un carro, bajo un puente o bajo la autoridad de una señora? Si se nos mandara definirla a cada uno de los que estamos aquí posiblemente cada uno resaltaría un aspecto diferente. Creo que puede ser interesante reflexionar unos momentos sobre los principales puntos que la integran.

En primer lugar, el elemento biológico. La familia está compuesta primordialmente por un hombre y una mujer con fines de procreación y ayuda mutua. Hoy este aspecto de la procreación es muy complejo. La población mundial está creciendo, sobre todo en algunas zonas del planeta, de modo alarmante. Entre 1950 y 2017 la población mundial pasó de 2.700 a 7.200 millones de personas. Cada año crece en cerca de 90 millones. A tal punto que se la define desde hace tiempo como explosión demográfica. De ahí que se hable tanto del control de la natalidad y del aborto. Paradójicamente se habla también de la baja natalidad pero es en países desarrollados. Aquí surge el primer problema a resolver.

En segundo lugar está el elemento psicológico. Ya no se trata ni de la procreación ni de la sexualidad, aunque ambos términos vayan íntimamente unidos. En la familia entran en juego además una serie de relaciones de tipo psicológico muy importantes como es la amistad, el amor, la comprensión, el “entenderse”, realizarse, ayudarse, etc. puesto que, hombre y mujer, están hechos el uno para el otro. Y ahí está el secreto del matrimonio psicológicamente equilibrado, con ese fin fue creada la pareja, ya que, y son palabras del mismo Dios, “no está bien que el hombre esté solo”. Quienes atacan la institución del matrimonio no atacan el matrimonio en general sino aquel en particular que no funciona, posiblemente el suyo. Y de ahí un nuevo problema a resolver: el divorcio, la separación, la anulación…, temas que están un día sí y otro también sobre el tapete y cuya puesta en práctica sigue siendo hoy problemática.

Esto lo explicaban muy gráficamente aquellos predicadores de primeros de siglo pasado tal como lo recoge en uno de sus Cuentos Antonio Trueba y que sitúa en un pueblecito de Vizcaya. Una campesina se presenta ante el párroco pidiendo el divorcio puesto que no es capaz de soportar más a su marido. El sacerdote manda venir a ambos y los lleva hasta la sacristía. Una vez dentro toma el hisopo y un caldero con agua bendita y empieza a rezar por un viejo Ritual. A cada poco descargaba sobre la cabeza de uno y otro un par de golpes con el pesado hisopo de bronce, hasta que el marido mosqueado preguntó: -Pero ¿hasta cuándo va a durar esto, señor cura? -Hasta que uno de los dos se muera ¿No sabes tú que entre católicos el único modo de romper el matrimonio es la muerte... ? Cuando la incomunicación psicológica es grave es fácil que no haya existido matrimonio nunca, es decir, si no “casan” es posible que nunca hayan estado casados. Porque de marchar bien ¿dónde podrá refugiarse mejor el hombre o la mujer…? ¿Qué institución, qué ONG los podrá arropar con más garantía que la familia, en medio de un mundo tan hostil? En ella es donde se puede dar plenamente y sin grandes traumas el famoso lema: Igualdad, libertad, fraternidad...

Finalmente hay que contar con un tercer elemento: el cultural, en el que cabe incluir incluso la economía, la religión, el ocio, la educación, etc. Los defensores del Materialismo dialéctico como lo fue Federico Engels en su obra “El origen de la familia” afirman que la economía es el elemento primordial en toda cultura e institución. Es decir, el dinero, el capital, las herencias... mantienen y sostienen la familia a través del tiempo, ya que es la única forma, de momento, para lograr que el capital perviva y pase a los herederos. El día que no existiera capital (capital viene del latín caput/is: cabeza) la familia se desintegraría. Y desde luego, aunque no estemos muy de acuerdo con toda la exposición, es muy a tener en cuenta dicho punto de vista. Bastaría recordar cómo son precisamente las herencias uno de los elementos más nefastos para destrozar una familia, lo que denota que para muchos el dinero está por encima de todo lo divino y lo humano.

Hace bastantes años que se puso en escena una obra del autor dramático Joaquín Calvo Sotelo titulada “La muralla”. En ella se refleja claramente esta actitud: Un hombre se hace durante la guerra, con una gran herencia por medios inconfesables. Su familia, ajena al origen de la fortuna, desarrolla una vida social de acuerdo con su alto rango, escalan puestos, adquieren títulos de nobleza, etc. Un día el fundador y abuelo del clan enferma gravemente. Le asaltan los remordimientos y trata, de acuerdo con la moral, de restituir la herencia a la persona estafada hacía años. Pero es entonces, ante la amenaza de caer en la pobreza, cuando aquella familia, en teoría buenos cristianos todos, forman en torno al anciano moribundo “una muralla” humana. El verdadero dueño, ajeno y desconocedor de todo, se aleja al final del drama mientras que el anciano muere sin poder restituir. El dinero, las herencias, la economía es pues otro gran problema a tener en cuenta en la familia. En estos mismos días cuántas familias sufrirán el zarpazo del consumismo obligadas a gastar y gastar por una propaganda contumaz y desafiante, de modo que quien no gasta no está al día ni puede presentarse dignamente en sociedad, quien no echa la casa por la ventana y alterna fastuosamente no está a la altura de las circunstancias, provocando luego desequilibrios económicos, emocionales e incluso conyugales.

Tal como están las cosas hoy la clase media trata de canalizar la economía, más que a bienes pasivos y a amasar grandes fortunas, hacia un salario justo que Juan XXIII propugnaba en su encíclica Mater Magistra, y luego el Concilio Vaticano II en el Documento “Sobre la Iglesia en el mundo actual”, como: “aquel salario que es suficiente para permitir al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual” (67), es decir, el capaz de proporcionar comida, vestido, vivienda, educación y ocio a su tiempo e incluso que quedara un poco más para el ahorro. Ese podría ser el salario justo. Difícil meta, no obstante, sobre todo en algunos aspectos como es el de la educación, el trabajo para todos, la carrera que no siempre colma las aspiraciones de quienes han hecho el esfuerzo de llevarla a cabo. Se ha dicho repetidas veces que “la Universidad es una fábrica de parados”. Preferimos sueldo sin carreras que carrera sin sueldo ¿o no?

¿Cómo solucionar, pues, tantos problemas? La Etnología y la Antropología estudian diversos tipos de familias primitivas. Margaret Mead estudió, por ejemplo, las que viven en Indonesia, Malinoski las de Melanesia, Levi Strauss las del Amazonas, etc. Pero el mundo no necesita tanto de explicaciones o legislación sobre lo que hay, cuanto soluciones a los problemas que cada día se presentan. El matrimonio anda mal posiblemente por una mala preparación de los que lo contraen. Acaso esté ahí la razón de que algunos vean el matrimonio como un engaño. Cuando el insigne profesor Federico Ozanam, gran apologista y cofundador, con otros seis, de Las Conferencias de san Vicente Paúl, enseñaba en la Sorbona un día, hablando con Lacordaire, este le aconsejó que debía hacerse sacerdote, pero al poco tiempo lo encontró casado. -Pobre Ozanam, dijo Lacardaire, cayó en la trampa. Cuando dos años más tarde visitaba a Pío IX a quien alguien le había contado la anécdota, el Papa le dijo: -Señor Lacordaire, yo había estudiado que Jesús instituyó siete sacramentos, y resulta que ahora viene usted y descubre que no, que instituyó seis y una trampa. Hay una vieja canción francesa que dice así: “Reza una oración si partes para la guerra, reza dos si atraviesas la mar incierta, pero cuando te cases, reza lo que sepas”.

Hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia y curiosamente como ejemplo; aunque un tanto atípico: José no es el padre biológico de Jesús, María que ha concebido a su hijo de forma extraña y sobrenatural, está a punto de ser denunciada, y al final su esposo decide abandonarla en secreto; poco después los tres sufren el exilio político amenazados por el rey Herodes; Jesús, a los doce años se escapa de la tutela familiar durante tres días. Y a los treinta años, en vez de seguir la tradición familiar en el oficio, cierra la carpintería y se dedica a predicar, de modo que los parientes lo llegaron a juzgar un poco mal de la cabeza y quisieron recluirlo, etc. Pues bien, a pesar de tanta incomprensión, de tantos problemas y de tan difíciles relaciones fue una familia ideal debido a que todo lo venció con el diálogo, la entrega incondicional y la entera confianza en las manos de Dios. Por eso hoy, una vez más, se nos pone a la Sagrada Familia como ejemplo a imitar y modelo a seguir.

Jmf