sábado, 8 de septiembre de 2018


DOMINGO XXIII. 9-IX-2018 (Mc. 7, 31-37) B


El Evangelio siempre dice mucho más de lo que se lee a primera vista. En este milagro de la curación del sordomudo no se trata únicamente de hacer oír y hablar físicamente a un hombre sino de curar también de mudez y de sordera espiritual a aquellos que “oyendo no quieren escuchar y a los que pudiendo y debiendo hablar permanecen mudos”. Ya dice el refrán: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”.

A veces da la sensación de que vivimos en un país de sordomudos, al menos en determinados asuntos. No nos entendemos los unos con los otros, solo escuchamos aquello que nos interesa personalmente. Cuando hace años filósofos y escritores debatieron en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) la influencia del mal y su fascinación en la modernidad, el director del curso Félix Duque, catedrático de Historia de la Filosofía moderna de la misma, afirmó que es necesario proporcionar una lectura filosófica y literaria sobre la categoría del mal en la comprensión de fenómenos actuales como la drogadicción, el terrorismo y la transexualidad. En su ponencia: “La vuelta del demonio...” venía a hablar de la sordera del terrorista que aduce argumentos puramente subjetivos para perpetrar sus crímenes y no quiere escuchar razones. Y al no aceptar las normas de la sociedad en la que vive, interioriza el crimen o el vicio poniendo en peligro la propia vida de la que la sociedad es responsable en algún modo.

Estamos fabricando un mundo sordo y mudo en estos aspectos y acaso lo tengamos que pagar todos muy caro. Habría que copiar de la naturaleza, por ejemplo de las humildes hormigas. Prácticamente son como si fueran sordas y mudas; en todo el hormiguero nadie escucha ni una voz, ni una palabra pero sabemos que se entienden perfectamente, no oyen por lo visto, pero reciben los mensajes rápidamente. Los hombres no cesamos de gritar de añadir decibelios a nuestras palabras y no nos entendemos. Abrimos los oídos, amplificamos las voces pero ni escuchamos ni somos capaces de entendernos. Una hormiga, según dicen los estudiosos del tema, puede pasar varias semanas sin comer pero el primer grano que encuentre no se para en el camino a devorarlo, es para sus hermanas. Trabajadora, asceta, callada, casta, virgen... no tiene otra ilusión mayor que dar lo que tiene, incluso su alimento a las demás. Escribe Augusto Forel en un trabajo dedicado a estos himenópteros: “cuando la hormiga regurgita, es decir, da de comer a sus hermanas, pone las antenas hacia atrás y cae en un a modo de éxtasis”, como si estuviera contemplando la divinidad...; y es que allí todo se comparte. ¿Nos imaginamos un mundo de hombres así? Para ellas la caridad fraterna, por llamarla de algún modo, la entrega a las demás es el oído y la lengua. La fraternidad es para una hormiga un órgano más de su cuerpo, como es para el hombre la vista, el oído o el olfato. Su comportamiento es diametralmente opuesto al nuestro: ellas viven para las demás, nosotros en cambio, fatalmente egoístas, siempre deseamos ser el centro de todo, a no ser cuando nos salimos de ese círculo o especie de ley connatural al hombre y hacemos algo por los otros: nos salimos de lo normal y por eso a esos actos los llamamos virtudes o actos heroicos.

Dice Maeterlinck, Premio Nobel, gran conocedor del tema: “¿Qué clase de humanidad sería aquella en la que no existiese otra razón de vivir, otro ideal, que el procurar la felicidad de los demás? ¿Qué humanidad sería aquella en la que la única alegría posible, la felicidad por excelencia, consistiera en trabajar únicamente para el prójimo? Desgraciadamente estamos hechos de tal manera, tierra y barro, que lo natural es precisamente lo contrario, mirar el bien propio únicamente prescindiendo en absoluto de los otros... Y si a veces hacemos lo contrario no pasa de ser un fugitivo relámpago”.

Posiblemente una de las causas de este comportamiento tan brutalmente egoísta es que no nos comunicamos, no hay comunión con los hermanos; cada uno mira su bien egoístamente y así nos luce el pelo.  Somos un planeta de sordomudos...

Cuentan que hace unos años hubo en los Estados Unidos una cosecha de trigo como nunca se había visto. Entonces se convocó una reunión de economistas para estudiar las leyes del mercado y tras mucho deliberar llegaron a la conclusión de que la única salida para mantener los precios y mantener la economía del ramo era sembrar aquel año exactamente la mitad de lo que se venía haciendo. Se divulgó el programa respaldado por estudios, eslóganes y consignas. Y así se trató de llevar a cabo en la práctica. Sin embargo aquel año fue más catastrófico aún. ¿Qué había sucedido? Que muchos de los agricultores pensaron: “Todo el mundo va a sembrar la mitad de lo previsto; sin decir nada a nadie yo este año sembraré el doble”. De ese modo tuvieron todos que sufrir enormes pérdidas y bastantes sanciones. Un ejemplar castigo por practicar la técnica del sordomudo, la de no escuchar ni querer hablar.

No se oye sólo con el oído ni se habla sólo con la boca, hay un modo más certero que es el que nos recomienda el Evangelio, y el que practicaba Jesús: hablar con el corazón, y más aún si tenemos el corazón en la mano, es decir que no se va a quedar sólo en palabras. Cuando queremos que alguien nos crea acostumbramos a decir: Te lo digo con el corazón. Así teníamos que decirlo siempre. Entonces, aunque no tuviésemos oídos, ni lengua, aunque fuéramos materialmente sordos, mudos y ciegos podríamos siempre decir algo, comunicarnos con el hermano en ese lenguaje inenarrable que es el lenguaje del amor.

Se hizo famosa en todo el mundo la historia de aquella joven sordomuda y ciega que, tras ímprobos esfuerzos y gracias a la colaboración de su maestra, Sullivan que logró darle vida a ese animalito agresivo e indefenso que era Helen Keller cuando nuestra protagonista era un pequeño caso perdido, de un pueblo del Sur de los Estados Unidos logró romper esa barrera y llegó a través del tacto, diríamos que por la entrega, la dedicación, el afecto y la compresión de su maestra, llegó a comunicarse de modo que logró ser una de las personalidades más destacadas.

Hoy el evangelio nos narra la curación de un sordomudo. Todos somos un poco sordomudos a la gracia y a la voz de Dios. Antes de la reforma del Concilio Vaticano II había en el Sacramento del Bautismo un rito mediante el cual el sacerdote tocaba los labios y el oído del niño con un poco de saliva pronunciando las mismas palabras con las que Jesús abrió los oídos y desató la lengua al sordomudo.

Es un gesto que habría que repetir en cada acto religioso, en cada misa. A veces nuestras misas adolecen de esas dos deficiencias: ni hablamos (ya no digo saliendo aquí para leer o hacer alguna petición) sino interiormente, rezando pidiendo a Dios favores o dándole gracias.
Y somos también sordos, pues domingo tras domingo la enseñanza del evangelio, mejor o peor expuesta, pero que nunca por mal expuesta que esté deja de ser la palabra viva de Dios: “Quien a vosotros oye a mí me oye” la oímos como quien oye llover.

Dios se comunica no sólo con palabras sino por medio de símbolos, de ritos, de imágenes a las que también debemos prestar atención. Todo nos habla... y es un don saber oír. Porque muchos piensan que rezar es hablar y hablar y hablar..., y recitar largas oraciones, sin caer en la cuenta de que orar es también escuchar, estar en actitud de recibir. Acaso muchas veces no escuchemos la voz de Dios por no callarnos un momento y prestar oído a las voces que desde distintos puntos y de diferentes modos Dios hace llegar a nuestra alma, voces portadoras acaso de la solución de un problema o de una gracia especial. Como dice el salmo: “Hodie si vocem ejus audieritis.... Si escucháis hoy su voz no endurezcáis vuestros oídos ni vuestro corazón, sino escuchadle...”.
Jmf

jueves, 6 de septiembre de 2018


NUESTRA SEÑORA DE COVADONGA 8-IX-2018 B
  
Covadonga es, no sólo para los asturianos, sino para todos los españoles, el lugar donde dio comienzo nuestra Historia (consideraciones aparte de si la hazaña de Pelayo fue manipulada en un sentido u otro). La Historia no es tanto lo que objetivamente sucedió aquí o allí, que muy pocas veces se sabe con absoluta certeza, cuanto a lo que dio lugar posteriormente. Todos sabemos que la Historia no es la misma, narrada por unos que por otros. Y esto sucede hasta modernamente, aun teniendo tantos medios de análisis objetivo de un acontecimiento como tenemos.

¿Qué sucedió realmente en Covadonga? En muchos lugares del planeta y a través de todos los siglos se habla de apariciones de la Santísima Virgen. En Covadonga parece ser que no fue una aparición del tipo de las de Lourdes o Fátima. Según una antigua tradición, en la Cueva de Covadonga existía ya desde antiguo culto a la Virgen, mantenido por un devoto ermitaño. Entonces habría que hablar más bien de intervención milagrosa de la Madre de Dios a favor de las huestes asturianas. Así lo interpretan autores del renombre de Menéndez Pidal, Pérez de Ayala, Clarín, Sánchez Albornoz, etc. porque así lo habían interpretado aquellos guerreros al mando del primer rey godo de Asturias, Don Pelayo, quien, después de haber orado ante la imagen, entabló la batalla de la que todos hemos salido victoriosos, quedando liberado nuestro territorio del poder del Islán.

Es en ese punto donde se alza la línea divisoria entre lo milagroso o sobrenatural y lo desconocido, entre el milagro meramente tal y las fuerzas naturales ocultas que actúan de modo para nosotros aún ignorado. Es lo que trata de explicar el filósofo avilesino Estanislao Sánchez Calvo en su obra Lo maravilloso positivo (1889) al definir el milagro como “un hecho admirable producido por un poder superior e inteligente, en virtud de fuerzas naturales desconocidas capaces de interrumpir los efectos de las leyes conocidas, en caso particular”. ¿Dónde termina lo natural y donde empieza lo sobrenatural o milagroso? Lo mismo que entre el día y la noche, también en este tema es muy difícil trazar una frontera. El hombre siempre ha sido muy dado a lo maravilloso, a lo milagroso, no olvidemos que milagro viene de mirari: admirar. Lo que sucede es que “los sabios creen que el milagro es imposible porque los teólogos lo tienen por sobrenatural y los teólogos lo creen sobrenatural, porque los sabios lo consideran imposible en la naturaleza”, según el citado Sánchez Calvo.
Desde la antigüedad pagana conocemos famosos santuarios donde miles de fieles peregrinaban en busca de salud. Así los del dios Esculapio en Atenas y Alejandría hace más de 25 siglos. Entre sus ruinas se encontraron numerosos exvotos, y contamos con estelas en las que se narran algunas de las curaciones “milagrosas” que habían tenido lugar en ellos.
En Covadonga no se suelen dar este tipo de curaciones. Allí los asturianos, más que en busca de salud (también se acude a eso) vamos a menudo sólo por ver, por salir un día de excursión, a veces por cumplir un ofrecimiento hecho tiempo atrás, o para dar gracias a “la Santina” por algún favor recibido. El único milagro que esperan de sus aguas algunas jovencitas es que debajo de la Cueva hay un estanque y junto al estanque, “...la Virgen / tiene una fuente muy clara, / la niña que en ella beba / dentro del año se casa”,  ¡Qué pronto se mezcla fe con superstición!

Sin embargo, esa otra fuente, ese otro estanque de aguas vivas que es la gracia que mana a través de la oración y de los sacramentos ¡qué poco y qué mal se frecuenta! En otros santuarios, como Lourdes, Fátima, etc. sí es verdad que existen curaciones milagrosas y hechos portentosos, algunos de los cuales, a pesar de haber sido analizados científicamente, de momento parece que no tienen explicación humana posible. En Lourdes, ya desde el mismo origen y dejando a un lado las numerosas curaciones, es difícil entender cómo en 1858 la propia vidente llamada Bernardette Soubirous, escarbando en el suelo por mandato de la Virgen, da con una fuente que mana 2.000 litros por minuto.

Emilio Zola escribió una novela, bajo el título de: Lourdes, para desprestigiar el Santuario. Uno de los personajes, La Grivotte, que no es otro que Marie Lebranchu curada de tuberculosis pulmonar en el estanque el día 20 de agosto de 1892 y que vivió aún 28 años más, Zola, en su escrito, la hace regresar enferma y agonizar en París. Así trata de probar que la curación de la protagonista había sido por sugestión, como le explica al sacerdote Pierre Froment, el joven médico que la atendía.

Nos cuesta admitir todo aquello que rebasa los sentidos, es decir, lo que cae bajo el mundo de la fe. Pero los hechos ahí están para atestiguarlo. Decíamos que Covadonga es más lugar de acción de gracias, de promesas a cumplir que lugar al que se acude en busca de curación, aunque también hay que tener fe en este tipo de gracias de Nuestra Señora. Pero Covadonga, y esto no debemos olvidarlo nunca, es donde se inició la España nueva y cristiana, hoy amenazada de independentismos tribales que no deben asombrarnos mucho: estamos recogiendo lo que durante décadas hemos venido sembrando. Decir España era propio de “fachas”, había que decir “este país”, el Himno nacional fue desterrado de colegios y Universidades como antigualla militarista, y la bandera era poco menos que el emblema de los más recalcitrantes reaccionarios: lo que se siembra se recoge. Covadonga ha sido y debe ser más que nunca el punto de partida de una España cristiana. Sin Covadonga acaso seríamos ahora un emirato más dependiendo del Islán, y allí, en vez de un templo, habría una mezquita. Hoy somos libres y ecuménicos y eso es lo importante. Y la fe ejercitada en libertad es un valor a recuperar y a ejercer. No hay por qué enfrentar fe, ideología y religión, unas y otras se pueden completar perfectamente.
Y en cuanto al escollo que se pudiera hallar en los milagros, vemos que milagros existen cada día en cualquier parte, aunque para san Agustín, que vivió en el s. IV, “los milagros ya han desaparecido... los milagros eran una concesión a la debilidad humana... el cristiano es más fuerte cuanto menos los busca, cuanto menos los necesita”. Con todo, nuestra misma existencia ¿acaso no es milagro? Lo que sucede es que somos ciegos y queremos ver a Dios y oír su voz a base de milagros, cuando nos bastaría y sobraría con la fe. “Cree y comprenderás” decía el Santo. El evangelio del domingo, nos habla de otro milagro: la curación de un sordomudo. Todos estamos un poco sordos a las divinas voces que nos hablan, porque acaso hablamos demasiado nosotros y no las escuchemos, no dejamos que la voz de Dios se deje oír. Hay que “oír, ver y callar” en vez estar como estamos sordos, ciegos y hablando más de la cuenta.

En Covadonga se puede ver, oír y callar pero se escucha poco a Dios, no se deja oír en toda su plenitud la voz de la Santina. Las visitas suelen ser demasiado ruidosas, suelen tener más de excursión que de peregrinación, más de cháchara y vocerío que de murmullo de oración. Hoy el hombre necesita a Dios más que nunca pues ni la ciencia ni la política ni el progreso le resuelven sus problemas personales porque hemos marginado un tanto la fe. Solo el Evangelio, vivido a tumba abierto, lo que aún casi nadie ha hecho, podría arreglar el mundo en el que vivimos.
Más que buscar enfrentamientos el hombre debería trabajar por que hubiera encuentros, ya que detrás de cada persona y más aún de las enfermas de cualquier tipo de dolencia, de alma o cuerpo, ahí se encuentra a Dios. Estanislao Sánchez Calvo, el filósofo citado, dice a este propósito. “Día vendrá, así lo esperamos en el que una ciencia más universal y una teología menos dogmática, puestas de acuerdo ofrezcan al mundo una armónica síntesis en la cual los inevitables misterios dejen de ser absurdos y los hechos maravillosos dejen de ser increíbles”.

La fe y más aún la caridad, son más urgentes hoy que nunca. La ciencia ya ha dado y está dando pasos de gigante, pero el hombre cada día se encuentra más desamparado, más solo, y envuelto cada día en más problemas, luchas, guerras, desasosiegos... Nos falta fe, no tenemos amor, nos falta abrir nuestros oídos a la voz del más allá (estamos demasiado más acá), a la voz del interior de la Montaña en donde nace la paz del corazón, el amor al prójimo y la fe, ese don maravilloso positivo que la ciencia aún no ha sido posible de darnos.

Con estos deseos de salvación para cada uno de nosotros y también para nuestros hermanos ausentes, es con los que debemos festejar a nuestra patrona de Asturias, La Santina, como lo expresa hermosamente la jaculatoria que, desde hace años, entonan cada tarde en el Santuario los niños de la Escolanía: “¡Madre mía de Covadonga, sálvame y salva a España!”. Que así sea.           
Jmf


lunes, 3 de septiembre de 2018


     ESCATOLOGÍA NOW

 Salones silenciosos,
galerías inmensas, atestadas
de volúmenes... libros, libros, libros...
y las obras completas de egregios escritores,
¿hasta cuándo seguirán viendo la luz
y en qué medida?
Kilómetros de libros; y con todo
seguimos escribiendo
con la vana ilusión de que nos lean...

Salones silenciosos,
pinacotecas donde brillan
rostros, paisajes, reyes...
cuya luz matizó de gris el tiempo
patinando en los lienzos renegridos
con sus alas de niebla...
Genios del claroscuro
van llenando, anegando los salones,
las paredes, los muros, con un arte
imposible...
Tanto se ha escrito ya,
tanto han pintado los que pintan
que sólo recordarlos
los años de una vida gastaría.

Museos arqueológicos, aquí
las piedras, los cascotes,
el busto ciego y pálido
de aquel emperador, y el capitel
intacto -los rotos se desechan,
como acostumbra a hacer la filatelia-,
de millones de estilos y culturas...
Museos de botánica, de historia,
museos que recogen, clasifican
y estudian los mil restos del naufragio
que el vendaval del tiempo y la barbarie
ha dejado al pasar...

Y después... ¿cómo no? la interminable
y varia arquitectura: catedrales
iglesias, sinagogas, mezquitas y pagodas...
y los nuevos estilos aún sin descubrir
más geniales aún que nuestros clásicos,
los miles, millones de creencias aún en ciernes
y sus futuros templos artísticos a sabe Dios
qué dios...

Y pasarán los años, los siglos de los siglos
y el mundo acabará
atiborrándose
de obras de arte maestras, de volúmenes...
habrá miles, millones de hombres célebres
cuyos bustos, estatuas o libros ¿dejarán
tan siquiera un rincón para las flores?
¿Qué cabrá hacer entonces?
¿Podremos convivir con tanto arte?
¿Seguiremos teniendo en el jardín
espacio suficiente para un árbol,
sombra para poder estar a solas
con uno mismo, a su sombra
leyendo, contemplando, escuchando
lo más elemental de la cultura
o habrá que destruirla para hacer
que de nuevo regresen a los campos
oscuras golondrinas,
los malvises del alba, los jilgueros
del rojo atardecer cuando el otoño
baña de melancolía el horizonte,
los ríos y las fuentes…, y el profundo
placer silencioso de asomarnos
una noche al balcón del universo?

Y yo sabiendo que en el mundo
sobra tanta belleza y tanto arte
y que el metro cuadrado en libertad
es ya pura utopía
debido a la explosión demográfica del arte
aún me atrevo a escribiros estos versos
y a echar más leña al fuego...
Me consuela que estando tan vacíos
de arte no ocuparán lugar alguno
en ningún anaquel de ningún sitio...

De todas formas,
pido perdón por el espacio
que ocupan mis poemas.
                                                            Jmf.

viernes, 31 de agosto de 2018


DOMINGO XXII. 2-IX-2018  (Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23) B

Recuerdo que, siendo aún seminarista en Oviedo, íbamos de paseo hasta La Corredoria. Allí había, -no sé si aún sigue o no-, una piedra frente a la iglesia parroquial con una inscripción: “A Oviedo 1/2 legua”. Eso era entonces, pero hoy aquello ya es Oviedo y las distancias ya no son las mismas. Algo así sucedió con ciertas normas de la moral tradicional: cuando las leemos ahora, son como piedras miliares que fueron válidas en algún tiempo pero que hoy ya están desfasadas puesto que la gente ya hace poco o ningún caso de ellas.

En un libro muy conflictivo de un Obispo anglicano llamado John A.T. Robinson aparecido en 1967 titulado “Sincero para con Dios”, llama a este tipo de leyes: “Moral en conserva”. Luego añade: “Lo que debe regular nuestros actos no es el amor a la Ley sino la ley del amor” como enseña Jesucristo. Por eso aprueba que David, acosado por el hambre, comiera los panes de la proposición, cosa prohibida por la ley (Mt. 12, 3), perdona a la adúltera con aquellas palabras “Vete y no quieras pecar más (Jn. 8, 11), cura en sábado rompiendo con la ley del descanso porque “No se hizo el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre” (Mc, 2, 27), norma que sirve igualmente para aplicar a algunas leyes del Estado: no es el hombre quien tiene que servir al Estado, es el Estado quien debe servir a los ciudadanos; y finalmente la acusación del evangelio de hoy: “¿Por qué tus discípulos comen sin lavarse las manos?”. Creo que esta frase tuvo que revolver los sentimientos más profundos de Jesús al recordar que ese mismo gesto de “lavarse las manos” lo practicaría en su pasión Pilatos, instigado por ellos, para enviarlo a la cruz. “Nada que entra por la boca es impuro, lo que sale del corazón es lo que hace al hombre impuro”. Jesús va en contra de lo meramente ritual. De ahí que no le dé importancia a que sus discípulos coman sin el rito previo de lavarse las manos. Hay cosas mucho más impuras.

El año 1982 cuando la gente no hablaba más que del “síndrome tóxico de la colza” un sacerdote fue encausado y condenado por tratar de curar a los afectados con una planta llamada “cola de caballo” (en bable “rabo de potro”). Sin embargo a nadie se le ocurrió protestar por tantos aditamentos tóxicos como diariamente ingerimos. ¿Por qué? Porque estos están bajo la ley, aunque perjudiquen la salud (no olvidemos que fármaco significa también veneno), y la ley a menudo está al servicio del más fuerte. Por eso es un error que la Iglesia caiga en esa trampa y quiera solucionarlo todo a base de leyes.

Cuando surge un problema lo más fácil es promulgar una ley. Por ejemplo ¿no hay aparcamientos? Pues se promulga una ley que multe al coche mal aparcado y todo en paz. Si no hay aparcamientos la solución es de Perogrullo: está en hacer aparcamientos, no en multar. Por eso lo difícil es acercarse a la persona y tratar de darle soluciones. Como dice el escritor Umberto Vivarelli: “La ley puede decir cuando esta chaqueta es mía, pero si no tienes chaqueta la ley no te da una”. El amor, la caridad, no diría nunca: “Esta chaqueta es mía” diría a todo más: “esta chaqueta es nuestra...” e incluso sería capaz de quedarse sin ella para darla. Ahí está el secreto del Cristianismo. Con caridad no harían falta leyes.

Por dar leyes, encarcelar, alejar, multar al que es maltratador, al que se droga, al asesino, al pedófilo no sé si se conseguirá algo. El que tiene esa inclinación, ese vicio, o ese instinto pecaminoso (lo afirma la psicología más elemental), tratará de llevarlo a la práctica como sea. Además la Tv y demás “mas media” divulgan sus fotos, los hacen famosos, es lo que buscan. Como Empédocles que se suicidó arrojándose al Etna para convertirse en inmortal. De algún modo lo logró. Hoy todos hablamos de él. Lo mismo estos nuevos delincuentes jaleados por la tele y subidos a la primera página de la prensa son capaces de cometer un crimen con tal de ver su foto en las portadas. Y nosotros sabiendo esto seguimos jaleándolos. El instinto en el ser humano es como la lava del volcán que consigue salir rompiendo todo lo que encuentre por delante. Antiguamente solo vieron la solución para individuos con estas inclinaciones con la pena de muerte, o con la hoguera para las brujas (único modo de destruir el demonio). Hoy ya vemos que hasta el Papa suprimió la pena de muerte en cualquier caso. Pero ¿cuál es entonces la solución adecuada? Creo que aún no lo sabemos.

Decíamos que una solución es el amor, pero ¿puede haber un mandamiento que obligue a amar? El amor o brota de forma natural o amor impuesto no es amor. No sé quien definió el Liberalismo como “alcanzar la igualdad por medio de la libertad” (laisser faire, laisser paseer), y al Comunismo como “alcanzar la libertad por medio de la igualdad”. Dejaron en el tintero al Cristianismo que, siguiendo el mismo esquema se definiría como “llegar a la libertad (a ser libres e iguales) a través de la fraternidad”, es decir por medio del amor y de la caridad fraterna, y esto no se logra con leyes, ni con normas, ni con guerras, ni con revoluciones, ni con drogas, ni con utopías, sino dejando el amor propio, el egoísmo y la hipocresía a un lado y cultivando el amor a los demás y educando en ello pero desde la más tierna infancia.

A menudo acostumbramos a ver las faltas ajenas, el fallo en los demás, que cambien los otros, pero pocas veces caemos en la cuenta de que nuestro modo de comportarnos es el que es injusto, el que necesita un cambio. También es cierto que a veces la respuesta a esta entrega generosa no se da, como en la conocida obra de Henrik Ibsen “La casa de las muñecas” en la que la protagonista, Nora, después de esa lucha a muerte a través del drama contra todo y contra todos por saldar una deuda que había contraído para salvar la vida en peligro de su esposo, éste, una vez enterado, se lo paga dando rienda suelta a la cólera. Nora se encierra en sí y decide abandonarlo... Ante tanta mezquindad no hubiera merecido la pena haber hecho tanto sacrificio. La actitud de Nora suele ser a veces la actitud del hombre que lucha por cambiar la sociedad, pero esta responde a su generosidad con apatía, desagradecimiento cuando no con odio, desprecio y agresión. Con todo no hay por qué desistir jamás. Para un cristiano no debería existir el desaliento al tratar de cambiar las cosas. De hecho ya vemos cómo cambia todo: cambian las circunstancias, las personas, la historia, la política... a veces sin saber ni cómo ni por qué. “No hay mal que cien años dure”, “El tiempo todo lo soluciona”, etc., son refranes que tienen un gran fondo de verdad. Nosotros ya no somos los mismos que cuando empezó la misa. Lo dejó escrito Heráclito como su gran postulado filosófico: “Todo pasa, todo cambia”. Y Antonio Machado, siglos más tarde, vino a decir lo mismo en aquellos versos:
“Todo pasa y todo queda 
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos
caminos sobre la mar” (142). 

Cambia la Historia, el tiempo y las estaciones, la naturaleza, el hombre, sus ideas, sus costumbres... somos como gotas de agua en el río del tiempo. De ahí que querer nosotros cambiar el curso del río del que formamos parte es como aquel tonto que pretendía levantarse del suelo tirando de los cordones de sus zapatos.
Hay una forma de transformar el mundo: ¡saliéndose de él..!, estando en el mundo pero sin ser del mundo, es decir elevándose sobre la corriente y entrando en una dimensión espiritual. Sin Dios todo sería un fatalismo cósmico, con Dios seríamos capaces de cambiar el mundo y transformarnos nosotros. O cambiarnos transformándolo. Sin Dios ¿cómo responder a esas eternas preguntas del dónde, cómo, a dónde, por qué...?

No sé si un día el hombre, como fruto de su evolución, será capaz de cambiar incluso hasta el mismo curso de los astros, no lo sé, lo que sí es cierto que dentro de ese determinismo cósmico y preestablecido, en medio de esas leyes biológicas que nos rigen y modelan, el hombre es dueño de una gran parcela de libertad, queda aún una tierra de nadie en la que el hombre es capaz de sentirse libre y de realizarse como tal. La cadena que nos ata a la naturaleza nos deja un margen de maniobra y de libertad lo suficientemente amplio como para que el hombre en un corto espacio de tiempo se pueda sentir libre y llevar a cabo, sin coacción, el ejercicio de su libre albedrío. Y es en ese campo donde es necesario luchar para cambiar el orden social injusto, sometido a leyes injustas o acaso justas pero que resultan injustas en su modo de aplicarlas o de interpretarlas, un mundo en el que todos puedan trabajar, realizarse y nadie se sienta forastero ni extraño en ningún sitio. Eso exige, antes que nada, un cambio en cada uno de nosotros para luego poder cambiar a los demás.

Los ritos de nuestra Liturgia pueden pecar de inmovilismo: hacer siempre lo mismo y pensar que con eso basta, deberían estar también abiertos a iniciativas. Ello se conseguiría, no nos cansaremos de decirlo, con una participación del creyente más activa. Jesús recrimina ciertas posturas cómodas e inmovilistas que sólo ven ritos.  Por eso las recrimina y ataca cuando dice: Este pueblo me honra con los labios pero su corazón, su mente están muy lejos de mí”.                                                      Jmf

miércoles, 29 de agosto de 2018


SAN PABLO EN COVADONGA
La Leyenda

La aventura que corrió san Pablo en la ciudad de Listra, según los Hechos de los Apóstoles, se puede prestar a un pequeño comentario, teniendo Covadonga como telón de fondo.

Había en esta ciudad de Licaonia un hombre lisiado de ambos pies desde su nacimiento. Lo vio Pablo, se compadeció de él, y reparando en que tenía fe para ser curado le dijo en alta voz: “¡Levántate..., ponte en pie!”. Él de un salto echó a andar. La multitud al ver lo ocurrido empezó a decir en lenguaje licaónico: “Dioses en figura humana nos visitan…”. Y llamaban a Bernabé Zeus y a Pablo Hermes.

Los sacerdotes del templo de Zeus, convencidos de que los dioses los visitaban, y que Pablo era Hermes y Bernabé Zeus, no tardaron mucho en traer toros enguirnaldados para ofrecérselos en sacrificio. Pablo, que al parecer no hablaba aquella lengua, no se percató de lo que sucedía hasta que alguien se lo comentó en griego, una de las lenguas que él hablaba. Entonces el apóstol se alarmó sobremanera y les gritaba: “¡No somos dioses, somos hombres como vosotros!”. Se las vio y se las deseó para desengañarlos… También de visita por Atenas, algún tiempo después, cuando los atenienses le oyeron hablar de Jesús y de la Resurrección pensaron que les hablaba de dos divinidades extranjeras. Y lo llevaron al areópago para que se aclarase. De igual modo lo consideraron encarnación de un dios las gentes de la isla de Malta al ver que no moría tras ser mordido por una víbora. La divinidad les salía entonces de camino a cada paso…

Pero ¿por qué los licaonios pensaron que eran dioses? Una de las interpretaciones que aducen los escrituristas y en las que se basa el hecho es porque existía en la mitología romana una leyenda según la cual en algún tiempo estos dioses se habían vestido de andrajos y bajaron a la tierra en busca de hospedaje para probar a los hombres.
Llegaron a un pueblo mendigando ayuda. Llamaron de puerta en puerta, pero los moradores al ver que se trataba de dos pobres harapientos no los socorrieron. Únicamente dos ancianos, los más menesterosos del pueblo, que vivían en una mísera casucha, les invitaron a entrar y trataron de atenderlos dándoles de comer y hospedaje.

Al poco rato la mesa se llenó de manjares y fue entonces cuando los dioses se dieron a conocer. Aquel matrimonio anciano se llamaban Filemón y  Bausis. Es admirable cómo Ovidio narra los detalles que los ancianos tuvieron con los dioses. Estos en despecho contra los moradores hicieron que el pueblo se anegase en agua convirtiéndolo en un lago, menos la choza de los ancianos que se transformó en un hermoso templo del cual Zeus los hizo sacerdotes.
También pidieron morir juntos y por eso tras su muerte, convertidos Filemón en un roble o encina y Bausis en un tilo crecieron entrelazados al pie del templo. De semejante modo Pyramo y Tisbe unieron su sangre con la savia y fruto de la morera. La leyenda que cuenta Ovidio en su Metamorfosis es de algún modo semejante y como un remedo de otra leyenda que llegó hasta nosotros y tiene por escenario Covadonga.

Cuentan que un día de tormenta y lluvia ¿qué otro meteoro celeste iba a tener lugar en Covadonga? llegó la Virgen a este lugar en busca de posada y caminando, caminado dio con un hermoso valle sembrado de cabañas de pastores. Fue pidiendo albergue para ella y para el niño que traía en sus brazos. La noche estaba fría y de cuando en cuando al cesar la lluvia allá en lo alto la blanca luna alumbraba el desconsuelo y los ruegos de la señora que al no encontrar posada se sentó al pie de una choza y empezó a llorar. Y fueron tantas las lágrimas allí vertidas que con ellas se formó un lago que anegó todas las chozas, mejor dicho dos lagos: la laguna Ercina y el Enol, una por la madre otro por el niño. Los tilos y las encinas o robles que nacen entrelazados por el valle rememoran de algún modo el recuerdo de Filemón y Bausis, o de Zeus y Hermes o bien de la Virgen con el niño en brazos. Cuenta la leyenda que luego, al amanecer la Virgen caminó valle abajo y encontró una cueva y en ella a un ermitaño que fue quien les dio cobijo. Bajo la cueva un estanque recuerda la leyenda y acaso el torrente evoque las lágrimas de la Señora.

Jmf

viernes, 24 de agosto de 2018


DOMINGO XXI- 26-VIII-2018 (Jn. 6, 61-70) B

 Por medio del evangelio de hoy Jesús nos invita, en ese marco del Sermón eucarístico que venimos comentado domingo tras domingo, a que le creamos y no nos escandalicemos de sus palabras, como hicieron algunos de sus discípulos. Por eso Jesús corta la discusión que había surgido a propósito de la frase “dar a comer la carne del Hijo del hombre...” con aquellas palabras reveladoras: “El espíritu es el que da la vida, la carne sola de nada aprovecha”. Ya Juan lo deja claro al principio de su evangelio cuando dice: “los que creen en su nombre, los cuales no nacen ni de la voluntad del hombre ni de la carne sino de la voluntad de Dios...”.

Los hombres somos muy dados a la carne y a la letra olvidando que “el espíritu es el que da la vida, la letra mata” y la “carne es triste” que dijo Mallarmé. Desgraciadamente todo lo queremos arreglar con disposiciones legales y con normas en vez de echar mano del amor y de la fraternidad. Así cuando conducimos y nos encontramos con un stop, como en ello sólo vemos una ley, no nos importa quebrantarla si sabemos que no nos van a sancionar. Eso no ocurriría si funcionara el amor: “No quebranto esta norma porque puedo hacer daño a mi prójimo y mi fe me dice que debo amarle como a mí mismo”.

Pero cumplir así, por amor, lleva consigo mucha fe y la fe cada día es más escasa, y la que hay se hace cada vez más conflictiva en nuestra sociedad.  Muchos creen que creen y que quieren creer pero no creen, pues no actúan de acuerdo con la fe. Otra cosa sería hablar de su dificultad. Miguel de Unamuno, ese escritor que quería buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, definía la fe como: “Querer creer”, no creer que creemos, ni creer que queremos creer, sino querer creer con voluntad sincera y sin cambalaches. Únicamente bajo ese prisma de la fe tiene sentido la frase de Jesús: “Las palabras que os he dicho son espíritu y vida”. Materializamos demasiado las palabras, los acontecimientos. los hechos, y olvidamos el espíritu.
Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina en 1912, ataca en su obra “La incógnita del hombre” el materialismo que trata de prescindir de esa “cuarta dimensión” que trasciende la materia individualizando al hombre. “No somos sólo una especie, somos ante todo individuos, y esto es lo que está marcado y definido por el espíritu. Y hasta tal punto somos individuos distintos unos de otros que el cuerpo rechaza un injerto de otro. El 91 % del fracaso de la medicina de hoy es que ya no ve al enfermo como individuo, como fulano de tal distinto de los demás sino que ve únicamente enfermedades, la especie enferma. De ese modo la ciencia nos embrutece, nos aleja, nos pierde, nos involuciona... (y termina diciendo) sólo nos salvará el espíritu”.
El día 3 de agosto de 1914, declarada ya la guerra entre Alemania y Rusia, se celebraba en la Universidad de Berlín el día de su fundador: Federico Guillermo. Todavía hoy se recuerdan las palabras que con tal motivo pronunció el profesor y científico Max Planck: “El hombre necesita una respuesta a la pregunta más importante y más incesantemente replanteada durante toda su vida: ¿Cómo debo comportarme? No encuentra respuesta total ni en el “determinismo” ni en la “casualidad” ni siquiera en la ciencia pura; solamente la hallará en su personal orientación moral.  Conciencia y fidelidad son las guías que le muestran el camino recto no sólo de la ciencia sino, más aún, de la vida...”. Un párrafo que Jesús resume en una frase: “Mis palabras son espíritu y vida.

Otro científico, el paleontólogo y jesuita Teilhard de Chardín, nos recuerda de igual modo que lo sobrenatural es un fermento imprescindible para transformar la naturaleza, aunque sin prescindir de la materia que ésta le ofrece. “El mismo error es creer en un materialismo sin espíritu (decía Alexis Carrel) que en un espíritu sin materia” y esto a pesar de los fallos de la materia.  De ahí que ello hiciera exclamar a Teilhard: “Tú, Señor, por quien brilla siempre en mí el espíritu, para que no olvide que sólo Tú debes ser buscado a través de todo, Tú me envías los desprecios, el dolor... más que una simple unión es una transformación lo que tratas de ofrecerme”.
De todo ello es la Eucaristía el mejor símbolo: el trigo se rompe, se moltura, se tritura, se transforma y al fin se parte pero en él está Cristo.  Y así también nuestro cuerpo, como la leña consumida por el fuego se transforma en luz y calor, toda nuestra vida debería ser como una gran eucaristía: preparándonos para ser pan y de ese modo poder luego recibir a Cristo en una auténtica consagración: “El espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha”.

En la biografía del citado Teilhard se cuenta que el día 6 de agosto de 1923 recorría el desierto asiático de Ordos, en el interior de Mongolia sin poder celebrar misa. Entonces tomó la pluma y compuso el Himno al Universo. Una parte la tituló: La misa sobre el mundo. En ella Teilhard ofrece a Dios en el altar de la tierra el trabajo, el sufrimiento del mundo.  Cuando Cristo desciende sacramentalmente a cada uno de sus fieles no lo hace sólo para encerrarse en su pecho, y cuando el sacerdote dice: “Esto es mi cuerpo” la palabra desborda el trozo de pan... y la materia toda, experimenta una lenta e irresistible gran consagración. Igual que el pan que yo como se destruye, una Misa sería incompleta si mi cuerpo no quedase consagrado de algún modo por la materia quedando ella al mismo tiempo vivificada “El espíritu es que vivifica, la carne, la materia, de nada aprovecha”.
Pretendemos construir un mundo prescindiendo del espíritu, como si en él sólo contara la materia y sin embargo si algo es el hombre es espíritu, capaz de amar, reflexionar, decidir... El espíritu del hombre sería incluso capaz de transformar la materia.  Materializar el espíritu es matarlo.  Con frecuencia nuestros ritos religiosos, nuestras funciones religiosas, nuestros sacramentos adolecen de falta de espíritu.  Las llevamos a cabo sin emoción, sin vibrato, sin duende.

En un libro, “El nuevo rostro de Dios” (1989), del teólogo seglar Miret Magdalena, ya se lamenta de esto mismo: “La liturgia de los primeros cristianos era un juego lleno de fuerza y majestad. ¿En qué han quedado hoy esa vivacidad y esa energía elevadora? La mayor parte de las veces en cursilería y horterada, porque la experiencia profunda ha sido sustituida por expresiones superficiales, sin hondura y sin belleza. Por eso hoy a nadie, medianamente sensible, pueden interesarle nuestras misas...”. Es decir, nos falta espíritu. Claro que no debemos confundir emoción con espíritu, emoción con religiosidad. Un buen concierto, una marcha militar, una escenificación teatral, un buen film pueden despertar en cada uno de nosotros una profunda emoción.  Si el desfile o el concierto o la película tienen una temática religiosa no por eso se le puede llamar religiosa a la emoción que despiertan, puede tratarse de una simple emoción estética.
Cuando en la noche del 15 de julio los valles de Cangas del Narcea retumban debido a la famosa “descarga” en honor de Ntra.  Sra. del Carmen algunos cangueses que viven lejos de su pueblo la escuchan por teléfono y al oírla llegan hasta a llorar de emoción. Es una mezcla de añoranza, de recuerdo evocador, de nostalgia pero no sé hasta qué punto se puede llamar sentimiento religioso. Aquí todo es muy confuso. Sin embargo la emoción es de un gran valor cuando se trata de vivir un hecho religioso. De hecho las grandes conversiones se deben de ordinario más al sentimiento que a la razón. Muchos vibran a la vista de la enseña o bandera de su patria, otros sólo ven un trozo de tela, pocos se emocionan ante una tesis filosófica por razonada que esté.
Cuando asistimos a la Santa Misa, en ella podemos solamente ver ritos externos, pero allí, sobre ese telón de fondo, hay otras muchas realidades que es preciso descubrir. Para ello hay que querer creer en ellas yendo tras la verdad.  Recordando de nuevo a Miguel de Unamuno en su Diario íntimo, decía que “el modo más seguro para creer en el Credo era rezarlo cada día con la mayor fe posible: queriendo creer en el Credo”.

Muchos se cierran a la gracia y a la fe pensando que así disponen de más vida, de más libertad, de más ciencia. Les sucede lo que a aquel avaro moribundo que, cuando el sacerdote trataba de ungirle la mano, él apretaba el puño más y más porque en él guardaba una moneda de oro de la que no quería desprenderse ni aún después de muerto. Eso nos pasa a menudo a los hombres: perdemos muchas gracias de Dios y que los demás nos la alarguen por tener nuestras manos cerradas, aprisionando un poco de mundo, un puñado de tierra.

Abrir las manos, abrir el corazón, abrir nuestra mente para recibir a Cristo es el mejor medio de abrir nuestro horizonte hacia lo eterno e imperecedero. Aquí podríamos decir lo que dijo en una ocasión Pedro a Jesús: ¿A quién iremos, Señor?, Tú tienes palabras de vida eterna”. 
Jmf